domingo, 26 de enero de 2014

Salmo para el Camino



Salmo para el camino


-“Ved: ¡qué dulzura, qué delicia, 
convivir los hermanos unidos!
Es ungüento precioso en la cabeza, 
que va bajando por la barba, 
que baja por la barba de Aarón 
hasta la franja de su ornamento. 
Es rocío del Hermón 
que va bajando sobre el monte Sión. 
Porque allí manda el Señor la bendición: 
la vida para siempre” (Sal 132). 


. Este salmo tiene el dulce sonido de una bienaventuranza. 
. La convivencia de los hermanos, con María en medio, es como un aroma que nos envuelve y penetra al respirar profundamente, es como la frescura del rocío que nos entra por los poros del cuerpo. 
. Donde dos o más se reúnen con María, allí manda Dios su amor por siempre, como el mejor antídoto contra el desamor. 

Fuente: cipecar.org

Santo Evangelio 26 de Enero de 2014

Día litúrgico: Domingo III (A) del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 4,12-23): Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado». 

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.


Comentario: Rev. D. Josep RIBOT i Margarit (Tarragona, España)
Recorría Jesús toda Galilea

Hoy, Jesús nos da una lección de “santa prudencia”, perfectamente compatible con la audacia y la valentía. En efecto, Él —que no teme proclamar la verdad— decide retirarse, al conocer que —tal como ya habían hecho con Juan Bautista— sus enemigos quieren matarlo a Él: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte» (Lc 13,31). —Si a quien pasó haciendo el bien, sus detractores intentaron dañarle, no te extrañe que también tú sufras persecuciones, como nos anunció el Señor.

«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12). Sería imprudente desafiar los peligros sin un motivo proporcionado. Solamente en la oración discernimos cuándo el silencio o inactividad —dejar pasar el tiempo— son síntomas de sabiduría, o de cobardía y falta de fortaleza. La paciencia, ciencia de la paz, ayuda a decidir con serenidad en los momentos difíciles, si no perdemos la visión sobrenatural.

«Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23). Ni las amenazas, ni el miedo al que dirán o las posibles críticas pueden retraernos de hacer el bien. Quienes estamos llamados a ser sal y luz, operadores del bien y de la verdad, no podemos ceder ante el chantaje de la amenaza, que tantas veces no pasará de ser un peligro hipotético o meramente verbal.

Decididos, audaces, sin buscar excusas para postergar la acción apostólica para “después”. Dicen que «el “después” es el adverbio de los vencidos». Por eso, san Josemaría recomendaba «una receta eficaz para tu espíritu apostólico: planes concretos, no de sábado a sábado, sino de hoy a mañana (...)».

Cumplir la voluntad de Dios, ser justos en cualquier ambiente, y seguir el dictamen de la conciencia bien formada exige una fortaleza que hemos de pedir para todos, porque el peligro de la cobardía es grande. Pidamos a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios, imitando su fortaleza al pie de la Cruz.

San Timoteo y Tito, 26 de Enero


Discípulos de San Pablo

PALABRA DE DIOS DIARIA

Memoria de los santos Timoteo y Tito, obispos y discípulos del apóstol san Pablo, que le ayudaron en su ministerio y presidieron las Iglesias de Éfeso y de Creta, respectivamente. Les fueron dirigidas cartas por su maestro que contienen sabias advertencias para los pastores, en vista de la formación de los fieles (s. I).

Etimología: Timoteo = Aquel que siente amor o adoración a Dios, es de origen griego.

Tito = Aquel que es protegido y honrado, es de origen latino.

San Pablo nombró obispos a Timoteo y Tito, sus discípulos y colaboradores.

Los Santos Timoteo y Tito vivieron en la órbita del grande apóstol de las Gentes, y el nuevo calendario los coloca después de la fiesta de la “conversión” de San Pablo.

Timoteo es la imagen del discípulo ejemplar: obediente, discreto, eficaz, valiente. Por estas cualidades Pablo quiso que fuera su compañero de apostolado, en vez de Juan Marcos, durante el segundo viaje misionero en el año 50.

Había nacido en Listra, en donde Pablo lo encontró durante el primer viaje, y fue de los primeros convertidos al Evangelio; había sido educado en la religión hebrea por la abuela Loida y por la madre Eunice. Desde su encuentro con Pablo, siguió su itinerario apostólico; lo acompaña a Filipos y a Tesalónica. 

Después los encontramos juntos en Atenas, en Corinto, en Éfeso y finalmente en Roma durante el primer cautiverio de Pablo. Fue un infatigable “viajero enviado” por el apóstol de las Gentes, y mantuvo los contactos entre Pablo y las jóvenes comunidades cristianas fundadas por él.

A menudo le llevaba las cartas y le daba noticias respecto de las mismas comunidades. Entre el 63 y el 66, cuando recibió la primera carta que le envió Pablo, Timoteo era el jefe de la Iglesia de Éfeso. Desde Roma Pablo le escribió una segunda carta, invitándolo a visitarlo antes del invierno. Es conmovedora la petición del anciano apóstol al “hijo” Timoteo, para que le llevara el abrigo que había dejado en Tróade, pues le servía para el frío en la cárcel de Roma. Timoteo estuvo presente en el martirio de Pablo; después regresó definitivamente a la sede de Éfeso, en donde, según una antigua tradición, murió mártir en el año 97.

El segundo fiel colaborador de Pablo fue San Tito, de origen pagano. Convertido y bautizado por el mismo apóstol, que lo llama “hijo mío”, se encuentra en compañía de Pablo en Jerusalén, en el año 49. Hizo con él el tercer viaje misionero y fue Tito quien llevó la “carta de las lágrimas” de Pablo a los fieles de Corinto, entre los cuales restableció la armonía y organizó la colecta para los pobres de Jerusalén.

