lunes, 4 de agosto de 2014

Santo Cura de Ars, 4 de Agosto

4 de agosto

EL SANTO CURA DE ARS

(† 1859)


Oficialmente, en los libros litúrgicos, aparece su verdadero nombre: San Juan Bautista María Vianney. Pero en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars. Poco importa la opinión de algún canonista exigente que dirá, a nuestro juicio con razón, que el Santo no llegó a ser jurídicamente verdadero párroco de Ars, ni aun en la última fase de su vida, cuando Ars ganó en consideración canónica. Poco importa que el uso francés hubiera debido exigir que se le llamara el canónigo Vianney. ya que tenía este título concedido por el obispo de Belley. Pasando por encima de estas consideraciones, el hecho real es que consagró prácticamente toda su vida sacerdotal a la santificación de las almas del minúsculo pueblo de Ars y que de esta manera unió, ya para siempre, su nombre y la fama de su santidad al del pueblecillo.

 Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Unicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario.

 Apresurémonos a decir que el marco externo de su vida no pudo ser más sencillo. Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786, tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio militar. Terminado este período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin, para atender al pueblecillo de Ars. Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte.

 Y sin moverse de allí logró adquirir una resonante celebridad. Recientemente se ha editado, con motivo del centenario de su muerte, una obra en la que se recogen testimonios curiosísimos de esta impresionante celebridad: pliego de cordel, con su imagen y la explicación de sus actividades; muestras de las estampas que se editaron en vida del Santo en cantidad asombrosa; folletos explicando la manera de hacer el viaje a Ars, etc., etc.

 El contraste entre lo uno y lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra

 Nace el Santo en tiempos revueltos: el 8 de mayo de 1786. En Dardilly, no lejos de Lyón. Estamos por consiguiente en uno de los más vivos hogares de la actividad religiosa de Francia. Desde algunos puntos del pueblo se alcanza a ver la altura en que está la basílica de Fourviere, en Lyón, uno de los más poderosos centros de irradiación y renovación cristiana de Francia entera. Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas; con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo, entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot.

 Tierra, por consiguiente, de profunda significación cristiana. No en vano Lyón era la diócesis primacial de las Galias. Pero antes de que, en un período de relativa paz religiosa, puedan desplegarse libremente las fuerzas latentes, han de pasar tiempos bien difíciles. En efecto, es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa. Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional, y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Muchas veces el pequeño Juan María oirá misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes, fieles al Papa, que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.

 A los diecisiete años la situación se hace menos tensa. Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero... el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos. Entonces se decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino. pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote.

 Antes ha de pasar por un episodio novelesco. Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es destinado a combatir en España. No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noés, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad.

 Una amnistía le permite volver a su pueblo. Como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María. continúa sus estudios sacerdotales en Verriéres primero. y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero... falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo. La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. El se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes. Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo, y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

 Aún no habían terminado sus estudios. Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.

 Ya tenemos, desde el 9 de febrero de 1818, a San Juan María en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por dos veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón "a llorar su pobre vida", como con frase enormemente gráfica repetirá. Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.

 Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.

 Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos. Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.

 No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que "Ars ya no es Ars". Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo.

 La lucha tuvo en algunas ocasiones un carácter más dramático aún. Conocemos episodios de la vida del Santo en que su lucha con el demonio llega a adquirir tales caracteres que no podemos atribuirlos a ilusión o a coincidencias. El anecdotario es copioso y en algunas ocasiones sobrecogedor.

 Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Este fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

 Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

 Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.

 Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su primer cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina...

 Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir... Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

 No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta. ¡Ah, amigo mío! —respondió sonriente—, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado." "Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento." “Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte."

 Servel y Perrin han exhumado hace poco una anécdota conmovedora: Un día, el Santo recibió en Ars la visita de una hija de la tía Fayot, la buena señora que le había acogido en su casa mientras estuvo oculto como prófugo. Y el Santo Cura, en agradecimiento a lo que su madre había hecho con él, le compró un paraguas de seda. ¿Verdad que es hermoso imaginarnos al cura y la jovencita entrando en la modestísima tienda del pueblo y eligiendo aquel paraguas de seda, el único acaso que habría allí? ¿Verdad que muchas veces se nos caricaturiza a los santos ocultándonos anécdotas tan significativas?

 Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de "La Providencia", aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura. A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. "Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras." Lo bueno es que, cuándo acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: "El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres."

 El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. "El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans."

 Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Este había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras "que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén", suavemente, sin agonía, "como obrero que ha terminado bien su jornada", el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

 Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: "¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás."

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

Sermón de San Juan María Vianney; Tomo I, Aplazamiento de la conversión, paginas 288-310, editorial Apostolado Mariano

domingo, 3 de agosto de 2014

Santo Evangelio 3 de Agosto de 2014


Día litúrgico: Domingo XVIII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,13-21): En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. 

Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que, vayan a las aldeas y se compren de comer». Jesús les replicó: «No hace falta qué vayan, dadles vosotros de comer». Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Les dijo: «Traédmelos».

