miércoles, 4 de diciembre de 2013

Santo Evangelio 4 de Diciembre de 2013

Día litúrgico: Miércoles I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 15,29-37): En aquel tiempo, pasando de allí, Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y Él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de Israel. 

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino». Le dicen los discípulos: «¿Cómo hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande?». Díceles Jesús: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos dijeron: «Siete, y unos pocos pececillos». El mandó a la gente acomodarse en el suelo. Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.



Comentario: Rev. D. Joan COSTA i Bou (Barcelona, España)
‘¿Cuántos panes tenéis?’. Ellos dijeron: ‘Siete, y unos pocos pececillos’

Hoy contemplamos en el Evangelio la multiplicación de los panes y peces. Mucha gente —comenta el evangelista Mateo— «se le acercó» (Mt 15,30) al Señor. Hombres y mujeres que necesitan de Cristo, ciegos, cojos y enfermos de todo tipo, así como otros que los acompañan. Todos nosotros también tenemos necesidad de Cristo, de su ternura, de su perdón, de su luz, de su misericordia... En Él se encuentra la plenitud de lo humano.

El Evangelio de hoy nos hace caer en la cuenta, a la vez, de la necesidad de hombres que conduzcan a otros hacia Jesucristo. Los que llevan a los enfermos a Jesús para que los cure son imagen de todos aquellos que saben que el acto más grande de caridad para con el prójimo es acercarlo a Cristo, fuente de toda Vida. La vida de fe exige, pues, la santidad y el apostolado.

San Pablo exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fl 2,5). Nuestro relato muestra cómo es el corazón: «Siento compasión de la gente» (Mt 15,32). No puede dejarlos porque están hambrientos y fatigados. Cristo busca al hombre en toda necesidad y se hace el encontradizo. ¡Cuán bueno es el Señor con nosotros!; y ¡cuán importantes somos las personas a sus ojos! Sólo con pensarlo se dilata el corazón humano lleno de agradecimiento, admiración y deseo sincero de conversión.

Este Dios hecho hombre, que todo lo puede y que nos ama apasionadamente, y a quien necesitamos en todo y para todo —«sin mi no podéis nada» (Jn 15,5)— necesita, paradójicamente, también de nosotros: éste es el significado de los siete panes y los pocos peces que usará para alimentar a una multitud del pueblo. Si nos diéramos cuenta de cómo Jesús se apoya en nosotros, y del valor que tiene todo lo que hacemos para Él, por pequeño que sea, nos esforzaríamos más y más en corresponderle con todo nuestro ser.

San Juan Damasceno, 4 de Diciembre

4 de diciembre

SAN JUAN DAMASCENO

(† 749)

Por la brillantez de su doctrina y la elegancia abundosa de su elocuencia, la tradición apellidaba a San Juan Damasceno "Crisorroas" (Chrysorrhoas), "que fluye oro". Nosotros le religamos a su ciudad de origen al llamarle Damasceno. De hecho "Crisorroas" y "Damasceno" se emparejan. Pues el apodo antiguo surge espontáneo del ejemplo del río Barada, llamado por Strabón "Crisorroas", porque ha creado el milagro de la ciudad de Damasco. Antes el Barada ha retenido su fluir —agua alimentada por las nieves del Antilíbano y por las lluvias—, apretándolo en estrecho cauce, ahondándolo en profunda garganta. Luego se derrama de golpe, pleno, en la llanura, y surge, como por encanto, en medio de un desierto desolador, una maravilla de floración: canales, surtidores, huertos, frutales, árboles incesantes, jardines, los famosos jardines. Damasco es su única ciudad; pero una ciudad única. El Barada se agota en ella. Al salir, cansado y sucio, sólo a veinticinco kilómetros sus aguas se sumen en la tumba sedienta del desierto.

Lo mismo el Damasceno, el Crisorroas. San Juan es el último Padre de la Iglesia de Oriente. Un río abundante alimentado por dos fuentes: la tradición eclesiástica —las nieves perpetuas que reposan en las cumbres altísimas de los Doctores griegos— y la Sagrada Escritura o el fruto del Espíritu Santo, el agua que el cielo llueve. Sabe Juan, porque Dios le ha dado a conocer el misterio cristiano, que esta agua es su única fuerza. Por eso la retiene y la concentra dentro de la más fiel obediencia; le consagra su vida en servicio pleno y perenne. El día que recibe la ordenación sacerdotal, siendo ya monje de la Laura de San Sabas, rubrica su "profesión y declaración de fe", en la que pronuncia, entre otras, las siguientes palabras: "Me llamaste ahora, oh Señor, por las manos de tu pontífice, para ser ministro de tus discípulos". Y luego: "Me has apacentado, oh Cristo Dios mío, por las manos de tus pastores, en un lugar de verdor, y me has saturado con las aguas de la doctrina verdadera." Traslada así al recinto fecundo de San Sabas el símbolo de su ciudad natal. En San Sabas, con una vida repleta de silencio, de oración y de estudio, va apretando su agua en el cauce de la regla de la fe, libre de desviaciones humanas; la ahonda en la garganta de una humildad de serias profundidades. El milagro final es la explosión de su vida y de su obra; una floración feliz, polifacética, síntesis de toda la escuela de los Padres griegos, sumergida en el aire aromático, vivificante de la santidad. Luego, por diversas causas, la floración y el agua que encerraban dinamismo en promesa para influir en toda la historia subsiguiente, se han estancado a corta distancia en el desierto de un desconocimiento extraño, injustificado. Queda sólo el monumento perenne de la explosión, como Damasco, para solaz, ejemplo y servicio del viandante, de este viajero que es todo cristiano en camino hacia la patria.

Vengamos al detalle. Iniciamos de nuevo con Damasco. Un jardín es siempre un sueño para todo el que habita en tierras áridas. Por eso a Damasco convergen esas oleadas nómadas que a principios del siglo VII fluyen del desierto arábico bajo la bandera de la media luna. Se rinde la ciudad al musulmán el año 634. Poco después (661) se convierte en la sede de los califas. Aquí, en este ambiente embriagado de islamismo, nace sólo unos quince años más tarde, alrededor del 675, Juan Damasceno. Sin embargo, su cuna familiar es un oasis de honda raigambre cristiana. A los principios los árabes dejaban cierta libertad a los cristianos: se contentaban sólo con recibir de ellos la aportación de los impuestos. El padre de Juan, Sergio Mansur, ejerce precisamente el cargo de logozeta, es decir, el representante de los cristianos encargado de recoger sus impuestos por cuenta del califa. En su ambiente familiar, noble y rico, Juan recibe una educación esmerada. En su "profesión y declaración de fe" recuerda él más tarde su cuna terrena, a la que contrapone su nacimiento a la vida sobrenatural por el santo bautismo, su participación en los diversas misterios cristianos, su crecimiento en la fe de Jesucristo. Parece que su maestro religioso fue el monje italiano Cosme, cautivo de los árabes, a quien Sergio redimió en su casa para asegurar la formación espiritual de su hijo. Así Juan se va haciendo el "hombre perfecto en Cristo". Su discreción y prudencia le hacen digno de suceder, ya en temprana juventud, a su padre en el cargo de logozeta; pues según las Actas del VII Concilio ecuménico (787), Juan había abandonado sus bienes "al ejemplo del evangelista Mateo": San Mateo era justamente "publicano", o colector de tributos, antes de ser apóstol.

