martes, 24 de junio de 2014

Santo Evangelio 24 de Junio de 2014

Día litúrgico: 24 de Junio: El Nacimiento de san Juan Bautista

Texto del Evangelio (Lc 1,57-66.80): Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: ‘Juan es su nombre’. Y todos quedaron admirados. 

Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.


Comentario: Rev. D. Joan MARTÍNEZ Porcel (Barcelona, España)
El niño crecía y su espíritu se fortalecía

Hoy, celebramos solemnemente el nacimiento del Bautista. San Juan es un hombre de grandes contrastes: vive el silencio del desierto, pero desde allí mueve las masas y las invita con voz convincente a la conversión; es humilde para reconocer que él tan sólo es la voz, no la Palabra, pero no tiene pelos en la lengua y es capaz de acusar y denunciar las injusticias incluso a los mismos reyes; invita a sus discípulos a ir hacia Jesús, pero no rechaza conversar con el rey Herodes mientras está en prisión. Silencioso y humilde, es también valiente y decidido hasta derramar su sangre. ¡Juan Bautista es un gran hombre!, el mayor de los nacidos de mujer, así lo elogiará Jesús; pero solamente es el precursor de Cristo.

Quizás el secreto de su grandeza está en su conciencia de saberse elegido por Dios; así lo expresa el evangelista: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). Toda su niñez y juventud estuvo marcada por la conciencia de su misión: dar testimonio; y lo hace bautizando a Cristo en el Jordán, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto y, al final de su vida, derramando su sangre en favor de la verdad. Con nuestro conocimiento de Juan, podemos responder a la pregunta de sus contemporáneos: «¿Qué será este niño?» (Lc 1,66).

Todos nosotros, por el bautismo, hemos sido elegidos y enviados a dar testimonio del Señor. En un ambiente de indiferencia, san Juan es modelo y ayuda para nosotros; san Agustín nos dice: «Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha a Cristo, repito, no porqué tú le ofrezcas algo a Él, sino para progresar tú en Él». En Juan, sus actitudes de Precursor, manifestadas en su oración atenta al Espíritu, en su fortaleza y su humildad, nos ayudan a abrir horizontes nuevos de santidad para nosotros y para nuestros hermanos.

San Juan Bautista, 24 de Junio


24 de junio

HOMILÍAS

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA


 Es Primavera, y, sobre la alta serranía, Nazaret abre su caserío blanco, como lirio enorme, a la tierna caricia  del sol. Caen las aguas de nieve, con juvenil travesura,  entre las quebradas del monte. Los almendros apuntan  estremecidos sus yemas, y se percibe un murmullo caliente cuando rompen, con ímpetu, a la vida. Un perfume antiguo de hornos se mezcla a la liturgia del incienso y cubre los sembrados como una bendición anticipada. ¿Quién  oyó el cantar de las tórtolas, entre las dos luces tranquilas de la sobretarde? Pues parece que el rey Salomón, turbado de muchos amores, suspira, escondido entre el verde fresco de los jardines, su llamada impaciente: "Ya pasó el invierno, amada mía. Ven, mi paloma, que anidaste sobre las piedras, ven". Y de la corola opulenta de ese  lirio nazaretano salta la Doncella María, como un prodigio de hermosura. Hay, en el aire de oro, un reguero de palabras del Buen Dios, y la brisa pequeña simula aún el roce inocente de las alas del arcángel. Ya fue la Encarnación. Con la docilidad sencilla de una esclava creyó el fausto Mensaje. Y en el otro lirio celeste y cerrado —el seno de la siempre Virgen— se hace carne la deidad del Verbo. Pero aquel signo increíble de la prima Isabel, fértil y anciana, le empuja, con su cosquilleo femenino y curioso, hacia Ain Karim, mientras las augustas modulaciones del Magnificat se asoman a la ternura del labio. Todo su camino trasciende a un profundo misterio. Atraviesa la llanada de Esdrelón, ahora exuberante y pacífica; pero en estos mismos campos Israel cortó los laureles de sus grandes victorias y la cizaña negra de sus declinaciones. Y parece que las sombras del crepúsculo reaniman, en la soledad de sus sepulcros, a todos los viejos caudillos, que alzan sus trofeos y sus laudes al paso de la Virgen de la Promesa. Sube alegre las montañas de Samaria y percibe aún los ecos de aquellos pactos que hizo Yahvé con los patriarcas, y el recuerdo de anchas bendiciones. Y, al fin, la Judea la recibe en la solemne liturgia de su sacerdocio, y convoca a todos los profetas muertos para que se gocen en los días de la plenitud, cuando los montes destilen pura miel y se hermanen el cordero con el lobo. ¡Toda la historia del Pueblo de Dios se asoma para verla pasar, y la acompaña, cantando un salterio de amorosa bienvenida!

 Las cuatro jornadas de viaje —iba, según San Lucas, con mucha presteza, por el más corto camino— dieron en Ain Karim, donde los primos tienen una casita de recreo para los días de verano. Zacarías permanece mudo desde aquel sofoco que le produjo la presencia del arcángel Gabriel, cuando ofrecía el incienso ritual en el Santuario. Era como una llama de oro encendido que le hablaba así: "No temas, porque ya ha sido oída tu oración. Tu mujer te dará un hijo a quien pondrás de nombre Juan". Y precisamente su boca muda habla como signo visible del milagro.