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


Comentario: Fr. Roger J. LANDRY (Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)
Traédmelos

Hoy, Jesús nos muestra lo mucho que desea involucrarnos en su trabajo de redención. Él, que ha creado el cielo y la tierra de la nada, hubiese podido —de igual forma— haber fácilmente creado un opíparo banquete para saciar a aquella multitud.

Pero prefirió hacer el milagro partiendo de lo único que sus discípulos podían entregarle. «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17), le dijeron. «Traédmelos» (Mt 14,18), les respondió Jesús. Y el Señor llevó a cabo la multiplicación de tan exiguo recurso —ni tan sólo suficiente para alimentar a una familia normal— para dar de comer a unas 5000 familias.

El Señor procedió de igual forma en el festín de las bodas de Caná. Él, que creó todos los mares, podía fácilmente haber llenado con el vino más selecto aquellas tinajas de más de 100 litros, partiendo de cero. Pero, de nuevo, prefirió involucrar a sus criaturas en el milagro, haciendo que, primero, llenasen los recipientes de agua.

Y, el mismo principio, podemos apreciarlo en la celebración de la Eucaristía. Jesús empieza no de la nada, ni tampoco de cereales o de uvas, sino del pan y del vino, que ya conllevan en sí el trabajo de manos humanas.

El difunto Cardenal Francisco Javier Nguyen van Thuan, prisionero de los comunistas vietnamitas desde 1975 al 1988, se preguntaba cómo podría favorecer el Reino de Cristo y preocuparse de su rebaño mientras intentaba sobreponerse al brutal sufrimiento de su solitario confinamiento. Y, dándose cuenta de lo poco que podía hacer desde la celda de su cárcel, pensó que, al menos, cada día, podría ofrecer al Señor sus “cinco panes y dos peces” y dejar que Dios hiciese el resto. Y el Señor multiplicó aquellos pequeños esfuerzos convirtiéndolos en un testimonio que ha inspirado no sólo a los vietnamitas, sino a toda la Iglesia.

Hoy, el Señor nos pide a nosotros, sus modernos discípulos, que “demos a las multitudes algo de comer” (cf. Mt 14,16). No importa lo mucho o poco que tengamos: démoslo al Señor y dejemos que Él continúe a partir de ahí.

Santa Lidia, 3 de Agosto

3 de agosto

Santa Lidia
Comerciante


Autor: sagradafamilia.net


Ser el primero en hacer algo es un modo seguro de hacer que tu nombre figure en el libro de los récords. La primera persona en dar la vuelta al globo. La primera persona en correr la milla en menos de tres minutos. La primera persona en llegar al Polo Sur. Lidia también fue una de las primeras. Su familia fue la primera en Europa en convertirse al cristianismo y ser bautizada.

Lidia era una comerciante de púrpuras. Eso podría no significar mucho para nosotros hoy en día, pero en el siglo primero eso significaba que era una mujer muy rica. Dado que el tinte de la púrpura se extraía con muchas dificultades de cierto molusco, sólo una elite podía permitirse tener telas teñidas de ese color. Una mercader que vendiera ese tinte tan extremadamente costoso era rica, se mirase como se mirase.

La riqueza se cita a menudo como uno de los principales obstáculos al crecimiento espiritual.

Se nos advierte que "es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los Cielos". Eso no significa, sin embargo, que ser pobre te haga mejor automáticamente. Una persona pobre que acumula unas pocas posesiones no es mejor que una persona rica que acumula muchas. No hay indicaciones de que Lidia abandonara su negocio tras convertirse al cristianismo. Pero hay muchas pruebas de que utilizó su fortuna sabiamente.

Entendió que el valor real de la riqueza reside en el modo en que la usas, no en cuánto tienes.



Ser el primero en hacer algo es un modo seguro de hacer que tu nombre figure en el libro de los récords. Y eso es lo que le pasó a nuestra santa de hoy, porque ella y su familia fueron los primeros en Europa en convertirse al cristianismo. Lidia era originaria de la ciudad de Tiatira, pero vivía en Filipos (Macedonia) donde se ganaba la vida con la preparación de vestidos de púrpura. Eso podría no significar mucho para nosotros hoy en día, pero en el siglo I eso significaba que era una mujer muy rica. Fue por la predicación de san Pablo por la que se convirtió esta mujer. Y el apostol permaneció en su casa todo el tiempo que duró su predicación en aquella ciudad. No podemos decir más de ella pero, como suele ocurrir con estos primeros cristianos, no hacen falta más datos.




sábado, 2 de agosto de 2014

Santo Evangelio 2 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Sábado XVII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,1-12): En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, y dijo a sus criados: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». 

Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta. 

Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, «dame aquí, dijo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre. Llegando después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; y fueron a informar a Jesús.

Comentario: Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez Secretario del obispo de Sant Feliu (Sant Feliu de Llobregat, España)
Se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús

Hoy, la liturgia nos invita a contemplar una injusticia: la muerte de Juan Bautista; y, a la vez, descubrir en la Palabra de Dios la necesidad de un testimonio claro y concreto de nuestra fe para llenar de esperanza el mundo.

