martes, 4 de marzo de 2014

Santo Evangelio 4 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Martes VIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,28-31): En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros».



Comentario: Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga (Sabadell, Barcelona, España)
Nadie que haya dejado casa (...) por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno (...) y en el mundo venidero, vida eterna

Hoy, como aquel amo que iba cada mañana a la plaza a buscar trabajadores para su viña, el Señor busca discípulos, seguidores, amigos. Su llamada es universal. ¡Es una oferta fascinante! El Señor nos da confianza. Pero pone una condición para ser discípulos, condición que nos puede desanimar: hay que dejar «casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29).

¿No hay contrapartida? ¿No habrá recompensa? ¿Esto aportará algún beneficio? Pedro, en nombre de los Apóstoles, recuerda al Maestro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28), como queriendo decir: ¿qué sacaremos de todo eso?

La promesa del Señor es generosa: «El ciento por uno: ahora en el presente (...) y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10,30). Él no se deja ganar en generosidad. Pero añade: «Con persecuciones». Jesús es realista y no quiere engañar. Ser discípulo suyo, si lo somos de verdad, nos traerá dificultades, problemas. Pero Jesús considera las persecuciones y las dificultades como un premio, ya que nos ayudan a crecer, si las sabemos aceptar y vivir como una ocasión de ganar en madurez y en responsabilidad. Todo aquello que es motivo de sacrificio nos asemeja a Jesucristo que nos salva por su muerte en Cruz.

Siempre estamos a tiempo para revisar nuestra vida y acercarnos más a Jesucristo. Estos tiempos y todo tiempo nos permiten —por medio de la oración y de los sacramentos— averiguar si entre los discípulos que Él busca estamos nosotros, y veremos también cuál ha de ser nuestra respuesta a esta llamada. Al lado de respuestas radicales (como la de los Apóstoles) hay otras. Para muchos, dejar “casa, hermanos, hermanas, madre, padre...” significará dejar todo aquello que nos impida vivir en profundidad la amistad con Jesucristo y, como consecuencia, serle sus testigos ante el mundo. Y esto es urgente, ¿no te parece?

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San Casimiro, Rey, 4 de Marzo

4 de marzo
 
SAN CASIMIRO, REY

(† 1484)

 
 Cuando nació San Casimiro el día 3 de octubre de 1458 en el castillo de Wawel, en Cracovia, habían pasado setenta y dos años desde que su abuelo, el célebre Jaguelón, gran duque de Lituania, se posesionara del trono de Polonia con el nombre de Ladislao II. Amenazados continuamente por los asaltos de los caballeros de la orden teutónica y por las incursiones de los tártaros y los rusos, lituanos y polacos, aunque tan dispares en lengua y estirpe, habían resuelto, al fin, unir su suerte creando una federación o "república", como entonces se decía, la cual sería regida por un jefe único, pero conservando ambos estados sus derechos y sus prerrogativas, con ejército, parlamento y cargas civiles propias.

Jaguelón solamente tuvo hijos de su cuarta espesa, la princesa lituana Sofía de Alsenai; entre éstos se encontraba el padre de nuestro Santo, llamado también Casimiro, que fue desde 1440 gran duque de Lituania v desde 1447 rey también de Polonia. Casó con la princesa austríaca Isabel de Habsburgo, de la cual tuvo trece hijos, siendo el segundo San Casimiro.

Las familias numerosas son consideradas en los salmos como una bendición: "Tus hijos, como retoños de olivo alrededor de tu mesa". Y a menudo los santos han salido de estas familias con mucha prole; y en la actualidad demuestran las estadísticas que de estas familias salen las mejores vocaciones religiosas y sacerdotales.

Volviendo a nuestro Santo hemos de decir que, como sus hermanos y hermanas, tuvo una educación sólida y profundamente cristiana.

Por lo que toca a su madre no puede dudarse. Era una de las princesas más piadosas de su siglo. Pero, además, tenemos un testimonio excepcional. Una carta de la propia Isabel de Habsburgo, escrita en 1502 a su hijo Ladislao, rey de Bohemia y Hungría, en la cual describe minuciosamente cómo deben los padres educar a sus propios hijos. Y sin duda que los sabios consejos que da la madre son sencillamente la exposición de su experiencia personal.

A esta labor básica e insustituible de los padres se juntó la obra de excelentes maestros.

En primer lugar, la del humanista polaco Juan Dlugosz, conocido entre los contemporáneos con el nombre latinizado de Joannes Longinus senior. Fue canónigo de Cracovia y consejero del obispo y por su defensa de los derechos de la Santa Sede mereció el destierro, que pronto le levantó el rey Casimiro para encargarle de la educación de sus hijos. Rechazó el arzobispado de Praga y posteriormente aceptó el de Lemberg, en 1479, muriendo antes de ser consagrado. Su fama literaria le viene de haber escrito una Historia polónica, en que hermana sabiamente el amor a la patria y a la religión. Pero haber sido preceptor de San Casimiro le sigue mereciendo mayores citaciones y probablemente también mayor gloria en el cielo.

Con él compartió la grave responsabilidad de educar a los príncipes el humanista italiano Filippo Bonaccorsi, llamado "Calímaco". En los tiempos de Pío II llegó a ser miembro de la célebre Academia Romana; pero a la muerte del papa Piccolómini, sospechoso de haber tomado parte en la conjuración contra Paulo II, hubo de huir de Roma y refugiarse en el extranjero. Fue bien acogido en la corte polaca, al servicio de la cual perduró treinta años. Calímaco debió enseñar a sus regios discípulos el latín y la retórica y para San Casimiro tuvo el preceptor italiano una frase que lo canonizaba en vida, pues le llamaba divus adolescens, joven divinizado. Opinión que concuerda con la del propio Dlugosz, que le definió como "mancebo maravilloso, de raras dotes y espléndida instrucción".

