martes, 3 de septiembre de 2013

San Gregorio Magno, 3 de septiembre

3 de septiembre

SAN GREGORIO MAGNO

(† 604)


San Gregorio Magno vivió un período de profundas convulsiones religiosas y políticas. Nacido hacia 540 en una familia de la nobleza romana, vivió los momentos más bajos de la curva de la caída de Roma y los primeros de una nueva época ascendente. Por ello puede ser considerado como el último romano, con el que se cierra el período de los grandes Padres y literatos de la Iglesia de Occidente, o como el primer hombre medieval que supo concretar en sus obras el espíritu de una nueva edad que se había de alimentar de su moral, ascética y mística hasta San Bernardo, Santo Tomás y Santa Teresa. Precisamente con su nacimiento —en 541— termina la cronología consular, que liquida definitivamente una de las instituciones básicas en la historia de Roma.

La familia de Gregorio era hondamente cristiana. Sus padres, el senador Gordiano y la noble Silvia, están emparentados con los Anicios. El palacio familiar se asienta en las estribaciones del monte Celio, en medio de un mundo lleno de recuerdos de la Roma del Imperio y de la primitiva Roma cristiana. Entre sus antepasados se encuentra el papa Félix III (483-492). La Iglesia venera en los altares a varios miembros de su familia. Su padre se dedicó al fin de su vida al servicio de la Iglesia como regionario. Su madre pasó los últimos años en el monte Aventino, en absoluto retiro. Sus tías Társila y Emiliana consagraron a Dios su virginidad. En las homilías que pronunció durante su pontificado, se complace en recordar el ejemplo de sus santas tías vírgenes. Ambas y sus padres figuran en el catálogo de los santos.

San Gregorio se formó en las escuelas de su tiempo. Por causa de las guerras habían decaído del esplendor logrado siglo y medio antes con Marciano Capella y casi aquellos mismos días con Casiodoro. Cursó derecho. De él quería hacer Justiniano la base necesaria de la unidad religiosa, política y territorial del Imperio. La formación jurídica de San Gregorio es profunda. Su alma severa y equilibrada encontró en ella una magnífica preparación para sus futuras e insoñadas actividades. Su formación literaria es menos brillante. Aún se trata en los centros universitarios de realizar el tipo ideal del orador, siguiendo las preceptivas de Quintiliano, y de Cicerón. En cambio, la formación bilingüe grecolatina ha desaparecido totalmente en el siglo VI. El Santo no llegó a aprender la lengua griega, ni durante su larga estancia en Bizancio. Al terminar la carrera fue nombrado pretor (¿prefecto?) de la urbe. Eran tiempos de inseguridad y de guerras permanentes. Durante su niñez asistió a la entrada de Totila en Roma (546), a la cautividad de los romanos en Campania, a los asaltos de los godos a la ciudad en 549, a los últimos juegos circenses en el Circo Máximo, que Totila, con regia liberalidad, ofreció al pueblo romano al tiempo de despedirse. Gregorio vivió con intensidad la tragedia desgarradora de Italia, arrasada por las invasiones de los lombardos, y de Roma en ruinas. Aún hoy impresionan las descripciones de San Gregorio, de Pablo Diácono y de otros historiadores. "Por todas partes vemos luto —dice el Santo—, por todas oímos gemidos. Las ciudades están saqueadas; los castillos, demolidos, la tierra, reducida a desierto. En los campos no quedan colonos ni en las ciudades se encuentran apenas habitantes... Los azotes de la justicia de Dios no tienen término, porque tantos castigos no bastan a corregir los pecados. Vemos a unos arrastrados a la esclavitud, a otros mutilados, a otros matados... ¡A qué bajo estado ha descendido aquella Roma que otras veces era señora del mundo! Hecha añicos repetidamente y con inmenso dolor, despoblada de ciudadanos, asaltada de enemigos, convertida en un montón de ruinas... ¿Dónde está el senado? ¿Dónde el pueblo?... Ya por ruinas sucesivas vemos destruidos en el suelo los mismos edificios..." Gregorio trabajó con entusiasmo juvenil en su quehacer político. Pero no encontró en sus quehaceres temporales la satisfacción que deseaba. Así comenzó a resonar en su alma la llamada a la vida contemplativa.

