lunes, 31 de agosto de 2020

Santo Evangelio 31 de agosto 2020



Día litúrgico: Lunes XXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 4,16-30): En aquel tiempo, Jesús se fue a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?». Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

«Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír»

Rev. D. David AMADO i Fernández
(Barcelona, España)

Hoy, «se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Con estas palabras, Jesús comenta en la sinagoga de Nazaret un texto del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido» (Lc 4,18). Estas palabras tienen un sentido que sobrepasa el concreto momento histórico en que fueron pronunciadas. El Espíritu Santo habita en plenitud en Jesucristo, y es Él quien lo envía a los creyentes.

Pero, además, todas las palabras del Evangelio tienen una actualidad eterna. Son eternas porque han sido pronunciadas por el Eterno, y son actuales porque Dios hace que se cumplan en todos los tiempos. Cuando escuchamos la Palabra de Dios, hemos de recibirla no como un discurso humano, sino como una Palabra que tiene un poder transformador en nosotros. Dios no habla a nuestros oídos, sino a nuestro corazón. Todo lo que dice está profundamente lleno de sentido y de amor. La Palabra de Dios es una fuente inextinguible de vida: «Es más lo que dejamos que lo que captamos, tal como ocurre con los sedientos que beben en una fuente» (San Efrén). Sus palabras salen del corazón de Dios. Y, de ese corazón, del seno de la Trinidad, vino Jesús —la Palabra del Padre— a los hombres.

Por eso, cada día, cuando escuchamos el Evangelio, hemos de poder decir como María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38); a lo que Dios nos responderá: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Ahora bien, para que la Palabra sea eficaz en nosotros hay que desprenderse de todo prejuicio. Los contemporáneos de Jesús no le comprendieron, porque lo miraban sólo con ojos humanos: «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22). Veían la humanidad de Cristo, pero no advirtieron su divinidad. Siempre que escuchemos la Palabra de Dios, más allá del estilo literario, de la belleza de las expresiones o de la singularidad de la situación, hemos de saber que es Dios quien nos habla.

Oración por los marinos


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Sea siempre agradecido

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Sea siempre agradecido

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.



Usted es un ser afortunado y por eso debe dar gracias, siempre gracias por lo inmensamente rico que es. Es tanto lo bueno que tiene: salud, familiares que le quiere, amigos que se preocupan por usted. Tantas cosas buenas, pero sobre todo tiene el don de la Presencia de Dios en su alma, lo cual tiene un valor incalculable e infinitamente valioso.

En realidad somos inmensamente ricos, pero somos tan inconscientes que no valoramos nuestros haberes positivos y por lo tanto no los aprovechamos y disfrutamos completamente. Sin embargo, nos quejamos todo el tiempo, somos una máquina de quejas y por eso andamos tristes y malhumorados.

Si diariamente hiciéramos un recuento de todo lo bueno que tenemos y diéramos gracias a Dios, así como a las personas que nos han ayudado a ser lo que somos, seríamos muy felices. Uno es más feliz en la medida en que es más agradecido. No espera a mañana, haga hoy un recuento de las cosas buenas que posee. Adquiera el saludable hábito de hacer un recuento diario de sus haberes positivos y se asombrará de su inmensa riqueza personal.

Bienaventurados los que tienen espíritu de gratitud porque llevarán la felicidad donde quiera que vayan. Agradezca todo lo bueno que hagan por usted, diga gracias por todo y a todos. Admire las cosas buenas de la vida; enseñe a otros a ser agradecidos, a descubrir lo que usted está viviendo; no con afán exhibicionista, sino con el sano propósito de que descubran la belleza real de la vida.

Para penetrar en la belleza de la vida debe usted:

1.- Purificar su visión negativa de la vida: Admire lo bueno, aparte de usted todo lo negativo, recuerde que proyectamos lo que percibimos.

2.- Saber alabar: Conviértase en el poeta de lo lindo que hay en la vida. Cante las maravillas de la naturaleza, de la grandeza de Dios, de sus semejantes. Alabe siempre.

3.- Agradecer todo lo bueno que hagan por usted: Diga gracias por todo y a todos, recuerde que la gratitud es la memoria del alma buena.

Como pueden ver, hay un buen número de formas en que podemos cambiar nuestra vida. Por supuesto, esto es si así lo deseamos; si lo llevamos a cabo y claro que podemos llevarlo a cabo si tenemos presente que con Dios somos Invencibles.



                       

LECTURA BREVE Jr 15, 16


LECTURA BREVE Jr 15, 16

Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre fue pronunciado sobre mí, ¡Señor, Dios de los ejércitos!

domingo, 30 de agosto de 2020

Santo Evangelio 30 de Agosto 2020


Día litúrgico: Domingo XXII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 16,21-27):

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta»

«El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, contemplamos a Pedro —figura emblemática y gran testimonio y maestro de la fe— también como hombre de carne y huesos, con virtudes y debilidades, como cada uno de nosotros. Hemos de agradecer a los evangelistas que nos hayan presentado la personalidad de los primeros seguidores de Jesús con realismo. Pedro, quien hace una excelente confesión de fe —como vemos en el Evangelio del Domingo XXI— y merece un gran elogio por parte de Jesús y la promesa de la autoridad máxima dentro de la Iglesia (cf. Mt 16,16-19), recibe también del Maestro una severa amonestación, porque en el camino de la fe todavía le queda mucho por aprender: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,23).

Escuchar la amonestación de Jesús a Pedro es un buen motivo para hacer un examen de conciencia acerca de nuestro ser cristiano. ¿Somos de verdad fieles a la enseñanza de Jesucristo, hasta el punto de pensar realmente como Dios, o más bien nos amoldamos a la manera de pensar y a los criterios de este mundo? A lo largo de la historia, los hijos de la Iglesia hemos caído en la tentación de pensar según el mundo, de apoyarnos en las riquezas materiales, de buscar con afán el poder político o el prestigio social; y a veces nos mueven más los intereses mundanos que el espíritu del Evangelio. Ante estos hechos, se nos vuelve a plantear la pregunta: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?» (Mt 16,26).

Después de haber puesto las cosas en claro, Jesús nos enseña qué quiere decir pensar como Dios: amar, con todo lo que esto comporta de renuncia por el bien del prójimo. Por esto, el seguimiento de Cristo pasa por la cruz. Es un seguimiento entrañable, porque «con la presencia de un amigo y capitán tan bueno como Cristo Jesús, que se ha puesto en la vanguardia de los sufrimientos, se puede sufrir todo: nos ayuda y anima; no falla nunca, es un verdadero amigo» (Santa Teresa de Ávila). Y…, cuando la cruz es signo del amor sincero, entonces se convierte en luminosa y en signo de salvación.

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LECTURA BREVE Is 49, 1b-2


LECTURA BREVE   Is 49, 1b-2

El Señor me llamó desde el vientre de mi madre, cuando aún estaba yo en el seno materno pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba.