Después del cautiverio de Roma, Pablo, de paso por Creta, dejó ahí a Tito con la misión de organizar la primera comunidad cristiana. Aquí recibió la carta de Pablo. Es un documento muy importante, porque nos informa sobre la vida interna de la Iglesia apostólica. Después Tito fue a Roma donde su Maestro, que lo mandó probablemente a evangelizar a Dalmacia, en donde todavía hoy está muy difundido su culto. Una antigua tradición, históricamente no confirmada, dice que Tito murió en Creta, de edad muy avanzada. 

Publicado por Francisco Rebollo en 0:01 

sábado, 25 de enero de 2014

Santo Evangelio 25 de Enero de 2014

Día litúrgico: 25 de Enero: La Conversión de san Pablo, apóstol


Texto del Evangelio (Mc 16,15-18): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».


Comentario: Rev. D. Josep GASSÓ i Lécera (Corró d'Avall, Barcelona, España)
Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva

Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. El breve fragmento del Evangelio según san Marcos recoge una parte del discurso acerca de la misión que confiere el Señor resucitado. Con la exhortación a predicar por todo el mundo va unida la tesis de que la fe y el bautismo son requisitos necesarios para la salvación: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). Además, Cristo garantiza que a los predicadores se les dará la facultad de hacer prodigios o milagros que habrán de apoyar y confirmar su predicación misionera (cf. Mc 16,17-18). La misión es grande —«Id por todo el mundo»—, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

La oración colecta de hoy, propia de la fiesta, nos dice: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Una verdad que Dios nos ha concedido conocer y que tantas y tantas almas desearían poseer: tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.

La Conversión de san Pablo es un gran acontecimiento: él pasa de perseguidor a convertido, es decir, a servidor y defensor de la causa de Cristo. Muchas veces, quizá, también nosotros mismos hacemos de “perseguidores”: como san Pablo, tenemos que convertirnos de “perseguidores” a servidores y defensores de Jesucristo.

Con Santa María, reconozcamos que el Altísimo también se ha fijado en nosotros y nos ha escogido para participar de la misión sacerdotal y redentora de su Hijo divino: Regina apostolorum, Reina de los apóstoles, ¡ruega por nosotros!; haznos valientes para dar testimonio de nuestra fe cristiana en el mundo que nos toca vivir.

25 de enero LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

25 de enero
LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

(† ca.34)


"Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres; pues yo no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Porque habréis oído de mi vida un tiempo en el judaísmo: con cuánto exceso perseguía yo a la Iglesia de Dios y la asolaba; y me aventajaba en el judaísmo sobre muchos de mi edad en mí linaje, siendo excesivamente celador de las tradiciones de mis padres" (Gál. 1,11-14).

Todos habían sido testigos, en efecto, de la bramante furia que contra los nacientes grupos de cristianos había desplegado aquel joven, apenas salido de la adolescencia, de estatura más bien baja y resoluto andar, en cuyas facciones se aúnan, en difícil juego, la inflexión refinada del hombre que se las ha visto con manuscritos caligráficos, y el visaje marcado, esquinado, violento, del fanático, para quien el judaísmo es turbulencia y avatar político. De antiguo le vienen esos achaques. En Tarso, la griega, ha estado en contacto con el mundo de las letras, a la vez que arrebujado en la atmósfera densa y erizada de un islote judaico, de una de esas familias que los griegos compaisanos, excluidos siempre del acceso y trato con los escogidos - fariseos -, denominan, vengativamente hebreas".

A los dieciocho años, como solamente pueden permitirse los aventajados entre los de su linaje, se traslada a Jerusalén, metrópoli, para escuchar lecciones de Gamaliel el Viejo. Después vemos cómo, llevado por su celo farisaico, reaparece en la escena histórica en la lapidación de San Esteban, protomártir. No le está permitido levantar con su brazo los pedruscos contra la cándida víctima desnuda, pero recaba para sí el honor de custodiar los mantos de los apedreadores. De esta traza, el discípulo de Gamaliel conserva un contacto, si remoto, casi táctil – textil - con la lapidación.

¿Podrá extrañarnos ahora que Ananías, prevenido por una visión celeste sobre la llegada de Saulo, responda: "Señor, oí de muchos acerca de ese hombre, cuántos males causó a tus santos en Jerusalén (Act. 9,13). ¿O que cuando Pablo, tras lo acaecido en Damasco, se presente de nuevo en Jerusalén, tenga que esperarlo todo, sumisamente, de la intercesión de Bernabé ante los apóstoles, pues "todos se temían de él, no creyendo que fuera discípulo?" (Act.9,26).

La extrañeza y sobresalto de los buenos discípulos del Señor al oír de ese formidable cambio no es privativa de ellos solamente. Toda la humanidad, desde los días en que aconteciera aquella conversión, se ha visto constreñida a pensar sobre ella con el mismo asombro.

La respuesta no es: ni de índole psicológica, congojas e insatisfacciones de Saulo con un judaísmo con el que, por lo demás, es su voluntad de servicio, hasta el último instante, indefectible; ni se nos da vertida en sesudas ponderaciones filosóficas sino si Saulo hubiera reconocido en Cristo la plasmación corpórea de un grave ideal, etcétera; ni se nos ofrece nimbada en un bello mito, redondo, adornado de cisnes y prodigiosos juegos astrales, como en el nacimiento de los héroes griegos. La respuesta es crudamente histórica. Es la que Bernabé mismo ofrece a los asustados discípulos de Jerusalén. Es la que nos dan los Hechos de los Apóstoles. Este libro, inspirado por Dios, escrito por un historiador que sabe su oficio, y que, sobre ello, oyó de estos hechos mil veces en la predicación paulina, el evangelista San Lucas, narra puramente de una cabalgada hacía Damasco, con repique fuerte de herraduras sobre la calzada, y de una luz sobrenatural que derribó al jinete principal y creó un mudo espanto en el cortejo.

