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viernes, 25 de noviembre de 2016
“Mientras tenéis esta luz, caminad para que no os sorprendan las tinieblas.” (Jn 12,35)
“Mientras tenéis esta luz, caminad para que no os sorprendan las tinieblas.” (Jn 12,35)
Desde que vino el Salvador ha llegado el fin del mundo. Él mismo lo dijo cuando se sitúa en el final de los tiempos: “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 4,17). Pero, él retarda el día de la consumación, no deja que se manifieste. Porque Dios Padre, viendo que la salvación de las naciones tiene que venir por Jesús, le dijo: “Pídemelo y te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra” (Sal 2,8). Así, pues, hasta el cumplimiento de esta promesa del Padre, hasta que la Iglesia se desarrolle en las distintas naciones y que todos formen parte de ella, “toda la plenitud de los paganos”, para que “todo Israel se salve” (Rm 11,25), el día se prolonga, el ocaso se difiere. El “sol de justicia” (Ml 3,20) no se pone nunca sino que continua derramando la luz de la verdad en el corazón de los fieles.
Pero cuando la medida de los fieles esté colmada y cuando haya llegado la época degenerada y corrompida de la última generación, cuando “a causa de la magnitud del mal, la caridad de muchos hombres se enfriará” (cf Mt 24,12)..., entonces, “los días se acortarán” (Mt 24,22). Sí, el mismo Señor sabe prolongar la duración de los días cuando es el tiempo de salvación y sabe acortarlos en el momento de la tribulación y de la perdición. En cuanto a nosotros, mientras es de día y se prolongo este tiempo de luz, “portémonos con dignidad, como quien vive en pleno día,” (Rm 13,13) y cumplamos con las obras de la luz.
Orígenes (c. 185-253), presbítero y teólogo
Homilías sobre Josué, 11, 3-4
jueves, 24 de noviembre de 2016
Santo Evangelio 24 de Noviembre 2016
Día litúrgico: Jueves XXXIV del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 21,20-28): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.
»¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».
«Cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación»
Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet
(Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
Hoy al leer este santo Evangelio, ¿cómo no ver reflejado el momento presente, cada vez más lleno de amenazas y más teñido de sangre? «En la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo» (Lc 21,25b-26a). Muchas veces, se ha representado la segunda venida del Señor con las imágenes más terroríficas posibles, como parece ser en este Evangelio, siempre bajo el signo del miedo.
Sin embargo, ¿es éste el mensaje que hoy nos dirige el Evangelio? Fijémonos en las últimas palabras: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28). El núcleo del mensaje de estos últimos días del año litúrgico no es el miedo, sino la esperanza de la futura liberación, es decir, la esperanza completamente cristiana de alcanzar la plenitud de vida con el Señor, en la que participarán también nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea. Los acontecimientos que se nos narran tan dramáticamente quieren indicar de modo simbólico la participación de toda la creación en la segunda venida del Señor, como ya participaron en la primera venida, especialmente en el momento de su pasión, cuando se oscureció el cielo y tembló la tierra. La dimensión cósmica no quedará abandonada al final de los tiempos, ya que es una dimensión que acompaña al hombre desde que entró en el Paraíso.
La esperanza del cristiano no es engañosa, porque cuando empiecen a suceder estas cosas —nos dice el Señor mismo— «entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27). No vivamos angustiados ante la segunda venida del Señor, su Parusía: meditemos, mejor, las profundas palabras de san Agustín que, ya en su época, al ver a los cristianos atemorizados ante el retorno del Señor, se pregunta: «¿Cómo puede la Esposa tener miedo de su Esposo?».
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Somos templos de Dios
Somos templos de Dios
Meditación y Reflexiones Cristianas:
Somos templos de Dios En el momento del Bautismo vinieron a nuestra alma las tres personas de la Santísima Trinidad con el deseo de permanecer unidas a nuestra existencia. Esta presencia, especialísima, sólo se pierde por el pecado mortal.
San Agustín, al considerar esta inefable cercanía de Dios, exclamaba: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva!; he aquí que Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (...) Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me tenían lejos de Ti las cosas que, si no estuviesen en Ti, no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste, y curaste mi ceguedad”. (Confesiones, 10, 27, 38).