Signos de la inmadurez

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Signos de la inmadurez

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Para llegar a la madurez, es preciso haber desarrollado la facultad de hacerse responsable de la propia vida, independiente de los padres u otras personas que aparecen como elementos protectores. A medida que va creciendo, la persona adquiere autonomía, así como criterios, valores y principios propios. Cuando la infancia es muy prolongada, especialmente en familias donde el cuidado protector es excesivo, se desarrolla la tendencia a depender demasiado de los demás. Muchas madres cultivan la dependencia de los hijos, cuando más bien deberían modelar su independencia. Se encuentran muchos casos de personas que dependen casi totalmente de otras para pensar o decidir y esto es fatal. 
Una persona puede crecer mucho físicamente o puede crecer su bolsillo, su fama, su conocimiento en una profesión determinada o su grado de santidad. Pero nada de eso significa que la persona crece integralmente. Por lo tanto, no es una persona madura. Una actitud característicamente infantil es el afán de recibir todo lo que se desea, lo cual es la puerta de entrada para las emociones mezquinas. A medida que estas personas se hacen mayores, ya no consiguen lo que recibían en la infancia, pero continúan pensando que les corresponde ser obsequiados. Este deseo de ser complacido siempre los coloca en un callejón sin salida en el que se estrellan con un desencanto profundo. Estas personas suelen obrar según lo que piensan obtener. Sus emociones tensas y agarrotadas por la frustración de estar siempre esperando recibir en vez de dar se reflejan en su continua falta de salud. Muchas personas cultivan y promueven la actitud infantil de la egolatría, aún a los 30, 40 ó 50 años y jamás pierden esa fijación de egoísmo y rivalidad, resultando difícil convivir con ellas porque siempre se enfrentan a todo el mundo. Las personas que cultivan ese espíritu de rivalidad exacerbada son desgraciadas porque las domina constantemente la envidia, el orgullo herido, la hostilidad contra sus semejantes y contra sí mismos. Es triste encontrar personas con enfermedades emotivas serias por estar demasiado llenas de este espíritu de rivalidad para llegar a la cumbre, sin importarles pisotear, avasallar o atropellar con tal de subir. Hay que procurar llegar a la meta de las aspiraciones compitiendo con uno mismo y llegar a ser lo máximo que uno pueda de acuerdo con sus posibilidades. 

Las personas que despliegan emociones agresivas hostiles, como la cólera, el odio y la crueldad, lejos de ser fuertes demuestran inmadurez, debilidad, miedo y fracaso. En el fondo son como niños que se sienten débiles, dependientes e inseguros, y cuando ven contrariados sus deseos, reaccionan agresivamente. En cambio, las personas verdaderamente fuertes saben ser dulces y amables. 

Otro signo de inmadurez es no ser realista. Un niño acepta una fantasía como la realidad sin tratar de establecer diferencias y se le incentiva a esto para que cultive su imaginación y creatividad. Lo malo es que ese niño llegue a la edad adulta no sabiendo distinguir entre la realidad y la fantasía, lo que causa un diluvio de conflictos que le inunda de emociones perniciosas. Son personas cuyo sentido irreal de la vida los lleva a imaginar las cosas más catastróficas. Sienten que todo el mundo está en su contra, que hablan mal de ellos, los persiguen, los rechazan y buscan hacerles daño. Se habitúan a la mentira y llenan su mundo de fantasías irrealizables, soñando llegar a ser y creyendo que son muy inteligentes, sabias e importantes cuando realmente están rayando en la demencia. Inventan toda clase de cuentos e historietas y no les importa manchar la fama de cualquiera con tal de alimentar su imaginación enfermiza. 

Claro está que algunas hay situaciones en las que parece que el suelo se hunde bajo los pies: el fracaso de un negocio, la enfermedad o muerte de un ser querido, una enfermedad propia, un problema grave que ocurra en la familia, el negocio o la oficina. Pero rebelarse, llenarse de ira, cólera o frustración, cuestionar el por qué de las cosas, no aceptar la realidad que un desastre puede llegar en cualquier momento y no adaptarse para seguir luchando, levantándose y surgiendo, lleva a cultivar un cúmulo de emociones que engendran enfermedades. La persona inmadura se encuentra permanentemente en medio de conflictos, porque no acepta las cosas negativas que vengan en la vida y hay muchas que no hay más remedio que aceptar. Hay que luchar, sacar provecho a la situación negativa, levantarse y perseverar en las metas propuestas. Lógicamente, tampoco hay que conformarse apáticamente creyendo que nada se puede hacer. 

La persona madura prefiere dar más que recibir. La madurez trae consigo una hermosa preocupación: la de alegrar la vida de las demás personas, con lo que los horizontes y perspectivas se ensanchan. Queremos que usted sea una persona que luche para ser mucho mejor de lo que es. Con el Señor se puede vencer todo lo que venga en la vida y superar la inmadurez, porque CON El, EN VERDAD SOMOS . . . ¡INVENCIBLES! 


                        

sábado, 29 de agosto de 2020

Santo Evangelio 29 de agosto 2020



Día litúrgico: 29 de Agosto: El martirio de san Juan Bautista

Texto del Evangelio (Mc 6,17-29): En aquel tiempo, Herodes había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.


«Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener la mujer de tu hermano’»

Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM
(Barcelona, España)

Hoy recordamos el martirio de san Juan Bautista, el Precursor del Mesías. Toda la vida del Bautista gira en torno a la Persona de Jesús, de manera que sin Él, la existencia y la tarea del Precursor del Mesías no tendría sentido.

Ya, desde las entrañas de su madre, siente la proximidad del Salvador. El abrazo de María y de Isabel, dos futuras madres, abrió el diálogo de los dos niños: el Salvador santificaba a Juan, y éste saltaba de entusiasmo dentro del vientre de su madre.

En su misión de Precursor mantuvo este entusiasmo -que etimológicamente significa "estar lleno de Dios"-, le preparó los caminos, le allanó las rutas, le rebajó las cimas, lo anunció ya presente, y lo señaló con el dedo como el Mesías: «He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1,36).

Al atardecer de su existencia, Juan, al predicar la libertad mesiánica a quienes estaban cautivos de sus vicios, es encarcelado: «Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener la mujer de tu hermano’» (Mc 6,18). La muerte del Bautista es el testimonio martirial centrado en la persona de Jesús. Fue su Precursor en la vida, y también le precede ahora en la muerte cruel.

San Beda nos dice que «está encerrado, en la tiniebla de una mazmorra, aquel que había venido a dar testimonio de la Luz, y había merecido de la boca del mismo Cristo (…) ser denominado "antorcha ardiente y luminosa". Fue bautizado con su propia sangre aquél a quien antes le fue concedido bautizar al Redentor del mundo».

Ojalá que la fiesta del Martirio de san Juan Bautista nos entusiasme, en el sentido etimológico del término, y, así, llenos de Dios, también demos testimonio de nuestra fe en Jesús con valentía. Que nuestra vida cristiana también gire en torno a la Persona de Jesús, lo cual le dará su pleno sentido.

