sábado, 15 de agosto de 2026

Santo Evangelio 15 de agosto 2026

  


Texto del Evangelio (Lc 1,39-56):

 En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.



«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador»


P. Dom Josep ALEGRE Abad emérito de Santa Mª de Poblet

(Tarragona, España)

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de Santa María en cuerpo y alma a los cielos. «Hoy —dice san Bernardo— sube al cielo la Virgen llena de gloria, y colma de gozo a los ciudadanos celestes». Y añadirá estas preciosas palabras: «¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad —que es dar y recibir— se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres».

El primer don que te prodiga es la Palabra, que Ella supo guardar con tanta fidelidad en el corazón, y hacerla fructificar desde su profundo silencio acogedor. Con esta Palabra en su espacio interior, engendrando la Vida para los hombres en su vientre, «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La presencia de María expande la alegría: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44), exclama Isabel.

Sobre todo, nos hace el don de su alabanza, su misma alegría hecha canto, su Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador...» (Lc 1,46-47). ¡Qué regalo más hermoso nos devuelve hoy el cielo con el canto de María, hecho Palabra de Dios! En este canto hallamos los indicios para aprender cómo se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, y llegar a responder como Ella al regalo que nos hace Dios en su Hijo, a través de su Santa Madre: para ser un regalo de Dios para el mundo, y mañana un regalo de nuestra humanidad a Dios, siguiendo el ejemplo de María, que nos precede en esta glorificación a la que estamos destinados.


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Madre del Creador.....Ruega por nosotros

 


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Aprecie a Dios en la sencillez de cada día

  


Aprecie a Dios en la sencillez de cada día

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


Vamos a meditar en la Palabra de Dios: "En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo y se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces, Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: Maestro, qué bien se está aquí. Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabían lo que decían. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube que dijo: Éste es mi Hijo Amado, escúchenlo. De pronto, al mirar alrededor no vieron a nadie mas que a Jesús solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña Jesús les mandó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos. Le preguntaron por qué dicen los letrados que primero tiene que venir Elías. Les contestó Él: Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Les digo que Elías ya ha venido y que han hecho con él lo que han querido como estaba escrito". 

Hoy es un día maravilloso y el Señor nos habla de mil maneras. La presencia de Cristo la sentimos en el alma, en el corazón. Y hoy el Señor nos llena más de su Espíritu, porque nos prepara siempre para grandes cosas. Quiere que estemos siempre listos para todo lo que Él nos va a ir presentando. Este texto del evangelio es precioso, como toda Palabra de Dios. Escoge a tres discípulos, los lleva a lo más alto de un monte y se transfigura delante de ellos. Una luz impresionante, una voz: "Éste es mi Hijo Amado", aparecen Elías y Moisés, ellos caen rostro en tierra, no saben qué decir, ven la belleza de la gloria de Dios transfigurado, Jesucristo es todo luz. Ellos asombrados, asustados, Pedro balbucea unas palabras casi incoherentes, no sabía lo que decía, porque había mucho que hacer allá abajo en las faldas del monte, en las aldeas y en los pueblos y en Jerusalén. 

Jesús se transfiguró, todo su cuerpo brillaba como una luz. Lo hizo una sola vez, suficiente para que ellos no lo olvidaran. ¿A qué viene esto? A lo de su vida diaria. No todos los días tendrá usted una experiencia exuberante a nivel espiritual que lo va a mantener casi en un éxtasis, no. Algunas veces en su vida, Dios le regala experiencias gozosas a nivel espiritual, que son contadas, y que no podemos olvidarlas. Recuérdelas como anticipos de la gloria de Dios. Pero lo normal es que en nuestra vida diaria, en nuestra oración, nuestra experiencia del Señor sea sencilla. Es decir, en su vida cristiana no esté usted esperando solamente los momentos gozosos, relevantes, sino aprecie en lo diario la belleza de Dios que viene de mil maneras sencillas, sutiles, humildes, como lo vemos a Él en el pan de vida y como le adoramos en Jesús Sacramentado. Así aparece Él todos los días sencillito, pero hay que tener los ojos de la fe para descubrirlo. 

Hay gente que quiere tener siempre revelaciones, apariciones, quiere estar escuchando y viendo cosas. Sí, es verdad que el Señor y la Virgen se aparecen, pero a personas muy contadas y santas. Hay quienes por ahí dicen que tienen apariciones y, primero, que no son nada santos y, segundo, que la gente que anda siempre esperando apariciones o revelaciones, usa mucho la imaginación. Y comienza a ver lo que quiere ver y a oír lo que quiere oír. Y eso no es lo que Dios dice, no es lo que Dios revela; es lo que uno se imagina. ¡Cuidado! Y en tercer lugar, hay gente desequilibrada, gente que le da por ver cosas y están para ser atadas, es decir, para ser encerradas.

En cambio, un cristianismo maduro, un cristianismo que es el evangélico, es el de los apóstoles que vieron una sola vez a Cristo transfigurado aparecer como una luz. Los demás días lo vieron sudoroso, cansado, caminando con su ropa pobre, su túnica, su manto y sus sandalias viejas por los caminos de Israel. Lo vieron en el pozo aquel, pidiéndole agua a la Samaritana y explicándole con paciencia que es Él la fuente de agua viva. Lo vieron combatiendo y peleando con los fariseos y vieron a Cristo en los trigales con los discípulos arrancando los granos de trigo por hambre. Lo vieron comer y dormir en las noches, algunas veces a la intemperie y luego en la cruz asesinado. Aprenda usted a ver a Cristo en la sencillez de todos los días, aprenda a verlo en las cosas más simples. Él todos los días aparece, pero no espere esas impresionantes revelaciones, porque se va a quedar sentado muchos años aguardando y, mientras, la vida se le escapa y la vida es como un río cuya agua no vuelve jamás a pasar por el mismo lugar. 