Entonces se cruzaron en su camino dos monjes benedictinos, Constancio y Simplicio. Procedían de Montecassino, de la generación inmediatamente posterior a San Benito. La Historia tiene que agradecerles un santo, un papa, un doctor de la Iglesia, el maestro espiritual de la Orden, el discípulo más auténtico de San Benito y uno de los ascetas más importantes de la historia de la espiritualidad. La lucha interior antes de decidirse a entrar en el monasterio, y decir adiós a sus tareas temporales tan queridas fue desgarradora. La describe el mismo Santo en carta a su íntimo amigo San Leandro de Sevilla. "Yo diferí largo tiempo la gracia de la conversión, es decir, de la profesión religiosa, y, aun después que sentí la inspiración de un deseo celeste, yo creía mejor conservar el hábito secular. En este tiempo se me manifestaba en el amor a la eternidad lo que debía buscar, pero las obligaciones contraidas me encadenaban y yo no me resolvía a cambiar de manera de vivir. Y cuando mi espíritu me llevaba ya a no servir al mundo sino en apariencia, muchos cuidados, nacidos de mi solicitud por el mundo, comenzaron a agrandarse poco a poco contra mi bien, hasta el punto de retenerme no sólo por defuera y en apariencia, sino lo que es más grave, por mi espíritu". Al fin un día cambió el vestido de púrpura de gobernante por el humilde saco de monje, según noticia de Gregorio de Tours; convirtió en monasterio su palacio del monte Celio y comenzó su vida monacal. Tres fines buscó el Santo en la vida del claustro: separarse del mundo, mortificar la carne y, finalmente, la alegría de la contemplación. "Me esforzaba —dice en su epistolario— en ver espiritualmente los supremos gozos, y, anhelando la vista de Dios, decía no sólo con mis palabras, sino con la medula de mi corazón: Tibi dixit cor meut: quaesívi vultum tuum, vultum tuum, Domine, requiram. Se dedicó con intensidad al estudio de la Sagrada Biblia, buscando la contemplación y la compunción de corazón. Ambos son sus temas preferidos, los hilos conductores de su ascética y de su mística. No en vano se le llama "doctor de la compunción y de la contemplación". También estudió con interés especial las vidas ejemplares de los monjes de Occidente. De ahí había de salir en el futuro su obra: Diálogos de la vida y milagros de los Padres itálicos. Allí se hizo hombre de oración y forjó su espiritualidad. Sus fórmulas alimentaron a los monjes y eclesiásticos durante muchos siglos.

A los cuatro años de paz monacal, Benedicto I le envió como nuncio (apocrisario) a Constantinopla (578), de donde volvió hacia 586. Octubre de 586 fue un mes de prueba. Lluvias torrenciales. Las aguas del Tíber alcanzaron en algunos puntos más altura que las murallas. Personas ahogadas, palacios destruidos, los graneros de la Iglesia inundados, hambre y, finalmente, la peste. Una epidemia de peste inguinar se extendió por Roma, superpoblada de refugiados de los avances lombardos. Una de las primeras víctimas de la peste fue el papa Pelagio II. Ante aquel espectáculo, clero, senado y pueblo reunidos eligieron Papa a San Gregorio. De este modo quedó Gregorio arrancado definitivamente de la soledad que buscara en el monasterio. "Mi dolor es tan grande, escribe a un amigo de Constantinopla, que apenas puedo expresarlo. Triste es todo lo que veo y todo lo que se cree consolador resulta lamentable en mi corazón". El primer Papa monje llevó su concepción monacal a la espiritualidad, a la liturgia, al pontificado.

Al principio de su pontificado publicó la Regula Pastoralis, que llegó a ser durante la Edad Media el código de los obispos, lo mismo que la regla de San Benito era el código de los monjes. Gregorio es, ante todo, el pastor bueno de su grey, es decir, de Roma y de toda la cristiandad. Importa, dice en uno de los párrafos de la Regla Pastoral, que el pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes. Que la ocupación de las cosas exteriores no disminuya el cuidado de las interiores y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores".

Este fue el programa de su actuación. San Gregorio es un genio práctico, un romano de acción. Para él, gobernar es el destino más alto de un hombre, y el gobierno espiritual es el arte de las artes (ars artium regimen animarum). Su solicitud pastoral llegó a todas las iglesias: España, Galia, Inglaterra, Armenia, el Oriente, toda Italia, especialmente las diez provincias dependientes de la metrópoli romana. Fue incansable restaurador de la disciplina canónica. En su tiempo se convirtió Inglaterra y los visigodos abjuraron el arrianismo. El renovó el culto y la liturgia con los famosos Sacramentario y Antifonario gregorianos, reorganizó la caridad en la Iglesia, administró en justicia el patrimonium Petri. Sus obras teológicas y su autoridad fue indiscutida hasta la llegada del protestantismo. En el siglo pasado y a principio del actual ha sido objeto de profundos estudios de crítica racionalista. En nuestros días es largamente estudiado por la historiografía católica. Dio al Pontificado un gran prestigio como San León Magno o el papa Gelasio. Su voz era buscada y escuchada en toda la cristiandad. Su obra fue curar, socorrer, ayudar, enseñar, cicatrizar las llagas sangrantes de una sociedad en ruinas. No tuvo que luchar con desviaciones dogmáticas, sino con la desesperación de los pueblos vencidos y la soberbia de los vencedores. Cuando los cónsules habían desaparecido, su epitafio resume su gloria llamándole "cónsul de Dios".

Como obispo de Roma su primera preocupación fue llevar al pueblo a las prácticas de la fe. Repristinó con renovado fervor la interrumpida costumbre de las estaciones. A ellas se deben las Cuarenta homilías sobre los Evangelios. Veinte las pronunció él mismo; las otras las leían en su presencia clérigos de su séquito, cuando sus agudos dolores de estómago le impedían predicar. Gregorio fomenta las prácticas de piedad, las buenas obras, las devociones populares, el culto a las reliquias, la doctrina de los novísimos. Presenta el ideal de la vida cristiana en toda su integridad. A la vez renueva el culto. Introduce una serie de reformas en la liturgia que ha hecho famoso el Sacramentario gregoriano. Mandó se dijese alleluia fuera del tiempo de Pentecostés; que se cantase el kyrie eleison; que el Pater noster se recitase después del canon... Se le criticó repetidamente de querer bizantinar la liturgia romana.