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Signos de la inmadurez

7 indiscutibles señales de que eres una persona inmadura


Signos de la inmadurez

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Para llegar a la madurez es preciso haber desarrollado la facultad de hacerse responsable de la propia vida, independiente de los demás, sea papá, mamá u otras personas. Muchos padres, especialmente las mamás, cultivan intensamente el espíritu de dependencia en los hijos, cuando más bien deben modelar su autonomía. El ser humano depende de la familia mientras va creciendo, pero, en la misma medida, va adquiriendo independencia y criterios, valores y principios propios. Lógicamente que nadie es totalmente independiente, pues todos estamos muy relacionados con los demás. Pero debemos siempre conservar nuestra forma propia de ver la vida y de pensar, cultivar y defender nuestros valores y creencias. 

Para ser una persona madura y exitosa, hay que adaptarse a los cambios que ocurren en la vida, aquellos sucesos negativos que siempre han de llegar y que son parte de la vida. Algunas veces, la vida nos ofrece situaciones crueles, de las que parece que nunca podremos salir. Sin embargo, no aceptar la realidad y adaptarse lleva a cultivar una serie de emociones que engendran enfermedad. La adaptabilidad y la flexibilidad implican una clase muy preciosa de madurez que puede evitar un trastorno mental. La persona inmadura se encuentra permanentemente en medio de conflictos, porque rechaza todo lo negativo en vez de enfrentar aquellas cosas que sencillamente ocurren, luchar para solucionarlas y aceptar lo inevitable. 

Hay casos clarísimos de inmadurez en la esposa que consulta a cada momento a su mamá lo que debe hacer o no hacer en su matrimonio. La continua intervención de la madre en el matrimonio irrita al marido, la relación se deteriora y todos sufren enfermedades de origen emotivo provocadas por esta dependencia. 

Otro signo de inmadurez es la actitud infantil, terrible y nefasta del egoísmo y la rivalidad que muchas personas, tristemente, siguen cultivando aún a sus 30, 40 o 50 años. Resulta sumamente difícil convivir con personas así, porque tienen un espíritu de rivalidad exacerbada y se comparan continuamente en celosa competencia con los demás y nunca se libran de ser personas desgraciadas. Son personas ególatras que están siempre exhibiendo sus dotes y cualidades haciendo ver, con razón o sin ella, que son más que otros. Les domina constantemente la envidia, el orgullo herido y la hostilidad contra sus semejantes y contra sí mismos. Son capaces, por su egolatría, de hacer daño a otros, porque han crecido más que ellos llegando hasta a avasallar, atropellar o pisotear con tal de subir. 

Levantar la voz para gritar, buscar pleitos y ofender son señales claras de inmadurez. Hay demasiada gente extremadamente agresiva, porque en el fondo son como niños que se sienten débiles, dependientes e inseguros. Los estados infantiles son formas groseras de inmadurez, signos de debilidad, pruebas evidentes de miedo y fracaso. Muchos individuos llegan a la edad adulta, pero siguen siendo niños que no salen jamás de esa fase de agresividad hostil y manifiestan su inmadurez con crueldad, cólera y odio, que demuestran debilidad. En cambio, la amabilidad, el afecto, el amor y la buena voluntad son prueba de fortaleza y madurez. 

La madurez trae consigo la hermosa preocupación de alegrar la vida de las demás personas. La persona que llega a la madurez prefiere dar, más que recibir. De esta manera, sus horizontes y perspectivas se ensanchan, porque la persona madura no vive en un reducido encierro, tratando a tientas de agarrar lo que sea posible en sus oscuros límites. Más bien, camina a la luz del sol por el mundo inmenso, encontrando a otras personas a las que pueda dar, ofrecer y servir. Es triste estar siempre recibiendo, porque jamás se experimenta la dicha indescriptible que proporciona el dar. 

¿Es usted maduro o inmaduro? Hágase un examen de conciencia para comprobar si usted está cultivando algunos de estos signos de inmadurez. Es importante que usted examine bien estos aspectos de su personalidad, pues le pueden estar ocasionando serios problemas en su vida, en su relación con sus seres queridos y con otras personas. Queremos que usted sea una persona mucho mejor y luchamos para conseguir eso para todos. Con la ayuda del Señor se pueden superar muchas cosas en nuestra vida que no están del todo bien. En la medida en que usted se sienta bien con usted mismo, se sentirá mejor y más feliz en su relación con las personas que lo rodean, que lo aman y desean lo mejor para usted. Con el Señor sí se puede, porque con Él podemos vencer todo lo que venga en la vida y superar la inmadurez. Con Dios, en verdad, seremos. . . ¡INVENCIBLES!

LECTURA BREVE Sb 7, 13-14


LECTURA BREVE   Sb 7, 13-14

Aprendí la sabiduría sin malicia, reparto sin envidia, y no me guardo sus riquezas. Porque es un tesoro inagotable para los hombres: los que lo adquieren se atraen la amistad de Dios, porque el don de su enseñanza los recomienda.

viernes, 28 de agosto de 2020

Santo Evangelio 28 de agosto 2020

Día litúrgico: Viernes XXI del tiempo ordinario



Texto del Evangelio (Mt 25,1-13): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’. Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».


«En verdad os digo que no os conozco»

Rev. D. Joan Ant. MATEO i García
(La Fuliola, Lleida, España)

Hoy, Viernes XXI del tiempo ordinario, el Señor nos recuerda en el Evangelio que hay que estar siempre vigilantes y preparados para encontrarnos con Él. A media noche, en cualquier momento, pueden llamar a la puerta e invitarnos a salir a recibir al Señor. La muerte no pide cita previa. De hecho, «no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13).

Vigilar no significa vivir con miedo y angustia. Quiere decir vivir de manera responsable nuestra vida de hijos de Dios, nuestra vida de fe, esperanza y caridad. El Señor espera continuamente nuestra respuesta de fe y amor, constantes y pacientes, en medio de las ocupaciones y preocupaciones que van tejiendo nuestro vivir.

Y esta respuesta sólo la podemos dar nosotros, tú y yo. Nadie lo puede hacer en nuestro lugar. Esto es lo que significa la negativa de las vírgenes prudentes a ceder parte de su aceite para las lámparas apagadas de las vírgenes necias: «Es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis» (Mt 25,9). Así, nuestra respuesta a Dios es personal e intransferible.

No esperemos un “mañana” —que quizá no vendrá— para encender la lámpara de nuestro amor para el Esposo. Carpe diem! Hay que vivir en cada segundo de nuestra vida toda la pasión que un cristiano ha de sentir por su Señor. Es un dicho conocido, pero que no estará de más recordarlo de nuevo: «Vive cada día de tu vida como si fuese el primer día de tu existencia, como si fuese el único día de que disponemos, como si fuese el último día de nuestra vida». Una llamada realista a la necesaria y razonable conversión que hemos de llevar a término.

