martes, 18 de agosto de 2026

Santo Evangelio 18 de agosto 2026

 



 Texto del Evangelio (Mt 19,23-30):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos». Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible».

Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?». Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».



«Un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos... Entonces, ¿quién se podrá salvar?»


Rev. D. Fernando PERALES i Madueño

(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy contemplamos la reacción que suscitó entre los oyentes el diálogo del joven rico con Jesús: «¿Quién se podrá salvar?» (Mt 19,25). Las palabras del Señor dirigidas al joven rico son manifiestamente duras, pretenden sorprender, despertar nuestras somnolencias. No se trata de palabras aisladas, accidentales en el Evangelio: veinte veces repite este tipo de mensaje. Lo debemos recordar: Jesús advierte contra los obstáculos que suponen las riquezas, para entrar en la vida...

Y, sin embargo, Jesús amó y llamó a hombres ricos, sin exigirles que abandonaran sus responsabilidades. La riqueza en sí misma no es mala, sino su origen si fue injustamente adquirida, o su destino, si se utiliza egoístamente sin tener en cuenta a los más desfavorecidos, si cierra el corazón a los verdaderos valores espirituales (donde no hay necesidad de Dios).

«¿Quién se podrá salvar?». Jesús responde: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26). —Señor, Tú conoces bien las habilidades de los hombres para atenuar tu Palabra. Tengo que decírtelo, ¡Señor, ayúdame! Convierte mi corazón.

Después de marchar el joven rico, entristecido por su apego a sus riquezas, Pedro tomó la palabra y dijo: —Concede, Señor, a tu Iglesia, a tus Apóstoles ser capaces de dejarlo todo por Ti.

«En la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria...» (Mt 19,28). Tu pensamiento se dirige a ese “día”, hacia ese futuro. Tú eres un hombre con tendencia hacia el fin del mundo, hacia la plenitud del hombre. En ese tiempo, Señor, todo será nuevo, renovado, bello.

Jesucristo nos dice: —Vosotros, que lo habéis dejado todo por el Reino, os sentaréis con el Hijo del Hombre... Recibiréis el ciento por uno de lo que habéis dejado... Y heredaréis la vida eterna... (cf. Mt 19,28-29).

El futuro que Tú prometes a los tuyos, a los que te han seguido renunciando a todos los obstáculos... es un futuro feliz, es la abundancia de la vida, es la plenitud divina.

—Gracias, Señor. ¡Condúceme hasta ese día!


Madre de Misericordia.....Ruega por nosotros

 


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Aprende a escuchar

 



 Aprenda a escuchar

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


Hay muchas barreras que impiden a los seres humanos entablar una comunicación adecuada y un encuentro más profundo con sus semejantes. Una de estas barreras es no querer o saber escuchar. 

Dice la Palabra de Dios que nuestra Madre, María Santísima, escuchaba la voz de su Señor y guardaba todas las cosas en su corazón. ¡Qué pocas personas en verdad se atreven a guardar silencio y paz en su corazón! La persona que aprende a escuchar medita y profundiza lo que Dios le dice, crece en su interior, se convierte en un gigante en conocimientos y es la que puede llegar a ser sabia. Los discípulos de Jesús llegaron a ser grandes maestros y predicadores, porque primero fueron seguidores de Cristo y lo supieron escuchar. 

El que escucha ama en silencio y se hace parte de la otra persona. Guarda en su corazón un recinto sagrado donde invita a esa persona con quien quiere comunicarse a reposar con él y allí, interiormente en su alma, lo atiende. El que escucha se convierte en un hombre de paz. El que aprende a escuchar aprende también a respetar la presencia de la otra persona. 

El que escucha en el diálogo a su prójimo, sea su hermano, su esposo o esposa, sus hijos o sus amigos, se hace más humano. Esa persona llega a amar más, porque comprende y conoce mejor a los demás. Cuando le toca hablar sabe bien lo que dice; porque primero escucha, medita en su corazón y luego expresa sus pensamientos y sentimientos. Una manera de hacer amigos de verdad consiste simplemente en saber escuchar. Cuando el amor matrimonial se está resquebrajando, muchas veces la causa es que no se están escuchando mutuamente. 

Una cosa es oír y otra muy distinta es escuchar. El que escucha de verdad en alguna forma está amando, colocando al otro en el sitial que le corresponde como ser humano e hijo de Dios. Escuchar no significa tener que estar siempre de acuerdo con la otra persona, pero sí aceptarla en sus diferentes manifestaciones. Así, el otro se siente acogido, querido e importante y se realiza un pequeño, pero gran milagro de amor, un renacimiento interior.

Algunas de las barreras que no permiten escuchar e impiden la comunicación son: 

No querer comprometerse: Es mucho más cómodo vivir solo, tranquilo y sin preocupaciones. Si se comunica y escucha a alguna persona, se compromete a ser su amigo, lo cual puede implicar amar y servir a esa persona y preocuparse por ella. 

Tener otros intereses: Hay personas que valoran su finca, su negocio, su dinero, su ropa y muchas otras cosas materiales más que a las personas. Es muy triste cuando se pone una cosa u objeto material como un valor superior por encima de un ser humano. 

Falta de paciencia: A muchas personas les falta paciencia y control emocional para escuchar. Existen personas que no tienen un momento de paz y tranquilidad para escuchar, porque supuestamente tienen muchas otras cosas que hacer. En el fondo es un mecanismo de defensa, una forma de escaparse de la realidad. 

Falta de comprensión: Es necesario comprender que la otra persona es un ser humano, además de ser su esposa, su esposo, su papá o su mamá, su hijo o su hija, su jefe, su subalterno o su amigo. El que en verdad escucha entiende que cada persona es un ser humano irrepetible y único. Esa persona es ALGUIEN que tiene algo importante que comunicarle, porque ÉL es importante. Como tal, tiene un mensaje que transmitir. 