Los cristianos no debemos contentarnos con no perder a Dios: debemos buscarle constantemente en nosotros mismos procurando el recogimiento de los sentidos que tienden a distraerse, desparramarse y quedarse apegados a las cosas.
Para lograr este recogimiento, a algunos el Señor les pide que se retiren del mundo, pero Dios quiere que la mayoría de los cristianos (madres, estudiantes, trabajadores...) le encontremos en medio de nuestros quehaceres.
Mediante la mortificación habitual durante el día, guardamos para Dios los sentidos. ¡Es asombroso comprobar una y otra vez la estrecha relación que existe entre esta mortificación y el gozo interior!
Mortifiquemos la imaginación, librándola de pensamientos inútiles; mortifiquemos la memoria, echando a un lado recuerdos que no nos acercan al Señor; mortifiquemos la voluntad, cumpliendo con el deber concreto, porque el trabajo intenso, si está dirigido a Dios, lejos de impedir el diálogo con Él, lo facilita.
Desde los primeros siglos de la era cristiana, la palabra “Trinidad” nos ayuda a entender el misterio de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mateo 28, 19), tres personas divinas en la perfecta unidad del amor, “porque Dios es Amor” (1 Juan 4, 8). El Espíritu Santo está en el alma del cristiano en gracia, para que cada vez se parezca más a Cristo, para moverlo al cumplimiento de la voluntad del Padre, y ayudarle en esa tarea.
Meditación y Reflexiones Cristianas: Somos templos de Dios¿Porqué sentirnos solos, si la Santísima Trinidad nos acompaña? Pidamos a la Virgen que nos enseñe a comprender esta dichosísima realidad. ¡Qué distinto es nuestro porte, nuestro comportamiento, nuestra conversación, aún en circunstancias difíciles, cuando tenemos conciencia de que somos templos de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo!
Roguemos a nuestra Madre: “¡Dios te salve María, templo y Sagrario de la Santísima Trinidad, ayúdame!”
miércoles, 23 de noviembre de 2016
Santo Evangelio 23 de Noviembre 2016
Día litúrgico: Miércoles XXXIV del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 21,12-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».
«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»
Rvdo. D. Manuel COCIÑA Abella
(Madrid, España)
Hoy ponemos atención en esta sentencia breve e incisiva de nuestro Señor, que se clava en el alma, y al herirla nos hace pensar: ¿por qué es tan importante la perseverancia?; ¿por qué Jesús hace depender la salvación del ejercicio de esta virtud?
Porque no es el discípulo más que el Maestro —«seréis odiados de todos por causa de mi nombre» (Lc 21,17)—, y si el Señor fue signo de contradicción, necesariamente lo seremos sus discípulos. El Reino de Dios lo arrebatarán los que se hacen violencia, los que luchan contra los enemigos del alma, los que pelean con bravura esa “bellísima guerra de paz y de amor”, como le gustaba decir a san Josemaría Escrivá, en que consiste la vida cristiana. No hay rosas sin espinas, y no es el camino hacia el Cielo un sendero sin dificultades. De ahí que sin la virtud cardinal de la fortaleza nuestras buenas intenciones terminarían siendo estériles. Y la perseverancia forma parte de la fortaleza. Nos empuja, en concreto, a tener las fuerzas suficientes para sobrellevar con alegría las contradicciones.
La perseverancia en grado sumo se da en la cruz. Por eso la perseverancia confiere libertad al otorgar la posesión de sí mismo mediante el amor. La promesa de Cristo es indefectible: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19), y esto es así porque lo que nos salva es la Cruz. Es la fuerza del amor lo que nos da a cada uno la paciente y gozosa aceptación de la Voluntad de Dios, cuando ésta —como sucede en la Cruz— contraría en un primer momento a nuestra pobre voluntad humana.
Sólo en un primer momento, porque después se libera la desbordante energía de la perseverancia que nos lleva a comprender la difícil ciencia de la cruz. Por eso, la perseverancia engendra paciencia, que va mucho más allá de la simple resignación. Más aún, nada tiene que ver con actitudes estoicas. La paciencia contribuye decisivamente a entender que la Cruz, mucho antes que dolor, es esencialmente amor.
Quien entendió mejor que nadie esta verdad salvadora, nuestra Madre del Cielo, nos ayudará también a nosotros a comprenderla.
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