Efectivamente, muy pronto Juan Mansur renuncia a sus posesiones y a su brillante porvenir humano, para seguir de cerca a Jesucristo. No se hace sin sangre la renuncia. Dicen las Actas del VII Concilio que "prefirió el oprobio de Jesucristo a las riquezas de la Arabia, y una vida de malos tratos a las delicias del pecado". Sin duda, la crisis sacude su ardiente juventud. Por ahora, hacia el 710, los califas empiezan a ensañarse con los cristianos. Omar II (717-720) les veda incluso el derecho de ejercer toda función civil. Abundan los mártires. Juan Mansur se encara con la alternativa: o Cristo, o el cargo brillante en la corte árabe. Pero el buen soldado de Cristo no claudica: abandona al mundo y se retira a la Laura de San Sabas, un poblado monástico situado en las cercanías de Jerusalén.

San Sabas es ya en adelante su domicilio habitual. Sale, a veces, por fuerza de apostolado, pero allá regresa siempre como al lugar "verde" de su reposo, donde madura su fecundidad. Aquí la oración y el estudio. La cultura literaria y filosófica que ya poseía, conforme a su rango en el mundo, le permiten iniciarse rápidamente en los misterios de la teología, hasta llegar a ser un maestro acabado. Pronto recibe la ordenación sacerdotal de manos del patriarca de Jerusalén, Juan IV (706-734), de quien él se declara discípulo y amigo íntimo.

Con el sello del sacerdocio la fuerza incontenible de su ministerio y de su santidad se expande luego por los márgenes de Oriente. Juan IV le hace —¡al Crisorroas!— su predicador oficial en la basílica del Santo Sepulcro. Conserva siempre relaciones muy estrechas con el clero de Damasco. En general, todos los obispos, particularmente los de la iglesia siria, acuden a él como al indiscutible doctor, como al defensor incansable de la fe en toda clase de problemas doctrinales, porque a todos abarca con tino certero la privilegiada mente del Damasceno, plena de luz del Espíritu.

Su celo no conoce obstáculos. De su larga tarea espigamos algunos datos más salientes. Lo primero es la herejía iconoclasta. El año 726 el emperador de Bizancio, León III Isáurico, proclama en una bula la prohibición como idolatría, de rendir culto a las imágenes, y consiguientemente su destrucción. Se levanta la Iglesia de Oriente contra la usurpación de sus derechos: el doctor de San Sabas despunta con su pluma luminosa, que ha dejado para siempre su nombre ligado a esta cuestión. Toma, primero, parte en la sentencia de excomunión dictada con los obispos de Oriente contra León Isáurico, el año 730. Pero sobre todo abunda en los tres discursos apologéticos que escribe en nombre del patriarca de Jerusalén. Resume en ellos toda una teología definitiva y perenne de las imágenes. Es legítimo, propugna, su culto, según el uso secular de la Iglesia, que no se puede engañar. Esta es su regla siempre. Distingue luego entre el culto de latría, adoración, que se debe sólo a Dios, y el culto de veneración, que se rinde a la imagen, no por sí misma, sino por lo que representa, y además sólo en la medida de su relación con Dios, lo cual elimina el peligro de desviación idolátrica o supersticiosa, ya que el culto converge siempre en Dios. Ejercen además las imágenes una sana pedagogía, como un libro abierto, legible por todos, que recuerda la lección del ejemplo, de los beneficios divinos y fomenta la piedad.

Luego son todas las herejías conocidas en su tiempo, sobre todo aquellas que atañen a la cristología y a la Trinidad. Casi siempre por obediencia, ante la demanda de los obispos, combate el Damasceno las herejías nestoriana, monofisita, monoteleta. Y no superficialmente, sino con tratados serios, concienzudos. Abarca también su ardiente polémica las sectas no cristianas, como el maniqueísmo (resurgido entonces con el nombre de paulicianismo) y el islamismo, a pesar del enorme riesgo que supone encararse con los dueños políticos de la situación.

Junto a esto, todos sus escritos de orden puramente dogmático. Hablaremos luego. Como vemos, una vida repleta. Al cabo, tras una "ancianidad dichosa y fecunda", al decir de los sinaxarios griegos, entrega su alma a Dios en San Sabas, el año 749.

Dios le ahorraba en vida los latigazos de la persecución, sobre todo de la lucha iconoclasta, que se enfurecería más tarde. Hay, sin embargo, una tradición elocuente. Según ella, León Isáurico, en venganza, le comprometía ante el califa de Damasco, el cual ordenaba cercenarle la mano derecha; pero la Virgen María se la restituía milagrosamente aquella misma noche. Aunque hoy se duda de esta leyenda, retiene ella, sin embargo, todo su valor de símbolo. Símbolo del martirio incesante de una pluma que derrama en el papel el celo de un corazón dolorido por la "solicitud de la Iglesia": por su santidad borrada en las imágenes, por su unidad minada por las herejías, por sus derechos usurpados por el poder civil. El amor a la Iglesia fue siempre su norte, el afán que le empujó a gastar toda la luz de su mente y el amor de su corazón en su incansable tarea apologética y doctrinal.

Como buena señal, los herejes, después de su muerte, se cebaban en su fama. El emperador Constantino V Coprónimo (741-775) cambió su apellido de Mansur (victorioso) en Manser (bastardo), y obligaba a su clero a anatematizarle una vez al año. El conciliábulo iconoclasta de Hieria (753) decía de él y de San Germán y San Jorge de Chipre: "La Trinidad los ha hecho desaparecer a los tres." Pero pronto Dios volvía por la fama de su campeón. El VII Concilio ecuménico, que canoniza el culto a las imágenes, le grita "memoria eterna", y rectifica la frase: "La Trinidad los ha glorificado a los tres." Muy poco después de su muerte la Iglesia rendía culto a su santidad, y su nombre se insertaba en los sinaxarios griegos.

Y con toda verdad. San Juan Damasceno, pertenece a la raza de los grandes santos que han ilustrado a la Iglesia a la vez con su ciencia y con su virtud. Hablábamos de su amor a la Iglesia. De su amor a Dios, en los misterios de la Trinidad y de la Encarnación, nunca diríamos bastante. Se advierte a todo lo largo de su obra dogmática, apologética, homilética, como una incesante corriente subterránea. Es el que le hace exaltar con predilección la bondad entre todos los atributos de Dios. La devoción a los santos está escrita en la defensa de las imágenes. De su amor tiernísimo a la Madre de Dios decía algo el milagro de la leyenda. Tenemos, además, señales elocuentes y auténticas: la homilía sobre la Natividad de María, y aquellas tres, cargadas de unción y cariño, que pronunciaba en un solo día, "ya en el invierno de su vida", sobre la Dormición de Nuestra Señora, allí mismo en Getsemaní, donde estaba la tumba vacía de la Virgen. Son, además, testimonios preciosos de la fe que ya en el siglo VIII profesaba la Iglesia en el dogma de la Asunción de María. Esta es la verdadera santidad del Damasceno. Afortunadamente, su vida no ha sido teñida con la adulteración sensiblera de lo sorprendente. Su santidad es sobria, a la vez que irresistible, lo mismo que la luz del Espíritu que le domina; está adherida a las riberas de la fe; cimentada en la humildad, en esa humildad de hondo cauce por la que, a pesar de su sabiduría, habla con sinceridad bajamente de sí mismo en muchos recodos de sus escritos, llegando incluso a juzgarse como un hombre ignorante; orientada al trabajo y al sacrificio en el celo por la salvación de las almas y por el esplendor de la Iglesia.

