jueves, 26 de septiembre de 2013

Desde María se comunica Dios



Desde María se comunica Dios

Padre Tomás Rodríguez Carbajo


“En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo” (Heb. 1,1-2). No de manera exclusiva, porque desde maría nos ha comunicado Dios el mensaje de salvación.

Pocas intervenciones encontramos de María en el Evangelio, pero la calidad de las mismas son suficientes como para que María cumpla su misión profética. En el Magnificat proclamará lo que después Jesús va a predicar como específico del Reino de Dios:

-         Con Ella aprendemos a reconocer los dones de Dios.

-         Es consciente de su pequeñez avalada por la acción misteriosa de Dios.

-         Reconocemos el actuar de Dios como desconcertante: Derriba a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos.

-         Exalta la fidelidad de Dios como algo digno de tener en cuenta.

Estas lecciones las aprendemos de labios de María, más tarde las expondrá Jesús en su predicación, cuando hable de los talentos, de la grandeza, de la humildad, de los pobres de espíritu, etc...

Una ocasión resumen del protagonismo de Jesús de Nazaret en nuestras vidas nos lo indicó María, cuando dijo. “Haced lo que El os diga” (Jn.2,5).

María nunca se consideró pieza final de nuestra vida, sino engarce entre nuestra vida y la de Cristo. La teología llamará a este oficio de María el de “Medianera”.

El espíritu de las enseñanzas de Cristo lo tenemos en las pocas intervenciones, que de María nos presenta el Evangelio. Este es el puesto profético de María desde el que Dios se sirvió para comunicarse con nosotros.

Jesús de Nazaret vio vivir en María el espíritu que impactó a tantos creyentes. La piedad cristiana ha expresado en distintas imágenes diversas lecciones que nos ha dado María y son una repetición de lo que Jesús nos ha enseñado acerca de la humildad, agradecimiento, aceptación de dones, etc...




Santo Evangelio 26 de Septiembre de 2013




Día litúrgico: Jueves XXV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 9,7-9): En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle.


Comentario: Rev. P. Jorge R. BURGOS Rivera SBD (Cataño, Puerto Rico)
Buscaba verle

Hoy el texto del Evangelio nos dice que Herodes quería ver a Jesús (cf. Lc 9,9). Ese deseo de ver a Jesús le nace de la curiosidad. Se hablaba mucho de Jesús por los milagros que iba realizando a su paso. Muchas personas hablaban de Él. La actuación de Jesús trajo a la memoria del pueblo diversas figuras de profetas: Elías, Juan el Bautista, etc. Pero, al ser simple curiosidad, este deseo no trasciende. Tal es el hecho que cuando Herodes le ve no le causa mayor impresión (cf. Lc 23,8-11). Su deseo se desvanece al verlo cara a cara, porque Jesús se niega a responder a sus preguntas. Este silencio de Jesús delata a Herodes como corrupto y depravado.

Nosotros, al igual que Herodes, seguramente hemos sentido, alguna vez, el deseo de ver a Jesús. Pero ya no contamos con el Jesús de carne y hueso como en tiempos de Herodes, sin embargo contamos con otras presencias de Jesús. Te quiero resaltar dos de ellas. 

En primer lugar, la tradición de la Iglesia ha hecho de los jueves un día por excelencia para ver a Jesús en la Eucaristía. Son muchos los lugares donde hoy está expuesto Jesús-Eucaristía. «La adoración eucarística es una forma esencial de estar con el Señor. En la sagrada custodia está presente el verdadero tesoro, siempre esperando por nosotros: no está allí por Él, sino por nosotros» (Benedicto XVI). —Acércate para que te deslumbre con su presencia. 

Para el segundo caso podemos hacer referencia a una canción popular, que dice: «Con nosotros está y no lo conocemos». Jesús está presente en tantos y tantos hermanos nuestros que han sido marginados, que sufren y no tienen a nadie que “quiera verlos”. En su encíclica Dios es Amor, dice el Papa Benedicto XVI: «El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial». Así pues, Jesús te está esperando, con los brazos abiertos te recibe en ambas situaciones. ¡Acércate!

Santos Cosme y Damián,- 26 de Septiembre


26 de Septiembre

SANTOS COSME Y DAMIÁN

 (c. 300)


Con los santos populares de los primeros siglos la leyenda ha hecho estragos. De tal manera ha embrollado sus vidas, que ahora nos resulta poco menos que imposible desenmarañar la madeja.