Que Dios nos conceda la gracia en su gran misericordia de que no tengamos que oír en la hora suprema: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12), es decir, «no habéis tenido ninguna relación ni trato conmigo». Tratemos al Señor en esta vida de manera que lleguemos a ser conocidos y amigos suyos en el tiempo y en la eternidad.

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Silencio por favor

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Silencio por favor

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


En este Mensaje al Corazón en el día de hoy le decimos: "Silencio por favor". Sí, silencio por favor, porque necesitamos el silencio para vivir.

En nuestra sociedad moderna el ruido se ha convertido en una parte esencial de la vida. El ruido aparece en todas partes: en las industrias, en las fábricas, en el tráfico, en la televisión, en la radio, en las grabadoras, etc. También el ruido está en nuestras conversaciones. Hablamos con voz muy alta, decimos demasiadas cosas, muchas veces sin pensarlas, hablamos por hablar y decimos muy poco. Hay ruido en nuestro corazón, sí, ¡hay mucho ruido! Estamos almacenando el ruido de la calle, el ruido de nuestro pasado, de nuestras angustias, de nuestros odios, de chismes, de malas noticias, de pesimismos, derrotas y amarguras.

Hay ruido por todas partes y nos angustia, nos pone nerviosos y nos desespera. ¿Por qué no hacemos silencio? Sabemos que no se pueden parar las fábricas, tampoco se puede detener el tráfico, aunque sí se pueden crear campañas que aminoren el ruido excesivo como: no tocar la bocina en ciertas zonas, poner aparatos especiales que suavicen el ruido de los motores en las fábricas, etc.

Hoy quisiéramos decirle que usted puede hacer más silencio, aún con el ruido exterior que existe. ¿Cómo? Racionalice el uso de los aparatos tales como la radio, la televisión, las grabadoras, etc. Tenga en su casa un oasis de paz, un cuarto donde se respete el silencio o haga que en su hogar existan momentos de silencio que todos los miembros de la familia respeten. Lo cierto es que necesitamos el silencio para vivir; nos estamos neurotizando tremendamente por el exceso de ruido. El ruido nos va enloqueciendo, nos va acelerando emocional y mentalmente, nos va haciendo más violentos.

Vivimos en una sociedad demasiado ruidosa. No hay tiempo para la meditación; ahogamos el silencio a base de ruidos y así, ¿quién puede contemplar el misterio del ser humano? Nos encanta el ruido, porque nos aliena y nos impide pensar más. Se necesita el silencio para poder contemplar el misterio que somos cada uno de nosotros. Necesitamos callar y callar el ambiente, sumergirnos en nuestro interior y preguntarnos cada uno: ¿quién soy?, ¿a dónde voy?,¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿me estoy realizando?, ¿qué defectos tengo?, ¿qué traumas me condicionan?, ¿qué complejos me aturden?, ¿qué cosas me obsesionan? Preguntarme, responderme, oírme, saber de mis necesidades más ocultas, hacerme caso, tomarme en cuenta, saber que vivo, que existo, saber que antes no fui y que ahora soy, porque Dios me dio la vida y que algún día no seré aquí en la tierra, aunque siempre seré en la eternidad.

Si hiciéramos más silencio en la vida oiríamos tanto, escucharíamos los mensajes más fuertes, los clamores más inimaginables; oiríamos la voz de la historia que nos llama a actuar. En el silencio nos convertiríamos en redentores de esta humanidad y brindaríamos a los que nos necesitan, algo o mucho, todo depende de nuestra fortaleza, de nuestro amor y de nuestro silencio. En el silencio nos convertiríamos en buenos alumnos, aprenderíamos tanto de la historia que es maestra y nos convertiríamos en maestros también, porque le diríamos a otros lo que hemos oído.

En los hospitales generalmente hay letreros que dicen: "Silencio por favor". ¿Por qué? Porque los enfermos necesitan descanso, ya que es necesario para su recuperación. Pero hay muchos más enfermos fuera que dentro de los hospitales, sobre todo enfermos emocionales y puede ser el caso suyo. Gente que es víctima de la tensión, de las prisas, de las preocupaciones, de las angustias de la vida diaria y entre las cosas que necesitan está el silencio. No hacer mucho ruido, no alborotar más sus cabezas y sus corazones con un exceso de chismes, gritos, quejas, conversaciones sin sentido. Necesitamos todos un poco más de silencio, menos recargo de ideas inservibles y destructivas que se nos van metiendo día y noche. ¿Por qué no le pierde el miedo al silencio y comienza a fabricar su hora de silencio en donde se sentirá más persona? ¿Por qué no detiene un poco el ruido que lo ahoga y se sumerge en el silencio y en la soledad un poquito cada día, para encontrarse más con Dios y con usted mismo todos los días? Usted puede tener sus momentos de silencio. Apartarse un rato del ruido; retirarse un momento y hacer silencio. ¿Y por qué no en el templo, en nuestros templos que muchas veces, por desgracia, están vacíos? Podría ir usted un rato y encontrarse con el Señor.

¡Un poco más de silencio por favor! Silencio para que seamos mejores. No se olvide que si usted se encuentra con el Señor en el silencio crecerá más en santidad y recuerde: ¡CON DIOS, USTED ES INVENCIBLE!

LECTURA BREVE 1Pe 1, 13-14


LECTURA BREVE   1Pe 1, 13-14

Con ánimo dispuesto y vigilante poned toda vuestra esperanza en la gracia que os llegará cuando Jesucristo se manifieste. Como hijos obedientes no os amoldéis a las pasiones que teníais cuando estabais en vuestra ignorancia.

jueves, 27 de agosto de 2020

Oración a Santa Monica


Santo Evangelio 27 de agosto 2020


Día litúrgico: Jueves XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 24,42-51): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda’, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».


«Estad preparados»

+ Rev. D. Albert TAULÉ i Viñas
(Barcelona, España)

Hoy, el texto evangélico nos habla de la incertidumbre del momento en que vendrá el Señor: «No sabéis qué día vendrá» (Mt 24,42). Si queremos que nos encuentre velando en el momento de su llegada, no nos podemos distraer ni dormirnos: hay que estar siempre preparados. Jesús pone muchos ejemplos de esta atención: el que vigila por si viene un ladrón, el siervo que quiere complacer a su amo... Quizá hoy nos hablaría de un portero de fútbol que no sabe cuándo ni de qué manera le vendrá la pelota...

Pero, quizá, antes debiéramos aclarar de qué venida se nos habla. ¿Se trata de la hora de la muerte?; ¿se trata del fin del mundo? Ciertamente, son venidas del Señor que Él ha dejado expresamente en la incertidumbre para provocar en nosotros una atención constante. Pero, haciendo un cálculo de probabilidades, quizá nadie de nuestra generación será testimonio de un cataclismo universal que ponga fin a la existencia de la vida humana en este planeta. Y, por lo que se refiere a la muerte, esto sólo será una vez y basta. Mientras esto no llegue, ¿no hay ninguna otra venida más cercana ante la cual nos convenga estar siempre preparados?

