viernes, 3 de noviembre de 2017

A la Virgen de la Misericordia


A la Virgen de la Misericordia

José María Zandueta Munárriz

(Romancillo con heptasílabos)
En honor de la Virgen 
de la Misericordia, 
el mundo anuda lazos 
de paz y de concordia. 

Tu compasión, oh Madre, 
es nuestro gran consuelo; 
con ella de la mano 
subiremos al Cielo. 
Tu Paz guie a los pueblos 
y a todas las naciones. 

Que un gran amor anide 
en nuestros corazones; 
esa paz que este mundo 
nunca ha sabido dar, 
porque el hombre prefiere 
combatir y matar. 

En este mes de Mayo, 
el gran mes de las flores 
los campos reverdecen 
con luz y poesía. 

El mes de la armonía, 
el mes que un buen cristiano 
reza y canta María, 
porque es tiempo mariano, 
que con grandes festejos, 
el Orbe conmemora 
y se postra a los pies 
de nuestra gran Señora, 
que nos depara el gozo, 
la dicha del Edén. 

Por su misericordia, 
con Jesucristo, AMEN.

LECTURA BREVE Ba 4, 28-29


LECTURA BREVE   Ba 4, 28-29

Como os inclinasteis a apartaros de Dios, así convertidos lo buscaréis diez veces más, pues el que trajo sobre vosotros el castigo, os traerá con la redención la eterna alegría.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Santo Evangelio 2 de noviembre 2017



Día litúrgico: 2 de Noviembre: Conmemoración de todos los fieles difuntos

Texto del Evangelio (Lc 23,33.39-43): Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».


«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino»
Fra. Agustí BOADAS Llavat OFM 
(Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio evoca el hecho más fundamental del cristiano: la muerte y resurrección de Jesús. Hagamos nuestra, hoy, la plegaria del Buen Ladrón: «Jesús, acuérdate de mí» (Lc 23,42). «La Iglesia no ruega por los santos como ruega por los difuntos, que duermen en el Señor, sino que se encomienda a las oraciones de aquéllos y ruega por éstos», decía san Agustín en un Sermón. Una vez al año, por lo menos, los cristianos nos preguntamos sobre el sentido de nuestra vida y sobre el sentido de nuestra muerte y resurrección. Es el día de la conmemoración de los fieles difuntos, de la que san Agustín nos ha mostrado su distinción respecto a la fiesta de Todos los Santos. 

Los sufrimientos de la Humanidad son los mismos que los de la Iglesia y, sin duda, tienen en común que todo sufrimiento humano es de algún modo privación de vida. Por eso, la muerte de un ser querido nos produce un dolor tan indescriptible que ni tan sólo la fe puede aliviarlo. Así, los hombres siempre han querido honrar a los difuntos. La memoria, en efecto, es un modo de hacer que los ausentes estén presentes, de perpetuar su vida. Pero sus mecanismos psicológicos y sociales amortiguan los recuerdos con el tiempo. Y si eso puede humanamente llevar a la angustia, cristianamente, gracias a la resurrección, tenemos paz. La ventaja de creer en ella es que nos permite confiar en que, a pesar del olvido, volveremos a encontrarlos en la otra vida.

Una segunda ventaja de creer es que, al recordar a los difuntos, oramos por ellos. Lo hacemos desde nuestro interior, en la intimidad con Dios, y cada vez que oramos juntos, en la Eucaristía, no estamos solos ante el misterio de la muerte y de la vida, sino que lo compartimos como miembros del Cuerpo de Cristo. Más aún: al ver la cruz, suspendida entre el cielo y la tierra, sabemos que se establece una comunión entre nosotros y nuestros difuntos. Por eso, san Francisco proclamó agradecido: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal».

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A la Virgen de la Soledad



A la Virgen de la Soledad

Federico Acosta Noriega


Dios te salve, mi Señora, 
Reina de la Soledad 
y mira que quién te implora 
es la mujer de Zamora 
con su infinita piedad. 

Dios te salve, Reina mía 
la del dolor solitario, 
óyela en su poesía 
del Dios te salve María 
en las cuentas del rosario. 

Dios te salve Soberana 
y mira la devoción 
de la mujer zamorana 
llevando en sus labios grana 
la salve por oración. 


LECTURA BREVE Sb 1, 13-14a. 15



LECTURA BREVE   Sb 1, 13-14a. 15

Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera, porque la justicia es inmortal.

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