Aprecie a Dios en la simplicidad de los acontecimientos diarios. Búsquelo en la Palabra, en los hermanos y en los más pobres. Aprecie a Dios en lo sencillo y así será usted ¡invencible en Él! 

                       

viernes, 14 de agosto de 2026

Santo Evangelio 14 de agosto 2026

 



 Texto del Evangelio (Mt 19,3-12):

 En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?». Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre».

Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?». Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por fornicación- y se case con otra, comete adulterio».

Dícenle sus discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Pero Él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda».



«Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre»


Fr. Roger J. LANDRY

(Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)

Hoy, Jesús contesta a las preguntas de sus contemporáneos acerca del verdadero significado del matrimonio, subrayando la indisolubilidad del mismo.

Su respuesta, sin embargo, también proporciona la base adecuada para que los cristianos podamos responder a aquellos que intentan buscar la ampliación de la definición de matrimonio para las parejas homosexuales.

Al hacer retroceder el matrimonio al plan original de Dios, Jesús subraya cuatro aspectos relevantes por los cuales sólo pueden ser unidos en matrimonio un hombre y una mujer:

1) «El Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra» (Mt 19,4). Jesús nos enseña que, en el plan divino, la masculinidad y la feminidad tienen un gran significado. Ignorarlo, pues, es ignorar lo que somos.

2) «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer» (Mt 19,5). El plan de Dios no es que el hombre abandone a sus padres y se vaya con quien desee, sino con una esposa.

3) «De manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6). Esta unión corporal va más allá de la poco duradera unión física que ocurre en el acto conyugal. Se refiere a la unión duradera que se presenta cuando un hombre y una mujer, a través de su amor, conciben una nueva vida que es el matrimonio perdurable o unión de sus cuerpos. Es obvio que un hombre con otro hombre, o una mujer con otra mujer, no pueden considerarse un único cuerpo de esa forma.

4) «Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). Dios mismo ha unido en matrimonio al hombre y a la mujer, y siempre que intentemos separar lo que Él ha unido, lo estaremos haciendo por nuestra cuenta y a expensas de la sociedad.

En su catequesis sobre el Génesis, el Papa San Juan Pablo II dijo: «En su respuesta a los fariseos, Jesucristo plantea a sus interlocutores la visión total del hombre, sin la cual no es posible ofrecer una respuesta adecuada a las preguntas relacionadas con el matrimonio».

Cada uno de nosotros está llamado a ser el “eco” de esta Palabra de Dios en nuestro momento.


Madre de la Divina Gracia......Ruega por nosotros

 


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Tenemos a Cristo que es nuestra Paz y nuestra Luz

 



 Del tratado de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el perfecto modelo del cristiano

(PG 46, 259-262)

TENEMOS A CRISTO QUE ES NUESTRA PAZ Y NUESTRA LUZ


Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Teniendo en cuenta que Cristo es la paz, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros y que es el mismo Cristo. Él ha dado muerte al odio, como dice el Apóstol. No permitamos, pues, de ningún modo que este odio reviva en nosotros, antes demostremos que está del todo muerto. Dios, por nuestra salvación, le dio muerte de una manera admirable; ahora, que yace bien muerto, no seamos nosotros quienes lo resucitemos en perjuicio de nuestras almas, con nuestras iras y deseos de venganza. Ya que tenemos a Cristo, que es la paz, nosotros también matemos el odio, de manera que nuestra vida sea una prolongación de la de Cristo, tal como lo conocemos por la fe. Del mismo modo que él, derribando la barrera de separación, de los dos pueblos creó en su persona un solo hombre, estableciendo la paz, así también nosotros atraigámonos la voluntad no sólo de los que nos atacan desde fuera, sino también de los que entre nosotros promueven sediciones, de modo que cese ya en nosotros esta oposición entre las tendencias de la carne y del espíritu, contrarias entre sí; procuremos, por el contrario, someter a la ley divina la prudencia de nuestra carne, y así, superada esta dualidad que hay en cada uno de nosotros, esforcémonos en reedificarnos a nosotros mismos, de manera que formemos un solo hombre, y tengamos paz en nosotros mismos. La paz se define como la concordia entre las partes disidentes. Por esto, cuando cesa en nosotros esta guerra interna, propia de nuestra naturaleza, y conseguimos la paz, nos convertimos nosotros mismos en paz, y así demostramos en nuestra persona la veracidad y propiedad de este apelativo de Cristo. Además, considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de él emanan para iluminarnos, para que dejemos las actividades de las tinieblas y nos conduzcamos como en pleno día, con dignidad, y, apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras. Y, si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación, nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación no con palabras, sino con los actos de nuestra vida.

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jueves, 13 de agosto de 2026

Santo Evangelio 13 de agosto 2026

 



 Texto del Evangelio (Mt 18,21—19,1):

 En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.



«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?»


Rev. D. Joan BLADÉ i Piñol

(Barcelona, España)

Hoy, preguntar «¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (Mt 18,21), puede significar: —Éstos a quienes tanto amo, los veo también con manías y caprichos que me molestan, me importunan cada dos por tres, no me hablan... Y esto un día y otro día. Señor, ¿hasta cuándo los he de aguantar?

Jesús contesta con la lección de la paciencia. En realidad, los dos colegas coinciden cuando dicen: «Ten paciencia conmigo» (Mt 18,26.29). Mientras la intemperancia del malvado, que ahogaba al otro por poca cosa, le ocasiona la ruina moral y económica, la paciencia del rey, a la vez que salva al deudor, a la familia y sus bienes, engrandece la personalidad del monarca y le genera la confianza de la corte. La reacción del rey, en labios de Jesús, nos recuerda aquello del libro de los Salmos: «Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido» (Sal 130,4).