 De pronto rompe, en la modorra del mediodía, una voz de saludo: "¡La paz sea con vosotros!". Y se despierta el paisaje, sobresaltado con un revuelo de palomas y un murmullo en todas las flores del huerto. Sale impaciente Zacarías, porque anda nervioso desde la visitación celeste, y se queda suspenso, con los brazos tendidos. ¿Cómo, ahora, la prima de Nazaret? Y la estrecha con enorme dulzura, porque, en el recreo del alma, presiente ya los días de salud para su pueblo, mientras por la barba temblona le caen lágrimas dulces, como las perlas que el rocío pone estas madrugadas de abril en el verdor de los campos. A las puertas de la casa aparece Isabel, radiante. ¿Porque le dan de cara los rayos del sol? No. Es toda ella un divino reverbero, llena del Santo, Espíritu, que es Luz. Está en trance, como ardiendo. Y más que hablar, grita la profecía de su saludo: "Bendita Tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre". Y así queda, sobre el aire inmóvil, que es más azul y más risueño, la primera avemaría de la historia, iniciada, en la eternidad, por la misma boca del Padre. Se turba la Virgen con el recibimiento de los primos, porque es muy humilde. Y entonces su palabra serena, en un susurro enamorado, prorrumpe a cantar sus alabanzas al Altísimo, porque la hizo grande con su poder y le colmó el seno de fecundidad y de maravilla. Oíd: Magnificat anima mea Dominum...

 El grupo deliciosamente enlazado de los tres busca refrigerio y reposo dentro de la casita, que tiene al mediodía tendido un parral de sombras y un encanto de aguas en los surtidores, que lloran la frescura de su luz sobre los nardos. ¿Quedó allí María hasta el nacimiento de Juan? La teología de Nuestra Señora nos lo aclara. Ved. Las gracias que acaba de recibir en la Encarnación —añadidas a las de su plenitud original— la han introducido en un orden de vida sobrenatural eminente. La hipóstasis del Verbo en su carne le confiere el título de coparental de las divinas Personas. Es realmente Hija del Padre, Madre de su Verbo y Esposa del Santo Espíritu, del Amor que la sombreaba en Nazaret. Pero no hay que olvidar la cooperación que presta María a este lujo de dones y de privilegios. En el plano de los merecimientos personales funciona sin la traba de las pasiones rebeldes que a todos los hombres nos afligen. Y, así, el Angélico nos asegura que, con la caridad, crecían en su alma, a la vez, como los cinco dedos de nuestra mano, las virtudes, dones y méritos, en una progresión incalculable. La caridad, pues, la indujo a permanecer en Ain Karim, junto a la prima necesitada, hasta el jubiloso alumbramiento del Bautista: sin que estimemos en contra las razones de un pudor fuera de tono al interpretar como ya acabados esos "cerca de tres meses” que San Lucas asigna al misterio de la Visitación de la Virgen.

 Y corre la primavera, embalsamada por los dulces coloquios de aquellas dos madres del milagro, en una íntima comunión de corazones y de ofrendas al Altísimo. ¡Cuántas veces recontaría Isabel que el niño saltó en el seno, santificado por la visita de la Doncella! Y mientras preparaban las dos los pañales del alumbramiento, el cielo se hacía blanco de tan azul y transparente; y agobiaba el aire, desde los arenales de Judá; y el equinoccio del estío venía, ardiente y solemne —el sol como una custodia de fuego—, para el desfile festival de la vida, en el triunfo del amor. Pues, con el gozo y las zozobras de vísperas, decidieron volverse a la casa solariega para que el niño, naciese dentro de la misma raíz troncal.

 "Y se cumplió el tiempo de dar a luz Isabel y tuvo un hijo. Los vecinos y los parientes conocieron que el Señor había tenido misericordia con ella y la felicitaban." Nos parece demasiado desnuda la narración que el evangelista pone a un suceso tan extraordinario. El arcángel había dicho a Zacarías: "Será para ti de mucho gozo y alegría, y los hombres se regocijarán con su nacimiento". Ain Karim es un poblado reducido, como una ancha familia, con los júbilos, las preocupaciones y las penas comunes. Pues el suceso que las gentes esperaban con angustiosa curiosidad conmovería a toda la aldea, un poco enajenada en su rutina gris. Sí. La noticia corre en la boca de las comadres, con añadiduras y aspavientos; se mandan mensajeros a las cercanías, y toda la casa desborda de familiares y de aldeanos. "¡Ya dio a luz Isabel!", y le agobian de parabienes y de sencillas ofrendas —tortas crujientes, corderos recentales, alguna que otra tela recamada de oro—, y una buenaventura común para la felicidad del recién nacido. Yo pienso que María, un poco alejada del ruidoso entusiasmo, cortaría en el huerto una brazada de rosas de sangre, para coronar, como un augurio, aquella vida pequeña que debía dar testimonio de su propio Hijo.

 El evangelista nos refiere, con más riqueza de detalles, la circuncisión, doble ceremonia que se celebraba a los ocho días del nacimiento para imponer al varón israelita el nombre y para ingresarle, con todos los deberes y derechos, religiosos y civiles, en la comunidad. Seguramente los sacerdotes, compañeros del padre, se encargarían del rito, aunque entre las clases humildes lo practicaba también el padre de la criatura. Y entonces el milagro. Aunque mudo, Zacarías comunicó de alguna manera a Isabel los detalles de la visión angélica del Templo y el dato precioso del nombre que el mensajero del Señor le traía. Por eso Lucas nos dice que la madre se adelanta y exige: "Se llamará Juan". Hubo forcejeo entre los parientes, "porque nadie hay en tu parentela que lleve ese nombre"; y, acaso, porque desearían ofrecer a Zacarías, imponiéndole el suyo, el consuelo de verse renovado en la varonía del hijo. Pero él pide las tablas enceradas y, a punzón, escribe: "Juan es su nombre". en el mismo instante se suelta su lengua, comienza a hablar rectamente, entre la maravilla de los familiares, y en grandes transportes proféticos dicta su oración del Benedictus, majestuosa, agradecida como para ser rezada, de rodillas, por la liturgia de la iglesia, pregonando todo el poder el Señor.