Os invito a centrar nuestra reflexión en el personaje del tetrarca Herodes. Realmente, para nosotros, es un contratestigo pero nos ayudará a destacar algunos aspectos importantes para nuestro testimonio de fe en medio del mundo. «Se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús» (Mt 14,1). Esta afirmación remarca una actitud aparentemente correcta, pero poco sincera. Es la realidad que hoy podemos encontrar en muchas personas y, quizás también en nosotros. Mucha gente ha oído hablar de Jesús, pero, ¿quién es Él realmente?, ¿qué implicación personal nos une a Él?

En primer lugar, es necesario dar una respuesta correcta; la del tetrarca Herodes no pasa de ser una vaga información: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos» (Mt 14,2). De cierto que echamos en falta la afirmación de Pedro ante la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro le respondió: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo’» (Mt 16,15-16). Y esta afirmación no deja lugar para el miedo o la indiferencia, sino que abre la puerta a un testimonio fundamentado en el Evangelio de la esperanza. Así lo definía Juan Pablo II en su Exhortación apostólica La Iglesia en Europa: «Con toda la Iglesia, invito a mis hermanos y hermanas en la fe a abrirse constante y confiadamente a Cristo y a dejarse renovar por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad que, quién encuentra al Señor conoce la Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce a ella».

Que, hoy sábado, la Virgen María, la Madre de la esperanza, nos ayude a descubrir realmente a Jesús y a dar un buen testimonio de Él a nuestros hermanos.

San Pedro de Osma, 2 de Agosto

2 de agosto

 SAN PEDRO DE OSMA

(† 1109)


Nacido Pedro en Bourges, en Francia, hacia el año 1040, recibió de sus piadosos padres una sólida educación cristiana, y habiéndose formado convenientemente en las letras, según la costumbre del tiempo, se dedicó a la carrera de las armas, en las que dio buenas pruebas de su carácter intrépido y decidido, y no menos de la elevación de su espíritu. Consciente, pues, de los gravísimos peligros a que en esta vida se exponía, e ilustrado por Dios sobre las vanidades del mundo, determinó entregarse a su servicio en la vida religiosa.

Entró, pues, en el monasterio de Cluny, que constituía el centro de la reforma cluniacense de la Orden benedictina, entonces en su máximo apogeo, y allí vivió varios años, entregado a la práctica de las virtudes religiosas. Parecía que iba a continuar una vida tranquila en su monasterio; pero Dios tenía otros planes sobre él.

En efecto, el rey Alfonso VI de León y Castilla, en su afán por adelantamiento del cristianismo en España, no sólo dio un empuje extraordinario a la Reconquista, sino que trabajó con el mayor empeño en la reforma y renovación eclesiástica de todos sus territorios. Conociendo, pues, la prosperidad en que se hallaba la reforma cluniacense en Francia, suplicó encarecidamente al abad de Cluny que enviara a España algunos monjes escogidos de su monasterio, y, en efecto, le fueron enviados algunos, al frente de los cuales se hallaba Bernardo de Sauvetat, con los cuales se reorganizó el monasterio de Sahagún, que bien pronto se convirtió en el Cluny de la España cristiana. No mucho después, el año 1085, al realizar Alfonso VI la reconquista de Toledo, que tanta resonancia alcanzó en toda la cristiandad, designó como su primer arzobispo al abad Bernardo de Sahagún, que desde entonces, con el nombre de don Bernardo, fue el alma de la renovación religiosa de España.

Pues bien; según refieren don Rodrigo Jiménez de Rada y Yepes en su Crónica General Benedictina, don Bernardo, ya arzobispo de Toledo, conociendo bien a los monjes de Cluny, y deseando utilizarlos para la gran obra de reforma de España, obtuvo que se le enviaran algunos, escogidos, entre los cuales se distinguía el monje Pedro de Bourges. Llegó, pues, Pedro a Sahagún juntamente con los demás, y durante el corto tiempo que allí se detuvo contribuyó a afianzar definitivamente la reforma cluniacense, no sólo en aquel monasterio, sino en otros muchos en los que ésta se fue introduciendo.

Entretanto don Bernardo de Toledo, que conocía a fondo su eximia virtud y sus grandes cualidades naturales, obtenida la aprobación del rey Alfonso VI, lo llamó a Toledo y, asignándole el cargo de arcediano de la catedral, lo constituyó en una especie de secretario suyo en el inmenso trabajo de la organización de la diócesis y de las iglesias que se iban conquistando a los musulmanes.

Como en todas partes, distinguióse Pedro en su nuevo cargo por su religiosidad, espíritu de trabajo y amor a los pobres.

En estas circunstancias, cuando Pedro se hallaba más centrado en su trabajo, tuvo lugar la conquista de Osma, para cuya reorganización eclesiástica, como había hecho anteriormente con Toledo, quiso Alfonso VI destinar a uno de los hombres de mayor confianza. Entonces, pues, él y el arzobispo de Toledo destinaron para la iglesia de Osma a Pedro, y, efectivamente, vencida la repugnancia que éste sentía para abrazarse con aquella dignidad, y obtenido el nombramiento de parte del Papa, se dirigió a Osma, para tomar la dirección de aquella iglesia.