Claro está que ni los cuidados exquisitos de sus padres ni la competencia de sus maestros alcanzaran gran cosa si el príncipe Casimiro no hubiera correspondido generosamente a la gracia. Porque sus otros hermanos, a pesar de haber recibido la misma educación y criarse en circunstancias semejantes, no sólo no llegaron a su mismo grado de perfección, sino que su vida dejó bastante que desear en cuanto a ejemplaridad cristiana.

El primer biógrafo del Santo fue otro humanista italiano, enviado a Polonia por León X, a los pocos años de su muerte, con el fin de que recopilara los datos para su vida, por ser tan general la fama de su santidad. Zacarías Ferreri nos describe en la vida de San Casimiro, en un latín de corte clásico, sus virtudes eminentes. Nos habla de su piedad, de su mortificación, de las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, y de las cuatro cardinales, prudencia, justicia, fortaleza y templanza... Hemos de confesar que tal enumeración de virtudes se nos antoja un tanto convencional. Ferreri hizo el esquema y después lo fue aplicando al piadoso príncipe. Pero lo cierto es que los hechos revelan un alma de santidad no común.

El continuo esfuerzo del jovencito de agradar a Dios y estar siempre unido a él denotaba una conducta muy por encima de lo ordinario. Para domar su cuerpo y evadir los peligros de la corte renacentista, tan poco propicia a la abnegación, se ejercitaba en las mortificaciones más austeras. Usaba cilicio, se azotaba con disciplinas, practicaba el ayuno corporal, dormía en la dura tierra...

De la mortificación de los sentidos no hay que decir. Ni los vestidos ricos, ni los regalos de palacio, ni los pasatiempos frívolos, ni las fiestas mundanas conseguían atraerle. No podía concebirse mayor inocencia, mayor compostura, mayor devoción en tan tierna edad, En el templo, sobre todo, sobrecogía por su actitud piadosa y recogida, olvidado de todo y arrebatado a Dios.

Principalmente fue devoto de la pasión de Cristo.

A lo largo de toda la Edad Media las almas religiosas habían ido penetrando en el misterio insondable de la redención, y una ascética pujante llevaba a los espíritus a conformarse con Cristo crucificado.

Del hieratismo de los crucifijos bizantinos se pasó a la humanización del arte gótico. Fue una exaltación continua de los sufrimientos del Salvador, que llega a su ápice en las tablas de los maestros flamencos y de los primitivos italianos.

Las cruzadas primero y las peregrinaciones después fomentaron el mismo sentimiento de devoción a Cristo crucificado. Los grandes místicos medievales, Santa Matilde, Santa Brígida, Santa Catalina de Siena, San Francisco de Asís, crucifijo viviente, adornado de los sagrados estigmas, Ruysbroeck, con los místicos alemanes y más cercanos a nuestro santo, Gerardo Groot y los religiosos de Windesheim... todos exaltan la meditación sobre temas de la pasión de Cristo.

Nuestro joven príncipe se abismaba en la contemplación del Crucificado, y al oír hablar de los dolores y agonías que se le presentaron al Redentor en el huerto, de los escarnios que padeció en el atrio de los sumos sacerdotes, de las befas y ludibrios de la flagelación y la coronación de espinas, así como de las caídas del terrible itinerario y de la crucifixión y muerte a la hora de nona, las lágrimas brotaban de sus ojos compasivos y el corazón se le desmayaba en deliquios amorosos.

Embebido en pensamientos tan divinos, ninguna otra cosa le apetecía, y por su gusto todo su tiempo lo pasara en oración tan sabrosa.

Y no siendo esto posible, por los deberes ineluctables de su alto rango, aprovechaba las noches para tan piadosa ocupación y para visitar las iglesias, pues tan grande como su piedad hacia la pasión de Cristo era su amor al Santísimo Sacramento.

Y como no puede haber amor divino sin caridad para con el prójimo, San Casimiro socorría a manos llenas a los necesitados, amparaba a los débiles, ejercitaba su influencia en favor de los oprimidos, de los prisioneros, de los enfermos y angustiados. Vida tan santa resulta más admirable en una corte del cuatrocientos, en un ambiente poco propicio a la abnegación y a la virtud.

Esta santidad del príncipe Casimiro nos la atestigua su propia madre, en carta que escribe a su hijo primogénito Ladislao. En ella le recuerda el ejemplo edificante de su hermano, como digno de toda imitación. Le presenta como un hombre ocupado singularmente en las cosas divinas, que buscaba en todo la verdad, concluyendo que su memoria perdura a través de los siglos. Expresiones de este género en la carta de una madre que escribe al hijo que ha sido compañero de juego y testigo de la vida cotidiana de su mismo hermano, deben asentarse en la sólida realidad.

Pero no concluyamos de aquí que Casimiro, entregado a sus devociones, se desentendiese de sus obligaciones de príncipe o rehuyese el trato social.

La historia nos lo presenta como un muchacho alegre y emprendedor, de extraordinarias cualidades para el estudio, sumamente despierto. A los trece años tuvo un breve discurso latino en presencia del legado pontificio, el cardenal Marco Barbo. Dos años más tarde saludaba igualmente en latín al embajador veneciano Ambrosio Contarini.

