domingo, 1 de julio de 2018

La fe, es decir la fidelidad, la confianza en Dios nos salva


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LA FE, ES DECIR, LA FIDELIDAD, LA CONFIANZA EN DIOS NOS SALVA

Por Gabriel González del Estal

1.- Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él… y le dijo: “no temas, basta con que tengas fe”. Jairo, el jefe de la sinagoga judía, tenía fe en el profeta de Galilea; confiaba en él y por eso le siguió hasta donde estaba su hija. Es claro que estaba dispuesto a hacer por la vida de su hija lo que Jesús le pidiera. La fe en Jesús del padre de la niña, su confianza en Jesús, fue lo que salvó la vida de la hija de Jairo. Nosotros, en los tiempos en los ahora vivimos, sabemos que la fe en Jesús no siempre salva la vida material de una persona, aunque se lo pidamos insistentemente. Pero también sabemos que Dios siempre va a dar al que se lo pide con fe lo que más convenga para el alma por el que pedimos. Dios siempre nos da a todos lo que más nos conviene, cuando se lo pedimos con fe. Si hemos dicho tantas veces que Dios es nuestro Padre, tenemos que creer que nos da siempre lo que más nos conviene. Esto es algo que debemos creer todos los cristianos, aunque en la vida real y diaria no veamos esto confirmado empíricamente. Nuestra fe no es una cuestión empírica, sino una actitud religiosa ante Dios. Tengamos fe en Jesús, fe en Dios, confianza y fidelidad a Dios, aunque científicamente no podamos demostrar lo que creemos.

2.- Una mujer que tenía flujos de sangre desde hacía doce años… oyó hablar de Jesús y acercándose por detrás le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias. Jesús le dijo: “hija, tu fe te ha curado, vete en paz y con salud”. Ni los mismos discípulos de Jesús podían creer a la hemorroísa. No debe extrañarnos, porque tampoco nosotros creemos fácilmente los milagros que algunas personas nos cuentas de determinados peregrinos que vienen de Lourdes, o cualquier otro santuario mariano. Tenemos que insistir: entre fe religiosa y razón empírica no siempre hay una conexión lógica. Los sentimientos y las creencias de una persona religiosa pueden llegar más lejos que su razón empírica. El gran sabio Pascal lo sabía y por eso dio a sus sentimientos y creencias unas dimensiones superiores a las de su razón y lo mismo le pasó al gran filósofo converso al catolicismo Manuel García Morente. Respetemos, pues, las creencias religiosas de las personas, aunque muchas veces no podamos compartirlas. Pero, por supuesto, procuremos que nuestras creencias religiosas sean, al menos, razonables ante los demás.

3.- Dios no hizo la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Este libro de la Sabiduría es un libro tardío en la Biblia, escrito en la Diáspora, ya originalmente en griego. En este libro se afirma ya sin rodeos la fe en la inmortalidad del ser humano; el cuerpo, evidentemente, se corrompe en el sepulcro, pero el alma fiel al Señor vive ya para siempre junto a Dios. Para el autor del libro de la Sabiduría la fe en la Resurrección es una fe consoladora, como lo fue ya para los filósofos griegos Sócrates y Platón, y, con mucho más fuerza aún para san Pablo. También debe serlo para nosotros. Nuestra fe en la Resurrección debe llenarnos de esperanza cristiana y de amor agradecido a Dios y a Jesucristo. Un cristiano debe ser siempre una persona llena de esperanza, con una esperanza que le permita superar las dificultades que la vida presente le pueda presentar. Todos los grandes santos fueron en su vida testigos firmes de la esperanza en la resurrección cristiana; seámoslo también nosotros, porque sabemos que nuestro Dios es un Dios amante de la vida.

4.- Hermanos: distinguíos también ahora por vuestra generosidad, porque ya sabéis lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo. La dimensión social de la doctrina paulina, cuando predica la generosidad, como hace hoy en esta carta a los Corintios, es algo que no podemos olvidar hoy ningún cristiano. El cristiano no puede vivir pensando solo en sí mismo, debe vivir siempre pensando en los demás. Vivimos nosotros ahora, como ocurría en tiempos de san Pablo, en un mundo injusto y tremendamente desigual: hay ricos riquísimos y pobres pobrísimos. Condenemos este mundo tan injusto no sólo con nuestras palabras, sino también con nuestra vida y con nuestras acciones. La falta de caridad en este mundo tan desigual es, casi siempre, también una falta de justicia. Ya decía san Agustín que el dinero que sobra a los ricos es dinero de los pobres. Caridad y justicia no sólo no son virtudes contrarias, sino que deben ir siempre unidas. Así fue el pensamiento y el ejemplo de las primeras comunidades cristianas.

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