sábado, 31 de agosto de 2013

María, indica el camino hacia la unión plena con Dios



María, indica el camino hacia la unión plena con Dios

Juan Pablo II profundizó en la fuerza que puede infundir en un corazón azorado la figura de la Virgen. 
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

En medio de las dificultades de la vida, el cristiano cuenta con una ayuda única: la figura de la Madre de Dios «que indica el camino, es decir, Cristo, único mediador que lleva en plenitud al Padre». 

Juan Pablo II profundizó en la fuerza que puede infundir en un corazón azorado la figura de la Virgen. 

Al levantar la mirada hacia su imagen, explicó el Santo Padre, «podemos afirmar que María, junto a su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos». 


Queridos hermanos

Recordemos una de las páginas más conocidas del Apocalipsis de Juan. En la mujer encinta, que da a luz un hijo, ante un dragón rojo como la sangre enfurecido con ella y con el que ha engendrado, la tradición cristiana, litúrgica y artística, ha visto la imagen de María, la madre de Cristo. Sin embargo, según la intención original del autor sagrado, si el nacimiento del niño representa la venida del Mesías, la mujer personifica evidentemente al pueblo de Dios, es decir, el Israel bíblico, o sea, la Iglesia. La interpretación mariana no está en contraste con el sentido eclesial del texto, ya que María es «figura de la Iglesia» (Lumen Gentium, 63; cf. San Ambrosio, «Expos. Lc», II, 7). 

En lo profundo de la comunidad fiel aparece por tanto el perfil de la Madre del Mesías. Contra María y la Iglesia se levanta el dragón, que evoca a Satanás y el mal, como lo indica la simbología del Antiguo Testamento: el color rojo es signo de guerra, de masacre, de sangre derramada; las «siete cabezas» coronadas indican un poder inmenso; mientras que los «diez cuernos» evocan la fuerza impresionante de la bestia, descrita por el profeta Daniel (cf. 7,7), imagen también del poder prevaricador que amenaza a la historia. 

El bien y el mal, por tanto, se enfrentan. María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del amor, de la verdad, de la justicia. Contra ellos se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, de la mentira, de la injusticia. Pero el canto que sella el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo es confiado a «la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo» (Apocalipsis 12, 10). 

Ciertamente en el tiempo de la historia, la Iglesia puede verse obligada a refugiarse en el desierto, como el antiguo Israel en marcha hacia la tierra prometida. El desierto, entre otras cosas, es el refugio tradicional de los perseguidos, es el ámbito secreto y sereno donde se ofrece la protección divina (cf. Génesis 21, 14-19; 1Reyes 19,4-7). Ahora bien, en este refugio la mujer permanece sólo durante un período de tiempo limitado, como subraya el Apocalipsis (cf. 12,6.14). El tiempo de la angustia, de la persecución, de la prueba no es, por tanto, definitivo: al final, vendrá la liberación y será la hora de la gloria. 

Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar que «María, junto a su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia deber mirar hacia ella, que es su madre y modelo, para comprender el sentido de su propia misión en plenitud» (Congregación para la Doctrina de la Fe, «Libertatis conscientia», 22-3-1986, n. 97; cf. «Redemptoris Mater», 37). 

Fijemos, entonces, nuestra mirada en María, imagen de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia, que se dirige a la meta gloriosa de la Jerusalén celeste, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo Señor. La Iglesia de Oriente honra a la Madre de Dios como la «Odiguitria», la que «indica el camino», es decir, Cristo, único mediador que lleva en plenitud al Padre. Un poeta francés ve en ella «la criatura en su estado original y en su lozanía final, como surgió de Dios en la mañana de su esplendor original» (Paul Claudel, «La Vierge à midi», editorial Pléiade, página 540). 

En su inmaculada concepción, María es el modelo perfecto de la criatura humana, llena desde el inicio de esa gracia divina que sostiene y transfigura a la criatura (cf. Lucas 1, 28), que escoge siempre, en su libertad, el camino de Dios. De este modo, en su gloriosa asunción al cielo, María, es la imagen de la criatura llamada por Cristo resucitado a alcanzar, al final de la historia, la plenitud de la comunión con Dios en la resurrección a una eternidad bienaventurada. Para la Iglesia, que experimenta con frecuencia el peso de la historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es el emblema luminoso de la humanidad redimida y abrazada por la gracia que salva. 

La meta última de la vicisitud humana llegará cuando «Dios sea todo en todo» (1 Corintios 15, 28) y, como anuncia el Apocalipsis, cuando «el mar deje de existir» (21, 1), para explicar que el signo del caos destructor y del mal será finalmente eliminado. Entonces la Iglesia se presentará ante Cristo como «como una novia ataviada para su esposo» (Apocalipsis 21, 2). Esa será la hora de la intimidad y del amor sin fisuras. Pero ya desde ahora, al mirar a la Virgen elevada al cielo, la Iglesia comienza a experimentar la alegría que le será ofrecida en plenitud al final de los tiempos. 

En la peregrinación de fe a través de la historia, María acompaña a la Iglesia como «modelo de la comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión con Cristo. Eternamente presente en el misterio de Cristo, ella está, en medio de los apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de todos los tiempos. Efectivamente, "la Iglesia fue congregada en el cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos» (Congregación para la Doctrina de la Fe, «Communionis notio», 28-5-1992, n. 19; cf. San Cromacio de Aquileya, «Sermo» 30, 1). 