Está claro que nos hemos de oponer a la injusticia, y, si es necesario, enérgicamente (soportar el mal sería un indicio de apatía o de cobardía). Pero la indignación es sana cuando en ella no hay egoísmo, ni ira, ni necedad, sino deseo recto de defender la verdad. La auténtica paciencia es la que nos lleva a soportar misericordiosamente la contradicción, la debilidad, las molestias, las faltas de oportunidad de las personas, de los acontecimientos o de las cosas. Ser paciente equivale a dominarse a uno mismo. Los seres susceptibles o violentos no pueden ser pacientes porque ni reflexionan ni son amos de sí mismos.

La paciencia es una virtud cristiana porque forma parte del mensaje del Reino de los cielos, y se forja en la experiencia de que todo el mundo tenemos defectos. Si Pablo nos exhorta a soportarnos los unos a los otros (cf. Col 3,12-13), Pedro nos recuerda que la paciencia del Señor nos da la oportunidad de salvarnos (cf. 2Pe 3,15).

Ciertamente, ¡cuántas veces la paciencia del buen Dios nos ha perdonado en el confesionario! ¿Siete veces? ¿Setenta veces siete? ¡Quizá más!

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¡Alto; respétese!

  


¡Alto; respétese!

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón

 Alto; respétese! El respeto hacia uno mismo consiste en una valoración objetiva de sus propias capacidades, virtudes y posibilidades y es esencial para su crecimiento personal. Mucha gente se falta el respeto, se subestima y se condena así al más espectacular y doloroso fracaso. Si usted acostumbra darse bofetadas y ofenderse, deténgase ya y respétese porque seguramente fracasará en la vida. 

Respetarse significa tomar conciencia de sus increíbles cualidades, no subestimarse, despreciarse o considerarse un ser insignificante incapaz de luchar y tener éxito. Respetarse significa valorarse objetivamente, pero no sobre-dimensionando equivocadamente sus valores, o sea, añadiendo más valores de los que se tienen pues eso conduce a la frustración. No se trata de ir del extremo de decir que no posee valores al extremo de pensar que tiene todos los valores y cualidades del mundo. Tampoco así. Juzgarse con imparcialidad implica evaluar sinceramente lo que tiene con rectitud, honradez y objetividad. La gente suele respetar a los que luchan y triunfan gracias a su esfuerzo, dedicación, capacidad e intelecto. 

ucha gente no utiliza el talento y la capacidad que realmente tiene. Como se sub- o sobre-estiman, desperdician por acción u omisión sus condiciones reales. La gente piensa que para triunfar en la vida hay que tener cualidades increíbles, que no pueden aspirar a mucho porque no tienen la capacidad de otras personas. Eso no es tan cierto. Hay personas que han escalado la cima de la perfección, el éxito y la plenitud sin poseer demasiada inteligencia ni habilidad. Sencillamente, los triunfadores saben explotar eficazmente su capacidad porque parten se conocen bien y pueden valorar en profundidad sus virtudes y utilizarlas. Otros, con más capacidad, no triunfan por no utilizar sus virtudes y capacidades a su máxima potencialidad. 

Hay bastante gente en verdad hábil y talentosa, con muchas cualidades, pero es penoso y doloroso ver cómo desaprovechan lo que tienen, se empantanan en el camino hacia la perfección y fracasan. Posiblemente usted no se haya valorado y ha andado por la vida dando bofetadas a su alma pensando que es un ser inferior. Si es así, es triste el irrespeto tan terrible que está cometiendo contra su propio ser. 

Existe una fuerza interior, sembrada por Dios en el alma, que es el poder de la superación personal. Es un riquísimo manantial que está dentro del alma de cada ser humano pero muchas veces no se utiliza a plenitud. Los psicólogos dicen que ese gran poder no se usa simplemente porque no nos conocemos, ni nos lanzamos en pos de grandes y nobles ideales. Si usted supiera lo que tiene dentro de sí y utilizara eficaz y adecuadamente ese grandioso poder interno que Dios le ha dado, sería una persona enormemente exitosa en la vida. En la medida en que explote su potencialidad innata, será una persona cada vez más plena. 

Si usted conoce mejor el lugar que ocupa en la vida, sabrá que es en buena parte producto de sus acciones u omisiones. Mucha gente está donde está porque no busca ni intenta colocarse en otro plano, es decir, no hace el esfuerzo necesario para modificar su situación positivamente. La mayoría ignora que en su interior existe una enorme fuerza de realización que puede encauzar brillantemente a través de su voluntad de superación, de ese manantial interno inmenso que espera ser utilizado. 

El auto-conocimiento, el respeto a sí mismo y la auto-ayuda forman un sólo ente indisoluble. El respeto es la base y la fuerza para pulir, ampliar, desarrollar y ejercitar sus fuerzas intelectuales, físicas y psíquicas. El auto-conocimiento le dará la certeza, seguridad y confianza de que posee todo lo necesario para triunfar. Si usted toma conciencia de esto, se ubicará en una posición objetiva para enfrentar y emprender con éxito todo aquello para lo cual Dios lo creó. Se motivará a respetarse, a no ofenderse ni disminuirse, creyendo que es incapaz de luchar y condenándose de antemano al fracaso. 

Mucha gente no se respeta, se desprecia, se infra-valora, se ofende y abofetea con su complejo de inferioridad. ¡No sea usted una de ellas! Conozca bien su propio ser y aproveche al máximo todo lo que Dios le ha dado para superarse. Toda persona que se conoce, se respeta y tiene confianza en sus propias fuerzas está en las mejores condiciones de triunfar. Si usted no lucha ni se esfuerza por desarrollar y pulir lo que tiene, no aprenderá a respetarse ni otros lo harán. 