La reforma que más fama le ha dado es la del llamado canto gregoriano. Gregorio restauró y renovó la Schola cantorum y compiló el antifonario llamado en su honor gregoriano. La Schola llegó a ser un centro superior de cultura musical, y seminario del clero romano. La obra de San Gregorio se realizó por medio de los músicos profesionales de la Schola cantorum. No fue él un creador, pero su obra fue esencial y el éxito es inexplicable sin su espíritu renovador y su autoridad. Gracias a él se aunaron los diversos cantos en una sola liturgia, que poco a poco triunfó de los otros ritos y se impuso como universal expresión religiosa. Con su colección de cantos recogida en el Antifonario gregoriano fue el verdadero ordenador y restaurador del canto eclesiástico, en un momento crítico de la historia de Europa. Al llegar el siglo XI, el proceso de unificación musical estaba completo, salvo raras excepciones como la ambrosiana y visigoda. Europa tuvo un canto eclesiástico común, gracias principalmente a San Gregorio.

La acción del Santo se extendía a Italia, de la que era metropolitano, a Occidente, del que era patriarca, y a la Iglesia universal, de la que era primado. Su epistolario consta de 859 cartas. Por él desfilan toda clase de personas y en él se tocan multitud de asuntos canónicos y administrativos con un sentido de humanidad, justicia, defensa de los humildes, prudencia de gobierno espiritual y material extraordinario. Su estilo es sencillo, llano de conversación hablada, lleno de frescor. Gracias a las cartas, el pontificado del Santo es uno de los mejor conocidos de la antigüedad.

España fue una de las provincias más tranquilas del patriarcado de Occidente durante el pontificado de San Gregorio. Dominados los suevos y vascones y reducido a su mínima expresión el territorio bizantino, Leovigildo casi había conseguido la unidad política. Faltaba la religiosa. El rey quiso realizarla en el arrianismo. Gregorio conoció en Constantinopla la rebelión de Hermenegildo por las informaciones confidenciales de su amigo San Leandro. En el libro de Los diálogos (libro III, cap. 31) narra con amor la gloria y desventura del príncipe Hermenegildo, su derrota, encarcelamiento y martirio (año 586). Los acontecimientos se precipitaron después de la muerte del príncipe: muerte de Leovigildo, conversión de Recaredo (587), concilio tercero de Toledo y conversión oficial del pueblo visigodo. Los pueblos latino y visigodo se unieron estrechamente. Ello hizo posible aquella pequeña edad de oro de nuestra cultura. Aquellos extraordinarios acontecimientos hicieron exclamar a los obispos españoles al terminar su profesión de fe a los reyes: "Gloria a nuestro Señor Jesucristo que ha acogido en la unidad de la verdadera fe a este pueblo privilegiado de los godos y que ha establecido en el mundo un solo rebaño bajo un solo pastor". San Leandro envió largo informe al Papa. San Gregorio contestó con otra carta exultante de gozo: "No puedo expresar con palabras la alegría experimentada por mí, porque el gloriosísimo rey Recaredo, nuestro hijo común, ha pasado a la Iglesia católica con sincera devoción. Por el modo con que me habláis de él en vuestras cartas, me obligáis a amarlo sin aún conocerlo".

Su acción pastoral se extendió a Africa, a Francia, pero acaso la página más gloriosa del pontificado del Santo, en el aspecto misionero, sea la conversión de Inglaterra. La conversión de los anglosajones constituye un acontecimiento inesperado, casi increíble, por su rapidez. He aquí los hitos de una película: Año 590, asciende San Gregorio al Pontificado. 595: el Papa encomienda al presbítero Cándido comprar esclavos anglosajones de diecisiete a dieciocho años para educarlos en un monasterio cerca de Roma. Su ilusión es hacer "ángeles de los anglos". 596: el rey de los anglosajones, Etelberto, casa con la princesa católica Berta. Sale camino de Inglaterra un grupo de misioneros del convento de San Andrés de Roma. Es el responsable del grupo Agustín. Desanimados los misioneros, reciben en Lerins una carta del Pontífice: "Porque hubiera sido mejor no comenzar una obra buena que retirarse después de haberla comenzado, es necesario, amadísimos hijos, que terminéis, con el favor de Dios, la obra buena emprendida. No os atemoricen las fatigas del viaje ni la lengua de los hombres maldicientes, sino continuad con toda solicitud y fervor lo que por inspiración de Dios comenzasteis, sabiendo que a las grandes empresas está reservada la gloria de la eterna retribución... Obedeced humildemente a vuestro prepósito Agustín... El omnipotente Dios os proteja con su gracia y me conceda ver en la patria eterna el fruto de vuestras fatigas. Que si no puedo ir a trabajar junto con vosotros como es grande mi deseo, me encontraré partícipe con vosotros del gozo de la retribución. Dios os custodie incólumes, hijos míos queridísimos". Como la dificultad mayor era la lengua, Gregorio les proveyó de intérpretes. junio de 597: Es bautizado el rey. Navidad de 597: Agustín bautiza más de 10.000 anglosajones. Gregorio envía nuevos refuerzos de misioneros y traza las líneas generales de la jerarquía católica en Inglaterra.