«¡Cómo pasan los años! Los meses se reducen a semanas, las semanas a días, los días a horas, y las horas a segundos...» (San Francisco de Sales). Cada día, cada hora, en cada instante, el Señor está cerca de nuestra vida. A través de inspiraciones internas, a través de las personas que nos rodean, de los hechos que se van sucediendo, el Señor llama a nuestra puerta y, como dice el Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Hoy, si comulgamos, esto volverá a pasar. Hoy, si escuchamos pacientemente los problemas que otro nos confía o damos generosamente nuestro dinero para socorrer una necesidad, esto volverá a pasar. Hoy, si en nuestra oración personal recibimos —repentinamente— una inspiración inesperada, esto volverá a pasar.

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¿Tiene sentido el sufrimiento?

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¿Tiene sentido el sufrimiento?

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Mucha gente se lamenta de no encontrar un sentido a su sufrimiento. "¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo para que me suceda esto? La vida me está tratando verdaderamente mal. ¿Para qué vivirla así? Esto es realmente absurdo". Pues bien, mientras no le encuentre sentido a la vida, al amor, a la alegría, a la tristeza, al dolor, al sufrimiento y a la misma muerte, no podrá encontrar la paz. Y usted necesita la paz.

Veamos: Los seres humanos tenemos varias tendencias fundamentales, entre ellas está la de encontrar la verdad, explicarnos las cosas de la vida y, por lo tanto, darle un sentido a la existencia. Cuando una persona no le encuentra respuestas a los interrogantes vitales, se sumerge en un abismo de angustia, desesperación y se siente invadido por las náuseas del absurdo. Por lo tanto, ¡déle un sentido a su vida!

¿Tiene sentido el sufrimiento? Sí lo tiene. Si usted ama, tendrá que sacrificarse por la gente que ama. Esto es sufrimiento. Y vale la pena. Si tiene que emprender un camino de superación profesional, tendrá que sacrificarse (dejar diversiones y muchas otras cosas buenas por el fin que persigue). Y vale la pena el sacrificio. Si ha cometido errores en el campo de la moral, de las relaciones interpersonales o en el de su trabajo, vendrá el sufrimiento. Esto es bueno y no se asuste. Remordimiento de conciencia, dolor por haber fallado, arrepentimiento, deseo de cambiar y una cierta sana ira contra sus actitudes negativas; todo esto es bueno. Impulsa al cambio. Ve usted, tiene sentido sufrir. Sin el sufrimiento, con una conciencia amoral, con una indiferencia enfermiza a lo relacionado con el bien y el mal, termina usted en la "calle de la vida", consumiéndose en el pecado, destruyendo su existencia y la de otros.

Creo yo que el sufrimiento es un buen termómetro para medir la calidad de su amor. La persona que más ama, se entrega y, por lo tanto, "muere" a su egoísmo, comodidad y aun a su derecho de mantener más ingresos, salud, descanso y otras cosas buenas. El caso más claro: Jesús que dio hasta la vida por usted y por todos nosotros. Y el caso de aquella mujer, por ejemplo, que levantó de la nada a siete hijos y les dio comida, ropa, educación y que a consecuencia de lavar y planchar ropa ajena a lo largo de muchos años, sufrió de una artritis espantosa que la deformó físicamente. En los últimos años de su vida sus hijos, ya trabajando, le pudieron dar una casita. Y en su lecho de muerte exclamaba que ni la casita ni nada de este mundo le daba más alegría que haber levantado a sus hijos y verlos hechos unos profesionales. Esto es amor. Y su amor la hizo abrazar el sufrimiento para realizarlo plenamente. Valió la pena sufrir.

Cuando el sufrimiento proviene de enfermedades, accidentes, calumnias, engaños, aunque son situaciones no buscadas por usted, tiene sentido ese dolor. Si lo ofrece al Señor por la purificación de sus pecados, por la salvación de la humanidad (Pablo habla de completar la pasión de Cristo) y lo aprovecha para madurar más en valentía, aplomo, control de sí mismo y le enseña a ser realista (la vida se compone de alegrías y dolores); tiene sentido el sufrimiento. Lo hizo realizarse más. Y esto no es masoquismo. Es sacarle algo positivo a todo, aun a lo más negativo. Pero sólo con el Señor podrá usted resistir las pruebas de la vida y salir adelante, pase lo que pase, porque ¡CON DIOS, USTED ES INVENCIBLE!



LECTURA BREVE Tb 4, 16-17. 19-20


LECTURA BREVE   Tb 4, 16-17. 19-20

No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan. Da de tu pan al hambriento y da tus vestidos al desnudo. Busca el consejo de los prudentes. Bendice al Señor en toda circunstancia, pídele que sean rectos todos tus caminos y que lleguen a buen fin todas tus sendas y proyectos.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Santo Evangelio 26 de agosto 2020


Día litúrgico: Miércoles XXI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 23,27-32): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ‘Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!’. Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!».


«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!»

+ Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué
(Manresa, Barcelona, España)

Hoy, como en los días anteriores y los que siguen, contemplamos a Jesús fuera de sí, condenando actitudes incompatibles con un vivir digno, no solamente cristiano, sino también humano: «Por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23,28). Viene a confirmar que la sinceridad, la honradez, la lealtad, la nobleza..., son virtudes queridas por Dios y, también, muy apreciadas por los humanos.

Para no caer, pues, en la hipocresía, tengo que ser muy sincero. Primero, con Dios, porque me quiere limpio de corazón y que deteste toda mentira por ser Él totalmente puro, la Verdad absoluta. Segundo, conmigo mismo, para no ser yo el primer engañado, exponiéndome a pecar contra el Espíritu Santo al no reconocer los propios pecados ni manifestarlos con claridad en el sacramento de la Penitencia, o por no confiar suficientemente en Dios, que nunca condena a quien hace de hijo pródigo ni pierde a nadie por el hecho de ser pecador, sino por no reconocerse como tal. En tercer lugar, con los otros, ya que también —como Jesús— a todos nos pone fuera de sí la mentira, el engaño, la falta de sinceridad, de honradez, de lealtad, de nobleza..., y, por esto mismo, hemos de aplicarnos el principio: «Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie».

Estas tres actitudes —que podemos considerar de sentido común— las hemos de hacer nuestras para no caer en la hipocresía, y hacernos cargo de que necesitamos la gracia santificante, debido al pecado original ocasionado por el “padre de la mentira”: el demonio. Por esto, haremos caso de la exhortación de san Josemaría: «A la hora del examen ve prevenido contra el demonio mudo»; tendremos también presente a Orígenes, que dice: «Toda santidad fingida yace muerta porque no obra impulsada por Dios», y nos regiremos, siempre, por el principio elemental y simple propuesto por Jesús: «Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’» (Mt 5,37).

María no se pasa en palabras, pero su sí al bien, a la gracia, fue único y veraz; su no al mal, al pecado, fue rotundo y sincero.