En la vida hay que competir de una manera u otra, pero la competencia más profunda debe ser con uno mismo para superarse, como los deportistas que se empeñan para superar sus propias marcas. Para tener éxito, hay que competir con los récords y puestos a que haya llegado en la vida para seguir y no conformarse con lo que ha logrado. También hay que competir con otras personas en los negocios, estudios, puestos y cargos y exigirse mucho personalmente para ocupar el lugar que se merece. La vida exige superación y cada uno puede siempre realizarse más para superar honradamente a otras personas en base a trabajo, esfuerzo, conocimientos y experiencia. Pero es más importante rivalizar y luchar con uno mismo. ¡Siempre uno puede dar más! 

Es fundamental que usted cambie y adquiera un mayor respeto de sí mismo. Conozco personas con cualidades y aptitudes muy normales, que no sobresalen por sus extraordinarias cualidades. Pero sí triunfan de una manera asombrosa en el campo de la santidad, de la vida cristiana, en el campo profesional y familiar porque tienen un auto-conocimiento profundo de su ser y se respetan muchísimo. 

Así han existido y existen tantas personas que han aprovechado lo que Dios les dio. Escuche esta interesante frase de Og Mandino: "quiero hacer con mi barro un palacio y no una cueva". Se une la misma tierra con otros elementos para construir un edificio grande como un palacio, y también para construir una choza. Todos tenemos el mismo barro, pero unos construyen palacios en su vida y su realización personal y otros cuevas o chozas. ¿Qué hará usted? 

En este mensaje al corazón, le invito, suplico e imploro que se respete más. ¡Alto en ese camino en que lleva su vida! Descubra su dignidad, lo mucho que vale y quién es realmente: un ser único, irrepetible y maravilloso. Le digo de todo corazón que usted tiene un valor enorme como ser humano, hijo de Dios. Respétese, valórese y quiérase más; luche por usted mismo. Descubra que todos necesitamos de los demás. Comience a surgir y realizarse porque, en parte, todos dependemos de usted para ser felices. Siempre se puede cambiar con la ayuda de Dios. Recuerde que con Dios, usted es . . . ¡INVENCIBLE! 


Virgen Castisima....Ruega por nosotros

 


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miércoles, 12 de agosto de 2026

Santo Evangelio 12 de agosto 2026

  


Texto del Evangelio (Mt 18,15-20):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».



«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él (...) donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»


Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz

(El Montanyà, Barcelona, España)

Hoy, en este breve fragmento evangélico, el Señor nos enseña tres importantes formas de proceder, que frecuentemente se ignoran.

Comprensión y advertencia al amigo o al colega. Hacerle ver, en discreta intimidad («a solas tú con él»), con claridad («repréndele»), su equivocado proceder para que enderece el camino de su vida. Acudir a la colaboración de un amigo, si la primera gestión no ha dado resultado. Si ni aun con este obrar se logra su conversión y si su pecar escandaliza, no hay que dudar en ejercer la denuncia profética y pública, que hoy puede ser una carta al director de una publicación, una manifestación, una pancarta. Esta manera de obrar deviene exigencia para el mismo que la practica, y frecuentemente es ingrata e incómoda. Por todo ello es más fácil escoger lo que llamamos equivocadamente “caridad cristiana”, que acostumbra a ser puro escapismo, comodidad, cobardía, falsa tolerancia. De hecho, «está reservada la misma pena para los que hacen el mal y para los que lo consienten» (San Bernardo).

Todo cristiano tiene el derecho a solicitar de nosotros los presbíteros el perdón de Dios y de su Iglesia. El psicólogo, en un momento determinado, puede apaciguar su estado de ánimo; el psiquiatra en acto médico puede conseguir vencer un trastorno endógeno. Ambas cosas son muy útiles, pero no suficientes en determinadas ocasiones. Sólo Dios es capaz de perdonar, borrar, olvidar, pulverizar destruyendo, el pecado personal. Y su Iglesia atar o desatar comportamientos, trascendiendo la sentencia en el Cielo. Y con ello gozar de la paz interior y empezar a ser feliz.

En las manos y palabras del presbítero está el privilegio de tomar el pan y que Jesús-Eucaristía realmente sea presencia y alimento. Cualquier discípulo del Reino puede unirse a otro, o mejor a muchos, y con fervor, Fe, coraje y Esperanza, sumergirse en el mundo y convertirlo en el verdadero cuerpo del Jesús-Místico. Y en su compañía acudir a Dios Padre que escuchará las súplicas, pues su Hijo se comprometió a ello, «porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

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Madre Purísima.....Ruega por nosotros

 


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¡Alto! ¿A Donde va sin metas?

 



 ¡Alto! ¿A Donde va sin metas? 

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio Web: Un mensaje al corazón

¿Sabía usted que Dios nos hizo como algo muy especial, únicos e irrepetibles y que además nos hizo con un propósito específico? ¿Entonces, cómo es que usualmente caminamos por la vida dando tumbos aquí y allá? ¿Será que no nos hemos planteado en serio la vida? ¿o sencillamente no le hemos dado un verdadero sentido a nuestra existencia? ¿Será tal vez que nos asusta pensar en el ¿por qué vivimos? - en el ¿por qué estamos aquí y adonde vamos? - ¿qué queremos ser en la vida? y otras tantas interrogantes más. O simplemente que no encontramos respuestas porque hasta ahora, no nos habíamos hecho un planteamiento serio a este respecto. Sin embargo, pongámonos a pensar ¿qué puede esperar del futuro, una persona que vive sin ilusiones, sin metas? ¿Qué balance podrá hacer al final de su vida? 

Pues bien: para remediar esta situación y ser mejores, así como para darle un verdadero significado a nuestra vida, debemos fijarnos metas y objetivos precisos. Tener metas es tener razones para vivir, triunfos que conquistar y propósitos para luchar. 

Examinando cuidadosamente cada aspecto de nuestra vida podremos determinar los vacíos que deben ser llenados, pero no debemos hacernos un planteamiento superficial del problema. Tenemos que combinar razonablemente los aspectos materiales y espirituales y proponernos metas que abarquen todas las facetas de nuestro propio ser. Metas espirituales, humanas y materiales, pues subestimar alguno de estos aspectos nos llevaría a una vida vacía e incompleta. 