Pero lo más admirable es la campaña, que emprendió el 2 de octubre de 1471, a los trece años, para la conquista del reino de Hungría.

Los nobles húngaros, cansados del gobierno irregular de Matías Corvino, hicieron gestiones ante el rey de Polonia para que les enviase al joven Casimiro, al cual no faltaban títulos dinásticos por parte de su madre para aspirar a la corona de San Esteban. Al último momento no prevaleció su candidatura, porque Sixto IV intervino para poner paz entre Matías y sus vasallos, y porque el peligro turco aconsejaba no fomentar disensiones entre los reyes cristianos.

Sin embargo, San Casimiro continuó titulándose "señor natural por derecho de nacimiento del reino de Hungría", y no perdió las esperanzas de ocupar en la ocasión propicia aquel trono; si bien nunca llegó a realizarse aquel proyecto, que nos habla de las legítimas aspiraciones del valiente príncipe.

Lo que hizo fue asociarse al gobierno paterno, y desde los diecisiete años le encontramos continuamente en viaje, ya con su padre, ya haciendo de lugarteniente suyo cuando se ausentaba.

Así fue como en 1475 se acercó por vez primera a Lituania, a la que tan profundo afecto profesaba su padre, que, después de haber sido por siete años gran duque de aquella provincia, no consintió en ocupar el trono de Polonia sin asegurarse primero que podría conservar íntegramente sus derechos al ducado de Lituania y la libertad de movimiento para acudir a la misma siempre que lo desease. Desde entonces su hijo, todos los años, pasaba largos períodos de tiempo en Lituania. En 1483, estando en Vilna, se ocupó de la administración del gran ducado.

Por aquella fecha su padre manifestó su voluntad de que contrajese matrimonio con una hija del emperador Federico III. Los cronistas contemporáneos nos refieren que el rey intentaba la boda de su hijo por razones de estado, pero, además, porque según el dictamen de los médicos palatinos, la salud vacilante del príncipe, que por entonces había contraído la tuberculosis, padecería grave riesgo si no se casaba.

Este peregrino consejo de los doctores, que juzgaban ser la vida austera y continente del Santo la causa de su mal, no tuvo efecto, pues él prefirió ser fiel a su voto de castidad, aunque ello le acarrease la muerte.

Efectivamente, la enfermedad se agravó y el Santo moría de tisis el día 4 de marzo de 1484, a los veinticuatro años de edad, como otros santos que tanto se le parecen: San Luís Gonzaga, San Gabriel de la Dolorosa, Santa Teresita del Niño Jesús.

Que su muerte fue edificante nos lo abona la santidad de su vida, pero también el hecho de que supo esperarla serenamente, habiendo recibido los santos sacramentos, y con sus ojos clavados en la imagen del crucifijo e invocando a su dama, la Virgen María. Testigos hubo que aseguraron haber visto su alma, llena de gran claridad, ascender hasta el cielo, donde era recibida por los coros de los ángeles.

Murió en Gardinas (Grodno), pero su cuerpo fue enterrado en la catedral de Vilna, capital de Lituania, en la capilla de Nuestra Señora, lugar escogido por el santo doncel para ser fiel hasta la muerte a tan buena madre.

Cuando ciento veinte años después, en 1604, fue abierta su sepultura para el reconocimiento de sus reliquias, fue hallado entero y sin corrupción su sagrado cuerpo, así como sus vestidos, a pesar de la humedad del enterramiento. Y sobre el pecho del Santo se encontró una copia del himno latino Omni die dic Mariae meae laudes animae. No contento con haberlo rezado diariamente, para demostrar así su devoción a la Virgen, quiso el Santo llevarlo consigo al sepulcro. Este himno se compone de sesenta estrofas rimadas, de seis versos cada una:

Cada día, 
alma mía, 
di a María
alabanzas.

A sus fiestas,
a sus gestas,
tú les prestas
culto y prez.

Durante mucho tiempo se creyó que el propio San Casimiro había sido el autor de este himno que el juglar de la Virgen cantaba en las iglesias de Cracovia ante sus imágenes. Mas la crítica moderna ha demostrado que se trata de una composición medieval, más de cien años anterior, que algunos atribuyen a San Anselmo de Cantorbery. Con todo, queda el hecho de que el Santo fue quien la propagó, y a su gran devoción mariana se debe el que no se perdiera. Por eso hicieron muy bien los monjes de Montserrat, en la reciente decoración del camarín de la Virgen morenita, el poner la efigie de San Casimiro entre los amantes de María, pronunciando las estrofas del Omni die.

Entre las virtudes de San Casimiro hay que mencionar su celo por promover la fe católica. Tal vez no sea del todo exacta la noticia de las lecciones del segundo nocturno del breviario, donde se dice que consiguió de su padre una ley prohibiendo a los cismáticos rutenos levantar nuevas iglesias o reparar las ruinosas. Esta prohibición estaba ya en vigor cincuenta años antes, desde los tiempos de su abuelo; lo que sí hizo el joven príncipe fue favorecer por todos los medios la extensión del catolicismo y luchar decididamente contra las herejías y movimientos subversivos que en el siglo XV, época de hussitas y wiclefitas, tenían en conmoción al centro de Europa.

Este joven, dulce y amable, es para lituanos y polacos un santo guerrero, algo así como un Santiago del Este, que hace cara a las embestidas moscovitas.