Los griegos solían celebrar su fiesta el 4 de diciembre. También el 6 de mayo, conmemoración del traslado de su cuerpo, allá por el siglo XIII, desde San Sabas hasta Constantinopla, donde hoy se venera. El 19 de agosto de 1890 el papa León XIII le proclamaba Doctor de la Iglesia, y extendía su fiesta a la Iglesia universal, fijándola el 27 de marzo. Imposible condensar toda esa carga de doctrina que le ha merecido el título de Doctor. Decíamos de su apologética y homilética. Ya sus homilías no se quedan en elegante superficie. Fluye oro. Son ellas, sin duda, su obra más personal. Llevan una enjundia doctrinal que las hace netamente reconocibles, con esa rara virtud de ser abundante y conciso a la vez. Luego, sus escritos polifacéticos. En exégesis, un comentario completo a las cartas de San Pablo, resumido de los grandes exegetas griegos. En ascética, un estudio sobre las virtudes y los vicios y otro sobre los pecados capitales; asimismo la obra Paralelos sagrados, que es una colección de textos de la Escritura y de los Padres, con ingeniosos esquemas, para encontrarlos con facilidad. Sus efluvios descuellan hasta en la poesía. Casi todo el Octoejos, es decir, los ocho cantos del mismo tono correspondientes al oficio ordinario de los domingos en la liturgia bizantina, se debían a su estro. Compuso, además, poesías métricas para Navidad, Epifanía, Pentecostés; poesías rítmicas para otras fiestas, y diversas piezas eucarísticas, entre ellas, tres de preparación para la comunión, bellísimas. La tradición saboreó mucho sus himnos, que, como dice su biógrafo del siglo X, "todavía se cantan y producen a todos un placer divino". Pero, sin duda, su obra maestra es la que lleva por nombre La fuente de la ciencia. Se trata de una exposición del dogma católico siguiendo el símbolo de la fe, y precedida de una doble introducción, filosófica, en la que precisa las nociones que sirven de base al dogma, e histórica, en la que considera la fe a través del prisma de las herejías.

Doctrinalmente, "San Juan Damasceno, es, por excelencia, el teólogo de la Encarnación. Es el misterio que más extensamente le ocupa y del que habla en casi todos sus escritos. Su síntesis es verdaderamente representativa de toda la teología griega anterior" (Jugie). Este es su ingenio característico: el de teólogo que recoge los retazos de la tradición dogmática y los elabora, deduciendo con rigor las conclusiones teológicas. En esto es el pionero, y con mucha antelación, de los teólogos de la escolástica, sobre todo en cristología, con su exposición de los corolarios del dogma de la Encarnación. Igualmente sistematiza los dogmas de la Trinidad, de Dios Uno, de la gracia, los sacramentos, la Iglesia.

Destacamos este último por su importancia histórica. Por entonces el oriente bizantino descuidaba ya un poco su condición de subordinado en la Iglesia católica. Tal olvido, con sus pretensiones, llegaría a producir el cisma que aún lamentamos. San Juan Damasceno no dedicó un capítulo en su obra maestra a este tema tan importante. Tampoco estuvo en relaciones directas con el Papa, porque no le tocó vivir las virulencias de la lucha. Es el teólogo que trabaja en el silencio de su celda. Pero su doctrina es clara y tajante. La Iglesia, afirma con calor, es una sociedad independiente del poder civil; sociedad monárquica, que es, además, la solamanera de asegurar la paz y la unidad, y monarquía no diocesana o parcial, sino universal: descansa en la sede de Pedro —magníficos comentarios de los privilegios del jefe de los apóstoles— y sus sucesores, que deben residir en Roma, donde el apóstol murió en tiempos de Nerón. Los demás obispos y patriarcas son todos discípulos de Pedro, las ovejas que Cristo le encomendó.

Por su síntesis doctrinal se ha dicho que San Juan Damasceno fue para Oriente lo que Santo Tomás de Aquino para Occidente (véase su semblanza el 7 de marzo). Sin duda, la influencia del doctor de Damasco fue muy grande en Oriente, pero más bien como libro de texto. Le faltaron sencillamente esos discípulos que tuvo Santo Tomás para formar la escuela y prolongar la tarea y el pensamiento; por eso sus aguas quedaron estancadas pronto, injustificadamente. En momentos críticos de lucha doctrinal entre Oriente y Occidente, las obras del Damasceno fueron siempre el guía de los católicos contra los cismáticos. Y éstos, al fin, han llegado a olvidarle. Lo comprendemos. Sin embargo, en días en los que se siente, tal vez como nunca, la herida de la escisión de las iglesias, terminamos con el padre Régnon, haciendo votos por que "llegue la hora en que para cimentar la unión entre Oriente y Occidente la Iglesia ponga en la cátedra de sus escuelas La fuente de la ciencia, de San Juan Damasceno, junto a la Suma Teológica, de Santo Tomás. Sería, a la vez, hacer justicia al teólogo de San Sabas, al Padre que cierra la serie de las grandes lumbreras de la Iglesia de Oriente.

MANUEL REVUELTA SAÑUDO


San Juan Damasceno, presbítero y doctor de la Iglesia

San Juan es el último Padre de la Iglesia de Oriente. Es como un río abundante en dos vertientes que aprovecha al máximo y en sus maravillosas y abundantes obras dejará de ello un perenne testimonio: la Tradición y fidelidad al pasado, a los padres y Magisterio de la Iglesia, y su amor y profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras.

Se le dan dos nombres: "DAMASCENO" por haber nacido en Damasco y "CRISORROAS" que significa "que fluye oro". Por la riqueza de su doctrina le llamaron así los antiguos.

El origen de su llamamiento, desde el hijo de cobrador de impuestos a los cristianos, hasta llegar al retiro del Monasterio de San Sabás, es bello y aleccionador. Aprende las maravillas de nuestra fe, las vive, se convierte en un profundo conocedor de la Doctrina de Jesucristo y empieza a predicarlo.

Pero esto no le llena. No se ve maduro, y por lo mismo se retira al desierto, al famoso Monasterio de San Sabás, cerca de Jerusalén.

El, en su juventud, había disfrutado de todos los halagos que puede ofrecer el mundo. Sus padres fueron muy buenos cristianos y él crecía día a día en la fe, pero aquella vida no le llenaba su gran corazón. Por ello, ahora, en la soledad del silencio y en las largas horas que pasa en oración, va madurando aquella alma que será un horno de fuego con su palabra y con su pluma, en defensa de los valores de la fe cristiana cuando la vea atacada. Con sus sermones arrebatadores y con sus abundantes y sólidos escritos, llegará a ser una de las lumbreras más grandes de todos los tiempos. 

El año 726, el emperador de Bizancio, León el Isáurico, proclama una Bula de prohibición de las imágenes. Juan se levanta, con fuerza, para defender su uso como medio para despertar la fe. Y dice:

"Lo que es un libro para los que saben leer, eso son las imágenes para los analfabetos. Lo que la palabra obra por el odio, lo obra la imagen por la vista. Las santas imágenes son un memorial de las obras divinas".