Y con esto comienza la parte más característica, más grandiosa y más meritoria de San Pedro de Osma, quien puede ser presentado como monje modelo, perteneciente a la reforma cluniacense; mas por encima de todo aparece en la historia como un dechado de eminentes y santos prelados.

Como obispo de una iglesia pobre, que acababa de ser reconquistada de los moros, tuvo que cargar sobre sus espaldas el ímprobo trabajo de reconstrucción moral y aun material de la diócesis. La iglesia catedral, destruida hasta los cimientos, tuvo que ser levantada de nuevo. Con el celo de la gloria de Dios que le abrasaba emprendió decididamente este trabajo, y, sea dedicando a ello sus propias rentas, sea reuniendo con gran esfuerzo abundantes limosnas, llevó tan adelante la obra que pudo iniciar el culto en la nueva catedral, si bien no quedó ésta completamente acabada.

A la par que en el templo material trabajó desde el principio con toda su alma en el espiritual de sus ovejas, procurando fomentar en ellas por todos los medios posibles la vida religiosa, eliminando toda clase de abusos, extendiendo en todas partes los principios fundamentales de la reforma cluniacense, que él representaba. De este modo se puede afirmar que, a los pocos años de su gobierno de la diócesis de Osma, ésta quedó material y espiritualmente renovada.

En este trabajo de reforma y renovación espiritual se vio obligado algunas veces a desarrollar una energía extraordinaria en defensa de los derechos de la Iglesia y de los bienes que a ella pertenecían. Como en toda su actuación no tenía miras humanas, no había consideración ninguna que pudiera doblegarlo o apartarle del cumplimiento de su deber. Con su entereza y constancia logró que algunos hombres, pertenecientes a la más alta nobleza, restituyeran a la Iglesia los bienes que le habían robado.

Estos y semejantes hechos, más o menos maravillosos, abundan en los relatos que se nos han conservado de su extraordinaria actividad como gran prelado, renovador y reformador de la iglesia de Osma. El año 1109, cuando terminaba una visita de una buena parte de su diócesis, dirigióse a Toledo, donde se hallaba Alfonso VI gravemente enfermo. Asistióle con la mayor devoción y agradecimiento juntamente con el arzobispo don Bernardo, y después de la muerte del gran rey acompañó a sus restos al monasterio de Sahagún, donde el monarca había dispuesto que fuesen enterrados. Una vez realizada esta piadosa ceremonia, mientras el santo obispo Pedro de Osma, rendido de fatiga, volvía a su iglesia de Osma, se sintió acometido de una enfermedad, y, llegado a Palencia, el 2 de agosto entregó allí su alma a Dios.

Conforme a su deseo expresamente manifestado antes de morir, sus restos fueron conducidos a Osma y depositados en su catedral, Así se cumplía su voluntad de que su cuerpo reposara junto a su iglesia, a la que él consideraba como su esposa. Así vivió y así murió este santo monje y obispo, verdadero modelo, tanto para los religiosos como para todos los eclesiásticos, particularmente para los prelados.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

viernes, 1 de agosto de 2014

Santo Evangelio 1 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Viernes XVII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 13,54-58): En aquel tiempo, Jesús viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?». Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.


Comentario: Rev. D. Jordi POU i Sabater (Sant Jordi Desvalls, Girona, España)
Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio

Hoy, como ayer, hablar de Dios a quienes nos conocen desde siempre resulta difícil. En el caso de Jesús, san Juan Crisóstomo comenta: «Los de Nazaret se admiran de Él, pero esta admiración no les lleva a creer, sino a sentir envidia, es como si dijeran: ‘¿Por qué Él y no yo?’». Jesús conocía bien a aquellos que en vez de escucharle se escandalizaban de Él. Eran parientes, amigos, vecinos a quienes apreciaba, pero justamente a ellos no les podrá hacer llegar su mensaje de salvación.

Nosotros —que no podemos hacer milagros ni tenemos la santidad de Cristo— no provocaremos envidias (aun cuando en ocasiones pueda suceder si realmente nos esforzamos por vivir cristianamente). Sea como sea, nos encontraremos a menudo, como Jesús, con que aquellos a quienes más amamos o apreciamos son quienes menos nos escuchan. En este sentido, debemos tener presente, también, que se ven más los defectos que las virtudes y que aquellos a quienes hemos tenido a nuestro lado durante años pueden decir interiormente: —Tú que hacías (o haces) esto o aquello, ¿qué me vas a enseñar a mí?

Predicar o hablar de Dios entre la gente de nuestro pueblo o familia es difícil pero necesario. Hace falta decir que Jesús cuando va a su casa está precedido por la fama de sus milagros y de su palabra. Quizás nosotros también necesitaremos, un poco, establecer una cierta fama de santidad fuera (y dentro) de casa antes de “predicar” a los de casa.

San Juan Crisóstomo añade en su comentario: «Fíjate, te lo ruego, en la amabilidad del Maestro: no les castiga por no escucharle, sino que dice con dulzura: ‘Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio’ (Mt 13,57)». Es evidente que Jesús se iría triste de allí, pero continuaría rogando para que su palabra salvadora fuera bien recibida en su pueblo. Y nosotros (que nada habremos de perdonar o pasar por alto), lo mismo tendremos que orar para que la palabra de Jesús llegue a aquellos a quienes amamos, pero que no quieren escucharnos.