El padre Sarbieswski, famoso latinista, celebró en versos de corte clásico las dos victorias milagrosas que el débil ejército lituano reportó de los rusos en 1518 junto a Polock, y posteriormente en 1654, cuando el general Seremetieff avanzaba con el intento de invadir el gran ducado. San Casimiro se aparece cabalgando un corcel blanco como la nieve y vestido de roja púrpura, dando a los suyos el triunfo.

La canonización de San Casimiro se fija el año 1521, habiendo compuesto su oficio litúrgico el propio Ferreri, su primer biógrafo. Su culto se extendió con rapidez por su tierra natal, congregándose el 4 de marzo millares de fieles junto a su tumba en Vilna. Desde el siglo XVIII se tiene en esta ciudad la mayor feria del año, llamada "kaziukes", corrupción popular de Casimiro. En tal ocasión se vendían hierbas medicinales y golosinas en forma de corazón. De manera tan ingenua la gente sencilla pone bajo la protección de San Casimiro la salud de los enfermos y el amor de los novios.

Los campesinos polacos y lituanos acostumbran a colocar estatuillas de madera del Santo para guardas de sus heredades, y son muchas las poblaciones que han puesto su imagen en los cuarteles de su escudo.

La opresión de la época zarista sobre Lituania y Polonia y después el comunismo soviético han obligado a la emigración a masas enormes de los habitantes de ambos países, lo que ha contribuido a extender por todo el mundo el culto a San Casimiro. En Estados Unidos, en Canadá, en Argentina, Venezuela y aun en Australia hay muchas parroquias, instituciones, organizaciones y círculos de juventudes puestos bajo la protección del glorioso Santo. El arzobispo metropolita monseñor Skvireckas alcanzó en 1943 de Pío XII que San Casimiro fuese proclamado patrón principal de la juventud lituana, "en cualquier parte del mundo que se encuentre".

Bien lo necesita el martirizado pueblo lituano. Y San Casimiro no abandona a los suyos. Precisamente, en mayo de 1953 los soviéticos convirtieron la catedral de Vilna y la capilla donde reposaban sus reliquias en museo antirreligioso. Hubo que transportar aquellos restos sagrados a un lugar más modesto, a una parroquia de los suburbios de la capital. Así, en esta hora de prueba, el Santo duque de Lituania vuelve en medio de sus hijos más humildes para sostener su fe y su esperanza.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

lunes, 3 de marzo de 2014

Santo Evangelio 2 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Lunes VIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,17-27): Un día que Jesús se ponía ya en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».



Comentario: P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. (Barcelona, España)
Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (...); luego, ven y sígueme

Hoy, la liturgia nos presenta un evangelio ante el cual es difícil permanecer indiferente si se afronta con sinceridad de corazón.

Nadie puede dudar de las buenas intenciones de aquel joven que se acercó a Jesucristo para hacerle una pregunta: «Maestro bueno: ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Mc 10,17). Por lo que nos refiere san Marcos, está claro que en ese corazón había necesidad de algo más, pues es fácil suponer que —como buen israelita— conocía muy bien lo que la Ley decía al respecto, pero en su interior había una inquietud, una necesidad de ir más allá y, por eso, interpela a Jesús.

En nuestra vida cristiana tenemos que aprender a superar esa visión que reduce la fe a una cuestión de mero cumplimiento. Nuestra fe es mucho más. Es una adhesión de corazón a Alguien, que es Dios. Cuando ponemos el corazón en algo, ponemos también la vida y, en el caso de la fe, superamos entonces el conformismo que parece hoy atenazar la existencia de tantos creyentes. Quien ama no se conforma con dar cualquier cosa. Quien ama busca una relación personal, cercana, aprovecha los detalles y sabe descubrir en todo una ocasión para crecer en el amor. Quien ama se da.

En realidad, la respuesta de Jesús a la pregunta del joven es una puerta abierta a esa donación total por amor: «Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (…); luego, ven y sígueme» (Mc 10,21). No es un dejar porque sí; es un dejar que es darse y es un darse que es expresión genuina del amor. Abramos, pues, nuestro corazón a ese amor-donación. Vivamos nuestra relación con Dios en esa clave. Orar, servir, trabajar, superarse, sacrificarse... todo son caminos de donación y, por tanto, caminos de amor. Que el Señor encuentre en nosotros no sólo un corazón sincero, sino también un corazón generoso y abierto a las exigencias del amor. Porque —en palabras de Juan Pablo II— «el amor que viene de Dios, amor tierno y esponsal, es fuente de exigencias profundas y radicales».

Santo Emèrito y Celedonio, mártires, 3 de Marzo

3 de marzo

SANTOS EMETERIO Y CELEDONIO, MÁRTIRES

(† ca.298)

Con razón Prudencio se lamentaba: "¡Oh inveterado olvido de la antigüedad callada! Esto mismo se nos envidia, y se extingue la misma fama. El blasfemo perseguidor nos arrebató hace tiempo las Actas para que los siglos no esparcieran en los oídos de los venideros, con sus lenguas dulces, el orden, el tiempo y el modo indicado del martirio" (Peristephanon hym.1 vv.73-78).

Y lo confirma Eusebio, diciendo que bajo el imperio de Diocleciano se promulgó un edicto imperial ordenando destruir los sagrados códices en los que se contenían las Actas de los mártires, para que nada de ellos quede de recuerdo (Kirch, Enchir. Font, núm.446).

Por eso hemos de bucear cuidadosamente en los escritos antiguos para deducir lo que quisiéramos tener por cierto, no sea que las laudes que de los mártires Emeterio y Celedonio digamos, no se encierren en los marcos ciertos que son su mejor orla.