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LECTURA BREVE Rm 13, 11b. 12-13a


LECTURA BREVE Rm 13, 11b. 12-13a

Ya es hora que despertéis del sueño. La noche va pasando, el día está encima; desnudémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistámonos de las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad.

Usted no es inferior a nadie

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Usted no es inferior a nadie

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


El complejo de inferioridad es un sentimiento muy triste, doloroso y trágico. Muchas personas poseen buenas cualidades, grandes atributos morales, espirituales y emocionales, tienen conocimientos y experiencias muy positivas y están capacitadas para triunfar tremendamente en un campo profesional determinado; pero padecen de un profundo y terrible complejo de inferioridad. Estas personas fracasan, no por falta de cualidades, sino por una imagen tan negativa, un concepto tan pobre de sí mismos, por un pensamiento tan triste de sus capacidades y de lo que son como personas. Sucumben catastróficamente en el fracaso por creerse inferiores. Por lo menos el 95% de las personas sienten en sus vidas algún sentimiento de inferioridad y para millones de individuos esto es una seria barrera para alcanzar la felicidad y el éxito. 

Lógicamente, todos tenemos cualidades, talentos, conocimientos y experiencias que otros no tienen. Quizás nunca podremos pintar como Picasso, cantar como Plácido Domingo o batir el record de velocidad de 500 metros. El hecho que uno no se desenvuelva con tanta habilidad como otros individuos que han sobresalido en deportes, el arte, la música o la ciencia, no significa que uno sea menos que ellos. No es saludable compararse desfavorablemente con personas que han destacado en ciertos campos ni permitir que esto le produzca sentimientos de inseguridad ni que opaque su existencia. 

El sentimiento de inferioridad origina cuando nos juzgamos y comparamos con las normas de otras personas, no con las nuestras. Hay personas que alimentan cada vez más su complejo de inferioridad al compararse a individuos que sobresalen en otros campos y, a un nivel inconsciente, tratan de ser igual a ellos. Como cada ser humano es diferente y no puede ser igual o idéntico a otro, se frustra y aparece con más crudeza el complejo de inferioridad. 

La única comparación auténticamente válida es la que uno hace con su propio ser: con sus cualidades, habilidades, tendencias, metas y valores. Debe verse tal y como tendría que ser si desarrolla al máximo lo que tiene que desarrollar y dónde puede llegar de acuerdo con lo que Dios quiere para usted, con sus metas, valores y posibilidades y para estimularse a ser mejor. Cada persona es tan digna, valiosa y estimable como cualquiera otra. Simplemente cada uno es diferente, porque nació en su propio ambiente, con influencias y tendencias distintas. No se compare con nadie y menos con personas que destacan en campos de la vida que no son necesariamente de su interés. 

Muchas personas se acomplejan, sufren de envidia y caen en una amargura terrible por tener la idea totalmente errónea de que tienen que ser como otros. Cada persona es como Dios la ha creado, única e irrepetible, diferente a cualquier otra, con sus propias cualidades, habilidades y virtudes. Es absurdo fijarse en otros para averiguar cómo tiene que ser. 

Ciertamente, en el campo en que usted se desenvuelve, sea profesional, técnico u otro, es bueno fijarse cómo actúan otros para imitar lo bueno. Investigue y tome de ejemplo técnicas, normas, métodos, ideas y consejos de otros para mejorar en su profesión u oficio; pero no caiga en la autosuficiencia de creer que es el único que sabe, el que más conoce y el más importante, sin considerar que hay otros que pueden ser iguales o mejores que usted. 

Usted es único, no es inferior ni superior a nadie; es simplemente usted, con sus propias aptitudes y debilidades. La personalidad suya no puede competir con ninguna otra personalidad, porque no existen dos personas iguales en la superficie de la tierra. Dios nunca pensó crear a todos igual en cuanto a capacidades, conocimientos, formas de pensar y actuar. No existe un modelo de hombre o mujer que sea común ni uniforme. El Señor creó a cada ser humano como un individuo único en su género, del mismo modo que hizo individual y único cada copito de nieve, cada hoja de un árbol, cada plantita de la tierra y cada flor. Dios creó a gente baja y alta, grande y pequeña, delgada y gruesa, negros, amarillos, cobrizos y blancos. Él jamás mostró preferencia por algún tipo, tamaño, semblante o color determinado y ama por igual a todas las personas, aunque sean diferentes. 

Un complejo de inferioridad lleva al desastre. Cada vez que uno se compara con otra persona, real o ficticia y no logra hacer las cosas igual, creerá que no vale, que es tonto y bruto. Es absurdo y ridículo compararse o medirse con otras personas. Usted es único y maravilloso, como ninguna otra persona en la tierra. Aunque no destaque tanto en algunos campos, no significa que es inferior a nadie. 

El Dr. Norton Williams, un célebre psiquiatra, expresó que la ansiedad del hombre moderno y sus sentimientos de inseguridad tienen origen en la carencia de fe en sí mismo y que la seguridad interior sólo puede hallarse al encontrar dentro de sí esa individualidad única y distinta, la cual es afín a la idea de haber sido creado a la imagen de Dios. 

Cada uno está mandado por el Señor a reafirmar con valor, tenacidad, orgullo y fe lo hermosa, maravillosa y grandiosa que es su personalidad y luchar contra sus sentimientos y complejos de inferioridad. Esto no constituye soberbia, sino andar con la verdad, la que nos hará libres, dice nuestro Señor Jesucristo. Si usted quiere ser feliz, ámese, valórese, quiérase, respétese; nunca se compare ni se sienta inferior a nadie ni se acompleje. No mida a nadie por su condición social, económica o por el color de su piel ni se le ocurra jamás pensar que usted es menos que otra persona, porque tiene menos. 

Sacúdase de una vez por todas de ese complejo de inferioridad que le impide realizar en su vida las metas y valores que usted siente y que debe cumplir. A Jesucristo, el Hijo de Dios, nuestro Señor maravilloso, no le importó llevar siempre la misma túnica, el mismo manto. Jesucristo jamás bajó la cabeza ante algún tipo de poder ni se avergonzó por su origen humilde ni porque le llamaran carpintero o hijo de un carpintero; porque conocía perfectamente bien su dignidad y su valor. 

Jesucristo, el Señor, es Hijo de Dios en el sentido pleno, pero usted también es hijo de Dios en Cristo, hecho a Su imagen y semejanza y templo del Espíritu Santo. Usted es una persona maravillosa, fantástica, única, original e increíble, como ninguna otra que haya existido en la faz de la tierra. Despierte, abra sus ojos y aprenda de una vez por todas a desterrar ese sentimiento de inferioridad que es tan trágico y lamentable. Si usted se acerca al Señor y lo busca, Él puede ayudarlo a cambiar. Él puede hacer maravillas en su vida y ayudarle a eliminar su sentimiento o complejo de inferioridad. Con Él usted vence cualquier cosa, porque con Dios, usted es... ¡INVENCIBLE! 

