sábado, 8 de abril de 2017

La confesión y la moda.



La confesión y la moda.
Lo que es, es.


La moda es no confesarse. Pero se trata simplemente de esto: de una moda. Sin embargo, lo que hoy está de moda, puede no estarlo mañana.


Por: Dr. José María Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net 


Toda la historia de la sociedad humana se encuentra surcada por diversas modas. Es evidente que algunas de ellas llegan a ser abrazadas por personas que no carecen de la importante cualidad de pertenecer a la santa madre Iglesia, depositaria de la verdad católica. En particular, en el momento actual no está de moda confesarse. La moda es no confesarse. Pero se trata simplemente de esto: de una moda.  


Sin embargo, lo que hoy está de moda, puede no estarlo mañana. Resulta muy usual que las modas cambien. El carácter cambiante de tantas modas conlleva la necesidad de tener un verdadero espíritu crítico para con las mismas, ya que la verdad no cambia. Lo que es, es.


Ante las modas, y ante la diversidad de opiniones, importa mucho levantar la mirada hacia la enseñanza del Papa, la Roca sobre la cual está edificada la Iglesia, a fin de lograr orientarse hacia la verdad, en vez de hacia las modas equivocadas, aún si éstas son sustentadas por muchos, y aún si éstos tienen no pocas cualidades personales.


La historia de la Iglesia nos ofrece abundantes ejemplos al respecto. Así, por ejemplo, cuando el mundo se había despertado arriano, la verdad seguía siendo defendida por el Papa y por los pocos que estaban unidos a él. ¡Sólo estos pocos estaban en la verdad! Después, la herejía arriana, cayó; y, la verdad, defendida por el Sumo Pontífice, resplandeció a los ojos del mundo.      


La pregunta pues es clara: ¿qué dice el Santo Padre ante la moda de no confesarse? El Papa Francisco, ya en bula de convocación del año de la misericordia, dijo: “De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia” (Misericordiae Vultus, 17). Todo el año de la misericordia puede caracterizarse como “el año del perdón”. Al concluir dicho año, el santo Padre recordó: “El sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar el puesto central en la vida cristiana (…)” (Carta apostólica Misericordia et Misera, n. 10).




También en el libro de la entrevista que le había hecho Andrea Tornielli, en 2016, a la pregunta ¿Cuáles son las experiencias más importantes que un creyente debe vivir en el Año Santo de la Misericordia?, respondió: “Abrirse a la misericordia de Dios, abrirse a sí mismo y a su propio corazón, permitir a Jesús que le salga al encuentro, acercándose con confianza al confesonario. E intentar ser misericordioso con los demás?


Esta respuesta del Vicario de Cristo, indica, pues, de modo muy transparente, que una de las principales experiencias espirituales del año de la misericordia consistía en confesarse. En España diríamos que esto es más claro que el agua. Es decir, esto es, evidente, super-evidente.


Esto es lo que fue el año de la misericordia. Pero, el Romano Pontífice, en la Misericordia et Misera, nos ha advertido que la misericordia del Señor no ha terminado al finalizarse el año de la misericordia. Más aún, nos ha dicho que ese año de la misericordia tiene que seguir fructificando, que el sacramento de la confesión sigue siendo algo muy importante.
Nos encontramos ahora en el tiempo de la Cuaresma, acercándonos hacia la Semana Santa y la Pascua. Si algo es el tiempo de Cuaresma es “tiempo de conversión”. “Tiempo de Cuaresma” significa “tiempo de conversión”. Conversión, vivida a la luz de la Sagrada Pasión del Señor, al que hemos herido con nuestros propios pecados. ¡Hemos herido a quién tanto nos ha amado!


En cada Santa Misa, en el sublime momento de la consagración, se nos recuerda que Cristo ha derramado su sangre “para el perdón de los pecados”. Ha muerto y ha sufrido tanto PARA perdonarnos.


Todos, si pensamos un poco, deseamos la misericordia y el perdón divino. Pues, a nadie se le escapa que ello es un bien para la propia persona.


En suma, en vez de mecernos en el aire, sostenidos efímeramente por las modas inconsistentes que nos llevan a merced de los vientos, resulta mucho mejor hacer caso a la solidez de roca que se encuentra en el Santo Padre que nos llama a la confesión de los pecados. No despreciemos, pues, tantas maravillosas oportunidades providenciales como se nos ofrecen para confesarnos durante esta Cuaresma. Entre ellas, por ejemplo, se encuentra el “maratón de confesiones por Cuaresma en Catedral de México”. 

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