Triunfar significa mantener una verdadera armonía entre muchísimos factores. Entonces si queremos triunfar vamos a plantearnos en serio nuestra vida, ya que se vive sólo una vez. Plantémonos metas que realmente valgan la pena, que realmente nos sirvan para llevar una vida plena y más útil. Establezcamos metas en función de nuestras propias necesidades, de nuestro interés específico, del ambiente en que nos desenvolvemos. No copiemos. Seamos nosotros mismos, auténticos y no permitamos que nadie anule nuestro juicio personal. 

Sabemos que no es fácil, pero aún estamos a tiempo. Al igual que las grandes empresas, empecemos a planear el futuro, planifiquemos actividades a mediano y largo plazo. Organicemos planes y programas y cumplámoslos en la medida de nuestras posibilidades. 

Elijamos correctamente nuestros objetivos, pues el no hacerlo nos llevará a una existencia gris y sin perspectivas y nos llevará inevitablemente a un descontento con nosotros mismos, que se reflejará en nuestra propia autoestima, en el carácter y hasta en la salud. 

Pidámosle mucho a Dios sabiduría y discernimiento para conocer ¿cuáles son nuestras metas en la vida?. Hagamos una lista objetiva y sincera; que ésta se convierta en una verdadera declaración de principios y no en un pedazo de papel en el que hay un puñado de esperanzas; allí estará el programa de nuestra vida. 

Haciendo esto estaremos dando el paso que marca el principio de una existencia plena y feliz. 

Ánimo, empecemos hoy recordando siempre que CON DIOS USTED ES INVENCIBLE. 


martes, 11 de agosto de 2026

Santo Evangelio 11 de agosto 2026

 



 Texto del Evangelio (Mt 18,1-5.10.12-14):

 En una ocasión, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».



«No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños»


Rev. D. Valentí ALONSO i Roig

(Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio nos vuelve a revelar el corazón de Dios. Nos hace entender con qué sentimientos actúa el Padre del cielo en relación con sus hijos. La solicitud más ferviente es para con los pequeños, aquellos hacia los cuales nadie presta atención, aquellos que no llegan al lugar donde todo el mundo llega. Sabíamos que el Padre, como Padre bueno que es, tiene predilección por los hijos pequeños, pero hoy todavía nos damos cuenta de otro deseo del Padre, que se convierte en obligación para nosotros: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3).

Por tanto, entendemos que aquello que valora el Padre no es tanto "ser pequeño", sino "hacerse pequeño". «Quien se haga pequeño (...), ése es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mt 18,4). Por esto, podemos entender nuestra responsabilidad en esta acción de empequeñecernos. No se trata tanto de haber sido uno creado pequeño o sencillo, limitado o con más capacidades o menos, sino de saber prescindir de la posible grandeza de cada uno para mantenernos en el nivel de los más humildes y sencillos. La verdadera importancia de cada uno está en asemejarnos a uno de estos pequeños que Jesús mismo presenta con cara y ojos.

Para terminar, el Evangelio todavía nos amplía la lección de hoy. Hay, ¡y muy cerca de nosotros!, unos "pequeños" que a veces los tenemos más abandonados que a los otros: aquellos que son como ovejas que se han descarriado; el Padre los busca y, cuando los encuentra, se alegra porque los hace volver a casa y no se le pierden. Quizá, si contemplásemos a quienes nos rodean como ovejas buscadas por el Padre y devueltas, más que ovejas descarriadas, seríamos capaces de ver más frecuentemente y más de cerca el rostro de Dios. Como dice san Asterio de Amasea: «La parábola de la oveja perdida y el pastor nos enseña que no hemos de desconfiar precipitadamente de los hombres, ni desfallecer al ayudar a los que se encuentran con riesgo».

Algunas Actitudes para Vivir Más Feliz

  


Algunas Actitudes para Vivir Más Feliz

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


Todos añoramos la felicidad, y ciertamente, Dios nos creó para que seamos felices. En este Mensaje al Corazón les detallaremos algunas actitudes que usted debe asumir para ser una persona feliz. 

Adquiera la virtud de la valentía para enfrentarse a los problemas.

Confíe en Dios y en usted mismo.

Luche contra el miedo pues el miedo paraliza, le quita lucidez, le hace cometer torpezas, y lo lleva a la depresión. Sea valiente y decidido; con una postura así irá eliminando los efectos devastadores del miedo... al fracaso, al rechazo, a la muerte: todo esto infecta la mente, aturde e impide ver las cosas con lucidez.

Desarrolle su capacidad de asombro, de admiración, ante las cosas pequeñas o grandes del mundo llenas de maravillas; sí usted mantiene esa actitud a todo lo hermoso le garantizamos que desaparecerán sus tristezas, sus aburrimientos y más aún, su depresión. Conviértase en un ser sensible a lo positivo. Cultive el corazón de niño que ve todo como nuevo y bello.

Lo invitamos a levantarse por las mañanas y diga a sí mismo: ¡que maravilla que sigo vivo! ¡esto es un milagro de Dios! porque es un milagro la vida. Abra las ventanas de su cuarto, observe el amanecer, el sol que despierta y que va llenando con su brillo el horizonte. Asómbrese de ver el brillo en los ojos de sus hijos, maravíllese de que Dios lo sigue amando, lo sigue perdonando, de que aquel hombre sigue luchando con su enfermedad. El mundo sigue su curso y hay mucho de bello en él.

Sea optimista, siempre espere un mañana mejor, no deje de luchar, no se desanime, no se sienta derrotado, porque es usted el que admite su derrota; mientras usted no lo haga, nadie podrá derrotarlo, sólo usted mismo.