Parte este afanado grupo bien provisto de cartas que lo acreditan ante los principales de la sinagoga de Damasco. Por obra de una mutua inteligencia entre el sumo sacerdote de Jerusalén y los respectivos prefectos de las comunidades sinagogales en la Diáspora, quedan los miembros de la sinagoga sujetos a la jurisdicción de Jerusalén - jurisdicción que incluso las autoridades romanas reconocen -. Está, por tanto, facultada Jerusalén. llegado el caso, a intervenir punitivamente en los enclaves de la Diáspora: excluyendo. por ejemplo, de la sinagoga a algún miembro cuya conducta no está acorde con la ley mosaica, reconviniendo con el azote... ¿Qué va a ser ahora del tímido grupo de los cristianos de Damasco, que por temor a resultar sospechosos a la sociedad ambiente no se han atrevido a despegarse aún de la célula sinagogal? Saulo se propone conducirlos atados a Jerusalén, "tanto hombres como mujeres" (Act.9,2).

Sigue el grupo de jinetes el camino que, arrancando de Jerusalén y pasando por Sichem, se interna en el frondoso valle del Jordán, bordea luego graciosamente el lago de Tiberíades y se mete en Damasco. Llevan ya los jinetes alrededor de ocho días de cabalgada. No son estrictamente un grupo armado, aunque la furia de la marcha se asemeje tanto a la avanzada de la tropa militar, ansiosa de botín. A la altura de Damasco, la calzada romana se ensancha entre tupidas arboledas. Los caballos redoblan su andadura a la querencia de los establos de la ciudad cercana.

"Y como anduviese su camino, sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó fulgurante una luz venida del cielo; y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que con él caminaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo, y, abiertos los ojos, nada veía: y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco. Y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió" (Act. 9,3-9).

Tres días le son concedidos para rumiar la derrota: tres jornadas de ayuno, con escamas sobre los ojos una lesión oftálmica procedente de la fulguración sobrenatural -, para que el sentido interior, adelgazado y sutil por la penitencia, fuera ordenando los hechos que tan agolpadamente se le metieron por los sentidos exteriores, la "luz brillante", la voz . Fue bautizado al final de los tres días, y "volvió a ver". Ahora veía dos veces.

San Pablo podrá preguntar luego a sus fieles de Corinto, retadoramente: "¿Es que no he visto a Jesús, Nuestro Señor?" (1 Cor. 9,1). En esta corporal visión del Señor glorioso están las credenciales de San Pablo ante la historia. Magnífico se presenta ante nosotros, con esas cartas, el Apóstol de las gentes. La visión del Señor lo engríe, a la vez que lo colma de humildad. Sufrirá a lo largo de su vida apostólica muchos descalabros por su fidelidad a aquella hora de Damasco. Naufragios mar adentro; en tierra, cuatro veces, sobre sus espaldas, el mismo azote que él habla preparado para los asustados cristianos de Damasco. Recorre fatigosamente. en tiempos en que no se echa a la mar más que el mercader o el soldado, casi todo el orbe conocido, de límite a limite del Imperio. En un instante en que proféticamente ve llegado su fin, rinde cuentas a sus discípulos: "Plata, oro, o vestido de nadie lo codicié. Vosotros mismos bien sabéis que a mis necesidades y a las de los que andan conmigo han proveído estas manos" (Act. 24,33-34). Es degollado en Roma. En Roma se enseña el lugar en que rebotó su cabeza, por tres veces, al ser segada: Tre Fontane. A Roma la ensalzaron y magnificaron los Santos Padres en devotos himnos. San Juan Crisóstomo. en su florido recitado, glorifica a Roma por muchos y razonados conceptos. Pero, sobre todo, por que aloja los cuerpos de San Pedro y San Pablo. En el día de la resurrección de la carne; dice el Crisóstomo, "¡qué rosa enviará Roma hacia Cristo!",

IGNACIO ESCRIBANO





La Conversión de San Pablo, Apóstol

La conversión de San Pablo es uno de los mayores acontecimientos del siglo apostólico. Así lo proclama la Iglesia al dedicar un día del ciclo litúrgico a la conmemoración de tan singular efemérides.

Saulo, nacido en Tarso, hebreo, fariseo rigorista, bien formado a los pies de Gamaliel, muy apasionado, ya había tomado parte en la lapidación del diácono Esteban, guardando los vestidos de los verdugos "para tirar piedras con las manos de todos", como interpreta agudamente San Agustín.

De espíritu violento, se adiestraba como buen cazador para cazar su presa. Con ardor indomable perseguía a los discípulos de Jesús. Pero Saulo cree perseguir, y es él el perseguido. Mientras iba camino a Damasco en persecución de los discípulos de Jesús, una voz le envolvió, cayó en Tierra y oyó la voz de Jesús: "Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?" Saulo preguntó: "-¿quién eres tú, Señor?" Jesús le respondió: "-Yo soy Jesús a quien tú persigues. -¿Y qué debo hacer, Señor?".

Pocas veces un diálogo tan breve ha transformado tanto la vida de una persona. Cuando Saulo se levantó estaba ciego, pero en su alma brillaba ya la Luz de Cristo. "El vaso de ignominia se había convertido en vaso de elección", el perseguidor en apóstol, el Apóstol por antonomasia.

Desde ahora "el camino de Damasco, la caída del caballo", quedarán como símbolo de toda conversión. Quizá nunca un suceso humano tuvo resultados tan fulgurantes. Quedaba el hombre con sus arrebatos, impetuoso y rápido, pero sus ideales estaban en el polo opuesto al de antes de su conversión. San Pablo será ahora como un fariseo al revés. Antes, sólo la Ley. En adelante únicamente Cristo será el centro de su vida. La caída del caballo representa para Pablo un auténtico punto sin retorno.