 Si fueron santos que, además, tuvieron mucho culto, que vieron surgir en honor suyo numerosas iglesias, que favorecieron con el beneficio de sus milagros a los fieles que se encomendaban a ellos, entonces la cosa se complica, hasta el punto de que podamos encontrarlos sufriendo el martirio en poblaciones distantes o hallar sus cuerpos enterrados en santuarios diferentes.

 Todo se comprende partiendo de la devoción popular, que pedía detalles, anécdotas, referencias concretas, y si eran prodigiosas, mejor.

 Y nunca faltaban quienes se prestasen a saciar este ansia de noticias. No con mala intención, sino simplemente para glorificar al santo bendito. Eran tiempos en que el concepto de lo histórico no tenía un significado tan riguroso como en nuestros días.

 Por eso, al comenzar la semblanza de San Cosme y San Damián habremos de desbrozar primero el terreno para quedarnos con el hecho cierto de su existencia, atestiguado por la enorme extensión de su culto, que alcanzó de Oriente a Occidente,

 Lo que refieren las gesta Cosmae et Damiani merece poco crédito. Queden como ejemplo típico de leyendas hagiográficas, a las que el padre Delehaye dio hace ya años el golpe de muerte. Es verdad que todavía las recoge el segundo nocturno de maitines de su oficio litúrgico. Eso quiere decir únicamente la penosa tarea que tiene delante la Comisión Histórica de la Sagrada Congregación de Ritos antes de proceder a una reforma del breviario. Actualmente .nos sirven de resumen de las pasadas tradiciones, a través de las cuales se percibe lo fabuloso. Veamos lo que dice el martirologio romano de estos Santos:

 "En Egea, ciudad del Asia Menor, los dos santos hermanos Cosme y Damián, que en la persecución de Diocleciano sufrieron diversos tormentos, pues como hubiesen sido cargados de cadenas, arrojados a la cárcel, pasados por el agua y por el fuego, crucificados y por fin asaeteados, sin experimentar daño alguno gracias al auxilio divino, acabaron siendo decapitados hacia el año 300".

 Las lecciones del oficio dicen además que "eran médicos muy distinguidos, que tanto como por sus conocimientos en medicina curaban con la virtud de Cristo, aun aquellas enfermedades que se consideraban incurables".

 La tradición constante los designa con el calificativo agua y por el fuego, crucificados y por fin asaeteados, sin exigir honores por sus servicios.

 Pero aquí surge otra vez la duda: ¿fueron médicos en el sentido profesional de la palabra, o fueron más bien médicos sobrenaturales en virtud de las sanaciones milagrosas debidas a su intercesión después de muertos?

 Esto segundo parece más probable y contribuyó eficazmente a la asombrosa propagación de su culto. Ya San Gregorio de Tours, en su libro De gloria martyrium, escribe:

 "Los dos hermanos gemelos Cosme y Damián, médicos de profesión, después que se hicieron cristianos, espantaban las enfermedades por el solo mérito de sus virtudes y la intervención de sus oraciones... Coronados tras diversos martirios, se juntaron en el cielo y hacen a favor de sus compatriotas numerosos milagros. Porque, si algún enfermo acude lleno de fe a orar sobre su tumba, al momento obtiene curación. Muchos refieren también que estos Santos se aparecen en sueños a los enfermos indicándoles lo que deben hacer, y luego que lo ejecutan, se encuentran curados. Sobre esto yo he oído referir muchas cosas que sería demasiado largo de contar, estimando que con lo dicho es suficiente".

 A pesar de las referencias del martirologio y el breviario, parece más seguro que ambos hermanos fueron martirizados y están enterrados en Cyro, ciudad de Siria no lejos de Alepo. Teodoreto, que fue obispo de Cyro en el siglo V, hace alusión a la suntuosa basílica que ambos Santos poseían allí. Desde la primera mitad del siglo V existían dos iglesias en honor suyo en Constantinopla, habiéndoles sido dedicadas otras dos en tiempos de Justiniano. También este emperador les edificó otra en Panfilia. En Capadocia, en Matalasca, San Sabas († 531) transformó en basílica de San Cosme y San Damián la casa de sus padres. En Jerusalén y en Mesopotamia tuvieron igualmente templos. En Edesa eran patronos de un hospital levantado en 457, y se decía que los dos Santos estaban enterrados en dos iglesias diferentes de esta ciudad monacal.