San Alfonso María de Ligorio, 1 de Agosto

1 de agosto

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO

(† 1787)


Nace en Marianella de Nápoles en 1696. Primer vástago de don José de Ligorio y doña Ana Cavalieri, de vieja sangre napolitana. Desde su misma cuna lleva el signo y la misión de su vida. "Este niño llegará a viejo, será obispo y realizará grandes obras por Jesucristo", profetizó de él un santo misionero.

La instrucción y formación de Alfonso es la del noble de su siglo. A los siete años estudia humanidades clásicas. A los doce se matricula en la universidad. A los dieciséis es revestido con la toga de doctor en ambos Derechos. Completan su formación el estudio de las lenguas modernas, la esgrima y las artes, particularmente la música y pintura, que más tarde pondrá al servicio del apostolado. Alfonso encarna el joven noble del siglo, educado para vivir, disfrutar y triunfar en el mundo. Hay en sus obras y vida pasajes que recuerdan este aspecto mundano de su formación. El Santo nos dirá "que en todo esto no hacía más que obedecer a su padre".

La formación religiosa y moral de la niñez y adolescencia la comparten su padre, que le da la seguridad y tenacidad de ideas, la fuerza de la voluntad; su madre, de la cual hereda su exquisita sensibilidad, y el Oratorio de los nobles de San Felipe Neri. Aquí ingresa a los nueve años, haciendo la comunión al año siguiente. Aquí encuentra el ambiente propicio y un director para sus años de adolescente en la persona del padre Pagano. "Cuando un seglar me pregunta cómo se ha de santificar en el mundo, le respondo: Hazte congregante y cumple con la Congregación", escribirá siendo misionero y recordando los años pasados en la Congregación de nobles y de doctores.

Los años que corren entre los dieciséis y veintiséis (1713,1723) marcan su decenio más interesante y crucial. Alfonso entra de lleno en el mundo. Después de tres años de ampliación de estudios empieza su vida de abogado y va conquistando distinguida clientela. Frecuenta el teatro y los salones. Su padre ha creído llegada la hora de casarlo con la hija de los príncipes de Presicio. Es un partido ventajoso que propone a Alfonso mientras éste se mantiene entre indiferente y "lunático". Sigue una vida de sociedad intensa, querida y mantenida por su padre. Todavía vuelve éste a la carga, presentándole ahora la hija de los duques de Presenzzano. Ha decidido encumbrar a su hijo Alfonso, con la gloria de la sangre y de la nobleza. No lo conseguirá Alfonso había vencido por primera vez.

Todo este mundo napolitano, paraíso de diablos, como le llamó un turista de la época, no hizo cambiar en nada la vida de piedad de Alfonso. Nos dice él que, gracias a la visita al Santísimo, pudo dejar el mundo. Jesús sacramentado le enseñó la vanidad de las cosas. "Créeme, todo es locura: festines, comedias, conversaciones..., tales son los bienes del mundo. Cree a quien de ello tiene experiencia y llora su desengaño". Todos los años practica los ejercicios espirituales en completo retiro. Recordará siempre los ejercicios del año 1722, en que el padre Cútica presenta ante los ejercitantes un cuadro impresionante de Cristo crucificado en el que aparecen impresas las manos de un condenado. Frecuenta asiduamente la Congregación de doctores, en la que trabaja enseñando el catecismo y visitando enfermos. Por esta época su sola presencia convierte a un criado de su casa, musulmán. "La fe del señor tiene que ser la verdadera, pues su conducta es la mejor prueba", fue la razón que dio.

A esta edad de veintiséis años ha llegado Alfonso a unas cuantas ideas fijas que le preocupan: el pecado, la conciencia, el mundo, la salvación del alma. Es un introspectivo terrible. Estas ideas ya no le dejarán en toda la vida. Abundan los testimonios de este primer contacto con el mundo que nos lo presentan insatisfecho. "Amigo —dice un día a un compañero de profesión—, corremos el riesgo de condenarnos." Esta insatisfacción y desasosiego culminará en aquel desahogo o comprobación de lo que ya estaba convencido: "¡Oh mundo, ahora te conozco bien!".

En efecto, este mismo año comprueba definitivamente lo que es el mundo. Pierde el célebre pleito entre el duque de Orsini y el gran duque de Toscana. Es un fracaso ruidoso que todo Nápoles vive y comenta. El suceso local de 1723, que diríamos hoy. Alfonso lo siente en lo más vivo. Llora encerrado durante tres días, sin querer probar bocado. Pero de esta encerrona no sale el resentido del mundo, sale el convencido y resuelto a dejar los tribunales y a dar una orientación más alta a su vida. Pasan unos meses de tremenda lucha interior, meses de espera de algo definitivo, porque "así no se puede vivir".