Cómo escritor, San Gregorio es el más fecundo de los papas medievales y uno de los cuatro doctores de la Iglesia occidental, con San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo, Los tres primeros son casi contemporáneos. Pertenecen a aquella generación extraordinaria que dio también los grandes doctores a la Iglesia del Oriente. El cuarto de los doctores occidentales, San Gregorio, vivió casi dos siglos más tarde. Fue un hombre más bien de acción. Escribió obras de carácter ascético y moral, que hicieron de él doctor de la vida contemplativa y de la compunción en toda la Edad Media. Una obra suya, el Comentario a los libros de Job, fue llamado por antonomasia Los Morales o Libro de los Morales. Fue el gran moralista de la Edad Media. Su actividad literaria se desarrolla desde el tiempo de su nunciatura en Constantinopla hasta su muerte (582-604) y está constituida por el Registrum epistolarum, Los Morales, La regla pastoral, Las XL homilías sobre los Evangelios, Las XXII homilías sobre Ezequiel, Los cuatro libros de los Diálogos y su intervención en el Sacramentario y Antifonario de su nombre. Sus obras ocupan cuatro volúmenes en la Patrología latina de Migne. Gracias a sus obras y a su actuación pastoral, la cristiandad sacral pensó, obró y cantó al unísono. 

MELQUÍADES ANDRÉS

lunes, 2 de septiembre de 2013

Dios mismo llama a las puertas de la voluntad de María




Dios mismo llama a las puertas de la voluntad de María

Santa Catalina de Siena



"Tú, oh María, eres como un libro en el que se halla descrito nuestro modo de obrar. En ti se halla descrita la sabiduría del Padre eterno y en ti se manifiesta hoy la dignidad, la fortaleza y la libertad del hombre. Si considero tu inmensa determinación, oh Trinidad eterna, veo que en tu luz tuviste en cuenta la dignidad y nobleza de la familia humana. Efectivamente, igual que tu amor te obligó a producir desde ti mismo al hombre, así este mismo amor te obligó a redimirlo cuando ya estaba vendido y perdido. Bien demostraste amar ya al hombre, incluso antes de que existiese, cuando quisiste sacarlo de ti mismo movido sólo por amor. Pero aún demostraste un amor hacia él todavía mayor cuando te diste a ti mismo a él y hoy te encierras en el envoltorio humilde de su humanidad. ¿Y qué más podías darle que darte a ti mismo? Verdaderamente puedes decirle: ¿Qué más cabía hacer por ti? — incluso: ¿qué más «podía » hacer que yo no lo haya hecho? (Is 5, 4).

Por tanto compruebo que todo lo que en tu grande determinación vio tu sabiduría eterna que debía hacerse en orden a la salvación del género humano, esto fue lo que tu clemencia inefable quiso hacer y lo que tu poder hoy realizó.

¿Qué has hecho? ¿Qué determinaste en tu sabiduría eterna e incomprensible de modo que cumpliendo tu decisión a la vez fuese obra de misericordia y de modo tan perfecto cumplieras con tu justicia? (Tt 3, 5) ¿Cuál es el remedio que nos has dado? Este es el remedio oportuno: has dispuesto darnos a tu Palabra unigénita para que tomando ella la masa de nuestra humanidad, que te había ofendido, sufriendo después ella misma, diera así satisfacción a tu justicia no por la fuerza de la humanidad sino de la divinidad unida a la misma humanidad. De este modo satisface a la justicia el mismo hombre que había pecado y tu designio se cumple cuando por tu misericordia das al hombre tu Unigénito para que así el hombre pueda librarse de la culpa satisfaciendo por la fuerza de su divinidad.

Oh María, veo que la Palabra se da en ti, y, sin embargo, no se separa de su Padre, como la palabra en la mente del hombre, que si bien se pronuncia externamente y se comunica a otros, sin embargo, no abandona o se separa del corazón. Por todo ello se ve la dignidad del hombre, ya que por él has hecho tantas y tan grandes cosas.

También en ti, oh María, se manifesta hoy, la fortaleza y la libertad del hombre. Después de la deliberación de tan gran designio fue enviado a ti el ángel y te anuncia el mensaje de la divina decisión, pidiendo tu consentimiento; y el Hijo de Dios no baja a tu seno antes de que tú dieras el consentimiento de tu voluntad. Estaba esperando a las puertas de tu voluntad para que abrieras al que quería venir a ti; nunca hubiera entrado mientras tú no abrieras la puerta al decir: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra. (Lc 1, 38) Golpeaba a tu puerta, oh María, la eterna Deidad, pero si no hubieras abierto las puertas de tu voluntad, Dios no hubiera tomado carne humana.

Sonrójate, alma mía: pues ves cómo hoy Dios contrajo e hizo parentela con María. Aunque has sido creada sin tu participación, no serás salvada sin tu participación.

Oh María, dulce amor mío, en ti está escrita la Palabra de la que recibimos la doctrina de la vida; tù eres la tablilla en la que está grabada esta Palabra y tú nos ofreces su doctrina".