Sus obras son profundas, elegantes, llenas de celo y de sólida doctrina que aún hoy conservan su frescura. San Juan Damasceno fue para Oriente lo que SantoTomás fue para Occidente. Muere el año 749.

martes, 3 de diciembre de 2013

Adviento, La Virgen María, representa la Esperanza



La Virgen María representa la esperanza

La primera venida del Señor se realizó gracias a ella. Y, por ello, todas las generaciones le llamamos Bienaventurada. Hoy, que preparamos, cada año, una nueva venida, los ojos de la Iglesia se vuelven a ella, para aprender, con estremecimiento y humildad agradecida, cómo se espera y cómo se prepara la venida del Emmanuel: del Dios con nosotros. Más aún, para aprender también cómo se da al mundo el Salvador.

Sobre el papel de la Virgen María en la venida del Señor, la liturgia del Adviento ofrece dos síntesis, en los prefacios II y IV de este tiempo:

"...Cristo Señor nuestro, a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al Misterio de su Nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza".

"Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por el Misterio de la Virgen Madre. Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno de la Hija de Sión ha germinado aquél que nos nutre con el pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz. La gracia que Eva nos arrebató nos ha sido devuelta en María. En ella, madre de todos los hombres, la maternidad, redimida del pecado y de la muerte, se abre al don de una vida nueva. Así, donde había crecido el pecado, se ha desbordado tu misericordia en Cristo nuestro Salvador. Por eso nosotros, mientras esperamos la venida de Cristo, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos el himno de tu gloria..."

La Virgen Inmaculada fue y sigue siendo el personaje de los personajes del Adviento: de la venida del Señor. Por eso, cada día, durante el Adviento, se evoca, se agradece, se canta, se glorifica y enaltece a aquella que fue la que accedió libremente a ser la madre de nuestro Salvador "el Mesías, el Señor" (Lc 2,11).

Entresaco tres textos de los tantos que uno se encuentra en honor de la Bienaventurada Madre de Dios, en todo este Misterio preparado y realizado. Son de la solemnidad de santa María Madre de Dios:

"¡Qué admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad" (antífona de las primeras Vísperas).

"La Madre ha dado a luz al Rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya" (antífona de Laudes).

"Por el gran amor que Dios nos tiene, nos ha mandado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado: nacido de una mujer, nacido bajo la ley. Aleluya" (antífona del Magníficat primeras Vísperas).

A partir de la segunda parte del Adviento, la preponderancia de la Madre Inmaculada es tan grande, que ella aparece como el centro del Misterio preparado e iniciado. Así las lecturas evangélicas del IV Domingo, en los tres ciclos, están dedicadas a María. Y en las misas propias de los días 17 al 24, correspondientes a las antífonas de la O, todo gira alrededor de ella. Y con razón.

"Los profetas anunciaron que el Salvador nacería de María Virgen" (Tercia) - "El ángel Gabriel saludó a María, diciendo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres" (Sexta) - "María dijo: ¿Qué significa este saludo? Me quedo perpleja ante estas palabras de que daré a luz un Rey sin perder mi virginidad" (Nona).

En las vísperas del primer domingo de Adviento, la antífona del Magnificat está tomada del evangelio de la anunciación: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo".

El lunes de esta primera semana, en las vísperas, la antífona del Magnificat será: "El ángel del Señor anunció a María y concibió por obra del Espíritu Santo".

En las vísperas del jueves se canta: "Bendita tú entre las mujeres". En las vísperas del segundo domingo de Adviento: "Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". En los laudes del miércoles hay una lectura tomada del capítulo 7 de Isaías: "Mirad: la Virgen ha concebido y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel...". El responsorio del viernes después de la segunda lectura del oficio, está tomado del evangelio de la anunciación en Lc 1, 26, etc... Y podríamos continuar con una larga enumeración. 

Esta enumeración interesa porque muestra cómo la presencia de la Virgen es constante en los Oficios de Adviento, así como en el recuerdo de la primera venida de su Hijo y en la tensión de su vuelta al final de los tiempos.

Aunque Navidad es para María la fiesta más señalada de su maternidad, el Adviento, que prepara esta fiesta, es para ella un tiempo de elección y de particular preparación.

Juan Bautista, representa la preparación

Juan Bautista, representa la preparación

Isaías está presente en Juan Bautista, como Juan Bautista está presente en aquél al que ha preparado el camino y que dirá de él: "No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista".
San Lucas nos cuenta con detalle el anuncio del nacimiento de Juan (Lc 1, 5-25). 

Esta extraña entrada en escena de un ser que se convertirá en uno de los más importantes jalones de la realización de los planes divinos es muy del estilo del Antiguo Testamento. Todos los seres vivos debían ser destruidos por el diluvio, pero Noé v los suyos fueron salvados en el arca. Isaac nace de Sara, demasiado anciana para dar a luz. David, joven y sin técnica de combate, derriba a Goliat. 

Moisés, futuro guía del pueblo de Israel, es encontrado en una cesta (designada en hebreo con la misma palabra que el arca) y salvado de la muerte. De esta manera, Dios quiere subrayar que Él mismo toma la iniciativa de la salvación de su pueblo. 

El anuncio del nacimiento de Juan es solemne. Se realiza en el marco litúrgico del templo. 
Desde la designación del nombre del niño, "Juan", que significa "Yahvé es favorable", todo es concreta preparación divina del instrumento que el Señor ha elegido.

Su llegada no pasará desapercibida y muchos se gozarán en su nacimiento (Lc 1, 14); se abstendrá de vino y bebidas embriagantes, será un niño consagrado y, como lo prescribe el libro de los Números (6, 1), no beberá vino ni licor fermentado. Juan es ya signo de su vocación de asceta. El Espíritu habita en él desde el seno de su madre. A su vocación de asceta se une la de guía de su pueblo (Lc 1, 17).

Precederá al Mesías, papel que Malaquías (3, 23) atribuía a Elías. Su circuncisión, hecho característico, muestra también la elección divina: nadie en su parentela lleva el nombre de Juan (Lc 1, 61), pero el Señor quiere que se le llame así cambiando las costumbres. El Señor es quien le ha elegido, es él quien dirige todo y guía a su pueblo. 

Benedictus Deus Israelei

El nacimiento de Juan es motivo de un admirable poema que, a la vez, es acción de gracias y descripción del futuro papel del niño. Este poema lo canta la Iglesia cada día al final de los Laudes reavivando su acción de gracias por la salvación que Dios le ha dado y en reconocimiento porque Juan sigue mostrándole "el camino de la paz". 

Juan Bautista es el signo de la irrupción de Dios en su pueblo. El Señor le visita, le libra, realiza la alianza que había prometido. 
El papel del precursor es muy preciso: prepara los caminos del Señor (Is 40, 3), da a su pueblo el "conocimiento de la salvación.Todo el afán especulativo y contemplativo de Israel es conocer la salvación, las maravillas del designio de Dios sobre su pueblo. El conocimiento de esa salvación provoca en él la acción de gracias, la bendición, la proclamación de los beneficios de Dios que se expresa por el "Bendito sea el Señor, Dios de Israel".