Dios estaba esperándole detrás de todo esto. Un día, cuando visitaba a los enfermos en el hospital de los incurables, oyó una voz, dirigida a él. Le llamaba por su nombre: "Alfonso, deja el mundo y vive sólo para mí". Salió corriendo del hospital. En la puerta vuelve a oír las mismas palabras: "Alfonso, deja..." Rendido a la evidencia exclama: "Señor: ya he resistido bastante a vuestra gracia. Heme aquí. Haced de mí lo que queráis".

En su camino encuentra la iglesia de la Merced. Entra, se arrodilla y hace voto de dejar el mundo. Se dirige luego al altar de Nuestra Señora y en prenda de su promesa deja allí su espada de caballero. Tenía ahora que ganar su segunda batalla con su padre. No sería fácil.

En este momento decisivo se dirige a su director, padre Pagano, quien aprueba su voto de dejar el mundo. ¿Y su padre? Cuando Alfonso, tembloroso, le comunica su resolución, su padre esgrime el mejor argumento: las lágrimas. No lo había usado nunca. Se le echa al cuello y, abrazándole, le dice: "Hijo, hijo mío, ¿me vas a abandonar?" Tres horas duró esta lucha de la sangre y el espíritu. Termina con la victoria del hijo. Alfonso viste el hábito eclesiástico en 1723, a la edad de veintisiete años. Tres años más tarde sube al altar. Estos tres años de estudio ha estado en contacto con excelentes profesores de teología y moral que siempre recordará con afecto, ha trabajado en parroquias y, sobre todo, ha vivido en un ambiente, en la Congregación de la Propaganda, en que se cultivan las virtudes clericales.

Ahora con la ordenación se abre la puerta a la actividad apostólica. Siguen dos años de experiencias y gozos sacerdotales en los suburbios de Nápoles y en los pueblos y aldeas del reino. Su experiencia mejor en este período son las capelle serotine o reuniones al aire libre con gente de los barrios bajos para enseñarles el catecismo. Como miembro de las Misiones apostólicas se lanza en seguida al campo de las misiones y predicación, orientando en esta dirección definitivamente su vida.

Este mismo ambiente misionero precipita su vocación de fundador. En 1732 se encuentra con unos compañeros en las montañas de Amalfi. Aquí capta por sí mismo el estado de abandono religioso de cabreros y campesinos. Y aquí hace suyo el lema evangélico: "He sido enviado a evangelizar a estos pobres".

La intervención sobrenatural se deja sentir otra vez. Dios le quería fundador y maestro de misioneros. Así lo había manifestado a una santa religiosa, la venerable sor Celeste Crostarosa, que vivía en Scala, centro de irradiación de los misioneros. Asesorado por su director y seguido de algunos compañeros, funda el 9 de noviembre de 1732 la Congregación del Santísimo Redentor. Su fin será "seguir a Jesucristo por pueblos y aldeas, predicando el Evangelio por medio de misiones y catecismos". Una tarea exclusivamente apostólica. Excluye desde el primer momento toda otra obra que le impida seguir a Cristo predicador del Evangelio en caseríos y aldeas.

Se abre ahora la época más fecunda y plena de Alfonso. Durante más de treinta años recorre las provincias del reino con sus equipos de misioneros, que distribuye por todos los pueblos. Toma por asalto pueblos y ciudades y no sale de allí hasta después de doce, quince días y un mes, Mantiene con sacerdotes, párrocos, obispos y misioneros una correspondencia numerosa que nos lo hace presente en todas las misiones. No faltan en ella detalles de organización, de enfoque, de preparación de la misión. Le preocupa dotar a su Congregación de un cuerpo de doctrina orgánico y definido de misionar. Lo va perfilando en sus circulares, en el Reglamento para las Santas Misiones, los Ejercicios de la Santa Misión y en sus célebres Constituciones del año 1764, que encauzan la actividad y espíritu misionero alfonsino. Tannoia nos ha dejado en sus Memorias la actividad misionera de San Alfonso año tras año. Resulta sencillamente sorprendente.

Descubrimos también en esta época al escritor. La pluma es su segunda arma, más poderosa y permanente que la palabra. Está convencido de que el pueblo necesita mucha instrucción religiosa, necesita, sobre todo, aprender a rezar y meditar. Para el pueblo van saliendo las Visitas al Santísimo y Las Glorias de María, libros clásicos en el pueblo cristiano. Siguen la Preparación para la muerte, el Gran medio de la oración, Práctica del amor a Jesucristo e infinidad de opúsculos que va regalando en sus misiones. Con la Teología moral, la Práctica del confesor, el Homo Apostolicus y otros estudios de apologética se descubre San Alfonso como el moralista y el gran maestro de la pastoral de su tiempo. Sólo con un voto de no perder un minuto de tiempo y una gran capacidad de trabajo pudo escribir en estos cuarenta años de su plenitud más de ciento veinte obras.