La vocación de Pablo es un caso singular. Es un llamamiento personal de Cristo. Pero no quita valor al seguimiento de Pablo. "Dios es un gran cazador y quiere tener por presa a los más fuertes", dice un autor. Pablo se rindió: "-he sido cazado por Cristo Jesús". Pero pudo haberse rebelado.

Normalmente los llamamientos del Señor son mucho más sencillos, menos espectaculares. No suelen llegar en medio del huracán y la tormenta, sino sostenidos por la suave brisa, por el aura tenue de los acontecimientos ordinarios de la vida. Todos tenemos nuestro camino de Damasco. A cada uno nos acecha el Señor en el recodo más inesperado del camino.

* También nosotros necesitamos de una personal conversión para ser instrumentos dóciles y eficaces en la tarea de la nueva evangelización.

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La conversión de San Pablo

Autor: Archidiócesis de Madrid 


Pablo, llamado Saulo en el uso y rigor judío, afirmaba con vehemencia que el Evangelio que predicaba no lo había aprendido o recibido de los hombres. 

Perteneció a la casta de los fariseos. Había nacido en Tarso, ciudad que pertenecía al mundo grecorromano; quien nacía allí tenía la categoría de ciudadano romano y lo era tanto como el centurión, el procurador, el tribuno o magistrado. Necesariamente, por ser judío no le cupo más suerte en la niñez que andar disimulando su condición entre los demás del pueblo, ocultando su creencia, tenida como superstición por los paganos romanos. Es posible que esto le fuera encendiendo por dentro y le afirmara aún más en su fe, cuando iba creciendo en edad y tenía que defenderse marchando contra corriente. 

Era más bien bajo, de espaldas anchas y cojeaba algo. Fuerte y macizo como un tronco. Un rictus tenía que le hacía fanático. Conocía los manuscritos viejos escritos con signos que a los griegos y a los romanos les parecían garabatos ininteligibles, pero que encerraban toda la sabiduría y la razón de ser de un pueblo. Listo como un sabio en las escuelas griegas de Tarso, familiarizado con los poetas y filósofos que habían pasado el tiempo escribiendo en tablillas o pensando. Para los griegos solo era un hebreo, miembro de aquellas familias que vivían en un islote social, aislado entre misterios inaccesibles a los de otra raza, uno de los que tenían prohibido el acceso a las clases cultas y dirigentes; era de esos que se hacían despreciables por su puritanismo, por sus rarezas ante los alimentos, su modo de divertirse, de casarse, de entender la vida, de no asistir a los templos ¡un ambiente nada claro! 

A los dieciocho años se fue a Jerusalén para aprender cosas del judío verdadero, las de la Ley patria, la razón de las costumbres; ansiaba profundizar en la historia del pueblo y en su culto. Gamaliel lo informó bien por unos cuartos. Aprendió las cosas yendo a la raíz, no como las decía la gente poco culta del pueblo sencillo y llano. Supo más y mejor del poder del Dios único; aprendió a darle honra y alabanza en el mayor de los respetos y malamente soportaba con su pueblo el presente dominio del imponente invasor. Esto le ponía furioso. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas muy importantes que en otro tiempo subyugaron a los judíos y ya desaparecieron a pesar de su altivez; igual pasaría con los dominadores actuales. El Libertador no podría tardar. Mientras tanto, era preciso mantener la idiosincrasia del pueblo a cualquier costa y no ser como los herodianos, para que la esperanza hiciera posible su supervivencia como nación. No se podía dejar que un ápice lo apartara de la fidelidad a las costumbres patrias. Eso le hizo celoso. 

Y mira por donde, aquella herejía estaba estropeando todo lo que necesitaba el pueblo. Locos estaban adorando a un hombre y crucificado. No se podía permitir que entre los suyos se ampliara el círculo de los disidentes. Había que hacer algo. No pasaban, sino que las noticias decían que estaban por todas partes como si se diera una metástasis generalizada de un cáncer nacional. Hacía años que ya estuvo, colaborando como pudo, en la lapidación de uno de aquellos visionarios listos, serviciales, piadosos y caritativos pero que hacían mucho daño al alto estamento oficial judío; fue cuando lo apedrearon por blasfemo a las afueras de Jerusalén, y lastimosamente él sólo pudo guardar los mantos de los que lo lapidaron. Hasta le parecía recordar aún su nombre: Esteban. 

Su conversión fue en un día insospechado. Nada propiciaba aquel cambio. Precisamente llevaba cartas de recomendación de los judíos de Jerusalén para los de Damasco; quería poner entre rejas a los cristianos que encontrara. Hasta allí se extendía la autoridad de los sumos sacerdotes y principales fariseos; como eran costumbres de religión, los romanos las reconocían sin hacerles ascos. Saulo guiaba una comitiva no guerrera pero sí muy activa, casi furiosa, impaciente por cumplir bien una misión que suponían agradable a Dios y purga necesaria para la estabilidad de los judíos y para proteger la pureza de las tradiciones que recibieron los padres. Aquello parecía la avanzada de un ejército en orden de batalla, con el repiqueteo de las herraduras en las pezuñas de las monturas sobre el duro suelo de roca ante Damasco donde caracoleaban los caballos. Llevaban ya varios días de caminata; se daban por bien empleados si la gestión terminaba con éxito. Iba Saulo "respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor". En su interior había buena dosis de saña. 

"Y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer. Y los hombres que le acompañaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo y , abiertos los ojos, nada veía. Y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco, y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió" (Act. 9, 3-9). 

Tres días para rumiar su derrota y hacerse cargo en su interior de lo que había pasado. Y luego, el bautismo. Un cambio de vida, cambio de obras, cambio de pensamiento, de ideales y proyectos. Su carácter apasionado tomará el rumbo ahora marcado sin trabas humanas posibles _su rendición fue sin condiciones_ y con el afán de llevar a su pueblo primero y al mundo entero luego la alegría del amor de Dios manifestado en Cristo. 