 Antes de los dos años es conducido el pequeño Juan al desierto, para salvarle de la degollina de Herodes. Y asombra que le dejen de por vida allí, según la tradición de los Santos Padres, porque estos hijos tardíos suelen ser mimosamente amados de los suyos. Pero Lucas es muy concreto cuando nos asegura: "Crecía y se fortalecía, en las estepas, hasta su manifestación a Israel". Los sensacionales descubrimientos del desierto de Judá en la primavera de 1947 nos aclaran esta juventud, escondida hasta ahora, en el misterio de las suposiciones gratuitas. Las excavaciones de Qumrám demuestran que allí existió un gran cenobio, donde la secta de los esenios se consagraba a una vida común de oraciones y de ayunos. Pues los padres del Bautista le entregarían a estas gentes piadosas, para defenderle de los matarifes de Herodes y para asegurar una educación fuerte entre aquellos hombres expertos y ejemplares. Tenemos razones para pensar así. Cuando le llegue el gran trance de su profetismo será fiel a la llamada. Entonces, rompiendo con la vida común monástica, será un disidente de Qumrám, pero sin despojarse de un género de vida que ha hecho, en él, naturaleza. No es ninguna coincidencia que las prácticas del "bautismo de inmersión", corrientes entre los monjes esenios, las imponga Juan a los pecadores como penitencia pública: que se defina como la "Voz que clama", porque en los días de su entrenamiento aprendió muy bien aquella primera "regla" del cenobio de Qumrám: :"Todos los que vengan de la comunidad de Israel sepan que se han separado de la ciudad de los hombres para vivir en el desierto y escuchar al Señor, como está escrito: En el desierto oíd su Voz y preparad, en las estepas, un camino para encontrarle". Casan, pues, demasiado los temas y los ritos de Qumrám con el modo y las predicaciones del Bautista.

 Pero no es un profeta del montón. Lucas le introduce en su evangelio con una solemnidad inusitada, escoltado por todas las jerarquías religiosas y civiles, reinantes entonces en Israel. Impresiona la majestad del cortejo: Tiberio César, Poncio Pilato, Herodes, Filipo y Lisanias, Anás y Caifás: y todos con la pompa de sus poderes imperiales, políticos y sacerdotales, para atestiguar sencillamente esto: "En el desierto vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías". Si. Más que profeta, es el Precursor del Mesías. En el prólogo del cuarto Evangelio el otro Juan le confiere toda su excelsa dimensión teológica: "Hubo un hombre, por nombre Juan, enviado de Dios. Vino como testigo para testificar sobre la Luz, a fin de que, por él, todos creyesen; él no era la Luz, sino testigo de la Luz". Aquí el evangelista zanja, sin apelaciones, la peligrosa polémica que, a lo largo de los dos primeros siglos, inquietó la ortodoxia de las comunidades cristianas, cuando los discípulos esenios de Juan predicaban que su maestro fue la Luz verdadera y que su bautismo perdonaba los pecados en las inmersiones del río Jordán. No. Pero los elogios que tributa a su ministerio, como "testigo de la Luz", están en la misma línea eminente de aquellas palabras de Cristo: "Entre los hombres nacidos de mujer ninguno mayor que este Juan".

 Se explica el enorme impacto que su profetismo alcanza en la conciencia de Israel. Parece misterioso el declive del pueblo elegido, porque, en lo humano, sería muy difícil explicar cómo, de aquellos esplendores de la monarquía de David, ya no queda nada: vacías sus instituciones jurídicas y religiosas; el pueblo, "como ovejas que no tuvieran pastor", y todo Israel, una pequeña y difícil provincia del dominio augusto de Roma. Entonces se desatan las fugas hasta el maravillosismo —es la hora turbia de todas las extravagancias intelectuales y morales, de visiones mágicas y alucinaciones colectivas—, buscando cada hombre que su vecino le salve. Este clima psicológico explica bien el falso concepto israelita sobre el mesianismo.

 Entonces aparece Juan en su desierto y choca. Es el profeta de fuego, árido y airado, la piel batida de intemperies y de soles, una cintura de penitencia que le desgarra la carne poca, y una luz infinita en la mirada profunda e irresistible. ¡Qué duro contraste! Los rectores religiosos eran de aquella catadura aristocrática que permitió al levita y al sacerdote, pasar junto al pobre judío, robado de los ladrones en Jericó, sin oír los lamentos helados de su agonía. Los poderes civiles, envilecidos en obsequio del invasor. Y un clasismo de pena, que permitía a todos los epulones sentarse a los convites de la carne y del vino mientras los lázaros morían en la soledad de su hambre y de su lepra. ¿No ha de chocar, de imponerse, la tremenda desnudez del Bautista? Un runrún invade, desde el desierto, toda Palestina. "Yahvé se ha compadecido de su pueblo suscitando un salvador, un nuevo profeta." ¿Acaso Elías o el Ungido? Y cuando aquellas vastedades del Jordán se pueblan de patriarcas, de rameras, de soldados y de publicanos, la sinagoga de Jerusalén se ve obligada a intervenir con justas razones, porque tenía recibida del Altísimo la encomienda de guardar incólumes las prácticas de la Ley. Y como Juan predica y bautiza, el Templo manda sus embajadores para fiscalizarle.

 El diálogo que en su evangelio nos transfiere San Juan es hábil, duro, diplomático. Van a interrogar al Bautista sobre su persona, su vida, sus ministerios; pero en el paisaje de estas indagaciones la diana aterradora y verdadera es el Cristo. Juan, a quien sus jueces estiman sólo como un inculto visionario, centra con fina sabiduría el estado de la cuestión y se adelanta en la respuesta.

 “¡Yo no soy el Cristo!"

 Porque no es la Luz, tampoco es el Cristo, ni Elías, ni el profeta, ni aun un hombre, con los atributos y resortes a su personalidad correspondientes. Es sólo la Voz que clama, que flagela, que purifica, Es el Precursor.