En 1762 es nombrado obispo de Santa Agueda de los Godos. Su pontificado dura hasta 1775. Durante este tiempo lleva por dos veces la Santa Misión a todos los pueblos de la diócesis. El mismo predica el sermón grande de la Misión, o el de la Virgen. Todos los sábados predica en la catedral en honor de Nuestra Señora. Reforma el seminario y el clero. Para los pobres que le asedian vende su coche y anillo. Prosigue su actividad literaria, dirigida ahora a deshacer los ataques de la nueva filosofía contra la fe, la Iglesia y el Papa. Sus pastorales son modelo de preocupación pastoral por los problemas del clero y de los fieles. Su defensa de la Iglesia es constante y eficaz: habla y actúa en favor de la Compañía de Jesús, asiste por un prodigio extraordinario de bilocación a la muerte de Clemente XIII, atormentado en esta hora. Mientras todas las cortes de Europa presionan y persiguen a la iglesia, no cesará de pedir oraciones a los suyos y repetir: "¡Pobre Papa, pobre Jesucristo!".

Tras repetidas instancias el papa Pío VI le alivia de su cargo pastoral en 1755. Vuelve a los suyos pobre, como pobre había salido, según reza el Breviario. Se recluye en su casa de Pagani para esperar la muerte. La estará esperando todavía doce años entre achaques que van desmoronando su cuerpo. Este período significa el eclipse de una vida entre resplandores de ternura, devoción, ingenuidad inefables. En esta postración obligada siente la sequedad, el abandono de Dios que había sentido de joven. Experimenta también el gozo y la exaltación de las realidades sobrenaturales. Las anécdotas abundan: "Hermano, yo quiero ver a Jesús; bájeme a la iglesia, se lo suplico". Monseñor —dice el hermano—, allí hace mucho calor." "Sí, hermano, pero Jesús no busca el fresco." Otro, día: "Hermano, ¿hemos rezado el rosario?" "Sí, padre." "No me engañe, que del rosario pende mi salvación."

La prueba más dura viene con la persecución y división de su Congregación. El será separado y excluido temporalmente de ella. Mientras se hace la verdad espera repitiendo: "Voluntad del Papa, voluntad de Dios".

Muere en Pagani el miércoles 1 de agosto de 1787, al toque del Angelus. Tenía noventa años, diez meses y cinco días. Tannoia, su secretario, hace de él este retrato:

"Era Alfonso de mediana estatura, cabeza ligeramente abultada, tez bermeja. La frente espaciosa, los ojos vivos y azules, la nariz aquilina, la boca pequeña, graciosa y sonriente. El cabello negro y la barba bien poblada, que él mismo arregla con la tijera. Enemigo de la larga cabellera, pues desdecía del ministro del altar. Era miope, quitándose los lentes siempre que predicaba o trataba con mujeres. Tenía voz clara y sonora, de forma que, aunque fuese espaciosa la iglesia y prolongado el curso de las misiones, nunca le faltó, aun en su edad decrépita. Su aire era majestuoso, su porte imponente y serio, mezclado de jovialidad. En su trato, amable y complaciente con niños y grandes.

Estuvo admirablemente dotado. Inteligencia aguda y penetrante, memoria pronta y tenaz, espíritu claro y ordenado, voluntad eficaz y poderosa. He aquí las dotes con que pudo llevar a cabo su obra literaria y hacer tanto bien en la Iglesia de Cristo" (TANNOIA, Vita, IV c.37).

"En su larga carrera no hubo minuto que no fuera para Dios y para trabajar en su divina gloria. Juzgaba perdido todo lo que no fuera directamente a Dios y a la salvación de las almas" (TANNOIA, ib.).

Este testimonio explica la clave de la vida de Alfonso; la gloria de Dios por la salvación de las almas. Es un hombre que busca en todo lo esencial. Todo lo que no va a Dios y a las almas le estorba. Esto explica sus votos de hacer lo más perfecto y de no perder un minuto de tiempo. Parece que tiene prisa y le falta tiempo para estas dos grandes ideas: Dios y las almas.

Sus cuadernos espirituales, notas y cartas nos lo muestran preocupado de su perfección. Controla sus movimientos hasta el exceso. Consulta siempre con sus directores las cosas de su alma. Desde su niñez hasta su muerte seguirá fiel al director.

La austeridad y medida exacta de sus movimientos no han secado su corazón y su sensibilidad. Se acerca a Dios con la mente y el corazón. Jesucristo, imagen del Padre, le ofrece la manera de acercarse totalmente a Dios. Recorre todas las etapas de la vida del Señor, lleno de amorosa ternura en las Meditaciones de la Infancia y de la Pasión del Señor. Insiste en la parte que tiene el corazón y los afectos en la vida espiritual, porque el corazón manda. "Amemos a Jesús. ¡Qué vergüenza si en el día del juicio una pobre vieja ha amado a Jesús más que nosotros!" Esta ternura afectiva no tiene otro fin que adentrarnos en Jesús para conocerlo e imitarlo. El amor es en San Alfonso principio de conocimiento e imitación en cuanto el amor nos acucia y estimula a asemejarnos al amado.

Este mismo lenguaje de ternura y confianza emplea con María. Para María compone poesías y canciones de honda inspiración. Nunca, sin embargo, sacrifica la verdad al corazón, Su célebre libro de Las Glorias de María asienta las grandes verdades de la fe sobre María: Madre de Dios, intercesora, medianera, inmaculada, que dan lugar a este lenguaje del corazón. Hace resaltar el aspecto práctico de la devoción a María en la vida de los cristianos. Formula este gran principio: "El verdadero devoto de la Virgen se salva". En sus misiones no deja nunca el sermón de la Señora, "porque la experiencia ha probado ser necesario para inspirar confianza al pecador". Sin duda el mayor secreto de su doctrina y de su pervivencia es el haberla vivido él antes intensamente.