El relato es del historiador Lucas, buen conocedor de su oficio. Se lo había oído veces y veces al mismo protagonista. No hay duda. Vió él mismo al resucitado; y lo dirá más veces, y muy en serio a los de Corinto. Por ello fue capaz de sufrir naufragios en el mar y persecuciones en la tierra, y azotes, y hambre y cárcel y humillaciones y críticas, y juicios y muerte de espada; por ello hizo viajes por todo el imperio, recorriéndolo de extremo a extremo. Y no creas que se lamentaba; le ilusionaba hacerlo porque sabía que en él era mandato más que ruego; el dolor y sufrimiento más bien los tuvo como credenciales y las heridas de su cuerpo las pensaba como garantía de la victoria final en fidelidad ansiada. 



Entre tantas conversiones del santoral, la de Pablo es ejemplar, paradigmática. Más se palpa en ella la acción divina que el esfuerzo humano; además, enseña las insospechadas consecuencias que trae consigo una mudanza radical. 

viernes, 24 de enero de 2014

Santo Evangelio 24 de Enero de 2014

Día litúrgico: Viernes II del tiempo ordinario

Santoral 24 de Enero: San Francisco de Sales, obispo
Texto del Evangelio (Mc 3,13-19): En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.


Comentario: Rev. D. Llucià POU i Sabater (Vic, Barcelona, España)
Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso

Hoy, el Evangelio condensa la teología de la vocación cristiana: el Señor elige a los que quiere para estar con Él y enviarlos a ser apóstoles (cf. Mc 3,13-14). En primer lugar, los elige: antes de la creación del mundo, nos ha destinado a ser santos (cf. Ef 1,4). Nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades; la vocación es el “papel” que nos ha dado en la redención. Es en el descubrimiento del íntimo “por qué” de mi existencia cuando me siento plenamente “yo”, cuando vivo mi vocación.

¿Y para qué nos ha llamado? Para estar con Él. Esta llamada implica correspondencia: «Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El» (San Josemaría). 

Es don, pero también tarea: santidad mediante la oración y los sacramentos, y, además, la lucha personal. «Todos los fieles de cualquier estado y condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad que, aún en la sociedad terrena, promueve un modo más humano de vivir» (Concilio Vaticano II).

Así, podemos sentir la misión apostólica: llevar a Cristo a los demás; tenerlo y llevarlo. Hoy podemos considerar más atentamente la llamada, y afinar en algún detalle de nuestra respuesta de amor.

San Francisco de Sales, 24 de Enero

24 de enero

SAN FRANCISCO DE SALES
Patrono de los periodistas y escritores católicos, obispo y doctor;


El visitante que llega hoy a Annecy queda sobrecogido ante la increíble belleza de la ciudad y del paisaje. Si en lugar de quedarse entre calles sube a la colina en la que está edificado el monasterio de la Visitación, su admiración se acrecienta. Todo es bello: los Alpes nevados; el lago, sereno, terso y bruñido; la ciudad tendida a los pies del viajero; la iglesia y el monasterio. Cuando penetra en el templo ve, a los lados del altar mayor, dos preciosas urnas. Y en ellas los cuerpos de San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal. Ambos a dos parecen estar dormidos, bajo sus mascarillas de cera admirablemente trabajadas. Se diría que de un momento a otro van a abrir sus ojos y a saludar al visitante.

Pero el Annecy que hoy vemos era menos brillante al comenzar el siglo XVII. Ni los hombres de entonces tenían nuestra moderna sensibilidad por el paisaje, ni el turismo había embellecido tantos rincones, ni las circunstancias históricas eran propicias para aquel rincón de Saboya. San Francisco de Sales escribía en 1606 al papa Paulo V dándole cuenta de su diócesis: Annecy era una villa de su diócesis en la que se habían tenido que refugiar sus obispos hace setenta y un años, como consecuencia de la rebeldía de su propia ciudad episcopal: Ginebra. Esta rebeldía había arrastrado en pos de sí ciento treinta parroquias. Y había producido un sin fin de guerras, de rivalidades, de luchas fratricidas que habían empobrecido la diócesis. Refugiados en Annecy los obispos, habían comenzado una labor de lenta reconquista de la que el mismo San Francisco de Sales había de ser maravilloso artífice.

Aún nos parece verle andando por las callejas de la ciudad, que conservan todavía la misma fisonomía que tuvieron mientras el Santo vivía; nos lo imaginamos entrando en la casita de la galería, o ejercitando las funciones pontificales en la pobre y sencilla iglesia que había venido a sustituir a la magnífica catedral ginebrina; nos lo imaginamos subiendo aquellas montañas, visitando los últimos rincones, atendiendo a las gentes que de todas las partes de la diócesis venían a consultarle. Es cierto que la diócesis era pobre, y se encontraba en desgracia. Por eso precisamente la amaba más San Francisco. Un día que Enrique IV, el rey de Francia, le ofrecía un espléndido obispado, él contestó rotundamente: "Majestad, estoy casado; me he desposado con una pobre mujer y no puedo dejarla por otra más rica". El rey no volvió a insistir. Y San Francisco de Sales murió obispo de Ginebra, con residencia en Annecy.

Había nacido, según modernamente parece demostrado, en 1566. De noble familia, pues su padre, el marqués de Sales, había heredado, por su mujer, el rico señorío de Boisy. En el castillo de Thorens, en que sus padres residían, vio la primera luz y en la iglesia del mismo lugar recibió el bautismo. Su educación fue exquisita: primero en el Colegio de La Roche, después en el de Annecy. A los diez años hace su primera comunión y recibe la confirmación, y desde aquel momento solo desea consagrarse a Dios.