 En Egipto, el calendario de Oxyrhyrico del 535 anota que San Cosme posee templo propio. La devoción copta a ambos Santos siempre fue muy ferviente.

 En San Jorge de Tesalónica aparecen en un mosaico con el calificativo de mártires y médicos. En Bizona, en Escitia, se halla también una iglesia que les levantara el diácono Estéfano.

 Pero tal vez el más célebre de los santuarios orientales era el de Egea, en Cilicia, donde nació la leyenda llamada "árabe", relatada en dos pasiones, y es la que recogen nuestros actuales libros litúrgicos.

 Estos Santos, que a lo largo del siglo V y VI habían conquistado el Oriente, penetraron también triunfalmente en Occidente. Ya hemos referido el testimonio de San Gregorio de Tours. Tenemos testimonios de su culto en Cagliari (Cerdeña), promovido por San Fulgencio, fugitivo de los bárbaros. En Ravena hay mosaicos suyos del siglo VI y VII.

 El oracional visigótico de Verona los incluye en el calendario de santos que festejaba la Iglesia de España.

 Mas donde gozaron de una popularidad excepcional fue en la propia Roma, llegando a tener dedicadas más de diez iglesias. El papa Símaco (498-514) les consagró un oratorio en el Esquilino, que posteriormente se convirtió en abadía. San Félix IV, hacía el año 527, transformó para uso eclesiástico dos célebres edificios antiguos, la basílica de Rómulo y el templum sacrum Urbis, con el archivo civil a ellos anejo, situados en la vía Sacra, en el Foro, dedicándoselo a los dos médicos anárgiros.

 Tan magnífico desarrollo alcanzó su culto, por influjo sobre todo de los bizantinos, que, además de esta fecha del 27 de septiembre, se les asignó por obra del papa Gregorio II la estación coincidente con el jueves de la tercera semana de Cuaresma, cuando ocurre la fecha exacta de la mitad de este tiempo de penitencia, lo que daba lugar a numerosa asistencia de fieles, que acudían a los celestiales médicos para implorar la salud de alma y cuerpo. Caso realmente insólito, el texto de la misa cuaresmal se refiere preferentemente a los dichos Santos, que son mencionados en la colecta, secreta y poscomunión, jugándose en los textos litúrgicos con la palabra salus en el introito y ofertorio y estando destinada la lectura evangélica a narrar la curación de la suegra de San Pedro y otras muchas curaciones milagrosas que obró el Señor en Cafarnaúm aquel mismo día, así como la liberación de muchos posesos. Esta escena de compasión era como un reflejo de la que se repetía en Roma, en el santuario de los anárgiros, con los prodigios que realizaban entre los enfermos que se encomendaban a ellos.

 El texto de la misa que acabamos de referir, cuyas oraciones son del sacramentario Gelasiano, debió de ser el empleado en la dedicación de la iglesia de los gloriosos taumaturgos, como lo abona la lectura de la epístola, tomada de Jeremías, en que se reprende la actitud de los judíos, que sólo veían en su templo de Jerusalén una gloria nacional, sin percibir que la presencia divina se hace más cercana para aquellos que cumplen los mandamientos y practican sobre todo la caridad con el prójimo. Esta misa debió de ser la usada primitivamente el 27 de septiembre, transferida después a la estación cuaresmal del jueves de la tercera semana. La actual para hoy tiene también muy en cuenta el poder milagroso de los dos hermanos, pues la lectura del evangelio nos presenta a Cristo rodeado de las turbas, "que querían tocarle, porque salía de Él una virtud que curaba a todos". A pesar de la restauración un tanto "bárbara" que llevó a cabo el papa Barberini, Urbano VIII, en 1631, la iglesia de San Cosme y San Damián en el Foro es una de las más hermosas de Roma. En la actualidad es título cardenalicio. En el ábside, un antiguo mosaico de fondo obscuro con nubes rojas nos presenta a Cristo "con unos ojos grandes, que miran a todas, partes", como dice el epitafio de Abercio, llenando con su presencia toda la sala de la asamblea. A uno y otro lado están los hermanos médicos, prontos a escuchar las súplicas de sus devotos.

