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viernes, 22 de junio de 2018
Como el manto de estrellas

Como el manto de estrellas
Rafael Ángel Marañón
Como el manto de estrellas que un día,
Alumbró al patriarca Abrahán,
Así encienda la luz de María,
Mi sendero hacia mi rabadán.
Mi camino ilumina su magia,
Su piedad que devuelve el aliento,
Y en mi pecho rendido presagia
Una vida de eterno contento.
Es la magia del hecho divino,
En la aurora de la redención,
Es un canto feliz, cristalino,
Siempre pleno de luz y emoción.
Es María como hada madrina
Siempre presta a donarme un favor,
Como dulce y vital golosina
Que me llena de gloria y amor.
Nunca madre por buena que sea,
Lo será como ha sido María;
Es sublime y fulgente presea,
Y es también mi bendita utopía.
LECTURA BREVE Rm 1, 16b-17

LECTURA BREVE Rm 1, 16b-17
El Evangelio es poder de Dios para salvación de todo el que crea. Pues la justicia de Dios se revela en él de fe a fe, según está escrito: «El justo vivirá de la fe.»
jueves, 21 de junio de 2018
Santo Evangelio 21 de junio 2018

Día litúrgico: Jueves XI del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 6,7-15): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.
»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».
«Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial»
Rev. D. Joan MARQUÉS i Suriñach
(Vilamarí, Girona, España)
Hoy, Jesús nos propone un ideal grande y difícil: el perdón de las ofensas. Y establece una medida muy razonable: la nuestra: «Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15). En otro lugar había mostrado la regla de oro de la convivencia humana: «Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros» (Mt 7,12).
Queremos que Dios nos perdone y que los demás también lo hagan; pero nosotros nos resistimos a hacerlo. Cuesta pedir perdón; pero darlo todavía cuesta más. Si fuéramos humildes de veras, no nos sería tan difícil; pero el orgullo nos lo hace trabajoso. Por eso podemos establecer la siguiente ecuación: a mayor humildad, mayor facilidad; a mayor orgullo, mayor dificultad. Esto te dará una pista para conocer tu grado de humildad.
Acabada la guerra civil española (año 1939), unos sacerdotes excautivos celebraron una Misa de acción de gracias en la iglesia de Els Omells. El celebrante, tras las palabras del Padrenuestro «perdona nuestras ofensas», se quedó parado y no podía continuar. No se veía con ánimos de perdonar a quienes les habían hecho padecer tanto allí mismo en un campo de trabajos forzados. Pasados unos instantes, en medio de un silencio que se podía cortar, retomó la oración: «así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Después se preguntaron cuál había sido la mejor homilía. Todos estuvieron de acuerdo: la del silencio del celebrante cuando rezaba el Padrenuestro. Cuesta, pero es posible con la ayuda del Señor.
Además, el perdón que Dios nos da es total, llega hasta el olvido. Marginamos muy pronto los favores, pero las ofensas... Si los matrimonios las supieran olvidar, se evitarían y se podrían solucionar muchos dramas familiares.
Que la Madre de misericordia nos ayude a comprender a los otros y a perdonarlos generosamente.
Como el cántaro en la fuente

Como el cántaro en la fuente
Fray Ángel Martín Fernández
Todos dicen lo mismo, que Dios tiene
fijos los tiernos ojos en María.
El ángel la miraba enajenado:
Bendita como nadie, le decía,
te ha llenado el Señor
de sí, como se llena
el cántaro en la fuente.
Llena de Dios,
habla Isabel también, a borbotones:
Dios te salve, María:
nieve encendida
de tanta luz,
embriagado racimo del viñedo de Dios,
te ha llenado de sí, como se llena
el cántaro en la fuente,
la gracia innumerable del Señor.
Laguna azul donde se lava
la sonrisa de Dios, ciprés perfecto
que reza fiel, juntas las manos,
rosa encendida como llamarada
de sangre, húmeda orilla
donde acuden cervatos y palomas,
bendita tú, repleta
de Dios, como se llena
el cántaro en la fuente,
rebosa en ti su gracia innumerable.
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