 Cuando la embajada descubra sus vergonzosas intenciones —la competencia material de su bautismo, que resta ofrendas al gazofilacio del Templo— Juan tranquiliza sus temores, pero les envuelve en una conminación impresionante. "Yo bautizo en el agua. En medio de vosotros está quien no conocéis. El que viene después de mí, a quien no soy digno de desatar el calzado”. Y este colofón del Bautista sí da que pensar. Desconocer a Jesucristo cuando está en medio de nosotros. Ignoramos, o conocemos con enormes lagunas, las doctrinas evangélicas, el ciclo dogmático, el magisterio del Papa. Su misma Persona divina, viviente en la Eucaristía, en la miseria de los hambrientos, en la orfandad de los hogares, en las llagas de los desamparados, no nos impresionan con su mensaje, aunque nos hablen con palabras auténticas de fuego, con esa luz eterna que llevan en la frente sus enviados. Es el signo, que preside las vidas dramáticas de todos los precursores. Tienen el destino de sembrar con su sangre sin ver la granazón gozosa de las espigas ni recoger en los graneros la gloria de la sementera. Precisamente porque el Bautista es un hombre entero, veraz, fiel a su misión de adelantado, Herodes le encarcelará en aquel castillo de Maqueronte, a orillas del mar Muerto, donde él quema su vida en los altares de la lujuria más arrastrada y monstruosa. Morirá. Su cabeza sangrante sobre el disco de oro que le trae el verdugo, como último ludibrio, queda trenzada a los pies impuros de Salomé, la bailarina. Pero entonces, con la palma de su sangre, triunfa en la gloria de Dios este Juan Profeta, Precursor del Mesías, Amigo del Esposo, "el más grande entre los hombres nacidos de mujer".

 FERMIN YZURDIAGA LORCA

lunes, 23 de junio de 2014

Santo Evangelio 23 de Junio de 2014

Día litúrgico: Lunes XII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 7,1-5): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano».


Comentario: Rev. D. Jordi POU i Sabater (Sant Jordi Desvalls, Girona, España)
Con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá

Hoy, el Evangelio me ha recordado las palabras de la Mariscala en El caballero de la Rosa, de Hug von Hofmansthal: «En el cómo está la gran diferencia». De cómo hagamos una cosa cambiará mucho el resultado en muchos aspectos de nuestra vida, sobre todo, la espiritual.

Jesús dice: «No juzguéis, para que no seáis juzgados» (Mt 7,1). Pero Jesús también había dicho que hemos de corregir al hermano que está en pecado, y para eso es necesario haber hecho antes algún tipo de juicio. San Pablo mismo en sus escritos juzga a la comunidad de Corinto y san Pedro condena a Ananías y a su esposa por falsedad. A raíz de esto, san Juan Crisóstomo justifica: «Jesús no dice que no hemos de evitar que un pecador deje de pecar, hemos de corregirlo sí, pero no como un enemigo que busca la venganza, sino como el médico que aplica un remedio». El juicio, pues, parece que debiera hacerse sobre todo con ánimo de corregir, nunca con ánimo de venganza.

Pero todavía más interesante es lo que dice san Agustín: «El Señor nos previene de juzgar rápida e injustamente (...). Pensemos, primero, si nosotros no hemos tenido algún pecado semejante; pensemos que somos hombres frágiles, y [juzguemos] siempre con la intención de servir a Dios y no a nosotros». Si cuando vemos los pecados de los hermanos pensamos en los nuestros, no nos pasará, como dice el Evangelio, que con una viga en el ojo queramos sacar la brizna del ojo de nuestro hermano (cf. Mt 7,3).

Si estamos bien formados, veremos las cosas buenas y las malas de los otros, casi de una manera inconsciente: de ello haremos un juicio. Pero el hecho de mirar las faltas de los otros desde los puntos de vista citados nos ayudará en el cómo juzguemos: ayudará a no juzgar por juzgar, o por decir alguna cosa, o para cubrir nuestras deficiencias o, sencillamente, porque todo el mundo lo hace. Y, para acabar, sobre todo tengamos en cuenta las palabras de Jesús: «Con la medida con que midáis se os medirá» (Mt 7,2).

23 de junio SAN JOSE CAFASSO

23 de junio

SAN JOSE CAFASSO

 (†  1860)


En la trama biográfica de San José Cafasso no se echa de ver nada deslumbrador o complicado. Nacido el 15 de enero de 1811 en el seno de una familia profundamente cristiana, en Castelnuovo d'Asti —hoy Castelnuovo Don Bosco—, pareció predestinado ya desde los primeros años al ministerio sacerdotal. Niño dócil y piadoso, aficionado cual ninguno a la casa y a la iglesia, acabó por merecer el apelativo de santetto. En su juventud mantuvo fiel sus propósitos de bondad, recogimiento y oración, conservando el fulgor de la inocencia y el vivísimo anhelo de consagrarse a Dios. Lo hizo el 1 de julio de 1827, vistiendo con grande ilusión el hábito talar. Juan Bosco, a la sazón un muchacho de doce años, le vio por primera vez aquel mismo año en ocasión de una fiesta popular: ya entonces tuvo la impresión de haber encontrado un santo. Vivaracho como era, se ofreció a acompañar al seminarista para visitar los espectáculos de la ciudad. Años más tarde resonaban todavía intactas en los oídos de Don Bosco las palabras de respuesta del ejemplar seminarista: "Querido amigo, las diversiones de los sacerdotes son las funciones de la iglesia; cuanto más devotamente se celebran tanto más gustan. Nuestras novedades son las prácticas religiosas siempre renovadas y dignas, por tanto, de frecuentarse con la mayor diligencia”. Para persuadir al joven, que no parecía del todo convencido, añadió sonriendo: "Quien abraza el estado eclesiástico se vende al Señor; de ahí que nada hay en este mundo que le atraiga si no es la mayor gloria de Dios y el bien de las almas". He ahí una respuesta que da la talla del hombre.