Por eso, le retamos a que intente aprender el buen y saludable hábito de escuchar. Escuche a Dios y también a usted mismo, pues sus ideas y pensamientos más profundos son importantes. No se minusvalore. Anote sus ideas más luminosas y haga un diario. 

Dios lo escucha siempre. Él es su mejor amigo y lo comprende. El Señor tiene todo el tiempo que usted necesita y siempre está disponible para atenderlo. Tenga plena confianza en Dios, acérquese más al Señor orando mucho, expóngale todo con sus propias palabras. Háblele con amor y fe y Él lo escuchará y CON ÉL, USTED SERÁ. . . ¡INVENCIBLE ! 

                       

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lunes, 17 de agosto de 2026

Santo Evangelio 17 de agosto 2026

  


Texto del Evangelio (Mt 19,16-22):

 En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.



«¿Qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?»


Rev. D. Óscar MAIXÉ i Altés

(Roma, Italia)

Hoy la liturgia de la palabra pone ante nuestra consideración el famoso pasaje del joven rico, aquel joven que no supo responder ante la mirada de amor con que Cristo se fijó en él (cf. Mc 10,21). San Juan Pablo II nos recuerda que en aquel joven podemos reconocer a todo hombre que se acerca a Cristo y le pregunta sobre el sentido de su propia vida: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» (Mt 19,16). El Papa comenta que «el interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino».

También hoy, ¡cuántas personas se hacen esta pregunta! Si miramos a nuestro alrededor, podemos quizá pensar que son pocas las personas que ven más allá, o bien que el hombre del siglo XXI no necesita hacerse este tipo de preguntas, ya que las respuestas no le sirven.

Jesús le responde: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). No es solamente legítimo el preguntarse acerca del más allá, sobre el sentido de la vida, sino que... ¡es necesario hacerlo! El joven le ha preguntado qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, y Cristo le responde que tiene que ser bueno.

Hoy día, para algunos o para muchos —¡qué más da!— puede parecer imposible “ser bueno”... O bien, les puede parecer algo sin sentido: ¡una tontería! Hoy, como hace veinte siglos, Cristo nos sigue recordando que para entrar en la vida eterna es necesario cumplir los mandamientos de la ley de Dios: no se trata de un “óptimo”, sino que es el camino necesario para que el hombre se asemeje a Dios y así pueda entrar en la vida eterna de manos de su Padre-Dios. En efecto, «Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor» (San Juan Pablo II).

Aprecie y ame su matrimonio

 



 Aprecie y ame su matrimonio

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio Web: Un mensaje al corazón

Si estudiamos un poco las causas de los problemas matrimoniales que sacuden a tantas familias, veremos que el desconocimiento del valor de la persona humana, la falta de un diálogo profundo, el no saber perdonar, el no tener tiempo para convivir, y el ambiente de inmoralidad reinante, resquebrajan trágicamente la vida matrimonial. 

Cuando se deja de apreciar, valorar y querer a la persona que Dios le dio; cuando uno se hace ciego ante las inmensas riquezas espirituales y humanas que tiene el cónyuge; cuando se desconoce, se olvida el por qué se enamoró uno del que después sería "carne de su carne", poco a poco, se entra en un terreno de tiera movediza y se hunde la estabilidad matrimonial. 

Mucha gente experimentando esta situación dramática, que muchas veces ocurre por descuido, desidia, se encuentra el día menos pensado con un vacío grande ... "desapareció el ser amado", se rompió la vinculación afectiva. No se dieron cuenta de que al no cultivar el jardín, al no cuidar las plantas de la ternura, la escucha, el respeto, el dedicar tiempo al encuentro personal; todo esto produjo un enfiramiento y un triste alejamiento de ambos. Todo esto ocurre gradualamente. Y el día menos pensado se levantan por la mañana y se dan cuenta de que "se les murió el amor". De que ya nada los une. Se fueron alejando, fabricando su muro de indiferencia, creyendo que el amor conyugal se mantenía simplemente porque hubo un tiempo en que sí se amaron intensamente. El descuido en este campo produjo un ambiente peligroso. Ya no había resonancia en las palabras, en los suspiros, en los anhelos ... un frío interno congelaba sus almas. Al final ... dos extraños viviendo juntos. 

¡Todo esto nos anuncia un drama! El divorcio, la soledad, los hijos sin papá o mamá, o en la vida en casa pero llena de tensiones, peleas, gritos ... un infierno. Para que esto no ocurra en su caso le decimos: APRECIE Y AME SU MATRIMONIO. Comience a sembrar una manera nueva de amarse, convivir, como en sus mejores tiempos. ¡Vamos!; a dialogar más, a estar más tiempo juntos, a escucharse más. A aplicar el gran remedio de la ternura y la comprensión. A olvidar los malos momentos del pasado, a perdonar y a querer más a su cónyuge. A valorar más las virtudes y cualidades que tiene. A no desperdiciar momentos para estar más cerca de su ser amado y convivir con él o con ella. A participar de sus sufrimientos e ideales, de sus preocupaciones y triunfos, de sus alegrías y de sus tristezas. A reir juntos, a llorar juntos. A en verdad vivir siendo "una sola carne". Aprecie y ame su matrimonio. 

Juntos arrodíllense, oren al Señor, las manos juntas, imploren al Señor que entre en sus vidas, que sea El quien conduzca su matrimonio, quien los mantenga unidos hasta el final ¡Hasta que la muerte los separe! Y no se olviden, con Dios todo se puede, porque ¡con El son INVENCIBLES! 


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