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viernes, 2 de octubre de 2015
Santo Evangelio 2 de octubre de 2015
Día litúrgico: Viernes XXVI del tiempo ordinario
Santoral 2 de Octubre: Los santos Ángeles de la Guarda
Texto del Evangelio (Lc 10,13-16): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».

«Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha»
Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga
(Sabadell, Barcelona, España)
Hoy vemos a Jesús dirigir su mirada hacia aquellas ciudades de Galilea que habían sido objeto de su preocupación y en las que Él había predicado y realizado las obras del Padre. En ningún lugar como Corazín, Betsaida y Cafarnaúm había predicado y hecho milagros. La siembra había sido abundante, pero la cosecha no fue buena. ¡Ni Jesús pudo convencerles...! ¡Qué misterio, el de la libertad humana! Podemos decir “no” a Dios... El mensaje evangélico no se impone por la fuerza, tan sólo se ofrece y yo puedo cerrarme a él; puedo aceptarlo o rechazarlo. El Señor respeta totalmente mi libertad. ¡Qué responsabilidad para mí!
Las expresiones de Jesús: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!» (Lc 10,13) al acabar su misión apostólica expresan más sufrimiento que condena. La proximidad del Reino de Dios no fue para aquellas ciudades una llamada a la penitencia y al cambio. Jesús reconoce que en Sidón y en Tiro habrían aprovechado mejor toda la gracia dispensada a los galileos.
La decepción de Jesús es mayor cuando se trata de Cafarnaúm. «¿Hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás!» (Lc 10,15). Aquí Pedro tenía su casa y Jesús había hecho de esta ciudad el centro de su predicación. Una vez más vemos más un sentimiento de tristeza que una amenaza en estas palabras. Lo mismo podríamos decir de muchas ciudades y personas de nuestra época. Creen que prosperan, cuando en realidad se están hundiendo.
«Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). Estas palabras con las que concluye el Evangelio son una llamada a la conversión y traen esperanza. Si escuchamos la voz de Jesús aún estamos a tiempo. La conversión consiste en que el amor supere progresivamente al egoísmo en nuestra vida, lo cual es un trabajo siempre inacabado. San Máximo nos dirá: «No hay nada tan agradable y amado por Dios como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento».
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jueves, 1 de octubre de 2015
Después de la misión de los Doce (Lc 9,2), la misión de los setenta y dos
Después de la misión de los Doce (Lc 9,2), la misión de los setenta y dos
La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para la gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado, el cual la Iglesia lo ejerce a través de todos sus miembros, aunque de diversas maneras. En efecto, la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, una vocación también al apostolado. Así como en el conjunto de un cuerpo vivo no hay miembros que se comportan de forma meramente pasiva, sino que todos participan en la actividad vital del cuerpo, de igual manera, en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia «todo cuerpo crece según la operación propia de cada uno de sus miembros» (Ef. 4,16). No sólo esto. Es tan estrecha la conexión y trabazón de los miembros en este Cuerpo, que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo entero, debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo.
Hay en la Iglesia diversidad de ministerios pero unidad de misión. A los Apóstoles y a sus sucesores Cristo les confió el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su propio nombre y autoridad. Los seglares, por su parte, al haber recibido participación en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo, la parte que les atañe en la misión total del pueblo de Dios. Ejercen, en realidad, el apostolado con su trabajo por evangelizar y santificar a los hombres y por perfeccionar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de tal forma que su actividad en este orden dé claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Y como lo propio del estado seglar es vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios llama a los seglares a que, con el fervor del espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.
Concilio Vaticano II
Decreto sobre el apostolado de los laicos (Apostolicam Actuositatem, § 2)
Santo Evangelio 1 de Octubre de 2015
Día litúrgico: Jueves XXVI del tiempo ordinario
Santoral 1 de Octubre: Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia
Texto del Evangelio (Lc 10,1-12): En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Y les dijo: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.
»En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’.
»En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: ‘Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos. Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca’. Os digo que en aquel día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad».
«Rogad (...) al dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
Rev. D. Ignasi NAVARRI i Benet
(La Seu d'Urgell, Lleida, España)
Hoy Jesús nos habla de la misión apostólica. Aunque «designó a otros setenta y dos, y los envió» (Lc 10,1), la proclamación del Evangelio es una tarea «que no podrá ser delegada a unos pocos “especialistas”» (Juan Pablo II): todos estamos llamados a esta tarea y todos nos hemos de sentir responsables de ella. Cada uno desde su lugar y condición. El día del Bautismo se nos dijo: «Eres Sacerdote, Profeta y Rey para la vida eterna». Hoy, más que nunca, nuestro mundo necesita del testimonio de los seguidores de Cristo.
«La mies es mucha, y los obreros pocos» (Lc 10,2): es interesante este sentido positivo de la misión, pues el texto no dice «hay mucho que sembrar y pocos obreros». Quizá hoy debiéramos hablar en estos términos, dado el gran desconocimiento de Jesucristo y de su Iglesia en nuestra sociedad. Una mirada esperanzada de la misión engendra optimismo e ilusión. No nos dejemos abatir por el pesimismo y por la desesperanza.
De entrada, la misión que nos espera es, a la vez, apasionante y difícil. El anuncio de la Verdad y de la Vida, nuestra misión, no puede ni ha de pretender forzar la adhesión, sino suscitar una libre adhesión. Las ideas se proponen, no se imponen, nos recuerda el Papa.
