lunes, 21 de diciembre de 2015

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?


Por Gabriel González del Estal

1. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Cuando hablamos de personas humildes no nos referimos necesariamente a las personas económicamente pobres, o socialmente insignificantes. Hay personas económicamente pobres, o socialmente insignificantes, que no son humildes y, a su vez, hay personas económicamente ricas, o socialmente muy importantes, que sí son verdaderamente humildes.

 La humildad, en cristiano, es andar en la verdad, y la verdad cristiana nos dice que todos los seres humanos somos siervos e hijos de Dios y hermanos de todas las personas. Es, por tanto, humilde el que pone su vida al servicio de Dios, aceptando de buen grado su voluntad, y el que entiende su vida como una vida puesta al servicio de sus hermanos, los hombres. 

La persona cristianamente humilde es la persona cristianamente piadosa con Dios y servicial y generosa con todas las personas, a las que considera hermanos suyos. Como vemos en las lecturas de este cuarto domingo de Adviento, ni Belén de Éfrata fue grande por el simple hecho de ser pequeña, sino porque de ella salió el Mesías; ni Isabel y María fueron grandes por ser económica o socialmente pobres, sino por poner su vida enteramente al servicio del Señor; ni Cristo fue grande por ofrecer a Yahvé grandes sacrificios y holocaustos, sino por ofrecer el sacrificio de su voluntad del Padre. En este sentido queremos ser nosotros, los cristianos, humildes, entendiendo nuestra vida como un propósito firme de hacer siempre la voluntad de Dios, poniendo nuestra vida enteramente al servicio de los hermanos. Si vivimos así, nuestro Dios se fijará en nosotros benévolamente y nosotros estaremos abriendo ya de par en par las puertas de nuestra alma, para que el Dios Niño pueda seguir naciendo en cada uno de nosotros el día de Navidad.

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