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martes, 24 de octubre de 2017
lunes, 23 de octubre de 2017
Santo Evangelio 23 octubre 2017
Día litúrgico: Lunes XXIX del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 12,13-21): En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».
Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».
«La vida de uno no está asegurada por sus bienes»
Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet
(Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
Hoy, el Evangelio, si no nos tapamos los oídos y no cerramos los ojos, causará en nosotros una gran conmoción por su claridad: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). ¿Qué es lo que asegura la vida del hombre?
Sabemos muy bien en qué está asegurada la vida de Jesús, porque Él mismo nos lo ha dicho: «El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder» (Jn 5,26). Sabemos que la vida de Jesús no solamente procede del Padre, sino que consiste en hacer su voluntad, ya que éste es su alimento, y la voluntad del Padre equivale a realizar su gran obra de salvación entre los hombres, dando la vida por sus amigos, signo del más excelso amor. La vida de Jesús es, pues, una vida recibida totalmente del Padre y entregada totalmente al mismo Padre y, por amor al Padre, a los hombres. La vida humana, ¿podrá ser entonces suficiente en sí misma? ¿Podrá negarse que nuestra vida es un don, que la hemos recibido y que, solamente por eso, ya debemos dar gracias? «Que nadie crea que es dueño de su propia vida» (San Jerónimo).
Siguiendo esta lógica, sólo falta preguntarnos: ¿Qué sentido puede tener nuestra vida si se encierra en sí misma, si halla su agrado al decirse: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19)? Si la vida de Jesús es un don recibido y entregado siempre en el amor, nuestra vida —que no podemos negar haber recibido— debe convertirse, siguiendo a la de Jesús, en una donación total a Dios y a los hermanos, porque «quien vive preocupado por su vida, la perderá» (Jn 12,25).
Aquella que espera
Aquella que espera
María-Teresa Fischer
“Cuando yo te imagino, María,
esperando a Aquel que se llamará Jesús,
no te veo para nada como en las piadosas imágenes
donde tú apareces meditando la Escritura con las manos juntas.
Tú no eras un mito, ni una figura de cuentos de hadas,
sino una verdadera jovencita de carne y hueso
que había concebido un verdadero niño.
No creo faltarte el respeto
si tu espera, para mí, es algo más concreto.
Como yo te veo, María,
es tendida sobre tu lecho en el vacío profundo de la noche silenciosa,
con los ojos grandes, abiertos en las tinieblas,
y tu mano,
apoyada en la curva cada vez más insólita de tu vientre dilatado,
escrutando los mensajes de Aquel que te habita,
puesta la palma de la mano a la escucha como un oído atento.
Entonces, cuando Él salta y cuando a través de tu carne
sientes concretamente la invisible presencia,
una ola de amor se desencadena sobre ti,
haciendo brotar las lágrimas en tus ojos, la sonrisa en tus labios,
y desde el fondo de tu corazón, ese deseo loco
de ver por fin a Aquel que está en ti,
de descubrir su rostro,
de poder abrirle tus brazos,
de manifestarle tu ternura
y de conocer un día el sol de su sonrisa…
María de la Espera,
enséñanos a escrutar vigilantes de la misma manera
los mensajes de Dios en nuestra vida,
de este Dios que quiere
habitar en lo más profundo de nosotros,
Él que, como el niño que va a nacer,
es a la vez presente y porvenir.
Entonces, maravillados,
en lugar de temer su venida,
a la manera de una mujer que se angustia en el parto,
nosotros seremos sumergidos de amor
por el luminoso deseo
de verlo por fin cara a cara”.
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