jueves, 12 de enero de 2017

“Antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.”



“Antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.”

Jesús no se limitó a enseñarnos a orar de palabra sino también con el ejemplo. Le vemos a menudo en oración. Nos da ejemplo para que le sigamos. Está escrito: “Se fue a un lugar solitario.” Y en otro lugar: “Se fue a la montaña a orar y pasó toda la noche en oración.” (Lc 6,12) Si él, que era sin pecado, oraba sin cesar, con más razón los pecadores debemos orar. Si pasaba la noche en oración, con más razón nosotros debemos velar y orar sin cesar. 

     El Señor oraba e intercedía no por él mismo-- ¿por qué falta debería implorar el perdón aquel que es el inocente? – sino por nuestros pecados. Lo manifiesta bien a las claras cuando dice a Pedro: “...Satán ha solicitado el poder cribaros como trigo. Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca.” (Lc 22,31) Más tarde intercedió ante el Padre a favor de todos nosotros, cuando dijo: “No te pido sólo por ellos sino por todos los que, gracias a su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti.” (Jn 17,20-21) 

    ¡Qué grande es la bondad y la misericordia de Dios en favor de nuestra salvación! No se contentó con rescatarnos del pecado por su sangre, sino que ha querido orar por nosotros. Pero ¡prestad atención al que ora: como el Padre y el Hijo son uno, que nosotros también permanezcamos en la unión!


San Cipriano 

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