                       

martes, 25 de agosto de 2020

Oración del Magnificat


Santo Evangelio 25 de agosto 2020


Día litúrgico: Martes XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 23,23-26): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña y codicia! ¡Fariseo ciego, purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!».

«Purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura»

Fr. Austin NORRIS
(Mumbai, India)

Hoy tenemos la impresión de “pillar” a Jesús en un arrebato de mal humor —realmente alguien le ha hecho sentir molesto—. Jesucristo se siente incómodo con la falsa religiosidad, las peticiones pomposas y la piedad egoísta. Él ha notado un vacío de amor, a saber, echa en falta «la justicia, la misericordia y la fe» (Mt 23,23) tras las acciones superficiales con las que tratan de cumplir la Ley. Jesús encarna esas cualidades en su persona y ministerio. Él era la justicia, la misericordia y la fe. Sus acciones, milagros, sanaciones y palabras rezumaban estos verdaderos fundamentos, que fluyen de su corazón amoroso. Para Jesucristo no se trataba de una cuestión de “Ley”, sino que era un asunto de corazón…

Incluso en las palabras de castigo vemos en Dios un toque de amor, importante para quienes quieran volver a lo básico: «Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios» (Miq 6,8). El Papa Francisco dijo: «Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia... Recordemos al profeta Isaías, cuando afirma que, aunque nuestros pecados fueran rojo escarlata, el Amor de Dios los volverá blancos como la nieve. Es hermoso, esto de la misericordia».

«¡Purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!» (Mt 23,26). ¡Cuán cierto es eso para cada uno de nosotros! Sabemos cómo la limpieza personal nos hace sentir frescos y vibrantes por dentro y por fuera. Más aun, en el ámbito espiritual y moral nuestro interior, nuestro espíritu, si está limpio y sano brillará en buenas obras y acciones que honren a Dios y le rindan un verdadero homenaje (cf. Jn 5,23). Fijémonos en el marco más grande del amor, de la justicia y de la fe y no nos perdamos en menudencias que consumen nuestro tiempo, nos empequeñecen y nos hacen quisquillosos. ¡Saltemos al vasto océano del Amor de Dios y no nos conformemos con riachuelos de mezquindad!

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Valor al respeto

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Valor al respeto

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Si usted quiere ser feliz, debe tener un gran respeto hacia los demás y hacia usted mismo. Ha de amar al prójimo como a usted mismo. Las personas que se estiman muy poco, sienten una baja estimación hacia los demás. Uno no lastima, hiere o ridiculiza a los demás si se respeta y se quiere a sí mismo. Detrás de una persona que constantemente ofende a otros hay un individuo, él mismo, que está continuamente despreciándose. No se acepta a sí mismo.

Si usted quiere ser feliz, debe respetarse y saber que usted tiene espíritu, alma y cuerpo. Debe tratarse bien. Por ejemplo: su cuerpo. Cuídelo. Necesita aire puro, calor del sol, descanso, limpieza, ejercicio. Y no olvide que su cuerpo es Templo del Espíritu Santo; por lo tanto, evite profanarlo con el uso de la droga, el licor como vicio y el uso descontrolado del sexo.

No se avergüence de su cuerpo. Dios lo hizo a usted realmente maravilloso. Fíjese en el funcionamiento perfecto de sus órganos: cerebro, estómago, riñones, etc. Trate bien a su cuerpo. Y cuando sienta problemas físicos, acuda a la ayuda de la medicina, que es un don de Dios para que el ser humano viva mejor.

En cuanto a su alma, cultive su mente, controle sus emociones y sentimientos y ejercite su fuerza de voluntad. Lea buenas lecturas, aprenda a meditar, a ejercitar la razón, la lógica y evite los sentimientos negativos como el odio, el rencor, la cólera, la envidia. Ejercite su fuerza de voluntad realizando grandes metas. Sepa que su alma es tan importante como su cuerpo y así como reviste con dignidad el mismo, no olvide que su alma necesita también embellecerse.

El respeto a sí mismo implica también fijarse en su espíritu. Éste es la capacidad que tenemos para abrirnos a Dios y a comunicarnos con Él. El hombre que respeta su parte espiritual es hombre de oración. Le encanta hablar con Dios y se siente a gusto con las cosas del espíritu. Orar es elevar el corazón y la mente hacia el Señor, es entregarse a Él dándole el primer lugar en nuestra vida.

Para respetarse a usted mismo debe mantener un sano equilibrio entre el espíritu, el alma y su cuerpo. Usted muestra respeto hacia usted mismo en la manera como viste, habla, juega; en la manera como se comporta con los demás. Somos el reflejo de lo que pensamos en la manera como hablamos, nos vestimos y nos comportamos con los demás.

Si una persona vive continuamente degradándose, irrespetándose irá cada vez más perdiendo el cultivo de esas tres áreas de su ser y así se manifestará públicamente, tarde o temprano. Y además terminará agrediendo, haciendo daño a los demás, de mil maneras. El que no es bueno consigo mismo, es malo con los demás.

Usted debe respetarse, quererse. Recuerde que "Dios no hace basura" y Dios lo hizo a usted. Por lo tanto, usted merece el mejor de los tratos. Estímese, ámese, deje de maltratarse y vea todo lo positivo y bueno que tiene. Dios quiere que se ame. Usted le falta el respeto a Dios despreciándose a usted mismo, porque Él es el autor de su vida. Rompa, pues, las cadenas del desprecio a sí mismo y comience a sentirse bien.

Dios hizo a alguien maravilloso que es usted. El que no se respeta a sí mismo no respetará a nadie. Y no se olvide, con DIOS USTED ES… ¡INVENCIBLE !



LECTURA BREVE 2Co 5, 19b-20


LECTURA BREVE   2Co 5, 19b-20

Dios nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. Por eso nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

lunes, 24 de agosto de 2020

Santo Evangelio 24 de agosto 2020


Día litúrgico: 24 de Agosto: San Bartolomé, apóstol


Texto del Evangelio (Jn 1,45-51): En aquel tiempo, Felipe se encontró con Natanael y le dijo: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás». Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

«Ven y lo verás»

Mons. Christoph BOCKAMP Vicario Regional del Opus Dei en Alemania
(Bonn, Alemania)

Hoy celebramos la fiesta del apóstol san Bartolomé. El evangelista san Juan relata su primer encuentro con el Señor con tanta viveza que nos resulta fácil meternos en la escena. Son diálogos de corazones jóvenes, directos, francos... ¡divinos!

Jesús encuentra a Felipe casualmente y le dice «sígueme» (Jn 1,43). Poco después, Felipe, entusiasmado por el encuentro con Jesucristo, busca a su amigo Natanael para comunicarle que —por fin— han encontrado a quien Moisés y los profetas esperaban: «Jesús el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1,45). La contestación que recibe no es entusiasta, sino escéptica : «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» (Jn 1,46). En casi todo el mundo ocurre algo parecido. Es corriente que en cada ciudad, en cada pueblo se piense que de la ciudad, del pueblo vecino no puede salir nada que valga la pena... allí son casi todos ineptos... Y viceversa.