Pero el itinerario iba a ser largo. Prácticamente iba a pasar por gran parte de Europa. Primero, a los trece años, a París, desde 1581 a 1588, para estudiar bajo la dirección de los jesuitas del Colegio de Clermont. Después. tras una visita rápida a su familia, a la Universidad de Padua, en la que obtiene los grados en ambos derechos. Después un rápido viaje por Roma y las principales ciudades de Italoa. Al regresar, en el verano de 1592, Francisco de Sales contaba con una formación humanística, filosófica, teológica y jurídica realmente excepcional. No es extraño que su padre concibiera grandes planes sobre él. Sin embargo. en su espíritu continuaba ardiente el deseo de consagrarse a Dios. El conflicto tenía que producirse.

De acuerdo con su primo Luis se ideó la manera de salvarlo. Obtenido en secreto el nombramiento de preboste del cabildo catedral, la primera de todas las dignidades, el padre cedió por fin. El 18 de septiembre recibía el diaconado. Y el 18 de diciembre de 1593 el sacerdocio. Ya tenemos a Francisco de Sales presidiendo el cabildo, y constituido en sacerdote.

 Lo que sigue resultó increíble para sus contemporáneos. El nuevo canónigo se lanza a ejercitar intensamente los ministerio sacerdotales. Predica con una oratoria sencilla, transparente y llena de unción. Se pasa largas horas en el confesionario. Atiende a los pobres y es el paño de lágrimas de todos los desgraciados de Annecy. Y cuando ya empezaba a extrañar esta conducta se produce un auténtico golpe teatral.

La provincia de Chablais, que formaba parte de la diócesis, había sido arrasada por el protestantismo. La coyuntura política se presentaba relativamente favorable para poder restablecer allí el catolicismo. Pero hacía falta un misionero de talla que acometiera la empresa. Francisco de Sales se ofrece. El obispo acepta. En vano el anciano padre protesta. Juntos los dos primos Francisco y Luis salen, un inolvidable 14 de septiembre de 1594, camino del Chablais a pie, sin criados, y casi sin dinero. El 16 de septiembre entraban en Thonon, sede principal de la herejía, e iniciaban su trabajo. Fueron meses muy duros. Sólo en abril de 1595 se produjeron algunas conversiones. Pero el movimiento general no había de producirse hasta mucho más tarde, en 1598, durante la visita del obispo a la región, que ya pudo considerarse recuperada para el catolicismo.

Fue precisamente en esta época de su vida cuando se produjo el episodio que habría de hacer de San Francisco de Sales el patrono de los periodistas católicos. Los protestantes, movidos unos por el miedo y otros por el respeto humano, no acudían a escuchar la predicación de los misioneros. De esta forma los esfuerzos de éstos se estrellaban ante la imposibilidad de hacerse oír. San Francisco se decidió a cambiar de táctica. Ya que no le oían de viva voz, le leerían. Dicho y hecho: durante el día redactaba unas hojas que por la noche se distribuían a las puertas de las casas. Así tenemos sus célebres Controversias, libro maravilloso, escrito en un estilo punzante y vivo, verdadero modelo de periodismo católico, los descubrimientos de los manuscritos han mostrado hasta qué punto fueron estos escritos, mucho más aún que la versión que anteriormente se conocía, auténticos modelos de estilo atractivo, lleno de movimiento y de color. Y el éxito que se obtuvo en la empresa demostró también el acierto con que había sido concebida: quienes no le oían, lo leyeron y terminaron conviniéndose.

De entonces es también el episodio emocionante de sus visitas a Teodoro de Baza. Jugándose la vida, entra Francisco en Ginebra y conversa durante varias horas con el heresiarca, ya viejo y enfermo. Parece cierto que Teodoro llegó a reconocer la verdad del catolicismo. Estaba, sin embargo, demasiado comprometido para poder romper los lazos que le retenían en el protestantismo. Francisco tuvo la pena de no poder lograr que se hiciera pública su conversión, que tanta resonancia hubiera tenido.

Cuando el obispo de Ginebra, monseñor de Granier, celebró la fiesta de las cuarenta horas en Thonon, y se pasó los días recibiendo abjuraciones, bendiciendo iglesias restauradas y confirmando a sus feligreses recobrados, no pudo menos de pensar que nadie mejor que Francisco de Sales para ser su coadjutor. Así se lo dijo al interesado. Este, sin embargo, estaba lejos de poder pensar en tal cosa. Agotado por el trabajo de aquellos años, hubo de retirarse cinco meses a su casa natal para restablecer su salud quebrantada. Hubo un momento en que todo el mundo creyó que iba a morir. Restablecido contra toda esperanza, partió para Roma. Era noviembre de 1598. El Papa confirmo la elección, en una escena emocionante, en la que hizo el elogio público de su gran sabiduría. De regreso a Annecy el obispo electo continuó predicando, mientras llegaban las bulas y se podía celebrar su consagración.

Pero las cosas habían de complicarse aún más. La diócesis tenía territorios de Saboya, territorios en Suiza y territorios en Francia. Era necesario negociar difíciles asuntos en la corte de París. Y a París, ciudad que tan bien conocía por haber hecho allí sus estudios, volvió Francisco de Sales, desarrollando en los meses que hubo de permanecer un admirable apostolado.

Arreglados los asuntos, de regreso a Annecy, se entera en Lyon de la muerte de monseñor de Granier. Rápidamente se prepara para su consagración. Y el 8 de diciembre de 1603, en la iglesia de Thorens, donde había sido bautizado, recibe, entre maravillas celestiales, la consagración episcopal.

Es admirable la actividad que desplegó como obispo, Siguiendo las huellas de San Carlos Borromeo, a quien toda su vida admiró cordialmente y por quien sintió siempre una devoción apasionada, a pesar de las notabilísimas diferencias de carácter y de manera de concebir el gobierno episcopal que le separaba. San Francisco de Sales se constituye en uno de los más significativos representantes de la maravillosa reforma pastoral que se llevó a cabo en Francia durante el siglo XVII.

