domingo, 8 de julio de 2018

La Palabra profética, la Palabra de Dios , fue yes frecuentemente rechazada

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 LA PALABRA PROFÉTICA, LA PALABRA DE DIOS, FUE Y ES FRECUENTEMENTE RECHAZADA

Por Gabriel González del Estal

1.- En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos… La multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿de dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el hijo del carpintero, el hijo de María?… y esto les resultaba escandaloso. Las lecturas de este domingo 14 del tiempo ordinario nos ponen de manifiesto lo que decíamos más arriba: los profetas en su tiempo fueron frecuentemente incomprendidos y rechazados. Esto les pasó a Ezequiel, como vemos en la primera lectura, a san Pablo, como podemos deducir de la segunda lectura, y al mismo Cristo, como sabemos todos los cristianos, y como vemos también hoy en esta lectura del evangelio según san Marcos. Que a Jesús le persiguieron y le mataron por anunciar el reino de Dios y por predicar su evangelio es, por supuesto, algo evidente para nosotros. La lectura del evangelio de hoy tiene, no obstante, un comentario algo especial: los de su pueblo no le persiguieron, ni le mataron, pero no creyeron en él como profeta de Dios. ¿Por qué? Porque le consideraron uno más entre los del pueblo, “el hijo del carpintero y de María y el hermanos de sus hermanos”. Y Jesucristo no fue uno más entre los del pueblo; fue un verdadero profeta de Dios, fue el hijo de Dios. Fue la falta de fe en la divinidad de Cristo lo que impidió a los habitantes de Nazaret creer en él y amarle, porque sin fe no hay amor posible, y sin fe y sin amor no podemos acercarnos a Dios y creer en él. Pidamos hoy a Dios todos nosotros, los cristianos, creer en Jesús y amarle, intentando vivir como él vivió, “pasando por la vida haciendo el bien”. Y creamos en la bondad de las personas buenas con las que convivimos, aunque sean de un origen humilde, y no tengan grandes títulos, ni condecoraciones. Fe y amor a todas las personas porque son hijos de Dios, esto es lo que debemos hacer todos los que queremos ser verdaderos cristianos, discípulos de Jesucristo.

2. - “Esto dice el Señor”: “Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. El profeta Ezequiel predicó en tiempos del exilio y en circunstancias muy difíciles. El pueblo de Israel había dejado de fiarse de Dios y, por tanto, tampoco se fiaba de sus profetas. Dios manda a Ezequiel que insista y que no desista de su vocación de profeta, que el pueblo sepa que él, Dios, no se ha olvidado de ellos. En estos tiempos nuestros, en este siglo XXI, también nosotros, los cristianos, no debemos desanimarnos ante las dificultades que nuestra sociedad ofrece a nuestros catequistas y evangelizadores para cumplir con su misión de anunciar el evangelio de Jesús, el reino de Dios a las personas con las que convivimos. Nos hagan caso o no, nosotros no debemos de dejar de predicar y predicar el evangelio. Las dificultades no sólo no deben desanimarnos, sino que deben de confirmarnos en la necesidad de nuestra misión. Más necesario es predicar el evangelio a una sociedad que, mayoritariamente, ha dejado de creer en él, que a una sociedad mayoritariamente fiel y creyente.

3. - Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, de las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte. La vida del apóstol san Pablo la conocemos suficientemente bien todos los cristianos. Fue un apóstol que predicó el evangelio de Jesús a los gentiles, con una fortaleza y una capacidad de sufrimiento grandísima. En su predicación sufrió toda clase de dificultades, persecuciones y la misma muerte. Pero todo lo sufrió con valentía por su fe y su amor a Cristo. “No soy yo, llegó a decir, es Cristo quien vive en mí”. No se fio nunca de su propia fuerza, sino de la fuerza del Cristo que vivía en él. Un buen ejemplo para nosotros, los cristianos de todos los tiempos: no somos nosotros, es el Cristo que actúa en nosotros el que es fuerte. En nuestra debilidad debemos dejar que actúe la fuerza de Dios. Precisamente, porque el Señor ve nuestra debilidad y nuestra humildad, como decía María, la madre de Jesús, es por lo que Dios puede hacer en nosotros maravillas. Seamos humildes también nosotros, reconociendo nuestra debilidad. Como hoy nos dice san Pablo de sí mismo, y dejemos que en nuestra debilidad se manifieste la fuerza de Cristo.

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