 Fiel a tales convicciones que inspiraban sus propósitos, pasó de los estudios de filosofía a los de teología, coronándolos finalmente con la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1833.

 Ya sacerdote, rehusando ofertas tentadoras de diversos párrocos que se lo disputaban, no satisfecho de su formación espiritual y teológica, y libre, por otra parte, de preocupaciones económicas, prefirió continuar su preparación pastoral en el "Convitto” eclesiástico de San Francisco de Asís, de Turín, fundado precisamente para esos fines el año 1817, gracias al interés y acción coordinada de dos figuras altamente representativas en el clero piamontés de aquel entonces: el siervo de Dios Pío Brunone Lanteri y el teólogo Luis María Fortunato Guala, que ocupaba a la sazón el cargo de rector.

 La divina Providencia velaba sobre sus pasos: aquel "Convitto” escogido por Cafasso como palestra de perfeccionamiento sacerdotal acabaría por ser su campo de apostolado más fecundo y el centro de su delicadísima misión hasta el fin de sus días. No tardó en destacarse a la vez que la solidez de su cultura teológica su madurez ascética. Por lo que muy pronto ocupó allí mismo la cátedra de maestro: primero como auxiliar, luego como suplente del teólogo Guala en sus clases, sobre todo de teología moral, y, finalmente, sucediéndole en su cargo de rector a su muerte, acaecida en 1848.

 Esta tarea de perfeccionamiento y renovación del joven clero piamontés constituye el más alto timbre de gloria de nuestro Santo. Labor nada fácil: resentíase aún la vida religiosa del Piamonte, en medida no despreciable, del influjo de una situación madura en la segunda mitad del siglo XVIII y cristalizada en una práctica severa en plano pastoral y sacramental, que no excluía la inspiración de corrientes jansenistas del tiempo. Dejábanse sentir a la vez tendencias regalistas de volumen no despreciable. En uno y otro campo batalló victorioso San José Cafasso en su empresa de renovación, siguiendo las huellas de sus predecesores Lanteri y Guala, a la luz de la doctrina de San Alfonso María de Ligorio. Sintetizan con exactitud y autoridad la postura de nuestro Santo las apreciaciones de Su Santidad Pío XI en ocasión del decreto De tuto para la beatificación de Cafasso el 1º de noviembre de 1924: "Bien presto logró Cafasso sentar plaza de maestro en las filas del joven clero, inflamado de caridad y radiante de sanísimas ideas, dispuesto a oponer a los males del tiempo los oportunos remedios. Contra el jansenismo alzaba un espíritu de suave confianza en la divina bondad; frente al rigorismo colocaba una actitud de justa facilidad y bondad paterna en el ejercicio del ministerio, desbancaba, en fin, el regalismo, con una dignidad soberana y una conciencia respetuosa para con las leyes justas y las autoridades legítimas, sin claudicar jamás, antes bien dominada y conducida por la perfecta observancia de les derechos de Dios y de las almas, por la devoción inviolable a la Santa Sede y al Pontífice Supremo y por el amor filial a la Santa Madre Iglesia".

 Gracias a esta labor suya nuestro Santo procuró a la Iglesia un plantel de sacerdotes que habían de fructificar presto en parroquias, seminarios, institutos religiosos, escuelas públicas, alcanzando muchos de ellos neta fama de santidad. Brilla con fulgores vivísimos la figura de San Juan Bosco, con quien Cafasso fue pródigo en extremo, pues a lo que ofrecía a los demás añadió su consejo iluminado, su palabra de aliento, su óbolo material incluso en los momentos críticos de la fundación de su obra prodigiosa.

 Pero la misión apostólica y sacerdotal de nuestro Santo no se agotaba en el recinto del "Convitto" ni en la educación del clero. Desde su morada, su actividad benéfica inspirada en un ardentísimo celo por las almas. se irradiaba en todo el ambiente circundante. San Juan Bosco destaca en la biografía de su maestro varias facetas de su múltiple actividad: padre de los pobres, consejero de los vacilantes, consolador de los enfermos, auxilio de los agonizantes, alivio de los encarcelados, salud de los condenados a muerte. Dos calificativos merecen subrayarse entre ellos.

 No había cárcel en Turín cerrada a la caridad del Santo. Amaba a los desgraciados allí recluidos y no acertaba a dejar aquellos lugares en que se le antojaba ver sufrir a Cristo más que en ningún otro. Los condenados a muerte, en particular, le requerían para tenerlo a su lado como ángel de consuelo en el momento del suplicio... Dios premió su efusión de caridad sincera: a pesar de que entre los sesenta y ocho condenados a pena capital, que a lo largo de más de veinte años hubo de asistir, encontrara auténticos monstruos de maldad, no hubo uno solo que resistiera a la gracia: todos se convirtieron, llegando en más de una ocasión a signos inequívocos de extraordinario arrepentimiento. Conocido ese misterioso influjo que ejercía para con esos pobrecitos condenados, fue muy solicitado en varias ciudades del Piamonte en ocasiones análogas. De ahí el mote popular con que se le conocía de "padre de las horcas". No deja de ser un título de gloria para quien había logrado convertir un horrible instrumento de muerte en auténtico medio de salvación y de vida eterna.

 "Consejero de los inciertos" lo apellida Don Bosco, Otros prefieren calificarlo "oráculo del laicado y del clero". Efectivamente, de todos los rincones del Piamonte corrían a él gentes de toda clase y condición, ansiosos de su consulta y su consejo. Seglares y clérigos —incluso prelados y obispos—, doctos e ignorantes, abogados, militares, nobles y plebeyos, católicos fervientes, fríos en piedad y aun alejados de la práctica religiosa..., todos le hacían compañía en la calle, le consultaban en su cuarto de estudio, se le acercaban en la iglesia en largas e interminables horas de confesonario. No rechazaba jamás a ninguno. Aunque extenuado de tanta fatiga y cargado de preocupaciones gravísimas, sabía tratar a todos con idéntica cordialidad. Y todos tenían la persuasión de recibir de sus labios una palabra que, limpia de toda pasión humana, traía consigo el sello inequívoco de la verdad divina, admirablemente ajustada a las necesidades de cada cual.