Ejemplar en el ejercicio de la catequesis. Lo que comenzó dedicado únicamente a los niños, se hizo pronto el punto de cita de todo Annecy los domingos por la tarde. Las explicaciones sencillas y claras del prelado, atraían a los mayores no menos que a los mismos niños. Fue así un maravilloso obispo catequista. Como supo continuar siendo un inimitable orador sagrado. al que se disputaban las más importantes catedrales de Saboya y Francia para predicar la cuaresma. Como supo ser al mismo tiempo admirable administrador de su diócesis, en la reunión de sínodos diocesanos, en la práctica heroica de la visita pastoral, en la admirable compenetración con su clero. Así como fue también restaurador de no pocas casas religiosas que habían decaído de su primitivo fervor.

Y piénsese que su posición era verdaderamente difícil. Gran parte de su diócesis, infestada por la herejía. rodeaba a Ginebra, la ciudad en que más activamente se había desarrollado el pensamiento protestante. Sus circunstancias políticas eran delicadas, por tener el territorio diocesano dividido en tres soberanías, dos de las cuales, en especial. Francia y Saboya, distaban mucho de estar en relaciones cordiales. Con el pesado fardo de unas estructuras religiosas que, pese al terremoto del protestantismo, no acababan de rendirse a los nuevos tiempos. Es agotador ver las luchas que tuvo para lograr la dotación de sus parroquias por parte de los caballeros de San Mauricio; el tiempo que tuvo que consumir en gestiones diplomáticas en las cortes, en especial en París; las dificultades mismas que le proporcionaban gentes de mentalidad cerrada, que incluso llevaron a denunciarle a Roma como amigo de los protestantes.

Sobrio en la legislación, atiende ante todo y sobre todo a la reforma de las personas a quienes esa legislación se dirige. "Quid leges sine moribus?" "porque ¿para qué valen las leyes sin las costumbres?"

Prueba de esta preocupación suya son sus maravillosos escritos. Alcanza San Francisco de Sales a vivir en una época verdaderamente de oro para la lengua francesa. Y aprovechando esta circunstancia, mediante la utilización de su espléndida formación humanística, nos ha dejado unos escritos que todavía hoy conservan toda su frescura y toda su maravillosa unción.

¿Quién osará decir que su Introducción a la vida devota ha perdido en lo más mínimo su actualidad? Es un libro escrito sin querer, simple reedición, retocada y sistematizada, de las cartas a una señorita que en medio del mundo quería santificarse. Y es, sin embargo, uno de los libros que mayor éxito han tenido en la historia de la literatura mundial. Y, lo que es más aún, de los que más profundamente han marcado una huella en la espiritualidad cristiana. Todo es encantador en él: el lenguaje, las comparaciones, los ejemplos. Hasta la misma disposición, tan moderna, en capítulos breves. Y la tersura en la disposición de las ideas, falta por completo de todo artificio.

Tenemos otras obras maestras que brotaron de su pluma. Así, por ejemplo. el soberbio tratado de teología, modelo acabado de controversia dogmática, digno de quien hoy ostenta el título de Doctor de la Iglesia: el primer titulo del Codex Fabrianus. Tenemos el espléndido Tratado del amor de Dios. Y sobre todo contamos con la maravillosa colección de sus cartas. Escribió sin cansarse, a gentes de toda clase, de cualquier condición y cultura. En ellas brilla de manera maravillosa el celo pastoral, el profundo conocimiento de la psicología humana, la caridad sin limites del Santo.

Pero, como a Santa Teresa, a San Francisco de Sales le podemos conocer no sólo por sus obras, sino también por sus hijas. las religiosas de la Visitación. Es una historia maravillosa. Cuando leemos la Historia de las fundaciones o las Vidas de las primeras madres... nos sentimos transportados a un ambiente poético, limpísimo. lleno de jugosa dulzura, similar al de las florecitas de Asís.

Dios puso en el camino de San Francisco de Sales, de manera impensada, un alma excepcional: Santa Juana de Chantal. Ambos se esforzaron por responder a una necesidad que entonces se sentía vivamente: hacer accesible la vida religiosa a quienes por su salud, su educación o sus compromisos en el mundo no tenían acceso a las formas hasta entonces existentes. Así, sin pretensiones ningunas, con absoluta sencillez, nació el 6 de junio de 1610 la Orden de la Visitación.

Hoy no podemos hacernos idea de la revolución que la nueva Orden supuso en la mentalidad de aquel siglo XVII. A pesar de que, por condescendencia con el arzobispo de Lyon, gran parte del primitivo proyecto de San Francisco no llegara a realizarse, las nuevas religiosas aparecían como algo sorprendente. Su difusión fue rapidísima, y puede decirse que en todas partes eran recibidas con entusiasmo. Por otra parte. al difundirse los escritos de San Francisco y extenderse su devoción, era lógico que por todas partes las reclamaran.

La raíz de esta universal aceptación estaba en la sobrehumana sabiduría y prudencia de que el Santo había dado muestra al redactar las constituciones. No cabe un conocimiento más profundo de la psicología humana en general y de la femenina en concreto. Sin austeridades espectaculares, se logra deshacer por completo la propia voluntad y sumergir el alma en un ambiente de caridad, de amor de Dios, de continua oración y mortificación. Ambiente que no está reflejado sólo en las constituciones, sino también en un precioso libro: los "recreos" o "entretenimientos", deliciosa narración de las charlas que el santo obispo mantenía con sus hijas durante el tiempo de esparcimiento. Allí se muestra el Santo cual era, comentando algunas cosas, aclarando dudas, exhortando a la perfección a sus hijas queridisímas. Pero esto, y la narración de mil anécdotas de aquellos primeros tiempos de la Orden, exigiría un espacio de que no disponemos.

Se aproximaba el final de su vida. Fue necesario volver a París para algunos asuntos diplomáticos en la corte. Como había ocurrido antes, también ahora San Francisco se dedicó de lleno a la predicación. Tuvo, además, el gozo de conocer y tratar íntimamente a San Vicente de Paúl, a quien confió el cuidado espiritual del recién creado monasterio de la Visitación.