Pero Felipe no se desanima. Y, como son amigos, no da más explicaciones, sino dice: «Ven y lo verás» (Jn 1,46). Va, y su primer encuentro con Jesús es el momento de su vocación. Lo que aparentemente es una casualidad, en los planes de Dios estaba largamente preparado. Para Jesús, Natanael no es un desconocido: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¿De qué higuera? Quizá era un lugar preferido de Natanael a donde solía dirigirse cuando quería descansar, pensar, estar sólo... Aunque siempre bajo la amorosa mirada de Dios. Como todos los hombres, en todo momento. Pero para darse cuenta de este amor infinito de Dios a cada uno, para ser consciente de que está a mi puerta y llama necesito una voz externa, un amigo, un “Felipe” que me diga: «Ven y verás». Alguien que me lleve al camino que san Josemaría describe así: buscar a Cristo; encontrar a Cristo; amar a Cristo.

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Viva su presente

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Viva su presente

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


¿Se ha dado cuenta usted de la cantidad de veces que ha desperdiciado sus "momentos presentes" por estar en el pasado o por tener su mente en otro lado, en otro lugar? Son estos "momentos presentes" los alimentos del alma que fortalecen nuestro ser y nos ubican en la realidad. 

La torpeza de vivir estancados en el pasado, rumiando nuestros antiguos fracasos, cultivando nuestros viejos rencores o hundiéndonos en nuestros venenosos complejos de culpa, nos roba algo grande y maravilloso: VIVIR EL PRESENTE. Y es en el presente donde está la savia de la vida, la oportunidad de enriquecernos realmente, de crecer integralmente. Esta allí la puerta que el Señor nos abre para respirar el aire puro de la verdad, la belleza, el amor, la felicidad. En esos "momentos presentes", cuando estamos en contacto con la familia, con los amigos, con el trabajo honrado, con las tareas nobles, con la naturaleza, con la presencia de Dios, es cuando podemos vivir plenamente la existencia. Quedarnos allá en el pasado, conviviendo con los fantasmas de las desgracias sucedidas, es desperdiciar la felicidad y es envolvernos en la tiniebla de lo que ya no está; pero que es trágicamente recreado por nuestra mente enferma. ¡Y cuánta gente hay así, presa de sus infortunios pasados enredándose en la telaraña absorbente de sus miserias idas! ¡Cuánta gente que no se perdonan o que están hiriendo continuamente a otros por cosas miserables sucedidas, de las que ya no se puede hacer nada para cambiarlas! 

¡Y qué decir de los que están presos en el futuro; de los eternamente preocupados; de los siempre temerosos; de los que están fabricando en sus mentes alteradas acontecimientos atroces, sucesos negativos, cosas terribles que sucederán! Esos que tienen su mirada puesta en el futuro incierto. Los que pierden "momentos presentes" maravillosos, que podrían darles mucha paz y plenitud, tranquilizar su ánimo nervioso y hacerlos ver lo hermoso que es vivir. Esos que están obsesionados con el futuro, que están esperando la visita - tarde o temprano - del ladrón de la felicidad y de la seguridad; del monstruo que los tragará. Que están siempre visualizando en la esquina de la vida - allá cuando menos lo piensen - el ataque, el asalto feroz de lo trágico, de lo desgraciado, de lo tenebroso. Esos no están viviendo; están enfermos. Se están consumiendo en la preocupación obsesiva que mina su salud mental y física. Se están perdiendo el presente. 

Por esto, a unos y a otros les decimos: ¡Viva su "momento presente"! Sumérjase con gusto, con pasión, en la realidad presente: el lado de la vida con sus rostros de niños inocentes, amigos leales, misiones importantes, trabajo cotidiano, oración sencilla, meditación, soledad, diversión, buen humor, momentos de tristeza, de dolor, de incertidumbre, de amor. Viva todo esto. Abra un espacio grande en su alma, lo más grande posible, para vivir el presente. Verá que la vida se le hace nueva, joven, siempre sorpresiva, agradable, placentera. Jesús nos dice: "Cada día tiene su afán". Y en otro texto le anuncia a Zaqueo: "Hoy quiero hospedarme en tu casa". Hoy, sí, hoy. Hoy y ahora es el momento para el encuentro con Él y con la vida. Y no se olvide, con Cristo Jesús, usted podrá vencer los fantasmas del pasado y los monstruos del futuro, porque ¡CON ÉL, USTED ES INVENCIBLE! 

LECTURA BREVE Jdt 8, 21b-23


LECTURA BREVE Jdt 8, 21b-23

Recordad que Dios ha querido probarnos como a nuestros padres. Recordad lo que hizo con Abraham, las pruebas por que hizo pasar a Isaac, lo que aconteció a Jacob. Como les puso a ellos en el crisol para sondear sus corazones, así el Señor nos hiere a nosotros, los que nos acercamos a él, no para castigarnos, sino para amonestarnos.

domingo, 23 de agosto de 2020

Santo Evangelio 23 de agosto 2020



Día litúrgico: Domingo XXI (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 16,13-20): En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.


«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo abre la última etapa del ministerio público de Jesús preparándonos al acontecimiento supremo de su muerte y resurrección. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús decide retirarse por un tiempo con sus apóstoles para intensificar su formación. En ellos empieza hacerse visible la Iglesia, semilla del Reino de Dios en el mundo.

Hace dos domingos, al contemplar como Pedro andaba sobre las aguas y se hundía en ellas, escuchábamos la reprensión de Jesús: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14,31). Hoy, la reconvención se troca en elogio: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17). Pedro es dichoso porque ha abierto su corazón a la revelación divina y ha reconocido en Jesucristo al Hijo de Dios Salvador. A lo largo de la historia se nos plantean las mismas preguntas: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13.15). También nosotros, en un momento u otro, hemos tenido que responder quién es Jesús para mí y qué reconozco en Él; de una fe recibida y transmitida por unos testigos (padres, catequistas, sacerdotes, maestros, amigos…) hemos pasado a una fe personalizada en Jesucristo, de la que también nos hemos convertido en testigos, ya que en eso consiste el núcleo esencial de la fe cristiana.

Solamente desde la fe y la comunión con Jesucristo venceremos el poder del mal. El Reino de la muerte se manifiesta entre nosotros, nos causa sufrimiento y nos plantea muchos interrogantes; sin embargo, también el Reino de Dios se hace presente en medio de nosotros y desvela la esperanza; y la Iglesia, sacramento del Reino de Dios en el mundo, cimentada en la roca de la fe confesada por Pedro, nos hace nacer a la esperanza y a la alegría de la vida eterna. Mientras haya humanidad en el mundo, será preciso dar esperanza, y mientras sea preciso dar esperanza, será necesaria la misión de la Iglesia; por eso, el poder del infierno no la derrotará, ya que Cristo, presente en su pueblo, así nos lo garantiza.
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