Calahorra celebra desde el siglo III la gloria de dos hijos suyos llamados Emeterio y Celedonio, que sufrieron martirio por la fe de Jesucristo en una de tantas persecuciones como el Imperio romano decretó contra la Iglesia.

Pocos son los documentos de la antigüedad que narren sus vidas y su martirio. El poeta Aurelio Prudencio, gloria calagurritana, ha dejado descrita parte de la vida y bellamente narrado su martirio en el primer himno del Peristephanon, escrito, como dicen los críticos, antes del año 401, fecha en que se ausentó de Calahorra para trasladarse a Roma.

Sabemos dónde los Santos —como Calahorra llama a sus mártires— labraron el final de su corona; no sabemos, empero, dónde el sol iluminó sus cunas ni dónde la fe los amamantó para Cristo.

Bien pudo ser Calahorra, la gloriosa e histórica, quien acunó a sus Santos, ya que en tiempos antiguos fue lugar preeminente de reclutamiento para dar soldados expertos y valientes al Imperio. Y fieles, como pocos, fueron elegidos para cuidar de la sagrada vida de los que regían los destinos del mundo, como narra Suetonio al hacernos saber que Augusto tuvo su guardia personal de calagurritanos (Suetonio, Vitae Caesarum. Augustus, 49,1 ).

Soldados sí lo fueron: "Los soldados que quiso Cristo para sí, dice el vate calagurritano, no habían llevado antes una vida desconocedora del duro trabajo; el valor, en la guerra acostumbrado y en las armas, lucha ahora en pugnas sagradas" (vv.31-33).

Y de Calahorra posiblemente fueron naturales, porque en esta histórica ciudad les sorprendió la persecución, habiendo tenido que dejar "las banderas del Cesar, eligen la insignia de la cruz, y, en vez de las clámides hinchadas de los dragones con que se vestían, llevan delante la señal sagrada que deshizo la cabeza del dragón" (vv.34-36).

¿Cuál había de ser su refugio al abandonar la legión romana, sino su pueblo natal, donde, al abrigo de parientes y amigos, cultivan las tierras o se dedican a la artesanía, tan apreciada por entonces?

Ha sido para muchos motivo de duda, e incluso motivo de dar a los Santos la ciudad de León como lugar de nacimiento, el dato que nos suministran los antifonarios, leccionarios y breviarios de León, pertenecientes al siglo XIII. Dicen que Emeterio y Celedonio eran ex legione, traduciendo esa frase: de León. Sin duda alguna ha de leerse: pertenecientes a la Legión VII Gemina Pía Félix, que estuvo acampada cerca de la antigua Lancia (hoy León), y que, por ello, con toda seguridad, tiene dedicada León una calle a la Legión VII.

Aclara este concepto el documento histórico llamado Actas de Tréveris, del siglo VII probablemente, al expresar que "es fama que los soldados Emeterio y Celedonio fueron legionarios en el lugar del que toma hoy el nombre la ciudad".

Durante el ejercicio militar fueron honrados con la condecoración romana de origen galo llamada torques, o collar, como dice el poeta: "Quitadnos los collares de oro, premios de graves heridas" (v.65). Esta condecoración estaba tachada de pagana en los días de Prudencio y lo expresa la carta que los Padres conciliares de Aquiles dirigen a los emperadores Graciano, Valentiniano y Teodosio.

No es sorprendente que a las distinciones primeras sucedan ahora los vituperios y persecuciones, porque la historia nos testifica de altos oficiales vilmente degradados, incluso soldados ignominiosamente arrojados del servicio militar por el grave delito de ser cristianos. Apostasía o abandonar el ejército romano, puede ser el lema de esta persecución, conforme dice Prudencio: "Sucedió entonces que el cruel emperador del mundo ordenó que todos los cristianos se llegaran a los altares a sacrificar a los negros ídolos y dejaran a Cristo" (vv.40-42), por lo que si para los ajenos a la legión era difícil pasar desapercibidos, mucho más lo sería para estos soldados, que tenían ciertos ritos paganos como obligatorios en sus ordenanzas militares.

No queda a los Santos otra salida que dejar la legión romana y retirarse a su ciudad natal, donde, al amparo de los hermanos en la fe, pueden seguir sirviendo a Cristo y ser ejemplos vivos de entereza cristiana para aquellos habitantes que no todos. Por desgracia sentían pujante en sus entrañas la vitalidad religiosa de la fe.

Sorprende un dato digno de tenerse en cuenta: como no registra Prudencio el lugar de nacimiento de los mártires, tampoco expresa circunstancias ni nombres por donde vengamos en deducir la fecha aproximada de su martirio. ¿Fue en la persecución de Diocleciano, al principio de la misma, cuando estaba en apogeo la influencia de Galerio en Oriente y en Occidente la de Maximiano Hércules?; ¿Fue en la persecución de Valeriano, en la segunda mitad del siglo III como los mártires de Cirta, cuyas cabezas fueron segadas en las márgenes de un río, por donde rodaron aquellos sagrados despojos?

"Ignórase a punto fijo la época de su martirio —escribe La Fuente— y que suele fijarse a mediados del siglo III, y aun algunos escritores la adelantan al siglo II. Es lo cierto que el poeta Prudencio, nacido a mediados del siglo IV, habla de aquel suceso como de cosa antigua, lo que no pudiera decir si el martirio hubiese tenido lugar en tiempo de Daciano, hacia el 304, época a la cual alcanzaron los padres del poeta" (Historia eccl. I p.106).

