sábado, 16 de noviembre de 2019

«Hágase»



«Hágase» 


Orden de Frailes menores


Queridos hermanos: Paz y Bien.
«Salve, María, llena de gracia...» (Lc 1, 28).

Hoy es un día hermoso, no sólo porque luce el sol, sino también y sobre todo porque estamos en Nazaret y, más concretamente, en la casa de la Doncella de Nazaret, la Virgen Madre y, por ello, la casa de cada uno de nosotros. Dejémonos llevar de la emoción del reencuentro con la Madre y gustemos las palabras con las que el ángel la saluda: «Salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo...» Así es María, nuestra Madre: está llena de la gracia del Señor y es, por ello, la «bendita entre todas las mujeres» (Lc 1, 42). 

Francisco de Asís, movido por el amor y dejándose llevar de la contemplación del saludo de Gabriel, se «deshace» en «piropos» a la Madre por la que el Señor de la majestad se hizo nuestro hermano (cf. 2Cel 198; Rnb 23): «¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, (le dice Francisco y le decimos con él nosotros hoy), virgen hecha Iglesia, elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito, en ti estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien! ¡Salve, palacio de Dios! ¡Salve, tabernáculo suyo! ¡Salve, casa suya! ¡Salve, vestidura suya! ¡Salve, esclava suya! ¡Salve, madre suya!...» (SalVM). Ella, la «Señora pobre», la «Tota pulcra», la «Inmaculada», es la imagen más perfecta de la aonadada grandeza y hermosura de Dios.

Pero el saludo a María debe ir acompañado de la meditación de su respuesta al saludo de Gabriel: «Aquí está la sierva del Señor; hágase, fiat, en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). En la historia de la salvación ha habido fundamentalmente tres fiat. El primero fue el pronunciado por Dios en el momento de la creación: «Hágase la luz... el firmamento... Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1, 3ss); fruto de este fiat, de este «sí», de este «hágase» de Dios es el «milagro» de la creación: la nada y la confusión se transforman en la armonía y la bondad de la creación: «Y vio Dios que todo era bueno...» El segundo «sí», teológicamente hablando, fue el de Jesús, cuando, conociendo el plan de salvación de Dios, pronunció su fiat: «¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10, 7), un fiat que renovará constantemente a lo largo de su vida (cf. Lc 2, 49), particularmente en el momento de su agonía en Getsemaní: «Padre... no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mt 26, 39); fruto de este fiat es el «milagro» de la redención. El tercer fiat fue el de María, aquí, en esta Santa Gruta: «... hágase, fiat, en mí según tu palabra». Y, como respuesta divina a este fiat de María, aquí, en este mismo lugar santo, el Verbo se hizo carne: «Verbum caro hic factum est». Pero la historia de la salvación continúa. Y, siguiendo la disponibilidad de Jesús para cumplir la voluntad del Padre y la de María en el cumplimiento de cuanto le presenta el enviado del cielo, muchos hombres y mujeres hemos dicho nuestro fiat al Señor en la vida consagrada, entregándole todo nuestro ser y prometiendo amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas (Dt 6, 4). Y, gracias a la fidelidad de estos hombres y mujeres y, sobre todo, gracias a la fidelidad de Dios en estos hombres y mujeres, la historia de la salvación, iniciada con la creación y que alcanza su momento culminante con la obra de la redención, continúa y se hace realidad en la vida de tantos hombres y mujeres que abren su corazón al Evangelio.