De regreso de París, pasa por Turín, se desvía hacia Avignon y por fin llega a Lyon, Allí se detuvo unos días. El de San Esteban, después de haber celebrado la misa, despacha diferentes asuntos y por la tarde preside el recreo de sus hijas, las religiosas de la Visitación. Al terminar, da como conclusión esas sencillas palabras: "No deseéis nada, no rehuséis nada, a ejemplo del Niño Jesús en la cuna". Al día siguiente, fiesta de San Juan, vio que se le nublaba la vista, se confesó, celebró la misa, dio la comunión y se despidió de la superiora: "Adiós, hija mía, os dejo mi espíritu y mí corazón"

Todavía el 28 recibió algunas visitas, Pero ya por la tarde le asaltó la muerte. Y con la mayor sencillez, mientras invocaba a los Santos Inocentes, cuya fiesta se estaba celebrando, rindió su alma pura e inocente a Dios, con la misma calma y serena majestad que habían presidido toda su vida. Tenía entonces cincuenta y seis años de edad y llevaba veinte de episcopado. Era el 28 de diciembre de 1622. El 18 de enero siguiente Annecy obtenía para sí su sagrado cuerpo, y, en efecto, el 28 de enero llegaba a su amadísima catedral. No iba a ser fácil, sin embargo, verle en los altares. Su fama de santidad fue clamorosa desde el primer momento. Santa Juana de Chantal trabajó a fondo por conseguir su beatificación. Sin embargo, defectos procesales, minúsculas rivalidades, envidia por parte de unos, nacionalismo por parte de otros..., mil obstáculos habrían de oponerse a su rápida beatificación. Unos querían que fuera una gloria de Saboya; para otros se trataba de una gloria de Francia. Sólo la tenacidad admirable de una mujer excepcional. Francisca Magdalena de Chaugy, habría de conseguir que, por fin, el 28 de diciembre de 1661, el papa Alejandro VII realizara la beatificación.

Pocos años después, en 1665, se examinaban los milagros en orden a su canonización. Ahora la cosa fue rápidamente. Ese mismo año era canonizado y su fiesta se fijaba el 29 de enero. El 16 de noviembre de 1877 Pío IX, por un breve solemne, confirmaba el decreto de la Congregación de Ritos, confiriendo a San Francisco de Sales el título de Doctor de la Iglesia.

Patrono de la prensa católica, doctor de la Iglesia, es al mismo tiempo protector de una de las obras más florecientes de la Iglesia de Dios: la que otro santo, San Juan Bosco, puso bajo su protección al iniciarla en Turín: la obra que justamente por eso se llamaba salesiana.

En la prensa católica, en la inmensa multitud de instituciones de los salesianos y salesianas, en los monasterios de la Visitación de que está sembrado el mundo entero, San Francisco de Sales continúa viviendo y operando entre nosotros. Y muerto hace siglos, aún nos habla, aconseja y estimula.

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA



San Francisco de Sales obispo y doctor de la Iglesia

(1567-1622) San Francisco de Sales "uno de los más fieles trasuntos del Redentor", era hijo de los marqueses de Sales. Nació en Saboya el año 1567. Se educó en Annecy, en París y en Padua. En 1593 es ordenado sacerdote. Pasa largas horas de oración. "Las almas se ganan con las rodillas", confesaba. Atiende sin prisa al confesionario, predica, asiste a todos los necesitados. Su celo apostólico no tenía fronteras. A él se debe la conversión de más de sesenta mil calvinistas. En 1603 fue consagrado Obispo. Multiplicó su tarea apostólica: catequesis, predicación, Sínodos diocesanos.

Era Obispo titular de Ginebra. Un día Enrique IV, rey de Francia, le ofreció un rico obispado. Francisco contestó: "Me he casado con una mujer pobre. No puedo dejarla por otra mas rica".

Uno de sus más fecundos apostolados fue el de la pluma. "Tratado del Amor de Dios". "El rte de aprovechar nuestras faltas". "Cartas". "Controversias". Y quizá su mejor libro, de perenne actualidad, "Introduccion a la Vida Devota", que comprende una serie de normas para santificarse en el mundo.

Francisco se encontró en su camino con un alma excepcional, San Juana de Chantal. Entre los dos surgió una honda amistad, ejemplo típico de equilibrio afectivo entre dos almas que caminan hacia Dios. Juntos fundaron la Orden de la Visitación, que consiguió pronto óptimos frutos.

Su vida era muy intensa. En París se encontró con Vicente de Paúl, que diría después: "¡Que bueno será Dios, cuando tanta suavidad hay en Francisco!". "Santos son aquellos que guardaron toda la agresividad para si mismos", suele decirse. Eso fue Francisco, exigente consigo mismo, y ejemplo de moderación y de equilibrio para los demás. Es el santo de la dulzura, el apóstol de la amabilidad. "El más dulce de los hombres, y el más amable de los santos", a pesar de su fuerte temperamento. Se cuenta que al hacerle la autopsia, encontraron su hígado endurecido como una piedra, explicable por la violencia que se había hecho aquel hombre de fuerte carácter, que era en el trato todo delicadeza y suavidad. "En los negocios más graves derramaba palabras de afabilidad cordial, oía a todos apaciblemente, siempre dulce y humilde", afirma la Cofundadora, que le conocía bien.

La influencia de San Francisco de Sales en la espiritualidad ha sido enorme. Cuando San Juan Bosco buscó un protector para su familia religiosa lo encontró en él, y por eso su obra se llama Salesiana. Murió el 28 de diciembre de 1622, a la edad de 56 años. Sus restos reposan en Annecy, Francia, en el Monasterio de la Visitación.

* Pidamos por ellos para que siempre tengan respeto a la verdad.
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