 El maestro, el consejero, el confesor, el predicador dejaba a las claras en el ejercicio de su ministerio las líneas maestras de su espiritualidad. Se la ve práctico-pastoral, sencilla y discreta, enraizada en los más sólidos y genuinos filones de la espiritualidad católica de todos los tiempos y, en particular de San Ignacio, de San Francisco de Sales, y de San Alfonso María de Ligorio. Sin cejar jamás en la tensión a metas ideales —pues sencillez para él no significa pobreza y menos aún raquitismo de vida interior—, nuestro Santo se preocupaba ante todo de asegurar a las almas lo estrictamente indispensable, es decir, el desarrollo completo de la vida cristiana, acentuando con trazos muy vivos el fin de esta vida, el valor del tiempo, la salvación del alma, la lucha contra el pecado, la necesidad de la gracia, las verdades eternas, el despego del mundo, la frecuencia de los sacramentos... Pero todo ello en un clima de bondad, de sano optimismo, de insinuante moderación. Se explica así que recalcara la facilidad de obtener la perfección a través de la práctica de las cosas pequeñas, puesta al alcance de la mano de todo el mundo; que hiciera resaltar la belleza de la religión, concebida como un ejercicio de amor hacia un Dios de bondad y de misericordia infinitas, y que, sin descuidar las verdades esenciales, pusiera el acento sobre todo en las más agradables y atrayentes y que, por ser tales, son capaces de engendrar una serena expansión del espíritu hacia su Dios. La piedad, revestida de formas simpáticas, resultaba agradable y, a su escuela, pasaba a ser una fuente perenne de alegría cristiana. Tendía directamente a la unión con Dios. Esquivaba el peligro de aquelosarse en prácticas y gestos exteriores, para insistir en la urgencia de cumplir con exactitud el propio deber entendido como servicio de Dios que ha de realizarse con intención de agradarle y procurarle mayor gloria. La misma mortificación, dirigida preferentemente al interior, más bien que al aspecto corporal, tiende a destacar la dimensión positiva que encierra la renuncia, su aspecto más amable, en cuanto que se la enfoca como liberación del amor y unificación más completa con Dios.

 Sonó para Cafasso la hora suprema el 23 de junio de 1860, sin haber alcanzado los cincuenta años, pero agotado por un incesante trabajo apostólico cuyo motor fueron los que él llamara sus tres amores: Jesús Sacramentado, María Santísima y el Papa. Fue realidad gozosa para él un presentimiento suyo consignado en su testamento espiritual:

 Non giá morte, ma dolce somno
sará perte, o anima mía, 
se morendo, t'asiste Gesú, 
se sperando t'abbraccia María.

La fama de santidad que lo acompañó durante su vida y a la hora de su muerte obtuvo presto la contraseña del milagro y más tarde la ratificación solemne de la Iglesia: el 3 de mayo de 1925 Pío XI le declaró beato; el 22 de junio de 1947 Pío XII le incluyó en el catálogo de los santos.

 GlUSEPPE USSEGLIO, S. D. B.

domingo, 22 de junio de 2014

Santo Evangelio 22 de Junio de 2014


Día litúrgico: Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (A)

Texto del Evangelio (Jn 6,51-58): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». 

Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».


Comentario: Mons. Agustí CORTÉS i Soriano Obispo de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona, España)
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre

Hoy, todo el mensaje que hemos de escuchar y vivir está contenido en “el pan”. El capítulo sexto del Evangelio según san Juan refiere el milagro de la multiplicación de los panes, seguido de un gran discurso de Jesús, uno de cuyos fragmentos escuchamos hoy. Nos interesa mucho entenderle, no sólo para vivir la fiesta del “Corpus” y el sacramento de la Eucaristía, sino también para comprender uno de los mensajes centrales de su Evangelio. 

Hay multitudes hambrientas que necesitan pan. Hay toda una humanidad abocada a la muerte y al vacío, carente de esperanza, que necesita a Jesucristo. Hay un Pueblo de Dios creyente y caminante que necesita encontrarle visiblemente para seguir viviendo de Él y alcanzar la vida. Tres clases de hambre y tres experiencias de saciedad, que corresponden a tres formas de pan: el pan material, el pan que es la persona de Jesucristo y el pan eucarístico. 

Sabemos que el pan más importante es Jesucristo. Sin Él no podemos vivir de ninguna manera: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Pero Él mismo quiso dar de comer al hambriento y, además, hizo de ello un imperativo evangélico fundamental. Seguramente pensaba que era una buena manera de revelar y verificar el amor de Dios que salva. Pero también quiso hacerse accesible a nosotros en forma de pan, para que, quienes aún caminamos en la historia, permanezcamos en ese amor y alcancemos así la vida.

Quería ante todo enseñarnos que hemos de buscarle y vivir de Él; quiso demostrar su amor dando de comer al hambriento, ofreciéndose asiduamente en la Eucaristía: «El que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58). San Agustín comentaba este Evangelio con frases atrevidas y plásticas: «Cuando se come a Cristo, se come la vida (…). Si, pues, os separáis hasta el punto de no tomar el Cuerpo ni la Sangre del Señor, es de temer que muráis».