Sin embargo, como las fechas y el lugar no parecen tener importancia para los escritores antiguos, hemos de conformarnos con seguir la huella gloriosa que de ellos nos ha dejado el poeta en sus bellos versos tetrámetros trocaicos catalectos, relegando estos datos que a nuestra crítica moderna tanto importan. Tanto mejor para ilustrar con el dulce recuerdo aquellos años que no los podemos contar.

Existe en la parte alta de Calahorra, en donde antaño estuvo la catedral y más tarde un convento de franciscanos, una magnífica iglesia dedicada al Salvador, título que conserva, casi con seguridad, como imborrable recuerdo de aquella primera catedral visigótica dedicada al Salvador y que fue destruida por la invasión musulmana por el año 932, conforme reza el códice primero del archivo catedralicio.

Se había construido, como otras catedrales, junto a la residencia real y que, por su altura excepcional, fue elegida en tiempos remotísimos como lugar de defensa primordial de las márgenes del Ebro contra posibles invasiones.

A este lugar, sin duda alguna, fueron presentados ante los gobernadores romanos, especialmente ante el capitán de la guardia romana, y de éste, al juez que habría de entender en la causa denunciada.

Y aquí serían sometidos a largos interrogatorios qué nos han quedado registrados en muchas actas de mártires, en los que brilla tanto la sagacidad de los jueces con insidiosas promesas, como su odio satánico, no permitiéndose descanso hasta conseguir la apostasía o el martirio.

Antes de ser llevados a las márgenes del arenal que baña el Cidacos para su triunfo definitivo, los Santos fueron llevados y aherrojados en las oscuras mazmorras que estaban construidas en los bajos del enorme torreón que se levantaba en la parte noroeste de la ciudad, con sus puentes levadizos y con su magnífica atalaya, desde donde se domina la hermosa y fértil vega que se filtra por entre los montes que se estriban en Peña Isasa.

Aún hoy existe aquel lugar, sobre cuyas ruinas se levantó hace siglos una suntuosa "casa santa", como el pueblo devoto la llama, y a donde acuden fervientes los devotos a implorar protección, y desde donde, antaño, salían las procesiones para trasladarse a la catedral y venerar las santas reliquias en tiempos de peste y guerras.

En aquel lugar, sin luz ni ventilación apenas, se desarrollarían las dramáticas escenas que canta Prudencio: "El ceñudo tirano urgía con la espada la libre creencia que, manteniéndose firme e íntegra en el amor de Cristo, solicitaba los azotes, las segures y las uñas de doble gancho. La cárcel oprime con duras cadenas los cuellos amarrados, el verdugo atormenta por toda la plaza, la acusación corre como si fuera verdad, la voz verídica se condena. La virtud herida golpeó el triste suelo con la espada y, arrojada sobre las tristes piras, absorbió las llamas con su aliento. Dulce cosa parece a los santos el ser quemados, dulce el ser atravesados por el hierro" (vv.43-51).

La oración y santa emulación serían constantes compañeras de los soldados cristianos para sostenerse felices en la cárcel, entre cadenas y tormentos. "Ninguna de ambas cosas tratemos de evitar, podrían decir con San Ignacio de Antioquía, sino que en las injusticias aprendo yo más bien a ser discípulo, a fin de alcanzar a Jesucristo. ¡Ojalá goce yo de los tormentos que me están preparados, pues no son dignos los padecimientos del tiempo presente en parangón de la gloria que ha de revelarse en nosotros!" (Padres apostólicos: BAC [Madrid 1950] p.508, II).

"Entonces se enardecen los corazones amados de los dos hermanos, a quienes había unido siempre la comunión de la misma fe: están dispuestos a sufrir cuanto su última suerte les depare", dice el poeta (vv.52-54).

Esta fraternidad la hallamos en los códices y breviarios, en los autores que los consideran como hermanos de sangre. No obstante, lo obvio y lógico de esta fraternidad estriba en la identidad de fe, de nacimiento, de profesión militar y de tormentos, puesto que cristianos ambos se habían amamantado juntos en la misma cuna de la diócesis calagurritana; juntos habían departido en la legión romana los días felices y las fatigas de la vida militar; juntos habían sido detenidos y aherrojados a las cárceles y juntos también bajarían al arenal para juntas volar sus almas al cielo.

Ahora podemos aplicarles bellamente aquellas palabras del misal gótico en la misa de estos Santos: "Arrojan las lanzas, se despojan de todo signo militar y se sienten movidos a trabar una batalla celeste que al principio no hablan conocido".

Los Santos se hacen reflexiones que pone en sus labios el poeta Prudencio: "¿Por ventura hemos de ser entregados al demonio, nosotros que somos creados para Cristo y llevando la imagen de Dios hemos de servir al mundo? No, el alma celestial no puede mezclarse con las tinieblas" (vv.58-60).

"Ya es tiempo de dar a Dios lo que es propio de Dios", exclama el poeta de Calahorra, haciendo alusión a la vida que los mártires han llevado en el servicio del Cesar.

"Cuando esto dijeron los mártires —prosigue Prudencio—, se ven cubiertos con mil tormentos, y el rigor airado ata con ligaduras entrambas manos y una cadena rodea en pesados círculos sus cuellos heridos" (vv.70-72). Es la secuela del odio del tirano.