El día de hoy, queridos hermanos, nos ofrece a todos una hermosa oportunidad para hacer «memoria» agradecida del «sí» de Dios a nosotros y del «sí» que nosotros le dimos a Dios. Y no puedo menos de recordar que aquí, en manos de Fr. Justo Artaraz, hice, el 1 de enero del año 1965, mi profesión solemne en la Orden de los Hermanos Menores. ¡Cuánto amor, Señor, has derramado en mí, desde aquel momento! Y tú, «Doncella de Nazaret», ¡cuántas manifestaciones de protección materna me has mostrado a lo largo de estos años! Por tanto amor derramado sobre mí y sobre todos los hermanos franciscanos y todos los consagrados: «Proclama mi alma la grandeza del Señor...» (Lc 1, 46ss). Pero también, desde aquel día, ¡cuánta infidelidad por mi parte! ¡Cuántas negaciones por parte de muchos de los que un día dijimos, como Pedro: «¡Te seguiré hasta la muerte!» ¡Cuántos abandonos...! Por mi infidelidad, Señor, y por las infidelidades de tantos y tantos consagrados: «Piedad de mí, Señor. Por tu gran bondad perdona todas mis culpas...» (Sal 50, 1).

Queridos hermanos: La vocación es madrugadora. El Señor la renueva en cada momento de nuestra vida: en el amanecer de nuestras existencias, en nuestra juventud, como al joven rico (cf. Mt 19, 16-22); al mediodía de nuestra vida, en la edad adulta, como a los primeros discípulos (cf. Mt 4, 18- 22) y a Mateo (cf. Mt 9, 9); en el atardecer de nuestra jornada, en la edad avanzada, como a Simón (cf. Jn 21, 19). Y la respuesta debe ser renovada también cada día, de lo contrario muere, como muere la tierna flor expuesta al sol si no se la riega adecuadamente. No hay edad en que la respuesta sea tan segura que nos ahorre la fatiga de escuchar con renovada atención la llamada cotidiana del Señor. Ninguno puede sentirse exento de aplicarse cuidadosamente al propio crecimiento humano y vocacional (cf. VC 69). La llamada, al igual que la respuesta, es tierna, como tierno es el amor del que ambas son fruto. La llamada, si es escuchada, inspirará constantemente el camino de crecimiento y de fidelidad y nos impulsará a vivir en plenitud la juventud de nuestros amor y de nuestro entusiasmo por Cristo, aun «cuando la fidelidad resulta más difícil» (VC 70). En este contexto, os invito, queridos hermanos, a redescubrir cada día, en cada circunstancia de la vida, «el sentido de la alianza» establecida entre Dios y nosotros, una alianza «que Dios ha sido el primero en establecer y que no dejará de cumplir» (VC 70), pero a la que nosotros nos hemos obligado a responder con corazón indiviso, con total generosidad, para que nunca venga a menos por culpa nuestra. Este redescubrimiento y el recuerdo constante de nuestra profesión nos llevará a mantener el gozo de la primera entrega, la frescura del primer amor.

Movidos por el amor que el Señor nos tiene y por el ejemplo de la primera y más fiel discípula de Jesús, queremos en este hermoso día renovar nuestro «sí» al Señor. Y, siguiendo la fórmula de nuestra profesión (cf. CCGG 5, 2), renovamos nuestra firme voluntad de seguir más de cerca al Señor; renovamos nuestros votos, por los que nos obligamos a vivir durante toda nuestra vida en obediencia, sin propio y en castidad; renovamos nuestro firme deseo de observar fielmente la Regla que profesamos y las Constituciones de nuestra Orden; renovamos, también, el compromiso de entregarnos con todo el corazón a la fraternidad a la que pertenecemos...; renovamos todo esto para poder «consumar nuestra consagración al servicio de Dios y de la Iglesia, y para el bien de los hombres». Y, con la Iglesia, poniendo como intercesora a la Bienaventurada Virgen María Inmaculada, a nuestro Padre San Francisco y a todos los santos, y contando con la ayuda de los hermanos, pedimos al Señor –que, «bordeando el mar» de nuestras vidas nos «vio», nos «amó» y nos «llamó» por nuestro nombre para que lo siguiéramos (cf. Mc 1, 16ss)-, que no nos abandone, que no permita que caigamos en tentación..., que lleve a término la obra de sus manos. 

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y siempre. Amén.


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