Esta es la forma tradicional de oración de acción de gracias que admira los designios de Dios. Con estos mismos términos el servidor de Abrahán bendice a Yahvé (Gn 24, 26). Así también se expresa Jetró, suegro de Moisés, reaccionando ante el relato admirable de lo que Yahvé había hecho para librar a Israel de los egipcios (Ex 18, 10). La salvación es la remisión de los pecados, obra de la misericordiosa ternura de nuestro Dios (Lc 1, 77-78).

Juan deberá, pues, anunciar un bautismo en el Espíritu para remisión de los pecados. Pero este bautismo no tendrá sólo este efecto negativo. Será iluminación. La misericordiosa ternura de Dios enviará al Mesías que, según dos pasajes de Isaías (9, 1 y 42, 7), recogidos por Cristo (Jn 8, 12), "iluminará a los que se hallan sentados en tinieblas y sombras de muerte" (Lc 1, 79).El papel de Juan, "allanar el camino del Señor". El lo sabe y se designa a sí mismo, refiriéndose a Isaías (40, 3), como la voz que clama en el desierto: "Allanad el camino del Señor". Más positivamente todavía, deberá mostrar a aquel que está en medio de los hombres, pero que éstos no le conocen (Jn 1, 26) y a quien llama, cuando le ve venir: "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).Juan corresponde y quiere corresponder a lo que se ha dicho y previsto sobre él. Debe dar testimonio de la presencia del Mesías. El modo de llamarle indica ya lo que el Mesías representa para él: es el "Cordero de Dios". 
El Levítico, en el capítulo 14, describe la inmolación del cordero en expiación por la impureza legal. Al leer este pasaje, Juan el evangelista piensa en el servidor de Yahvé, descrito por Isaías en el capítulo 53, que lleva sobre sí los pecados de Israel. Juan Bautista, al mostrar a Cristo a sus discípulos, le ve como la verdadera Pascua que supera la del Éxodo (12, 1) y de la que el universo obtendrá la salvación.Toda la grandeza de Juan Bautista le viene de su humildad y ocultamiento: "Es preciso que él crezca v que yo disminuya" (Jn 3, 30).

Todos verán la salvación de Dios

El sentido exacto de su papel, su voluntad de ocultamiento, han hecho del Bautista una figura siempre actual a través de los siglos. No se puede hablar de él sin hablar de Cristo, pero la Iglesia no recuerda nunca la venida de Cristo sin recordar al Precursor. No sólo el Precursor está unido a la venida de Cristo, sino también a su obra, que anuncia: la redención del mundo y su reconstrucción hasta la Parusía. Cada año la Iglesia nos hace actual el testimonio de Juan y de su actitud frente a su mensaje.De este modo, Juan esta siempre presente durante la liturgia de Adviento. En realidad, su ejemplo debe permanecer constantemente ante los ojos de la Iglesia. La Iglesia, y cada uno de nosotros en ella, tiene como misión preparar los caminos del Señor, anunciar la Buena Noticia. Pero recibirla exige la conversión.Entrar en contacto con Cristo supone el desprendimiento de uno mismo. Sin esta ascesis, Cristo puede estar en medio de nosotros sin ser reconocido (Jn l, 26). 

Como Juan, la Iglesia y sus fieles tienen el deber de no hacer pantalla a la luz, sino de dar testimonio de ella (Jn 1, 7). La esposa, la Iglesia, debe ceder el puesto al Esposo. Ella es testimonio y debe ocultarse ante aquel a quien testimonia. Papel difícil el estar presente ante el mundo, firmemente presente hasta el martirio. como Juan, sin impulsar una "institución" en vez de impulsar la persona de Cristo. Papel misionero siempre difícil el de anunciar la Buena Noticia y no una raza, una civilización, una cultura o un país: "Es preciso que él crezca v que yo disminuya" (Jn 3, 30). Anunciar la Buena Noticia y no una determinada espiritualidad, una determinada orden religiosa, una determinada acción católica especializada; como Juan, mostrar a sus propios discípulos donde está para ellos el "Cordero de Dios" y no acapararlos como si fuéramos nosotros la luz que les va a iluminar.Esta debe ser una lección siem presente y necesaria, así como también la de la ascesis del desierto y la del recogimiento en el amor para dar mejor testimonio.

La elocuencia del silencio en el desierto es fundamental a todo verdadero y eficaz anuncio de la Buena Noticia. Orígenes escribe en su comentario sobre San Lucas (Lc 4): En cuanto a mí, pienso que el misterio de Juan, todavía hoy, se realiza en el mundo". La Iglesia, en realidad, continúa el papel del Precursor; nos muestra a Cristo, nos encamina hacia la venida del Señor.Durante el Adviento, la gran figura del Bautista se nos presenta viva para nosotros, hombres del siglo XX, en camino hacia el día de Cristo. El mismo Cristo, tomando el texto de Malaquías (3,1), nos habla de Juan como "mensajero" (4); Juan se designa a sí mismo como tal. San Lucas describe a Juan como un predicador que llama a la conversión absoluta y exige la renovación: "Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece, y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntos". Así se expresaba Isaías (40, 5-6) en un poema tomado por Lucas para mostrar la obra de Juan. Se trata de una renovación, de un cambio, de una conversión que reside, sobre todo, en un esfuerzo para volver a la caridad, al amor a los otros (Lc 3, 10-14). 
Lucas resume en una frase toda la actividad de Juan: 
"Anunciaba al pueblo la Buena Noticia" (Lc 3, 18). 

Preparar los caminos del Señor, anunciar la Buena Noticia, es el papel de Juan y el que nos exhorta a que nosotros desempeñemos.
Hoy, este papel no es más sencillo que en los tiempos de Juan y nos incumbe a cada uno de nosotros. 

El martirio de Juan tuvo su origen en la franca honestidad con que denunció el pecado. 
Juan Bautista anunció al Cordero de Dios. Fue el primero que llamó así a Cristo.
Citemos aquí el bello Prefacio introducido en nuestra liturgia para la fiesta del martirio de San Juan Bautista, que resume admirablemente su vida y su papel:

"Porque él saltó de alegría en el vientre de su madre, al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos. El fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes al Cordero que quita el pecado del mundo. El bautizó en el Jordán al autor del bautismo, y el agua viva tiene desde entonces poder de salvación para los hombres. Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo".

Santo Evangelio 3 de Diciembre de 2013



Día litúrgico: Martes I de Adviento

Texto del Evangelio (Lc 10,21-24): En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».



Comentario: Abbé Jean GOTTIGNY (Bruxelles, Bélgica)
Te bendigo, Padre

Hoy leemos un extracto del capítulo 10 del Evangelio según san Lucas. El Señor ha enviado a setenta y dos discípulos a los lugares adonde Él mismo ha de ir. Y regresan exultantes. Oyéndoles contar sus hechos y gestas, «Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra’» (Lc 10,21). 

La gratitud es una de las facetas de la humildad. El arrogante considera que no debe nada a nadie. Pero para estar agradecido, primero, hay que ser capaz de descubrir nuestra pequeñez. “Gracias” es una de las primeras palabras que enseñamos a los niños. «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21). 

Benedicto XVI, al hablar de la actitud de adoración, afirma que ella presupone un «reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que brota desde lo más hondo del corazón y abarca todo el ser, porque el hombre sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de todas las cosas».