"Oh tribunos: Quitadnos los collares de oro, premios de graves heridas; ya nos solicitan las gloriosas condecoraciones de los ángeles. Allí Cristo dirige las blanquísimas cohortes y, reinando desde su alto trono, condena a los infames dioses y a vosotros, que tenéis por tales los monstruos más grotescos" (vv.64-69). Es la contestación a la ira de los verdugos. Hermosa contestación de todos los tiempos y de todos los mártires, ya que el Espíritu de Dios es quien inspira a ellos lo que han de decir a los perseguidores. Y la multitud presenció el martirio de los Santos. Tanto los testigos como el verdugo vieron con estupor dos prodigios que relata Prudencio: el anillo de Emeterio simbolizando la fe, se eleva por las nubes en tanto el pañuelo que al cuello lleva prendido Celedonio le es arrebatado para perderse en las alturas.

"Esto lo vio la multitud que estaba presente, y lo vio también el verdugo. Vacilante contuvo su mano y palideció de pavor; pero, con todo, descargó el golpe para que no faltase la gloria" (vv.91-93).

El arenal del Cidacos, por donde hoy está la bella catedral, se tiñó, de sangre, en tanto las almas de nuestros Santos "volaron como dos regalos enviados al cielo e indicaron con sus fulgores que tenían abierto el camino de la gloria" (vv.83s.).

Así, como corresponde al hecho sublime, con sencilla expresión del poeta, queda narrada la gloriosa muerte de los Santos.

Sus sagrados despojos los recogió la iglesia calagurritana con inmensa devoción. Los llevó a su catedral del Salvador, donde les rindió extraordinario culto durante siglos.

Su gloria se extendió por la Iglesia española y traspasó los Pirineos. Y sus reliquias también fueron llevadas a multitud de lugares que aún en nuestros días les tributan su homenaje en iglesias a su nombre levantadas. Guipúzcoa y Vizcaya con Navarra se glorían de tenerlos en suntuosos templos. Y dicen que Santander debe su nombre a San Meder, como era llamado Emeterio en los primeros tiempos; tiene en su catedral, bajo el altar mayor de rico mármol, envueltas en ricos joyeros de oro y plata con piedras preciosas, insignes reliquias de los Santos.

Calahorra, junto al arenal, construyó su catedral y pulcro baptisterio, al que dedicó Prudencio su himno VIII del Peristephanor. Y en su altar mayor guarda con mimo y venera con devoción las sacrosantas reliquias. Allí acuden, somos testigos, los fieles de Calahorra y de Soria, los de Navarra y Burgos, hasta de las regiones más apartadas saben acudir fervientes, buscando amparo y alivio cabe estas reliquias sagradas.

Nadie les invoca sin fruto y el lloroso peregrino puede volver alegre a su hogar obtenido cuanto de justo pidió, pues Cristo bueno nada niega a sus testigos del arenal.

Su fiesta se celebra el 3 de marzo, pero como recuerdo del traslado de las sagradas reliquias que desde la antigua catedral del Salvador fueron llevadas en procesión, con asistencia de prelados de la Iglesia y gobernantes de España, su fiesta litúrgica más solemne ha quedado el día 31 de agosto.

"El Salvador mismo nos dio este don, terminamos con el vate, para que gocemos de él, al destinar a nuestro pueblo los miembros de estos mártires. Hoy libran de peligros a todos los habitantes de las tierras que el Ebro baña" (vv. 115-117).

JESÚS FERNÁNDEZ OGUETA

domingo, 2 de marzo de 2014

Santo Evangelio 2 de Marzo de 2014


Día litúrgico: Domingo VIII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 6,24-34): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. 

»Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? 

»Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal».




Comentario: Rev. P. Floyd L. McCOY Jordán (Hormigueros, Puerto Rico)
No andéis preocupados por vuestra vida

Hoy, Jesús, recurriendo a metáforas tomadas de la naturaleza propias de su entorno en las más fértiles tierras de Galilea donde pasó su niñez y su adolescencia —los lirios del campo y los pájaros del cielo— nos recuerda que Dios Padre es providente y que, si vela por las creaturas suyas más débiles, tanto más lo hará por los seres humanos, sus creaturas predilectas (cf. Mt 6,26.30). 

El texto de Mateo es de un carácter alegre y optimista, donde encontramos un Hijo muy orgulloso de su Padre porque éste es providente y vela constantemente por el bienestar de su creación. Ese optimismo de Jesús no solamente debe ser el nuestro para que nos mantengamos firmes en la esperanza —«No andéis preocupados» (Mt 6,31)— cuando surgen las situaciones duras en nuestras vidas. También debe ser un incentivo para que nosotros seamos providentes en un mundo que necesita vivir lo que es la verdadera caridad, o sea, la puesta del amor en acción. 

Por lo general, se nos dice que tenemos que ser los pies, las manos, los ojos, los oídos, la boca de Jesús en medio del mundo, pero, en el sentido de la caridad, la situación es todavía más profunda: tenemos que ser eso mismo, pero del Padre providente de los cielos. Los seres humanos estamos llamados a hacer realidad esa Providencia de Dios, siendo sensibles y acudiendo en auxilio de los más necesitados. 

En palabras de Benedicto XVI, «los hombres destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad». Pero también nos recordó el Santo Padre que la caridad tiene que ir acompañada de la Verdad que es Cristo, para que no se convierta en un mero acto de filantropía, desnudo de todo el sentido espiritual cristiano, propio de los que viven según nos enseñó el Maestro.