De las Oraciones de santa Catalina de Siena, virgen y doctora (OR, XI, Anunciación 1379; ed. G. Cavallini, Roma 1978, pp. 123-129)

Santo Evangelio 2 de Septiembre de 2013

Día litúrgico: Lunes XXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 4,16-30): En aquel tiempo, Jesús se fue a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?». Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio». 

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.
Fotografía

Comentario: Rev. D. David AMADO i Fernández (Barcelona, España)
Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír

Hoy, «se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Con estas palabras, Jesús comenta en la sinagoga de Nazaret un texto del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido» (Lc 4,18). Estas palabras tienen un sentido que sobrepasa el concreto momento histórico en que fueron pronunciadas. El Espíritu Santo habita en plenitud en Jesucristo, y es Él quien lo envía a los creyentes.

Pero, además, todas las palabras del Evangelio tienen una actualidad eterna. Son eternas porque han sido pronunciadas por el Eterno, y son actuales porque Dios hace que se cumplan en todos los tiempos. Cuando escuchamos la Palabra de Dios, hemos de recibirla no como un discurso humano, sino como una Palabra que tiene un poder transformador en nosotros. Dios no habla a nuestros oídos, sino a nuestro corazón. Todo lo que dice está profundamente lleno de sentido y de amor. La Palabra de Dios es una fuente inextinguible de vida: «Es más lo que dejamos que lo que captamos, tal como ocurre con los sedientos que beben en una fuente» (San Efrén). Sus palabras salen del corazón de Dios. Y, de ese corazón, del seno de la Trinidad, vino Jesús —la Palabra del Padre— a los hombres.

Por eso, cada día, cuando escuchamos el Evangelio, hemos de poder decir como María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38); a lo que Dios nos responderá: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Ahora bien, para que la Palabra sea eficaz en nosotros hay que desprenderse de todo prejuicio. Los contemporáneos de Jesús no le comprendieron, porque lo miraban sólo con ojos humanos: «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22). Veían la humanidad de Cristo, pero no advirtieron su divinidad. Siempre que escuchemos la Palabra de Dios, más allá del estilo literario, de la belleza de las expresiones o de la singularidad de la situación, hemos de saber que es Dios quien nos habla.

San Antolín, Mártir, 2 de Septiembre

San Antonino o Antolín, de Pamiers, Mártir
Septiembre 2



El patrono de los cazadores españoles y de la ciudad de Palencia fue un joven que anduvo entre dos frentes: el de la lucha y la soledad.

Había nacido en la parte sur de Francia, en Narbona cuando mediaba el siglo III de nuestra era.

Como era un espíritu aventurero, se marchó pronto a Italia. En la ciudad de Palermo lo ordenaron de sacerdote, debido a su predicación y a sus dotes, entre las cuales se destacaba la santidad de vida personal y su irradiación a los demás.

Los cristianos cultos y también los sencillos supieron recoger los datos fundamentales de la vida de estos santos mártires. Gracias a ellos hoy podemos mencionarlos y tributarles nuestra devoción más sentida.

En Palermo estuvo nada menos que 18 años trabajando por el reino de Dios mediante el anuncio del Evangelio.

Por razones personales volvió a Francia. Y en ese tiempo reinaba en esta región, perteneciente a Toulouse, su tío Teodorico.

Una vez que se enteró de que su sobrino era cristiano, lo mandó prender y durante siete días no le dio alimento ni nada. Sin embargo, un amigo suyo – para algo sirven los auténticos amigos -, le ayudó a escondidas. Así pudo soportar el hambre a la que le sometió el pagano gobernante.

Le sobrevino la muerte a su tío. Entonces quedó libre. Buscó la soledad de un bosque cercano para vivir en paz, oración y tranquilidad, y alejado del mundanal ruido.

Galacio, nombre del que sucedió a su tío en el reino, era también de armas tomar. 

Siguiendo la conducta de su antecesor, lo metió de nuevo en la cárcel. Esta vez no estaba ya solo. Un buen grupo de amigos, convertidos al cristianismo, lo acompañaron para sufrir el martirio por la fe en el Señor.

Sus cuerpos se arrojaron al río Aregia.
Se cuenta que el rey Sancho de Navarra, muy aficionado a la caza, fue a una cacería de ciervos. Y andando se encontró con una cueva. Vio un animal e intentó matarlo, pero su mano quedó paralizada. Esta cueva se mantiene en la cripta de la catedral de Palencia. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