 Cabría preguntarse: ¿Por qué hoy estos Santos gloriosos no obran las maravillas de las antiguas edades? Tal vez la contestación podría formularse a través de otra pregunta: ¿Por qué hoy no nos encomendamos a ellos con la misma fe, con esa fe que arranca los milagros?

 También podría entrar en la providencia divina el reservar cada época a determinados santos, y así tenemos que en el sepulcro del monje Charbel Makhlouf, muerto en 1898, vecino libanés de los médicos sirios, parecen renovarse los prodigios que de éstos nos refieren los historiadores.

 Pero lo que conviene es que no se apague la fe, que la mano del Señor "no se ha contraído". Y si San Cosme y San Damián continúan siendo patronos de médicos y farmacéuticos, bien podemos seguirles invocando con una oración como ésta, de la antigua liturgia hispana: "¡Oh Dios, nuestro médico y remediador eterno, que hiciste a Cosme y Damián inquebrantables en su fe, invencibles en su heroísmo, para llevar salud por sus heridas a las dolencias humanas haz que por ellos sea curada nuestra enfermedad, y que por ellos también la curación sea sin recaída".

 CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

miércoles, 25 de septiembre de 2013

De una manera espontánea




De una manera espontánea

San Josemaría Escriva de Balaguer



De una manera espontánea, natural, surge en nosotros el deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo.

Para comprender el papel que María desempeña en la vida cristiana, para sentirnos atraídos hacia Ella, para buscar su amable compañía con filial afecto, no hacen falta grandes disquisiciones, aunque el misterio de la Maternidad divina tiene una riqueza de contenido sobre el que nunca reflexionaremos bastante.

La fe católica ha sabido reconocer en María un signo privilegiado del amor de Dios: Dios nos llama ya ahora sus amigos, su gracia obra en nosotros, nos regenera del pecado, nos da las fuerzas para que, entre las debilidades propias de quien aún es polvo y miseria, podamos reflejar de algún modo el rostro de Cristo. No somos sólo náufragos a los que Dios ha prometido salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros. Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre las angustias de la obscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su Padre.

De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón. La relación de cada uno de nosotros con nuestra propia madre, puede servirnos de modelo y de pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre, María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con ese mismo corazón hemos de tratar a María.

¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas.

En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar —no hace falta la palabra, el pensamiento basta— las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana —precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado—, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad.

Hay muchas otras devociones marianas que no es necesario recordar aquí ahora. No tienen por qué estar incorporadas todas a la vida de cada cristiano —crecer en vida sobrenatural es algo muy distinto del mero ir amontonando devociones—, pero debo afirmar al mismo tiempo que no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María.

Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla, sino que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría de hijos.

Fuente: escrivaobras.org "Es Cristo que pasa"





Santo Evangelio 25 de Septiembre de 2013


Día litúrgico: Miércoles XXV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 9,1-6): En aquel tiempo, convocando Jesús a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos». Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.


Comentario: Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala (Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)
Convocando Jesús a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades

Hoy vivimos unos tiempos en que nuevas enfermedades mentales alcanzan difusiones insospechadas, como nunca había habido en el curso de la historia. El ritmo de vida actual impone estrés a las personas, carrera para consumir y aparentar más que el vecino, todo ello aliñado con unas fuertes dosis de individualismo, que construyen una persona aislada del resto de los mortales. Esta soledad a la que muchos se ven obligados por conveniencias sociales, por la presión laboral, por convenciones esclavizantes, hace que muchos sucumban a la depresión, las neurosis, las histerias, las esquizofrenias u otros desequilibrios que marcan profundamente el futuro de aquella persona.

«Convocando Jesús a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades» (Lc 9,1). Males, éstos, que podemos identificar en el mismo Evangelio como enfermedades mentales.

El encuentro con Cristo, que es la Persona completa y realizada, aporta un equilibrio y una paz que son capaces de serenar los ánimos y de hacer reencontrar a la persona con ella misma, aportándole claridad y luz en su vida, bueno para instruir y enseñar, educar a los jóvenes y a los mayores, y encaminar a las personas por el camino de la vida, aquélla que nunca se ha de marchitar.