Santa Inés de Praga, 2 de Marzo

2 de Marzo

Inés de Praga o de Bohemia, Santa

Autor: P. Ángel Amo


Inés, hija de Premisl Otakar I, rey de Bohemia y de la reina Constancia, hermana de Andrés I, rey de Hungría, nació en Praga en el año 1211. En 1220, prometida en matrimonio a Enrique VII, hijo del emperador Federico II, fue llevada a la corte del duque de Austria, donde vivió hasta el año 1225, manteniéndose siempre fiel a los deberes de la vida cristiana. Rescindido el pacto de matrimonio, volvió a Praga, donde se dedicó a una vida de oración más intensa y a obras de caridad; después de madura reflexión decidió consagrar a Dios su virginidad. 

A través de los franciscanos, que iban a Praga como predicadores itinerantes, conoció la vida espiritual que llevaba en Asís la virgen Clara, según el espíritu de San Francisco. Quedó fascinada y decidió seguir su ejemplo. Con sus propios bienes fundó en Praga entre 1232 y 1233 el hospital de San Francisco y el instituto de los Crucíferos para que los dirigieran. Al mismo tiempo fundó el monasterio de San Francisco para las “Hermanas Pobres o Damianitas”, donde ella misma ingreso el día de Pentecostés del año 1234. Profesó los votos de castidad, pobreza y obediencia, plenamente consciente del valor eterno de estos consejos evangélicos, y se dedicó a practicarlos con fervorosa fidelidad, durante toda su vida. 

La virginidad por el Reino de los cielos siguió siendo siempre el elemento fundamental de su espiritualidad, implicando toda la profunda afectividad de su persona en la consagración del amor indiviso y esponsal a Cristo. El espíritu de pobreza, que ya la había inducido a distribuir sus bienes a los pobres, la llevó a renunciar totalmente a la propiedad de los bienes de la tierra para seguir a Cristo pobre en la Orden de las “Hermanas Pobres”. El espíritu de obediencia la condujo a conformar siempre su voluntad con la de Dios, que descubría en el Evangelio del Señor y en la regla de vida que la Iglesia le había dado. Trabajó junto con santa Clara para obtener la aprobación de una Regla nueva y propia que, después de confiada espera, recibió y profesó con absoluta fidelidad. Constituida, poco después de la profesión, abadesa del monasterio, conservó esta función durante toda la vida y la ejerció con humildad, sabiduría y celo, considerándose siempre como “la hermana mayor”.

Amó a la Iglesia, implorando para sus hijos los dones de la perseverancia en la fe y la solidaridad cristiana. Se hizo colaboradora de los Romanos Pontífices, que para el bien de la Iglesia solicitaban sus oraciones y su mediación ante los reyes de Bohemia, sus familiares. Amó a su patria, a la que benefició con las obras de caridad individuales y sociales y con la sabiduría de sus consejos, encaminados siempre a evitar conflictos y a promover la fidelidad a la religión cristiana de los padres. En los últimos años soportó inalterable los dolores que la afligieron a ella, a la familia real, al monasterio y a la patria. 

Murió santamente en su monasterio el 2 de marzo de 1282. El culto tributado desde su muerte y a lo largo de los siglos a la venerable Inés de Bohemia, tuvo el reconocimiento apostólico con el decreto aprobado por el Papa Pío IX el 28 de noviembre de 1874.

sábado, 1 de marzo de 2014

Santo Evangelio 1 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Sábado VII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mc 10,13-16): En aquel tiempo, algunos presentaban a Jesús unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.



Comentario: Rev. D. Josep Lluís SOCÍAS i Bruguera (Badalona, Barcelona, España)
Dejad que los niños vengan a mí

Hoy, los niños son noticia. Más que nunca, los niños tienen mucho que decir, a pesar de que la palabra “niño” significa “el que no habla”. Lo vemos en los medios tecnológicos: ellos son capaces de ponerlos en marcha, de usarlos e, incluso, de enseñar a los adultos su correcta utilización. Ya decía un articulista que, «a pesar de que los niños no hablan, no es signo de que no piensen».

En el fragmento del Evangelio de Marcos encontramos varias consideraciones. «Algunos presentaban a Jesús unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían» (Mc 10,13). Pero el Señor, a quien en el Evangelio leído en los últimos días le hemos visto hacerse todo para todos, con mayor motivo se hace con los niños. Así, «al ver esto, se enfadó y les dijo: ‘No se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios’» (Mc 10,14).

La caridad es ordenada: comienza por el más necesitado. ¿Quién hay, pues, más necesitado, más “pobre”, que un niño? Todo el mundo tiene derecho a acercarse a Jesús; el niño es uno de los primeros que ha de gozar de este derecho: «Dejad que los niños vengan a mí» (Mc 10,14).

Pero notemos que, al acoger a los más necesitados, los primeros beneficiados somos nosotros mismos. Por esto, el Maestro advierte: «Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él» (Mc 10,15). Y, correspondiendo al talante sencillo y abierto de los niños, Él los «abrazaba (...), y los bendecía poniendo las manos sobre ellos» (Mc 10,16).

Hay que aprender el arte de acoger el Reino de Dios. Quien es como un niño —como los antiguos “pobres de Yahvé”— percibe fácilmente que todo es don, todo es una gracia. Y, para “recibir” el favor de Dios, escuchar y contemplar con “silencio receptivo”. Según san Ignacio de Antioquía, «vale más callar y ser, que hablar y no ser (...). Aquel que posee la palabra de Jesús puede también, de verdad, escuchar el silencio de Jesús».

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