Dios Niño dormía seguro en brazos de María



Dios Niño dormía seguro en brazos de María

Padre Mariano de Blas. L.C

Salí por los caminos del mundo
buscando un ser que me quisiera mucho,
que me quisiera más que nadie.
Lo encontré en una cueva:
Era un Niño pequeño,
eras Tú, mi Señor.
Tú eres mi amor largamente soñado,
mi amor eterno, mi grande y único amor.
Dejé a la puerta del portal todas mis cosas,
dejé mis riquezas, dejé mis otros amores.
Me pasé sin nada y entré en la cueva.
Lo tomé en los brazos, lo único que quiero tener:
mi Dios y mi todo.
Tú me has amado, Niño Dios,
como nadie.
Tú has apostado por mí todo.
Tú mismo te has ofrecido.
Hoy he comprendido cuánto me quieres.
Yo, que tantas veces he dudado,
ya no dudo.
Yo, que tantas veces te he traicionado,
ya no más.
Yo, que mil veces me siento infeliz,
turbado, angustiado... nunca más.
Tú eres mi respuesta.
Tú eres la luz que ilumina mi senda.
Tú eres desde hoy la alegría de mi corazón.
Tú siempre estarás conmigo.
Yo también quiero.
Tú me pides que sea santo.
Te lo prometo.
Tú me quieres un apóstol, un hombre del Reino,
Aquí estoy.
La vida que repartí entre tantas criaturas,
hoy es toda tuya.
Ya no lloro, ya no temo al futuro.
Tú eres mi espléndido futuro.
Desde que bajaste a la tierra,
hiciste de la vida una aventura apasionante.
Y voy a hacer de mi vida
una aventura apasionante.
Al decirte que te quiero como a nadie,
te digo que quiero con la misma fuerza tus amores.
Quiero a tu Padre, porque Tú me lo has dado.
Quiero a tu Madre, que ya no es solo tuya,
es mía también.
Quiero a las almas, porque son tuyas y son mías,
Porque diste por ellas un precio muy alto.
Si obras son amores,
muy grande debe ser tu amor por ellas.
Hoy entro en tu cueva.
Quiero arrodillarme junto a ti,
a reparar lo que ha sido mi vida: tu pesebre,
tus pajas hieren la carne muelle de mi sensualidad.
Tu amor ame golpea.
Tu amor me pone de rodillas.
¡Gracias, Amor!
¡Gracias, Jesús!


Madre de Dios y Madre del hombre

Júbilo eterno nació en su corazón
desde que supo que era la elegida
para Madre de Dios.

Dios en su seno durante nueve meses.
Ninguna madre ha gustado la felicidad
de ser madre tan profundamente,
tan tiernamente como la Madre de Jesús.
Dios en sus brazos, alimentándose de Ella,
dormido dulcemente junto a Ella,
prestándole el calor de su cuerpo
y la seguridad de una madre.

Dios Niño dormía seguro en sus brazos.
Dios de la mano de María, Dios caminando
no ya entre las estrellas y rodeado de los ángeles, de la mano de su Madre, pequeñito,
por las calles de Nazaret.

El hijo de María, tan guapo como Ella
tan igual a Ella, tan hijo de Ella,
cogido de su mano.

Un día, al querer tomar la mano de Jesús,
sintió un dolor en su mano, un dolor en sus ojos, un dolor en su corazón.

Dirigió sus ojos de cielo a la mano que le hería, a aquel niño malo, vestido de harapos,
descalzo, enfermo y herido.

“Ahí tienes a tu hijo, mujer”.
Y besó a aquel niño malo en la frente,
diciéndole con ternura celestial: “Hijo mío”.
Ese niño era yo...

No pudiste ofrecerle nada material: unas pajas, un pesebre, unos pañalitos. 
Jesús no te pidió nada de eso. Tu amor le arropaba como la mejor cobija; tu pureza le hacía sentirse alimentado como el manjar más sabroso. Jesús nació con más amor, con más ternura y cariño que ningún otro niño. 

Dios te lo agradece infinitamente, María.
-No tengo nada que ofrecerte
-No puedes ofrecerme nada mejor. Esas pajas, pañalitos y pesebre son mejores que a las cunas, los vestidos, los palacios de los niños ricos.

El regalo más grande de María a nosotros es Jesús. Podemos quedarnos sin nada de la tierra, y lo tenemos todo con Jesús. Quien a Jesús tiene, nada la falta.

Pensar que ese maravilloso don quiso dárnoslo el Padre por ti, a través de tus manos, de tu cuerpo, a través de tu corazón. ¡Gracias, María; ¡Gracias, Jesús, por habernos dado el regalo más grande, precioso y totalmente inmerecido!

El regalo más grande que podemos dar a los demás es Jesús por medio de María. El regalo no se achica, porque se le distribuya a más personas, Jesús puede ser de todos y quiere ser de todos, y Jesús todo entero es de cada uno.

María presentó a Jesús a los pastores; a cada uno le dijo: Aquí tienes a mi hijo, es todo tuyo. Y cada uno de nosotros nos lo ha presentado de igual forma; ahí tienes a Jesús; es todo tuyo y para siempre. Y ¿qué hago yo con Jesús? ¿Qué han hecho otros? Conocerlo hasta el éxtasis; amarlo con todo su corazón, toda su alma, toda su mente y todas sus fuerzas. Predicarlo a todos; darlo a conocer a todos,

Jesús es alimento, Jesús es vida, es camino, es felicidad sin fin. No sabremos hasta el cielo qué regalo nos han dado. Perderlo es perderse eternamente, es quedar aniquilado, sin nada. Con Jesús eres rico, feliz, realizado. Sin Jesús eres un desgraciado sin nombre.

A veces se hace mucha teoría sobre el apostolado. Pero consiste sencillamente en dar a Jesús al hermano para que sea, para que se realice, para que alcance la felicidad sin fin.

Santo Evangelio 1 de Septiembre de 2013



Día litúrgico: Domingo XXII (C) del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 14,1.7-14): Un sábado, habiendo ido a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado». 

Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos».



Comentario: Rev. D. Enric PRAT i Jordana (Sort, Lleida, España)
Los invitados elegían los primeros puestos

Hoy, Jesús nos da una lección magistral: no busquéis el primer lugar: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto» (Lc 14,8). Jesucristo sabe que nos gusta ponernos en el primer lugar: en los actos públicos, en las tertulias, en casa, en la mesa... Él conoce nuestra tendencia a sobrevalorarnos por vanidad, o todavía peor, por orgullo mal disimulado. ¡Estemos prevenidos con los honores!, ya que «el corazón queda encadenado allí donde encuentra posibilidad de fruición» (San León Magno).

¿Quién nos ha dicho, en efecto, que no hay colegas con más méritos o con más categoría personal? No se trata, pues, del hecho esporádico, sino de la actitud asumida de tenernos por más listos, los más importantes, los más cargados de méritos, los que tenemos más razón; pretensión que supone una visión estrecha sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea. De hecho, Jesús nos invita a la práctica de la humildad perfecta, que consiste en no juzgarnos ni juzgar a los demás, y a tomar conciencia de nuestra insignificancia individual en el concierto global del cosmos y de la vida.

Entonces, el Señor, nos propone que, por precaución, elijamos el último sitio, porque, si bien desconocemos la realidad íntima de los otros, sabemos muy bien que nosotros somos irrelevantes en el gran espectáculo del universo. Por tanto, situarnos en el último lugar es ir a lo seguro. No fuera caso que el Señor, que nos conoce a todos desde nuestras intimidades, nos tuviese que decir: «‘Deja el sitio a éste’, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto» (Lc 14,9).

En la misma línea de pensamiento, el Maestro nos invita a ponernos con toda humildad al lado de los preferidos de Dios: pobres, inválidos, cojos y ciegos, y a igualarnos con ellos hasta encontrarnos en medio de quienes Dios ama con especial ternura, y a superar toda repugnancia y vergüenza por compartir mesa y amistad con ellos.

San Gedeón, Juez de Israel 1 de Septiembre


1 de Septiembre

SAN GEDEÓN

Juez de Israel


Los episodios de] sagrado libro de los Jueces, "cuando no había rey en Israel y cada cual obraba conforme a su albedrío", parecen todos calcados sobre este sencillo esquema: Pecaba Israel y le castigaba Dios; Israel se arrepentía y Dios le perdonaba, levantando el castigo. El pecado era la idolatría, y el castigo, la opresión de Israel por las gentes de Canaán y sus alrededores. Movido, al fin, el Señor por la penitencia de su pueblo elegido, "le proporcionaba libertadores —llamados jueces— que le sacasen de las manos de sus opresores y le librasen de tan dura servidumbre".

 Uno de tales jueces o libertadores, a continuación de Barac y Débora la profetisa, allá por los años de 1240 antes de la era cristiana —sin que la fecha pueda tenerse por rigurosamente exacta—, fue Gedeón, hijo de Joás, de la familia (clan, dicen los modernos) o tronco de Abiezer, de la tribu de Manasés. Acomodada primero esta familia en la región de Galaad (hoy el reino hachemita de Jordania) al otro lado del Jordán, emigró después, y pasando el río, vino a residir en Efra u Ofra (hoy Et-Taiyibe), a unos doce kilómetros de Beisán, muy cerca de Naím y Endor, al lado del monte llamado Pequeño Hermón.

 En Efra, donde su solar paterno era uno de los principales, si no el principal, nació Gedeón, que significa "cortador". Llamósele también Yerubbaal, Yerubbescheth y Yerubboscheth, como destructor del ídolo ignominioso de Baal y cortador de su bosque. San Agustín y Procopio de Gaza insinúan que fue jiliarjos = capitán o jefe de mil soldados, fundándose en la palabra hebrea "elef" que, sin embargo, en este caso no significa millar sino familia, o estirpe.

 Vimos al principio la situación tan lamentable social, política y religiosa del pueblo hebreo en tiempo de Gedeón. No era mejor la exterior, muy semejante a la que hoy atraviesa el nuevo Estado de Israel cercado por todas partes de naciones árabes que le odian a muerte y, si posible les fuera, le borrarían del mapa. "Pecaron nuevamente —dice el sagrado texto— los hijos de Israel delante del Señor, el cual los entregó en manos de los madianitas por siete años; quienes de tal manera los oprimieron, que los israelitas se vieron obligados a poner su morada en las grutas naturales de los montes, en cuevas artificiales y hasta en ruinas de antiguos castillos."

 El hecho central y culminante de la historia de Gedeón es precisamente la victoria conseguida contra estos madianitas por un medio del todo inadecuado para tan resonante y decisivo triunfo militar. Sabido es cómo en la Edad Media había entre nuestras villas y ciudades comunidad de pastos, que permitían apacentar los rebaños mucho más lejos del propio territorio o jurisdicción municipal; cosa parecida ocurre hoy entre las tribus beduinas, a ratos nómadas, del Oriente; el terreno de cada clan es inviolable y se guardarán muy bien de penetrar los demás en él en plan de dominio; otra cosa es, sin embargo, tratándose del pastoreo, pues se mezclan unas tribus con otras, aunque a veces se sirvan de este derecho para invadir en son de guerra el ajeno territorio.