El triunfo será suyo si persevera, alimente esa perseverancia. El triunfo aparece cuando se corre esa milla más, cuando se hace ese esfuerzo adicional que mucha gente considera inútil, como un esfuerzo sin frutos; dé usted ese paso que pocos dan. La diferencia entre el que triunfa y el que cae derrotado es ese último esfuerzo para llegar a la meta; nunca se sienta derrotado y no olvide que Dios está con usted apoyándolo en su lucha. El vencerá y con El todo lo bueno triunfará; y si su causa es noble también usted triunfará.

Nuestro Dios es el Dios de la Victoria, el Dios de la Esperanza, del fruto feliz, es el Dios del Triunfo. Repítase siempre, "venceré, venceré porque Dios está conmigo"; jamás se sienta vencido.

Cultive su lenguaje para que sea positivo; se ha demostrado psicológicamente como el lenguaje influye en los pensamientos, en la manera como se miren las cosas. Evite expresiones como: ¡que tristeza!, ¡ya no hay nada que hacer!, ¡estoy hundido!, ¡estoy vencido!, ¡esto no tiene remedio!, ¡es imposible vivir en este mundo!, ¡que mundo más desgraciado!, ¡este mundo es de los malos!, ¡hemos venido aquí sólo a sufrir!, ¡es imposible la felicidad!, Evite el lenguaje negativo porque eso lo condiciona y lo lleva a la depresión, más bien transfórmelo a lenguaje positivo.

Públicamente diga: ¡estoy muy bien!, ¡todo irá mejor!, ¡esto tiene solución!, ¡todo cambiará!, ¡seguiré luchando y venceré!, ¡nunca me daré por vencido!, ¡no estoy derrotado!, ¡Dios nunca me abandona!, El está conmigo y yo venceré. La forma en que usted se exprese condiciona sus estados de ánimo.

Recuerde cuantos momentos le parecieron a usted intolerables, que no los podía soportar, y que al pasar el tiempo y con la ayuda de Dios, de la naturaleza, de sus amigos y familia y que gracias a su voluntad, perseverancia y uso de las facultades que Dios le ha dado, pudo triunfar. Decídase a triunfar y empéñese en ello superando así los estados de depresión ya que Dios está con usted y lo capacita para el triunfo.

Recuerde siempre que ¡CON DIOS USTED ES INVENCIBL!.

                       

Madre Purísima, Madre Castísima.....Ruega por nosotros

 


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lunes, 10 de agosto de 2026

Santo Evangelio 10 de agosto 2026

  


Texto del Evangelio (Jn 12,24-26):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».



«Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor»


Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, la Iglesia —mediante la liturgia eucarística que celebra al mártir romano san Lorenzo— nos recuerda que «existe un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios» (San Juan Pablo II).

La ley moral es santa e inviolable. Esta afirmación, ciertamente, contrasta con el ambiente relativista que impera en nuestros días, donde con facilidad uno adapta las exigencias éticas a su personal comodidad o a sus propias debilidades. No encontraremos a nadie que nos diga: —Yo soy inmoral; —Yo soy inconsciente; —Yo soy una persona sin verdad... Cualquiera que dijera eso se descalificaría a sí mismo inmediatamente.

Pero la pregunta definitiva sería: ¿de qué moral, de qué conciencia y de qué verdad estamos hablando? Es evidente que la paz y la sana convivencia sociales no pueden basarse en una “moral a la carta”, donde cada uno tira por donde le parece, sin tener en cuenta las inclinaciones y las aspiraciones que el Creador ha dispuesto para nuestra naturaleza. Esta “moral”, lejos de conducirnos por «caminos seguros» hacia las «verdes praderas» que el Buen Pastor desea para nosotros (cf. Sal 23,1-3), nos abocaría irremediablemente a las arenas movedizas del “relativismo moral”, donde absolutamente todo se puede pactar y justificar.

Los mártires son testimonios inapelables de la santidad de la ley moral: hay exigencias de amor básicas que no admiten nunca excepciones ni adaptaciones. De hecho, «en la Nueva Alianza se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Cristo que (...) aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del Emperador» (San Juan Pablo II).

En el ambiente de la Roma del emperador Valeriano, el diácono «san Lorenzo amó a Cristo en la vida, imitó a Cristo en la muerte» (San Agustín). Y, una vez más, se ha cumplido que «el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12,25). La memoria de san Lorenzo, afortunadamente para nosotros, quedará perpetuamente como señal de que el seguimiento de Cristo merece dar la vida, antes que admitir frívolas interpretaciones de su camino.


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A Usted... ¿Le Importa Mucho el Qué Dirán?

  


A Usted... ¿Le Importa Mucho el Qué Dirán?


Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio Web: Un mensaje al corazón


Si usted está pendiente de qué dirán para hacer las cosas y si usted está esperando la aprobación de los demás para actuar, es usted un ser dependiente y probablemente muy inmaduro. Si usted está sometido a la aprobación, al veredicto de los demás para moverse por la vida, usted es un preso de la gente. Si usted vive pendiente de lo que piensen los otros para luego actuar, será siempre una persona fácilmente manipulable. Someterse al criterio de los otros es vivir sometido a los caprichos, estados de ánimo, intereses, opiniones y mil cosas más de los demás. Es entregar a otro la libertad, la iniciativa, la creatividad, en una palabra, la vida a otros. Es amarrarse de manos y pies y quedar inmóvil, paralizado en la vida. 

Usted tiene que aprender a escuchar y a buscar los sabios consejos e investigar en unos y en otros, en la experiencia de la vida, y en los libros, las pistas para caminar por la existencia. Nadie nació sabiendo. Los inteligentes, escuchan, aprenden, observan y los pasos que dan los hacen movidos por estos factores: lo que han visto, oído, aprendido, más sus pensamientos y criterios personales, su juicio crítico, su propia experiencia y lo que han sentido que Dios les ha dicho. Pero no son barcos que van a la deriva sometidos a los vientos caprichosos de los demás, de los que más grita, de los que más tienen influencia económico o de cualquier otra clase de poder. 