22 de junio SAN JUAN FISHER obispo, cardenal y mártir

22 de junio

SAN JUAN FISHER

obispo, cardenal y mártir

(† 1535)


Juan Fisher, el hijo de un modesto mercero de Beverley, en el condado de York, llega con catorce años a la universidad de Cambridge. Al punto se adivina la fecundidad de su porvenir académico. Hay en el muchacho talento para la especulación y enteriza superioridad moral. Con ello se encaramará desahogadamente por la doble escala intelectual y administrativa. Y así a los grados sucesivos de bachiller, maestro y doctor en teología acompañan paralelamente las dignidades de master de su colegio mayor (Michaelhouse) y de vicecanciller de la Universidad. Pero más importante y existencialmente decisiva iba a ser otra elevación otorgada a Fisher, por privilegio, a la edad de veintidós años: la consagración sacerdotal, que sellaría irrevocablemente su trágico y luminoso, destino. A partir de este momento el sacerdote y el universitario se hermanan y condicionan en Fisher de por vida.

 La madre del rey Enrique VII, viuda por tercera vez, cansada ya de una vida de azares palaciegos junto a tres monarcas, opta por colocar el resto de sus días bajo la dirección del brillante académico y sacerdote de indiscutida hondura espiritual, Juan Fisher. Este encuentro no sólo había de resultar ganancioso para el alma de lady Margaret, sino que debía repercutir fértilmente en el desenvolvimiento de la Universidad, en la que la noble dama decide invertir gran parte de su fortuna. Dos nuevas cátedras de teología con el nombre de su fundadora, lady Margaret, aparecen en Oxford y Cambridge, esta última regentada, naturalmente, por Fisher. Dos nuevos Colleges —de Cristo y de San Juan— van a surgir en Cambridge bajo la tenaz dirección del joven eclesiástico, que, a la edad de treinta y cinco años, es nombrado canciller de la Universidad y en noviembre de este mismo 1504 obispo de Rochester.

 Fisher se aplica infatigable a la doble tarea. Su labor pastoral en la diócesis no se reduce a una lejana su pervisión simbólica, sino que entra a fondo en los problemas de su clero y alcanza personalmente a los menesterosos. Pero, profundamente percatado de la importancia, religiosa y apostólica en última instancia, del saber científico, urge desde su puesto de canciller la seriedad de los estudios. Recuerda con vergüenza la Universidad de sus tiempos de estudiante, con una biblioteca de solo 300 volúmenes y sin enseñanza alguna de griego y hebreo. En adelante estas lenguas sabias se integrarán en los programas universitarios y el propio Fisher, rozando los cincuenta años de edad, comenzará a familiarizarse con sus gramáticas, supliendo así la deficiencia y estimulando a otros con su ejemplo. Nunca debía abandonar la dedicación al estudio. La riqueza de citas contenidas en sus obras da cuenta de su contacto personal con la espléndida biblioteca, una de las más selectas de su tiempo, que pacientemente fue reuniendo en su palacio, para legarla más tarde a la Universidad.

 Sus producciones no son las de un dilettante de la Cultura, sino instrumentos rigurosos de sus preocupaciones sacerdotales. Entre sus primeras inquietudes estaba la serpeante difusión de la recién nacida herejía luterana. Y así cuatro obras le colocan a la vanguardia de la apologética antiprotestante. La defensa del sacerdocio y la de la Eucaristía, contra Ecolampadio, suscitan dos nuevas obras a su pluma. Los escasos sermones que de él nos quedan —entre ellos las oraciones fúnebres de Enrique VII y de lady Margaret— son, sí, piezas clásicas de la elocuencia sagrada de su tiempo, pero al mismo tiempo modelos de austeridad y espíritu sinceramente religioso. Su prestigio intelectual contaba con el indiscutible apoyo de una vida santa, parca en el descanso y recia en la penitencia; despegada de ataduras terrenas, con la meditación insistente de la muerte que una calavera le ponía de continuo ante los ojos. Santo Tomás Moro pudo decir de el que "era un hombre ilustre, no sólo por la. vastedad de su erudición, sino mucho más por la pureza de su vida", y Erasmo —amigo suyo y por él invitado a las cátedras de Cambridge—sostenía que no había en el país "hombre más culto ni obispo más santo".

 Juan Fisher sintió siempre con gran agudeza los problemas de la Iglesia. Nos quedan páginas suyas cargadas de preocupación. Su plegaria es: "Señor, pon en tu Iglesia fuertes y poderosos pilares, capaces de sufrir y soportar grandes trabajos —vigilia, pobreza, sed, hambre, frío y calor—, que no teman las amenazas de los príncipes, la persecución ni la muerte..." Así quería a los demás, como lo manifestó su acre censura de la relajación del clero en el sínodo convocado por el cardenal Wolsey en 1508. Pero, sobre todo, conforme a este ideal configuraba su propia vida.

 Cuando Enrique VIII alega la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón, la palabra de Fisher, desconocedora del temor a los príncipes, salta valiente en defensa de su validez e indisolubilidad recordando a sus adversarios que ya Juan el Bautista murió en similar conflicto con la irritación de un monarca. Más adelante, en su condición de miembro de la Cámara de los Lores, arremete contra ciertas medidas anticlericales o hace añadir una cláusula fatalmente restrictiva al nombramiento de Enrique VIII como Cabeza de la Iglesia en Inglaterra. Una tal firmeza, en el punto mismo en que otros colegas se doblaban a la voluntad regia, tenía que arrastrar sobre sí la persecución: cárcel por dos veces, intentos anónimos de asesinato, calumnias para complicarle en el asunto de una visionaria... Por fin llegará la prueba decisiva: el juramento de Supremacía, que viene indirectamente a reconocer la potestad de Enrique VIII sobre la Iglesia de Inglaterra, independizándola de Roma. Juan Fisher y Tomás Moro se niegan en redondo a prestar tal juramento. ¿Que otros lo hacen? Fisher responde a Cromwell: "A ellos debe salvarles su conciencia; a mí, la mía".