Los Apóstoles «recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva» (Lc 9,6). Es ésta también nuestra misión: vivir y meditar el Evangelio, la misma palabra de Jesús, a fin de dejarla penetrar en nuestro interior. Así, poco a poco, podremos encontrar el camino a seguir y la libertad a realizar. Como ha escrito Juan Pablo II, «la paz ha de realizarse en la verdad (...); ha de hacerse en la libertad».

Que sea el mismo Jesucristo, que nos ha llamado a la fe y a la felicidad eterna, quien nos llene de su esperanza y amor, Él que nos ha dado una nueva vida y un futuro inagotable.

San Cleofás, 25 de Septiembre


25 de Septiembre

San Cleofás

Archidiócesis de Madrid


Dos veces aparece este nombre en los Evangelios. Una en San Lucas cuando habla de los dos discípulos que marchaban a Emaús y la otra en San Juan cuando habla de una "María, la mujer de Cleofás" que estaba presente en el Calvario, acompañando a la Virgen, la tarde en que fue crucificado y moría Jesús. Sin que pueda establecerse con certeza que estos dos personajes fueran marido y mujer, ya que varones llamados Cleofás debía haber bastantes en Jerusalén, sí parece que el esposo de esa María del Calvario debía ser un cristiano bastante conocido entre los discípulos, cuando San Juan escribe su evangelio y también que ambos estuvieron muy cerca de los acontecimientos que hoy narramos. 

Es la alborada del Domingo. Unas mujeres enamoradas de Jesús quieren envolver en lienzos el cuerpo y poner perfumes preciosos, a la usanza judía, en el cadáver que no pudo prepararse con finura el viernes por la tarde cuando lo pusieron en el sepulcro. En aquel momento hubo tanto... tanto dolor y tan poco tiempo que la noche se echaba encima y solo pudieron improvisar. Hoy, pensaban, con la luminosidad del día, podremos demostrar con obras el amor que le tuvimos sin miedo a que sea un obstáculo el tiempo; sí, hoy será distinto. 

El sepulcro está vacío, no tiene cuerpo dentro. Unos ángeles avisan que está vivo el muerto. Las mujeres, locas de alegría, nerviosas, corren y transmiten la nueva a los discípulos. Pedro y los demás no pueden creer ese inusitado acaecimiento. 

La distancia de Jerusalén a Emaús es de algo más de diez kilómetros. Hacia Emaús caminan ese mismo día dos discípulos del Maestro. Uno de ellos responde al nombre de Cleofás. Van comentando entre ellos los acontecimientos del fracaso de Jesús en los días pasados. Como los hombres también lloran, aún mantienen sus ojos la hinchazón y rojez de abundantes lágrimas derramadas a moco tendido no hace mucho tiempo, quizá cuando se despidieron de sus compañeros. Las pisadas son pesadas porque llevan la amargura en el pecho. Son tantos años juntos, tantas ilusiones truncadas, tantas promesas secas, tantas alegrías cegadas... hasta los proyectos del Reino se esfumaron con los clavos, la cruz y la lanza. Con Jesús muerto mal se anda. 

Se les unió un caminante como compañero de camino. Ellos temían "ofuscada la mirada". Al preguntar qué les pasa, Cleofás con tono enojado casi le regañó por no estar al día de lo que ha pasado en la Ciudad Santa. Cuando resumen los hechos tan trágicos e impresionantes, el viajero les recordó que ya estaba previsto por los profetas. 

Al acercarse a la aldea, el caminante hace intención de proseguir. Cleofás y su amigo le insistieron: "Quédate con nosotros, que el día ya declina". El caminante accedió, entró con ellos en la casa, se sentó a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió en trozos, y se lo dio. En este instante le reconocieron. 

Ahora, desandar lo andado para decirle a los hermanos que las mujeres mañaneras tenían razón no es pesado, es alegría; avanzan en la noche tan seguros como a pleno día porque lucen mucho las estrellas, los pasos se han tornado ágiles y firmes, el corazón late con fuerza, el gozo se ha hecho vida. Notan la vehemencia de decir pronto a los otros que Jesús sí es el Mesías. Con Jesús Vivo bien se camina. 


martes, 24 de septiembre de 2013

'Déjame morir contigo'



'Déjame morir contigo'

Padre Roberto Fernández Iglesias, OP



La presencia de María junto a Jesús en la cruz.