Un alma sensible experimenta la necesidad de manifestar su reconocimiento. Es lo único que los hombres podemos hacer para responder a los favores divinos. «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Desde luego, nos hace falta «dar gracias a Dios Padre, a través de su Hijo, en el Espíritu Santo; con la gran misericordia con la que nos ha amado, ha sentido lástima por nosotros, y cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos ha hecho revivir con Cristo para que seamos en Él una nueva creación» (San León Magno).

Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!

Hoy y siempre, los cristianos estamos invitados a participar de la alegría de Jesús. Él, lleno del Espíritu Santo, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes» (Lc 10,21). Con mucha razón, este fragmento del Evangelio ha sido llamado por algunos autores como el “Magníficat de Jesús”, ya que la idea subyacente es la misma que recorre el Canto de María (cf. Lc 1,46-55).

La alegría es una actitud que acompaña a la esperanza. Difícilmente una persona que nada espere podrá estar alegre. Y, ¿qué es lo que esperamos los cristianos? La llegada del Mesías y de su Reino, en el cual florecerá la justicia y la paz; una nueva realidad en la cual «el lobo y el cordero convivirán, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá» (Is 11,6). El Reino de Dios que esperamos se abre camino día a día, y hemos de saber descubrir su presencia en medio de nosotros. Para el mundo en el que vivimos, tan falto como está de paz y de concordia, de justicia y de amor, ¡cuán necesaria es la esperanza de los cristianos! Una esperanza que no nace de un optimismo natural o de una falsa ilusión, sino que viene de Dios mismo.

Sin embargo, la esperanza cristiana, que es luz y calor para el mundo, sólo podrá tenerla aquel que sea sencillo y humilde de corazón, porque Dios ha escondido a los sabios e inteligentes —es decir, a aquellos que se ensoberbecen en su ciencia— el conocimiento y el gozo del misterio de amor de su Reino. 

Una buena manera de preparar los caminos del Señor en este Adviento será precisamente cultivar la humildad y la sencillez para abrirnos al don de Dios, para vivir con esperanza y llegar a ser cada día mejores testimonios del Reino de Jesucristo.

San Francisco Javier,3 de Diciembre



3 de diciembre

SAN FRANCISCO JAVIER
(+ 1552)

El 3 de diciembre de 1552 moría frente a la costa china, en una choza de la isla de Sancián, San Francisco Javier.

La noticia de este hecho, que tanto suponía para la marcha de las misiones asiáticas, llegó a Roma casi tres años después. En febrero de 1555, como un rumor no confirmado, en octubre, como un hecho cierto, pero rodeado de tales detalles en cuanto a la traslación del cuerpo desde Sancián a Malaca y Goa, su estado incorrupto y los milagros que se le atribuían, que el nombre de Javier pasó presto a tener esa resonancia apostólica ante el pueblo cristiano que hasta hoy le caracteriza.

¿Quién era aquel misionero y cuáles sus hazañas?

Francisco de Javier, cuyos apellidos debieron haber sido Jassu, Azpilcueta, Atondo y Aznárez de Sada, nació el 7 de abril de 1506 en el castillo de Javier, situado en los confines de Navarra, frente a Aragón, a ocho kilómetros de Sangüesa, 54 de Pamplona y uno de las márgenes del río Aragón.

Situación estratégica en la Edad Media, salvando los pasos de la ribera de Navarra al valle del Roncal a través del puente de Yesa, casi en su punto medio.

La familia del Santo era de las más distinguidas del reino navarro. Su padre, don Juan de Jassu o Jaso y Atondo, doctor por Bolonia en ambos derechos, era uno de los principales personajes del país, y unía en sí la rama de los Jassu de Ultrapuertos (hoy Francia) con la de Atondo, del señorío de Idocin. Su madre, María de Azpilcueta y Aznárez de Sada, provenía de la casa solar del mismo nombre del valle del Baztán, y heredaba de su madre la posesión de Javier, vinculado a su familia por lo menos desde 1263, lo mismo que cierto grado de parentesco con la realeza navarra.

Por eso Francisco de Javier reunía en sí una representación de casi todas las reglones de Navarra, y puede presentarse como un prototipo de sus hijos en el conjunto de sus cualidades distintivas, que la santidad no eclipsó u ocultó, sino que sublimó en rasgos heroicos de un universalismo sin tacha, matizado y punteado con las caracteristicas de su tierra.

Su formación primera dependió principalmente de la abadía fundada por su padre en la parroquia de Javier, lo mismo que de los miembros de su familia en aquel castillo solitario, especialmente de su madre: porque su padre, muerto cuando el Santo contaba nueve años, había estado ausente largas temporadas en Pamplona o en cortes extranjeras por los asuntos del reino.

Fuera de la piedad intensa que bebió en su vida familiar, el acontecimiento que influyó especialmente en la orientación de su carácter y de sus aspiraciones fue la ruina de las instituciones políticas bajo las que había nacido y por las que luchó su familia, y la ruina también de su castillo, rebajado a la categoría de mansión señorial de tipo agrícola, en vez de ostentar las almenas guerreras de sus enhiestas torres. Es indudable que todo ello influyó en su marcha a la Universidad de Paris en 1525, al terminar las guerras en que participaron sus hermanos y al asentarse sobre bases nuevas y duraderas la vida de los Javier, reconociendo el nuevo orden de cosas.

Los once años de Paris, como estudiante primero y como maestro algún tiempo en la Universidad de París (1525-1536), marcaron la etapa decisiva de la vida de Javier.

Hoy se conoce con profusión de datos la vida universitaria parisiense relacionada con el Santo. Conocemos el funcionamiento de sus colegios, divididos por naciones o grandes regiones, y en los que se daba la enseñanza principal, así como los nombres de los profesores y mil detalles de la vida diaria de aquella masa de estudiantes, verdadera ciudad libre dentro del recinto de París.

Los estudios duraban alrededor de once años. Javier escogió el colegio de Santa Bárbara, fundado en 1520 bajo la protección del rey de Portugal, donde concurrían estudiantes de las diferentes partes de la Península Ibérica. Comenzó sus estudios como porcionario, que se pagaba toda la pensión, con un fámulo a su servicio y un caballo para sus deportes y utilidad. Por octubre de 1525 entró en las aulas universitarias, se graduó en Letras en la Cuaresma de 1526, se licenció en Filosofía en agosto de 1530, obtuvo una clase de Filosofía en el colegio de Dormans-Beauvais y prosiguió juntamente sus estudios teológicos hasta fines de 1536, en que partió para Italia con sus compañeros a unirse con Ignacio.

El esquematismo de estas fechas no nos devuelve la enorme complejidad de sucesos trascendentales que tuvo para el menor de los Javier. Por una parte la lucha de las ideas filosóficas y teológicas, atacadas por el naciente protestantismo, que encontró en la Universidad de París uno de sus más fuertes enemigos, y por otra las relaciones con sus compañeros de estudio, especialmente los españoles. Como coronación de todo, su trato con Iñigo de Loyola, que le llevó paulatinamente a desviar por completo el curso de sus aspiraciones terrenas dentro del campo eclesiástico, al que pensaba dedicarse, y abrazar el camino de la santidad personal y del apostolado con el ardor brioso de su sangre y con aquella decisión desconocedora de cambios y vacilaciones en el ideal abrazado en la plenitud de su vida.