No concibe su vida sino para Dios y las almas. Esta segunda faceta la ha realizado minuto a minuto más de sesenta años. Repite muchas veces como su mayor timbre de gloria haber predicado misiones durante más de cuarenta años. No ha perdonado nada para acercarse a las almas. Le preocupan sobre todo el pueblo abandonado —"en las capitales tienen muchos medios de salvarse"—, los sacerdotes y las almas consagradas.

Habla al pueblo con sencillez. Su oratoria no reviste la ampulosidad de la época. Es digna, clara, ordenada, eminentemente práctica. Enseña el catecismo. Habla de las ocasiones de pecado, las verdades eternas, los sacramentos, los medios de perseverancia. Insiste en que la oración es fácil y que todos pueden rezar. Hay que hacérselo creer así al pueblo. La oración es, además, el medio universal de todas las gracias. Todos tienen la gracia suficiente para rezar y rezando alcanzarán las gracias eficaces para salir del pecado y para perseverar. De ahí su gran principio: "El que reza se salva, el que no reza se condena".

Le preocupan especialmente los sacerdotes y directores de almas. Vive una época de rigor moral que le tortura. Tampoco le convence la demasiada libertad. El viejo problema de coordinar la libertad y la ley —los derechos de Dios y del hombre— no ha encontrado aún solución. Su espíritu ordenador, sintético y práctico encuentra una fórmula: se pueden coordinar la libertad y la ley. El equiprobabilismo es una defensa tanto de la ley como de la libertad. Su honradez y seriedad científica le obligan a perfeccionar su sistema, a compulsar más de ochenta mil citas. Desde 1753, en que aparece su Teología moral hasta su muerte no cesa de corregir su obra. Todos los problemas de moral encuentran en él una solución concreta. Su moral es una unión admirable del teólogo y moralista con el confesor y misionero. Ahora y después de dos siglos se nos hace imprescindible. "Ahí tienes a tu Ligorio", dirá el Papa a un moralista que le presenta un caso difícil.

Esta es la vida de Alfonso de Ligorio. Esta es su obra en la Iglesia de Dios. "Abrió su boca en medio de la Iglesia y le llenó el Señor del espíritu de sabiduría e inteligencia." A pesar del tiempo San Alfonso sigue hablando un lenguaje de confianza en Jesús y María para el pueblo fiel, un lenguaje seguro y definitivo para los conductores de almas en los problemas de conciencia. Y, sobre todo, el lenguaje de las obras. La Iglesia ha consagrado su vida y su obra elevándole a los altares en 1838, nombrándole el doctor apostólico y celoso en 1870 y, finalmente, patrono de confesores y moralistas en 1952. "El que hiciere y enseñare, ése será grande en el reino de los cielos."

PEDRO R. SANTIDRIÁN, C. SS. R.


DOMINICOS 2003

Sabiduría y discernimiento
Alfonso María de Ligorio vivió en los años 1696-1787. 

Fue napolitano de nacimiento en ilustre familia. Orientado hacia la carrera de Leyes, en su juventud estudió intensamente.

Dicen las crónicas que, al final de la carrera, y dado el ambiente en que se movía, tenía gran porvenir humano. Por ello, comenzó a ejercer la abogacía con ilusión, y alcanzó notable prestigio. Pero a medida que aumentaba su experiencia y conocía los intereses del hombre y de la sociedad, fue percibiendo muy claro que por aquel camino él no llegaría a sentirse feliz. Algo le inducía a pensar que su vocación definitiva iría por otros derroteros, todavía confusos.

Dejó, pues, obrar a Dios, y, tras madura deliberación, optó por desistir del servicio a la sociedad por medio del bufete de abogados, y se determinó a emprender la carrera sacerdotal. Ordenado sacerdote, y entregado a nuevo proyecto de vida, comenzó a gustar la felicidad, y se puso al servicio de la enseñanza, de la palabra, de la bendición y del libro. Todo a la vez. No era hombre de medias tintas.

Las cosas y su programa de acción apostólica y docente le salieron muy, y su acción contagiosa atrajo hacia él un grupo de maestros y apóstoles. Ellos fueron la semilla de una gran obra eclesial religiosa: la Congregación del Santísimo Redentor, redentoristas, hoy dispersa por todo el mundo. 

El magisterio de san Alfonso tuvo una vertiente doctrinal en Teología Moral, pues su juicio de conciencia fue tan certeros que durante muchos años, tratándose de la orientación de las conciencias, su dictamen se tomó como una pauta siempre luminosa, utilizable con provecho por los demás; y tuvo también otra vertiente espiritual, de mística unión con Dios. 

En su memoria, rumiemos este párrafito de su Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo:

‘Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Señor, nuestro sumo bien, nuestro redentor. 

La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto. 

¿Por ventura no merece eso Dios, nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. ‘Considera, oh hombre –así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo’.
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