 Las tribus nómadas contemporáneas y vecinas de Gedeón, so pretexto de apacentar los rebaños, pasaron el río Jordán y en plan de conquista acamparon en la planicie de Jezrael (hoy Zerajin) en la extremidad oriental de la extensa y rica llanura de Esdrelón. Planeóse el ataque colocándose Madián al norte, Amalec al sur y los "Beni Qedem" = Hijos del Oriente, agrupación de diversas tribus nómadas, al este. Del número e importancia de esta invasión nos persuaden estos datos bíblicos: "Cuando venía la sementera, se presentaban los madianitas, los amalecitas y otros pueblos orientales... y no dejaban a los israelitas nada de lo necesario para la vida, ni ovejas, ni bueyes, ni asnos, desolándolo todo por donde pasaban... Es de advertir que las tiendas de campaña henchían el valle de Jezrael como espesa plaga de langostas y sus camellos eran innumerables como las arenas de las orillas del mar". Dos reyes, Zebee y Salmana, y dos príncipes, Orez y Zeb, capitaneaban aquel ejército que, a juzgar por las cifras bíblicas, se componía de 135.000 hombres. Era ya el séptimo año de invasión.

 Obediente Gedeón a la voz de Dios convocó a toda la cognación de Abiezer y a las tribus de Israel que tenía más cerca. Resonó en los montes el clarín de guerra y los emisarios esparcidos por todas partes intimaron órdenes de concentración. Reuniéronse 32.000 hombres de Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí. Hubo Gedeón, indudablemente, de justificar su jefatura recordando primero la reprensión general hecha en nombre de Dios por aquel "varón profeta", que aparece sin saber dónde, ni cuándo; refiriendo después la visita del "ángel del Señor" que le ordenó ponerse al frente del ejército y probó su misión quemando con su báculo (presentóse como caminante) la oblación preparada; participando, finalmente, la íntima y continua comunicación con la que Dios le favorecía, mandándole destruir el altar de Baal, accediendo a la prueba del rocío y el vellocino, y revelándole la victoria por el diálogo de los centinelas madianitas escuchado por Gedeón y su criado Fara.

 Nuevamente habló Dios a Gedeón para decirle que no quería que Israel le disputase la gloria del triunfo a causa del número, y así, hecha la primera prueba, abandonaron las filas 12.000 soldados, practicada la segunda, consistente en el modo de beber (en pie o arrodillados) en la fuente de Harad (hoy Ain-Djalud, en la montaña de Gelboé), quedaron sólo 300, quienes en tres grupos y armados de bocinas en la diestra y de ollas con teas encendidas dentro en la izquierda, irrumpieron de noche por tres sitios diferentes en el campamento y rompiendo las vasijas, sonando las trompetas y gritando: "Espada del Señor y de Gedeón", sembraron la confusión entre los orientales, haciendo que se matasen unos a otros y huyendo los demás. Cortando a éstos los de Efraím el paso del Jordán, completaron la gesta,

 Disfrutó Israel de paz cuarenta años y sirvió a Dios toda la vida de Gedeón, quien murió y fue puesto en el sepulcro de su padre Joás en Efra, a donde se había retirado. Con el oro cogido al enemigo había fabricado un efod, o monumento conmemorativo, causa ocasional de prevaricación de Israel, después de su muerte, por lo que va Gedeón envuelto en la acusación bíblica como causa remota, aunque involuntaria. Respecto a la poligamia (tuvo 70 hijos de varias mujeres), ni es caso único en los santos del Antiguo Testamento, ni la ley evangélica estaba en vigor.

 Completamos esta biografía, proclamando la santidad de Gedeón. "Loados sean también los Jueces, cada uno por su nombre —exclama el Eclesiástico—, cuyo corazón no fue pervertido, porque no se apartaron del Señor; a fin de que sea bendita su memoria y reverdezcan sus huesos allí donde reposan y dure para siempre su nombre y pase a sus hijos con la gloria de aquellos santos varones".

 "¿Y qué más diré todavía? —añade San Pablo a los Hebreos—: El tiempo me faltará, si me pongo a contar de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, de Samuel y de los Profetas; los cuales por la fe conquistaron reinos, ejercitaron la justicia y alcanzaron las promesas."

 La Iglesia, en una epístola del Común de muchos Mártires, llama Santos a los citados por el Apóstol en dicho texto y ha colocado a Gedeón en el martirologio Romano al día 1 de septiembre, figurando su nombre en casi todos los demás martirológios, dándosele en algunos el título de profeta.

 Califícanle varios Santos Padres de varón justo, amado de Dios, santo, santísimo y le presentan como figura o tipo de Jesucristo.

 Finalmente, aunque la frase que usa la Sagrada Escritura para referirnos su muerte —"murió en buena vejez"— signifique de suyo una edad avanzada, fundándose los exégetas en que también se aplica a otros varones conspicuos (Abrahán, David), la entienden asimismo de la salud, de la tranquilidad, de la fama, de la autoridad, de los méritos y virtudes, de la buena conciencia, de la amistad con Dios, en una palabra, de la santidad.

 JULIÁN CANTERA ORIVE



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