Ignacio supo insinuarse en su corazón, a pesar de los recuerdos de luchas pasadas en campos políticos opuestos y de la poca apariencia del incomparable conductor de hombres, que vino providencialmente a vivir en la misma casa y en la misma cámara que el maestro valenciano Juan de la Peña, el angelical saboyano Pedro Fabro y Javier.

Las prevenciones de Javier no pudieron impedir a la larga el acercamiento con Iñigo, que, lejos de oponérsele, le llevó discípulos, le sacó de algún apuro económico y pudo, por fin, penetrar en el interior de aquella alma y comunicarle sus proyectos, sus ideas, su modo de ser.

En 1534 Javier estaba ganado, y, aun antes de hacer el mes de ejercicios espirituales, que le armaría para los duros combates de la vida, se alistó en el pequeño escuadrón ignaciano de los primeros votos de Montmartre, 15 de agosto de 1534.

Javier completó su formación espiritual junto a Ignacio en Italia, ejercitó sus primeros ministerios apostólicos en favor de las almas, gustó más el sentido católico de la vida junto a la cátedra de San Pedro en Roma, y recibió las sagradas órdenes en Venecia. Para coronamiento de estas actividades vivió varios meses en Roma como secretario del mismo San Ignacio, en aquellos tiempos en que estaban estudiando su futuro régimen de vida al ver fallidas providencialmente las esperanzas y planes de su viaje a Jerusalén y su vida apostólica en Palestina. La impresión que guardaron sus compañeros de todos estos años fue la de una santidad incontenible y de una admirable disposición para toda clase de apostolados. Su don de gentes se impuso en Roma y en Bolonia; su heroicidad, en los hospitales, mientras aprendía junto a su padre del alma los métodos del gobierno espiritual.

Los acontecimientos se precipitan ya en la vida de Javier. Doce años le quedan aún para luchar por Dios, y el que hasta ahora ha estado como en segundo plano, hace ahora de pronto irrupción en la vanguardia de los acontecimientos, y en ella se mantiene sin desfallecer hasta su último aliento.

Dios convertiría en realidad los sueños que había tenido aquellos años, de estar evangelizando en las Indias.

Un día se presentó ante Ignacio el embajador de Portugal, don Pedro de Mascareñas, con un encargo de su rey, don Juan III, que señalaría el comienzo de una sólida amistad del monarca lusitano con Loyola y Javier. Deseaba aquel consolidar sus empresas oceánicas impulsando vigorosamente la evangelización de las nuevas regiones descubiertas en la India y el Brasil. Por insinuación de don Diego de Gouvea, regente de Santa Bárbara, de París, que allí había conocido a aquellos compañeros de Inigo y luego se había enterado de sus intentos y actividades en Italia, el rey supo las cualidades y condiciones del grupo ignaciano, sondeó la realidad por medio del embajador en Roma y propuso al Papa su deseo de invitarlos para las Indias.

En pocos días se llega al nombramiento de Javier por Ignacio, comisionados para ello por Paulo III antes de la fundación canónica de la Compañía de Jesús, como sustituto del padre Bobadilla en su destino a la India portuguesa, y al día siguiente de su nombramiento, 16 de marzo de 1540, partía con Mascareñas camino de Lisboa, después de haber firmado unos cuantos documentos acerca de la Orden religiosa que se tramitaba y de la elección de su primer general.

Javier atraviesa Italia y Francia, entra por Fuenterrabía en Guipúzcoa, renuncia a ir a saludar a sus parientes, y por la casa solar de Loyola, adonde llevaba una carta de Ignacio, por Burgos, Valladolid y Salamanca pasó a Portugal. Allí trabajó intensamente en la corte, ganándose la confianza y estima del rey y de muchísima gente durante nueve meses, gracias a sus predicaciones, confesiones y buen ejemplo, y el 7 de abril de 1541 se embarcó para Goa.

En vez de partir como segundo del padre Simón Rodríguez, va como jefe de otros dos, y actúa desde el primer momento como tal. En Lisboa ha perfeccionado su portugués y se ha informado detenidamente acerca de la situación de la India y de sus relaciones eclesiásticas y temporales con la metrópoli. Pero Juan III no quiere enviarle sin amplísimas facultades, y para ello consigue del Papa varios breves pontificios.

Hay que tener presentes esos documentos para poder juzgar de su actuación sin caer en los extremos de los que, al margen de la verdadera historia, pretenden enjuiciar su obra y describirnos su carácter de hombre y de apóstol.

Javier no es un misionero más que va al Oriente a ocupar un puesto cualquiera en un lugar determinado. Su misión y su destino es mucho más complejo.

Va, en primer lugar, como nuncio o legado pontificio. Pero esa nunciatura era de un tipo especial. No se trataba de representar permanentemente a la Santa Sede en alguna corte determinada, sino de revestirle de su autoridad apostólica y de amplísimas facultades espirituales para la implantación, conservación y aumento de las nuevas cristiandades desde el Cabo de Buena Esperanza hasta el último límite de los dominios o protectorados portugueses en las Indias orientales, y en especial ante el rey de Etiopía. Pero no se indica en los documentos nada de estar en comunicación directa y permanente con la Santa Sede.

Esto influyó en el deseo de Javier de conocer personalmente aquellas nuevas cristiandades, fundadas ya o posibles y ver sobre el mismo campo las posibilidades de dilatar la fe. Su carácter de nuncio, más que ligarle a un sitio, le impulsaba a recorrer, explorar y evangelizar aquel vasto territorio, Algo parecido le sucedía en su cargo de superior de la nueva Orden religiosa en las mismas tierras. Con tan pocos sujetos al comienzo, era él el que debía dar el ejemplo de las virtudes apostólicas y señalar los emplazamientos de los centros misionales.

Y algo parecido podríamos decir con respecto al rey de Portugal, que, prendado de sus virtudes y cualidades, deseaba que fuera una especie de visitador privado y oficioso de la vida religiosa de los establecimientos lusitanos del Oriente. Su correspondencia demuestra cómo eiercitó esta labor, con valentía apostólica por un lado y con escrupulosidad independiente y cautelosa por otro. Aun así no siempre consiguió el auxilio que el rey ordenaba darle a todos sus gobernadores para cosas de apostolado y evangelización.

Francisco llegaba a Goa con la idea de marchar cuanto antes al cabo Comorín y costa de Pesquería, donde el gobernador general que le llevaba en su flota, Martín Alfonso de Sousa, había conseguido establecer una misión de cristianos en un mando anterior. Sousa le habló de la empresa varias veces durante el viaje marítimo, y en cuanto transcurrieron en Goa los primeros cinco meses durante el monzón que interrumpía las navegaciones, pasó a aquella tierra, cuando sus compañeros de viaje dejados en Mozambique llegaban a Goa a continuar las empresas allí por él iniciadas.

En Goa, lo mismo en la primera ocasión que en las otras varias que tuvo que volver a ella para gobernar a los suyos, tratar con las autoridades eclesiásticas y civiles o fundar las primeras casas de su Orden, su celo se impuso en la ciudad con sus predicaciones, catecismos por las calles, plazas e iglesias y su dirección espiritual. Todo esto se comprueba en las cartas de sus contemporáneos: el obispo, algunos sacerdotes religiosos y empleados civiles.