Es la Virgen María. Y tiene la belleza de la mujer madura. Respetable, segura de sí misma y libre. Toda una señora. También durante la pasión y muerte de su hijo único -el peor sufrimiento de cualquier mujer- supo estar a la altura de la fe y de la misión para la que fue escogida: ser madre del Hijo de Dios. Sabe estar y da fuerzas. Y se hace sentir con elegancia y nobleza. También cuando está de pie junto a la cruz y llora por Jesús crucificado, su hijo primogénito y único. Con razón la Sagrada Escritura la llamó "llena de gracia y bendita entre todas las mujeres". Así nos la hace ver Mel Gibson en su película La Pasión de Cristo, a través de una actriz que lleva un apellido muy mariano y bonito 'Morgenstern', es decir, la estrella de la mañana, la que brilla antes de salir el sol y lo anuncia, como la Virgen María que anunciaba a Cristo, el nuevo sol de justicia.

Durante toda la película su presencia discreta no deja de crecer. Mientras Jesús ora en el Huerto de los Olivos, ella se despierta, siente una ansiedad muy dolorosa y se pregunta por qué esta noche de luna llena no es como las demás. Es el sexto sentido que tienen todas las madres, ese 'no sé qué' por el que presienten lo que están viviendo los hijos. No puede dormir más y cuando le llega la mala noticia sale corriendo a buscar a su hijo. Va llevando en el corazón tantos recuerdos como atesora una madre, toda esa vida que ahora el misterio del mal se dispone a crucificar. Es ahora cuando aquella espada de dolor, profetizada por Simeón, le va a atravesar el alma (Lc. 2,35). Y es ahora cuando su linaje va a aplastar la cabeza de la serpiente que profetizó el Génesis (Gén. 3,14-15).

Están también las otras mujeres, todas esas mujeres de Jerusalén mencionadas por el Evangelio y las que tanto amaron a Jesús. Ellas lo acompañan con gratitud y devoción. No se asustan ante la soldadesca y una le enjuga el rostro y conservará el primer ícono del Señor. Da para pensar que las mujeres son más fieles en los momentos de las pruebas duras y que, cuando aman, lo hacen hasta la muerte.

Mientras María sigue a Jesús por el Vía Crucis para sostenerlo como cuando era niño y lo arropaba con su amor, también lo sigue Satanás por ese mismo camino, pero para tentarlo, como en el desierto, como en el Huerto de Los Olivos. Esa presencia de lo diabólico que siempre engendra mayor mal y que nos acecha hasta el desenlace final, va a tener también una sentencia de muerta escatalógica en el madero del Gólgota.

María alcanza la plenitud cuando Cristo ya está crucificado. Entonces, ella le dice a Jesús llorando: "Carne de mi carne, corazón de mi corazón, Hijo Mío, déjame morir contigo". Estas palabras, que no están en la Sagrada Escritura, son puro sentimiento maternal. Y están muy bien puestas precisamente ahí porque reflejan el estado mental de cualquier madre en esos momentos de tanto dolor. Por eso son de las que más conmueven, sobre todo el corazón de los hombres, porque las sentimos como dichas a cada uno de nosotros por nuestra propia madre.

Es muy importante lo que le responde Jesús, con palabras que conserva la Biblia: "Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre" (Jn.19, 26-27). Es como si le dijera a su mamá que ella no se puede morir ni experimentar tanto dolor y que, para eso, le encarga una misión. Ahora va a ser la madre de sus discípulos, ahora ellos la van a necesitar y no tiene que pensar en morirse sino en vivir y en seguir adelante con esa nueva tarea que El le confía.

Cuántas madres y cuántos padres, que también han perdido un hijo o una hija, pueden encontrar consuelo en esas palabras de Jesús. La vida sigue, tienes otros hijos y hay que vivir por ellos. Deja que la fe trasfigure ese llanto de dolor en rayos de luz y de esperanza para los tuyos. Hizo bien San Pío V cuando añadió al Avemaría el "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte...".

Es que la Virgen consuela al que experimenta la muerte. Y también nosotros queremos sentir el arrullo sereno de su voz y de sus labios maternales, como lo sintió Jesucristo Nuestro Señor en la cruz, al momento de morir.

Publicado en "HOY", domingo 4 de abril de 2004. Quito - Ecuador

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