«No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias...» (Lc 10,4): la única fuerza del misionero ha de ser Cristo. Y, para que Él llene toda su vida, es necesario que el evangelizador se vacíe totalmente de aquello que no es Cristo. La pobreza evangélica es el gran requisito y, a la vez, el testimonio más creíble que el apóstol puede dar, aparte de que sólo este desprendimiento nos puede hacer libres.
El misionero anuncia la paz. Es portador de paz porque lleva a Cristo, el “Príncipe de la Paz”. Por esto, «en la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros» (Lc 10,5-6). Nuestro mundo, nuestras familias, nuestro yo personal, tienen necesidad de Paz. Nuestra misión es urgente y apasionante.
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Santa Teresita del Niño Jesús 1 Octubre
Santa Teresita del Niño Jesús
1 Octubre
Teresa (1873-1897) siempre quiso ser una gran santa. Desde bien niña. A la edad de 15 años entra en el Carmelo, perdidamente enamorada de Jesús y con una sola ilusión, casi casi una pesadilla: llegar a ser una gran santa. Dos meses más tarde, escribe a su padre: "Trataré de labrar tu gloria haciéndome una gran santa".
Es como un estribillo que se repite insistentemente en las cartas de estos primeros años de su vida religiosa. Y pone manos a la obra con toda el alma. Quiere serlo a fuerza de brazos. Quiere subir, cueste lo que cueste, hasta la cumbre de la montaña de la perfección evangélica.
La santidad es una conquista. "Hay que conquistarla a punta de espada", le dice a su hermana Celina. "Mira cómo trabajan los comerciantes para ganar dinero, le recuerda a su hermana María, monja como ella. Y nosotras podemos acumular tesoros para el cielo a cada instante". Y se entrega en cuerpo y alma a hacerse santa.
Mas, poco a poco, la realidad se va abriendo camino. Pasan los años, y se da cuenta de que no lo consigue. Cuanto más se compara con los grandes santos, más pequeña se ve a sí misma. Por ese camino, por el de sus solas fuerzas, nunca lo conseguirá.
Ella es demasiado pequeña, demasiado poca cosa. ¿Cederá al desaliento? ¿Interrumpirá la escalada? De ninguna manera. Seguirá buscando.
Un día de finales de 1894, a las puertas de cumplir 22 años, menos de tres años antes de su muerte, se hace de pronto la luz.
Poco antes, su hermana Celina había entrado en el Carmelo de Lisieux y había traído con ella un cuaderno en el que había copiado una serie de textos del Antiguo Testamento. Teresa los devora con auténtica pasión. Dos de esos textos la hacen estremecerse de emoción.
Uno de ellos es del libro de los Proverbios: "El que sea pequeñito, pequeñito: así lo lee Teresa, que venga a mí" (Proverbios 9,4). El otro, de Isaías 66,12-13: "Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os acariciaré".
¡Ya no necesita buscar más! "Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma".
Para ser una gran santa, no tiene que dejar de ser pequeña. ¡El Reino de los cielos es de los pequeños! María de Nazaret será grande porque Dios se ha fijado en su pequeñez. ¡Evangelio puro! Hacerse pequeña, cada vez más pequeña, cada vez más poca cosa.
"Lo que a Dios le agrada es verme amar mi pequeñez; es la esperanza ciega que tengo en su misericordia. Éste es mi único tesoro".
Ya no se trata de amar ella a Dios con locura, sino de dejarse amar por la locura de Jesús. Todo seguirá igual, pero todo ha cambiado, la perspectiva se ha invertido. Si antes era un "yo-a-ti", ahora es un "Tú-a-mí"; si antes era un "mi-amor-me-hará-santa", ahora es "tu-amor-me-hará-santa".
Teresa seguirá haciendo las cosas normales y corrientes de cada día, seguirá amando con exquisitez a sus hermanas, seguirá abrazada al sufrimiento, seguirá demostrándole a Jesús que está loca de amor por él. Pero ya todo es distinto. Ni siquiera pensará en demostrarle a Jesús que lo ama: simplemente amará.
"Si, por un imposible, ni el mismo Dios viese mis buenas acciones, dirá en su lecho de enferma terminal, no me afligiría por ello lo más mínimo. Le amo tanto, que quisiera darle gusto sin que Él mismo supiese que soy yo".
¡Cómo ha cambiado todo! Se acabó la visión mercantilista; reina la gratuidad. Si antes predominaba la tensión, ahora todo es ya confianza. Dios es ya todo corazón. Ya ni el mismo pecado podrá alejarla de sus brazos ni ser obstáculo para la santidad.
"Aunque cometiese los mayores crímenes que puedan cometerse, seguiría teniendo la misma confianza: Sé que serían como una gota de agua arrojada en una hoguera encendida. El Dios de Teresa, para el pecador, se llama ya Misericordia".
Teresa ha encontrado, al fin, un camino seguro para ser santa. El camino de la infancia espiritual.
"Un caminito muy recto, muy corto y totalmente nuevo. Ese camino es el del abandono de niñito que se duerme confiado en los brazos de su Padre; es volar hacia el Sol del Amor con las propias alas del Águila divina".
Es subir a la montaña de santidad en ese ascensor que son los brazos de Jesús.
(Manuel Ordóñez Villarroel, carmelita)
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