Desde fines de 1542 a 1545 trabajó en aquellas regiones de Malabar y Travancor, su primera gran misión viva. El movimiento de reagrupación de los cristianos, bautismo de neófitos, composición de catecismos, etc., fue extraordinario. El fracaso de sus planes sobre Ceilán, por culpa de algunos mercaderes portugueses, y la noticia de las perspectivas que se abrían para la fe en las Molucas, le determinó a ir allá después de dejar algunos compañeros en la Pesquería.

Pasado algún tiempo junto al sepulcro de Santo Tomás en Meliapur, llegó a Malaca en septiembre de 1545 y evangelizó a toda clase de gentes en la ciudad y contornos durante algunos meses. Siguió al Maluco y misionó las islas de Amboino, Ceram y otras vecinas, cumo luego Ternate, Tidore, las islas del Moro, con igual fruto y conmoción espiritual.

Vuelto a Malaca en 1547 a buscar compañeros para aquella nueva misión, se encontró en aquella ciudad con unos japoneses que le esperaban. Esto varía el rumbo de los acontecimientos, y, arreglados los asuntos de la India, penetra el primero de los misioneros en el Japón, 15 de agosto de 1549, misión que desde el primer momento ejerce en él una especie de fascinación cautivadora.

Vuelve a la India y Goa, visita algunas residencias, resuelve nuevas fundaciones, se entera de grandes noticias de Europa: Trento, Roma, Alemania; recibe el nombramiento de provincial, y en vez de volver al Japón, según había pensado primero, se resuelve por China. Frustra sus intentos de embajada virreinal el capitán mayor marítimo de Malaca y se embarca para Sancián a intentar solo aquella empresa. Una pulmonía corta el vuelo a sus empresas apostólicas cuando apenas cuenta cuarenta y seis años.

Se ha hablado de Javier aventurero, poco constante, impetuoso. Nunca dejó Javier un campo roturado por él sin dejar a otros que siguieran la obra, y de vez en cuando volvía a visitarlo. Atendió al mismo tiempo a otras partes adonde no llegó personalmente. Todas sus misiones continuaron florecientes, y sólo algunas decayeron decenios más tarde a causa de las persecuciones que sobrevinieron.

Fomentó el clero indígena, la enseñanza y los catecismos. Su salud, sus conocimientos, sus dones de trato personal, su valor a toda prueba, y sobre todo su santidad, superaron todos los obstáculos. Consiguió dejar cristiandades en todos los puntos estratégicos del Extremo Oriente, ampliar el conocimiento de todas aquellas regiones. Sin intentarlo forjó un parecido oriental suyo con el San Pablo mediterráneo que admira la historia.

No es extraño, por lo mismo, que al saber de cierto su muerte, con las circunstancias de su traslación y sepultura, el mismo San Ignacio, que ya tenía en Roma una antologia epistolar proveniente de Asia acerca de la fama de santidad de Javier, iniciara los primeros pasos para la glorificación de su hijo. Beatificado en 1619, fue canonizado a los tres años, 12 de marzo de 1622, juntamente con San Ignacio, Santa Teresa de Jesús, San Felipe Neri y San Isidro Labrador. Pronto se le declaró Patrón de las misiones del Oriente.

San Pío X lo constituyó protector de la Obra de la Propagación de la Fe, y Pío XI le declaró en 1927 junto con Santa Teresa de Lisieux, Patrón universal de las misiones católicas.

LEÓN LOPETEGUI, S. I.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La esperanza cristiana en tiempos de crisis

 LA ESPERANZA CRISTIANA EN TIEMPOS DE CRISIS

Por Gabriel González del Estal

1.- Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Este domingo comenzamos el tiempo de Adviento, un tiempo de esperanza cristiana. Vivir con esperanza cristiana es vivir esperando que Cristo reinará un día en nuestro mundo. Creer que Cristo terminará reinando en nuestro mundo es creer que llegará un día en el que el bien triunfe sobre el mal, la justicia sobre la injusticia, la paz sobre la guerra. Desde el punto de vista litúrgico, el Adviento es el tiempo que los cristianos dedicamos a prepararnos para poder celebrar dignamente el día de Navidad. Pero el Adviento, en general, es más que el Adviento litúrgico, es vivir todos los días de nuestra vida animados por la esperanza de que algún día Dios nacerá entre nosotros y se quedará para siempre con nosotros, de tal manera que podremos vivir aquí en la tierra como auténticos hijos de Dios. Esto, desde nuestra condición de hombres pecadores, es difícil de esperar, y en tiempos de crisis lo es aún más. Porque si miramos a nuestro alrededor, al mundo en el que realmente vivimos, vemos muy pocas señales de que esto vaya a suceder en un futuro cercano. En nuestro mundo de hoy no es Dios el que gobierna, ni en nuestra economía, ni en nuestra convivencia social y política, ni en el ámbito diario de nuestros valores y de nuestros quehaceres habituales. Pero decir que nuestra esperanza cristiana en estos tiempos de crisis es muy difícil de mantener, no es decir que debamos renunciar a ella, sino todo lo contrario. Los hombres que vivían en tiempos de Cristo y que mataron a Cristo no eran mucho mejores que nosotros; también Cristo vivió en un tiempo de crisis: crisis política, crisis social, crisis económica, crisis moral. Y, sin embargo, Cristo luchó hasta el último momento de su vida para que el reino de Dios se hiciera realidad. Él mismo puso en marcha ese reino, el reino de Dios. Nosotros, como discípulos de Cristo, tenemos la obligación de seguir trabajando para que ese reino iniciado por Cristo pueda hacerse realidad también entre nosotros. Así lo esperamos y así se lo pedimos a Dios nuestro Padre en este tiempo de Adviento: que Cristo pueda seguir naciendo y reinando entre nosotros. A pesar de todas las crisis.

2.- Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas. También el profeta Isaías, el gran cantor de la esperanza cristiana en el Antiguo Testamento, nos dijo, en nombre de Dios, que un día será el mismo Dios el que nos instruirá en sus caminos, nos guiará por sus sendas, y ese día podremos hacer de las lanzas podaderas y de las espadas arados. Pero para eso nosotros deberemos dejarnos guiar por su luz, abandonar nuestros oscuros caminos de egoísmo, injusticia y violencia. Y eso que el mismo profeta tuvo que vivir en tiempos de profunda crisis social y política, en medio de continuas guerras con sus consiguientes deportaciones. Los cristianos debemos ser siempre personas de esperanza, porque no esperamos lo que esperamos fiándonos de nuestras propias fuerzas, sino de la fuerza invencible de nuestro Dios. No queremos ser anunciadores de catástrofes y derrotas, sino anunciadores de salvación y de gracia.

3.- Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad… vistiéndonos del Señor Jesucristo. Esta es la finalidad de este tiempo de Adviento, del Adviento litúrgico y del Adviento que es toda nuestra vida misma. En este primer domingo de Adviento comenzamos un camino de purificación interior, para poder llegar al día de Navidad totalmente limpios de pecado y llenos de la gracia de Dios. Para eso, Dios se encarnó en el hombre Jesús de Nazaret, para redimirnos del pecado que está dentro de cada uno de nosotros y enseñarnos la verdadera Verdad y el verdadero Camino para llegar a la verdadera Vida, la vida que está en Dios y es Dios mismo. No desperdiciemos este tiempo de Adviento, encendamos la vela de nuestra esperanza cristiana y caminemos, alegres, al encuentro de nuestro Dios. A pesar de todas las crisis en las que nos está tocando vivir.
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