Quiero insistir en esto: las personas plenas, completas son las que más piensan, analizan usan su juicio crítico y buscan razones y evidencias. No se creen todo lo que los demás dicen. No aceptan cualquier "verdad" dicha. Son las que atienden argumentos y no aceptan ser manipulados ni presionados. Quieren ser convencidos. Por esto están alertas, los ojos abiertos, no dejándose llevar por pasiones momentáneas, sino viendo con más amplitud, juzgando las cosas con principios sólidos, viendo la trascendencia de los actos. Son las que buscan analizar la realidad con objetividad. Son las que actúan con cierta lentitud para analizar, convencerse y dar un paso decisivo. Pero cuando lo dan, perseveran, se mantienen firmes en su postura, aceptan todas las consecuencias de su opción. Son los que al dar la palabra la cumplen. Son los dueños de sí mismos. Valoran sus pensamientos y criterios propios. 

Estas personas actúan pensando en sus motivaciones, de acuerdo con lo que han decidido. No están interesados ni se "mueren" por conocer la opinión de los demás. No les asusta ni les acobarda el que otros difieran o no estén de acuerdo con sus actos. Tampoco se apoyan obsesivamente en los aplausos o en la aprobación de otros. Esto no es motivo para que continúen caminando. Ellos van hacia delante porque están convencidos. Ellos siguen un camino porque han visto la verdad. Son la gente madura, cuya vida es como una pieza de granito, ya que están construyendo su existencia en la solidez de la "roca" de la verdad y el análisis, del juicio crítico y de la decisión. Son los que, sepan o no, descansan en la Verdad que es Cristo, Roca eterna, Camino hacia la plenitud y hacia el Reino. 

Usted puede ser así si construye su vida en Cristo Jesús. Así vencerá la tentación de caer en la manipulación de los demás, cosa cómoda pero triste, propia de mediocres. Recuerde, con Cristo es posible porque... ¡Con El usted es…INVENCIBLE! 

                       

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Madre de la Iglesia.....Ruega por nosotros

 


domingo, 9 de agosto de 2026

Santo Evangelio 9 de agosto 2026

  


Texto del Evangelio (Mt 14,22-33):

 Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».



«Empezó a hundirse y gritó: ‘Señor, sálvame’»


Rev. D. Joaquim MESEGUER García

(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, la experiencia de Pedro refleja situaciones que hemos experimentado también nosotros más de una vez. ¿Quién no ha visto hacer aguas sus proyectos y no ha experimentado la tentación del desánimo o de la desesperación? En circunstancias así, debemos reavivar la fe y decir con el salmista: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).

Para la mentalidad antigua, el mar era el lugar donde habitaban las fuerzas del mal, el reino de la muerte, amenazador para el hombre. Al “andar sobre el agua” (cf. Mt 14,25), Jesús nos indica que con su muerte y resurrección triunfa sobre el poder del mal y de la muerte, que nos amenaza y busca destrozarnos. Nuestra existencia, ¿no es también como una frágil embarcación, sacudida por las olas, que atraviesa el mar de la vida y que espera llegar a una meta que tenga sentido?

Pedro creía tener una fe clara y una fuerza muy consistente, pero «empezó a hundirse» (Mt 14,30); Pedro había asegurado a Jesús que estaba dispuesto a seguirlo hasta morir, pero su debilidad lo acobardó y negó al Maestro en los hechos de la Pasión. ¿Por qué Pedro se hunde justo cuando empieza a andar sobre el agua? Porque, en vez de mirar a Jesucristo, miró al mar y eso le hizo perder fuerza y, a partir de ese instante, su confianza en el Señor se debilitó y los pies no le respondieron. Pero, Jesús le «extendió la mano, lo agarró» (Mt 14,31) y lo salvó.

Después de su resurrección, el Señor no permite que su apóstol se hunda en el remordimiento y la desesperación y le devuelve la confianza con su perdón generoso. ¿A quién miro yo en el combate de la vida? Cuando noto que el peso de mis pecados y errores me arrastra y me hunde, ¿dejo que el buen Jesús alargue su mano y me salve?

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HABLABA CON DIOS O DE DIOS

  


De varios escritos de la Historia de la Orden de Predicadores

(Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum; Acta canonizationis sancti Dominici: Monumenta Ordinis Praedicatorum historica 16, Roma 1935, pp: 30ss.146-147)

HABLABA CON DIOS O DE DIOS


La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido de la gracia divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu. En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos. Con frecuencia, pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin, instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacía ya tiempo. Con frecuencia, exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.

Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida, conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: "Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles."

Madre de Cristo.....Ruega por nosotros

 


sábado, 8 de agosto de 2026

Santo Evangelio 8 de agosto 2026

 



 Texto del Evangelio (Mt 17,14-20):

 En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, arrodillándose ante Él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle». Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!». Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento.

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible».



«Si tenéis fe como un grano de mostaza (...) nada os será imposible»


Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán

(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy, una vez más, Jesús da a entender que la medida de los milagros es la medida de nuestra fe: «Yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará» (Mt 17,20). De hecho, como hacen notar san Jerónimo y san Agustín, en la obra de nuestra santidad (algo que claramente supera a nuestras fuerzas) se realiza este “desplazarse el monte”. Por tanto, los milagros ahí están y, si no vemos más es porque no le permitimos hacerlos por nuestra poca fe.

Ante una situación desconcertante y a todas luces incomprensible, el ser humano reacciona de diversas maneras. La epilepsia era considerada como una enfermedad incurable y que sufrían las personas que se encontraban poseídas por algún espíritu maligno.

El padre de aquella criatura expresa su amor hacia el hijo buscando su curación integral, y acude a Jesús. Su acción es mostrada como un verdadero acto de fe. Él se arrodilla ante Jesús y lo impreca directamente con la convicción interior de que su petición será escuchada favorablemente. La manera de expresar la demanda muestra, a la vez, la aceptación de su condición y el reconocimiento de la misericordia de Aquél que puede compadecerse de los otros.