 Fiel al imperativo de su conciencia, rectamente ajustada a la ley de Dios, Fisher ingresa prisionero en la Torre de Londres. Se le despoja de su título episcopal y Rochester queda declarado sede vacante. El papa Paulo III no se intimida y envía al agotado cautivo el capelo de cardenal. Ante esto Enrique VIII pierde el control de sus palabras: "Ese capelo se lo pondrá sobre los hombros, porque lo que es cabeza no ha de tenerla para recibirlo." El 17 de junio de 1535 es condenado a muerte. Lloran algunos jueces, pero nadie osa doblegar la voluntad del furioso monarca.

 El sueño del cardenal en la víspera de la ejecución es sereno, más prolongado incluso que de costumbre. ¿Por que alterarse? Para el camino del cadalso no olvida protegerse del frío con una esclavina de piel, come, sí fuera de paseo. El libro de los Evangelios será su compañero en este camino último. Semicadáver ya por el ayuno y los sufrimientos, el anciano sube las gradas del patíbulo. Las postreras palabras del famoso orador anuncian que va a morir por Cristo y su Iglesia, y suplican una oración de la muchedumbre expectante, a fin de que él persevere firme en este trance decisivo. No le resta sino entonar el Te Deum, mientras el hacha, de un solo golpe, pone punto final al sufrimiento. La cabeza, cuyo corte ascético y, mirada profunda nos ha conservado el lápiz de Holbein, sube a lo alto de un palo, como lección de escarmiento, para los transeúntes del Puente de Londres, hasta que, quince días más tarde, otra cabeza, egregia también de santidad y martirio, venga a ocupar su puesto: la del canciller Tomás Moro.

 Como siglos antes Tomás, arzobispo de Canterbury, víctima de la pasión de un rey Enrique, vuelve Juan Fisher a rubricar en tierra inglesa los derechos de Dios y de su Iglesia con el más hermoso y fecundo sello del cristianismo: a costa de su vida.

 JORGE BLAJOT, S. I.

sábado, 21 de junio de 2014

Santo Evangelio 21 de Junio de 2014

Día litúrgico: Sábado XI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 6,24-34): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? 

»Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal».


Comentario: P. Jacques PHILIPPE (Cordes sur Ciel, Francia)
«Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura»

Hoy el Evangelio habla claramente de vivir el “momento presente”: no darle vueltas al pasado, sino abandonarse en Dios y su misericordia. No atormentarse por el mañana, sino confiarlo a su providencia. Santa Teresita del Niño Jesús afirmaba: «Sólo me guía el abandono, ¡no tengo otra brújula!».

La preocupación jamás ha resuelto ningún problema. Lo que resuelve problemas es la confianza, la fe. «Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?» (Mt 6,30), dice Jesús.

La vida no es por sí misma demasiado problemática, es el hombre quien carece de fe… La existencia no siempre es fácil. A veces es pesada; con frecuencia nos sentimos heridos y escandalizados por lo que sucede en nuestra vida o en la de los demás. Pero afrontemos todo esto con fe e intentemos vivir, día tras día, con la confianza en que Dios cumplirá sus promesas. La fe nos llevará a la salvación. 

«No os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal» (Mt 6,34). ¿Qué quiere decir esto? Hoy, busca vivir de manera justa, según la lógica del Reino, en la confianza, la sencillez, la búsqueda de Dios, el abandono. Y Dios se ocupará del resto…

Día a día. Es muy importante. Lo que nos agota a menudo son todas esas vueltas al pasado y el miedo al futuro; mientras que cuando vivimos en el momento presente, de manera misteriosa, encontramos la fuerza. Lo que tengo que vivir hoy, tengo la gracia para vivirlo. Si mañana debo hacer frente a situaciones más difíciles, Dios incrementará su gracia. La gracia de Dios se da al momento, día a día. Vivir el momento presente supone aceptar la debilidad: renunciar a rehacer el pasado o dominar el futuro, contentarse con el presente.

Comentario: Rev. D. Carles ELÍAS i Cao (Barcelona, España)
No os preocupéis del mañana

Hoy, Jesús nos dice: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Con estas palabras nos enfrenta a nuestra inseguridad, que procuramos paliar con el apoyo en la tranquilidad de tener no sólo lo necesario, sino lo que nos apetece, lo cual nos lleva a consumir y malgastar. 

«Que lo oiga el avaro; que lo oiga el que piensa que, llamándose cristiano, puede servir al mismo tiempo a las riquezas y a Cristo. Sin embargo, no dijo: el que tiene riquezas, sino el que sirve a las riquezas; el que es esclavo de las riquezas y las guarda como un esclavo; pero el que ha sacudido el yugo de la esclavitud, las distribuye como señor» (San Jerónimo).

Como en las bienaventuranzas —o en otro pasaje clave, como el del mandato nuevo (Jn 13,34-35)—, hoy el Señor nos invita a una decisión por la confianza ilimitada en un Padre que se nos da como providencia, por la búsqueda del Reino de justicia, paz y alegría, por una verdadera pobreza interior del alma, que se vuelve una y otra vez con “gemidos inenarrables” (cf. Rom 8,26) a Quien únicamente puede saciar nuestro anhelo de plenitud y eternidad. Desde este desasimiento, desde esta precariedad asumida conscientemente, ponemos toda nuestra esperanza en el seguimiento de Cristo.

Dejando el pasado en el perdón de Dios y ahuyentando temores y preocupaciones por un futuro que todavía no ha llegado, Jesús nos invita a vivir el día de “hoy”, que es lo único que ahora tenemos. Y en este “hoy” Él se nos da como pan que acompaña el día. «Sólo el presente nos pertenece, siendo incierta la esperanza del futuro (...). Bástale a cada día su propia malicia. ¿Por qué angustiarnos por el mañana?» (San Gregorio de Nisa).

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