Aquel padre trae a colación el hecho de que los discípulos no han podido echar a aquel demonio. Este elemento introduce la instrucción de Jesús haciendo notar la poca fe de los discípulos. Seguirlo a Él, hacerse discípulo, colaborar en su misión pide una fe profunda y bien fundamentada, capaz de soportar adversidades, contratiempos, dificultades e incomprensiones. Una fe que es efectiva porque está sólidamente enraizada. En otros fragmentos evangélicos, Jesucristo mismo lamenta la falta de fe de sus seguidores. La expresión «nada os será imposible» (Mt 17,20) expresa con toda la fuerza la importancia de la fe en el seguimiento del Maestro.

La Palabra de Dios pone delante de nosotros la reflexión sobre la cualidad de nuestra fe y la manera cómo la profundizamos, y nos recuerda aquella actitud del padre de familia que se acerca a Jesús y le ruega con la profundidad del amor de su corazón.

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Santa Madre de Dios.....Ruega por nosotros

 


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Me casaré contigo en matrimonio perpetuo

  


Del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, presbítero

(Canción 39, 4-7)

ME CASARÉ CONTIGO EN MATRIMONIO PERPETUO


En la transformación que el alma tiene en esta vida, pasa esta misma aspiración de Dios al alma y del alma a Dios con mucha frecuencia, con subidísimo deleite de amor en el alma, aunque no en revelado y manifiesto grado, como en la otra vida. Porque esto es lo que entiendo quiso decir san Pablo cuando dijo: Por cuanto sois hijos de Dios, envió Dios en vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, clamando al Padre.

Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado, porque, dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad, pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma? Porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza.

Y como esto sea, no hay más saber ni poder para decirlo, sino dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos mereció este subido puesto de poder ser hijos de Dios, como dice san Juan; y así lo pidió al Padre por el mismo san Juan, diciendo: Padre, quiero que los que me has dado, que, donde yo estoy, también ellos estén conmigo para que vean la claridad que me diste; es a saber, que hagan por participación en nosotros, la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar al Espíritu Santo. Y dice más: No ruego, Padre, solamente por estos presentes, sino también por aquellos que han de creer por su doctrina en mí; que todos ellos sean una misma cosa, de la manera que tú Padre, estás en mí y yo en ti, así ellos en nosotros sean una misma cosa. Y yo, la claridad que me has dado, he dado a ellos, para que sean una misma cosa como nosotros somos una misma cosa, yo en ellos y tú en mi; para que sean perfectos en uno, para que conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí, que es comunicándoles el mismo amor que al Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habemos dicho, por unidad y transformación de amor. Como tampoco, se entiende, aquí quiere decir el Hijo al Padre que sean los santos una cosa esencial y naturalmente como lo son el Padre y el Hijo, sino que lo sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de amor. De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación que él por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros suyos de Dios. De donde san Pedro dijo: Gracia y paz sea cumplida y perfecta en vosotros en el conocimiento de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor, de la manera que nos son dadas todas las cosas de su divina virtud por la vida y la piedad, por el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y virtud, por el cual muy grandes y preciosas promesas nos dio, para que por estas cosas seamos hechos compañeros de la divina naturaleza. Hasta aquí son palabras de san Pedro, en las cuales da claramente a entender que el alma participará al mismo Dios, que será obrando en él, acompañadamente con él, la obra de la Santísima Trinidad, de la manera que habemos dicho, por causa de la unión sustancial entre el alma y Dios. Lo cual, aunque se cumple perfectamente en la otra vida, todavía en ésta, cuando se llega al estado perfecto, como decimos ha llegado aquí el alma, se alcanza gran rastro y sabor de ella, al modo que vamos diciendo, aunque, como habemos dicho, no se puede decir.

¡Oh almas criadas para esas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!

viernes, 7 de agosto de 2026

Santo Evangelio 7 de agosto 2026

  


Texto del Evangelio (Mt 16,24-28):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino».



«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»


Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez

(Ripollet, Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio nos sitúa claramente frente al mundo. Es radical en su planteamiento, no admite medias tintas: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). En numerosas ocasiones, frente al sufrimiento generado por nosotros mismos o por otros, oímos: «Debemos soportar la cruz que Dios nos manda... Dios lo quiere así...», y vamos acumulando sacrificios como cupones pegados en una cartilla, que presentaremos en la auditoria celestial el día que nos toque rendir cuentas.

El sufrimiento no tiene valor en sí mismo. Cristo no era un estoico: tenía sed, hambre, cansancio, no le gustaba que le abandonaran, se dejaba ayudar... Donde pudo alivió el dolor, físico y moral. ¿Qué pasa entonces?

Antes de cargar con nuestra “cruz”, lo primero, es seguir a Cristo. No se sufre y luego se sigue a Cristo... A Cristo se le sigue desde el Amor, y es desde ahí desde donde se comprende el sacrificio, la negación personal: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25). Es el amor y la misericordia lo que conduce al sacrificio. Todo amor verdadero engendra sacrificio de una u otra forma, pero no todo sacrificio engendra amor. Dios no es sacrificio; Dios es Amor, y sólo desde esta perspectiva cobra sentido el dolor, el cansancio y las cruces de nuestra existencia tras el modelo de hombre que el Padre nos revela en Cristo. San Agustín sentenció: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado».

En el devenir de nuestra vida, no busquemos un origen divino para los sacrificios y las penurias: «¿Por qué Dios me manda esto?», sino que tratemos de encontrar un “uso divino” para ello: «¿Cómo podré hacer de esto un acto de fe y de amor?». Es desde esta posición como seguimos a Cristo y como —a buen seguro— nos hacemos merecedores de la mirada misericordiosa del Padre. La misma mirada con la que contemplaba a su

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