Cantemos, entonces, nuestro himno de alabanza a María, imagen de la humanidad redimida, signo de la Iglesia que vive en la fe y en el amor, anticipando la plenitud de la Jerusalén celeste. «El genio poético de san Efrén el Sirio, llamado "la cítara del Espíritu Santo", ha cantado incansablemente a María, dejando una impronta todavía presente en toda la tradición de la Iglesia siríaca» («Redemptoris Mater», 31). Es él quien presenta a María como imagen de belleza: «Ella es santa en su cuerpo, bella en su espíritu, pura en sus pensamientos, sincera en su inteligencia, perfecta en sus sentimientos, casta, firme en sus propósitos, inmaculada en su corazón, eminente, llena de todas las virtudes» («Himnos a la Virgen María» 1,4; editorial Th. J. Lamy, «Hymni de B. Maria», Malines 1886, t. 2, col. 520). Que esta imagen resplandezca en el corazón de toda comunidad eclesial como reflejo perfecto de Cristo y que sea como un signo que se alza por encima de los pueblos, como «ciudad colocada en la cumbre de una montaña», y «lámpara sobre el candelero para que alumbre a todos» (cf. Mateo 5, 14-15). 

Santo Evangelio 31 de agosto de 2013



Día litúrgico: Sábado XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 25,14-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Un hombre, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio, el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor.

»Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. Llegándose también el de los dos talentos dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. 

»Llegándose también el que había recibido un talento dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo’. Mas su señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’».


Fotografía
Comentario: Rev. D. Albert SOLS i Lúcia (Barcelona, España)
Un hombre, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda

Hoy contemplamos la parábola de los talentos. En Jesús apreciamos como un momento de cambio de estilo en su mensaje: el anuncio del Reino ya no se limita tanto a señalar su proximidad como a describir su contenido mediante narraciones: ¡es la hora de las parábolas!

Un gran hombre decide emprender un largo viaje, y confía todo el patrimonio a sus siervos. Pudo haberlo distribuido por partes iguales, pero no lo hizo así. Dio a cada uno según su capacidad (cinco, dos y un talentos). Con aquel dinero pudo cada criado capitalizar el inicio de un buen negocio. Los dos primeros se lanzaron a la administración de sus depósitos, pero el tercero —por miedo o por pereza— prefirió guardarlo eludiendo toda inversión: se encerró en la comodidad de su propia pobreza.

El señor regresó y... exigió la rendición de cuentas (cf. Mt 25,19). Premió la valentía de los dos primeros, que duplicaron el depósito confiado. El trato con el criado “prudente” fue muy distinto.

El mensaje de la parábola sigue teniendo una gran actualidad. La separación progresiva entre la Iglesia y los Estados no es mala, todo lo contrario. Sin embargo, esta mentalidad global y progresiva esconde un efecto secundario, peligroso para los cristianos: ser la imagen viva de aquel tercer criado a quien el amo (figura bíblica de Dios Padre) reprochó con gran severidad. Sin malicia, por pura comodidad o miedo, corremos el peligro de esconder y reducir nuestra fe cristiana al entorno privado de familia y amigos íntimos. El Evangelio no puede quedar en una lectura y estéril contemplación. Hemos de administrar con valentía y riesgo nuestra vocación cristiana en el propio ambiente social y profesional proclamando la figura de Cristo con las palabras y el testimonio.

Comenta san Agustín: «Quienes predicamos la palabra de Dios a los pueblos no estamos tan alejados de la condición humana y de la reflexión apoyada en la fe que no advirtamos nuestros peligros. Pero nos consuela el que, donde está nuestro peligro por causa del ministerio, allí tenemos la ayuda de vuestras oraciones».

Santo Dominguito del Val, 31 de agosto

 
31 de Agosto
 

SANTO DOMINGUITO DEL VAL

(†  1250)
 

Dominguito del Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.

 Los padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. "Fue nuestro antepasado —decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia—. El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres".

 Sancho del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.

 Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. El fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.

 Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises.

 La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros.

 Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la substancia del hecho es verdad.

 Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val. "Oyemos decir —escribía el rey Alfonso el Sabio, en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val— que los judíos ficieron, et facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños no pueden haber."

 Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado "que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos". Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo: "Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia".

 Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral.

 Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.

 Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.

 Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.

 —Querido niño —le dice una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo.

 —Eso nunca —dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no.

 —Acabemos pronto —dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.

 Va a repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.

 Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:

 "Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche."

 Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

 Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.

 Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran servicio a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250.

 Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.

 Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.

 Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta.

 La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la leyenda no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: "Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos". El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.

 "Divulgado el suceso —escribe fray Lamberto de Zaragoza—, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado."

 Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.

 Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: "Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo".

 MARCOS MARTÍNEZ DE VADILLO

viernes, 30 de agosto de 2013

Santa Rosa de Lima, 30 de agosto



Santa Rosa de Lima, Virgen, Patrona de Perú, América y las Filipinas
Agosto 30 y 23


Etimológicamente significa” rosa, jardín florido”. Viene de la lengua latina.

La primera mujer declarada santa de todo el continente americano 

El Papa Inocencio IX dijo de esta santa un elogio admirable: "Probablemente no ha habido en América un misionero que con sus predicaciones haya logrado más conversiones que las que Rosa de Lima obtuvo con su oración y sus mortificaciones". Lo cual es mucho decir. 

Isabel Flores de Oliva, hija de Gaspar de Flores y María de Oliva, que por su belleza recibió popularmente el nombre de "Rosa" al que ella añadió "de Santa María" En el bautizo le pusieron el nombre de Isabel, pero luego la mamá al ver que al paso de los años su rostro se volvía sonrosado y hermoso como una rosa, empezó a llamarla con el nombre de Rosa. Y el Sr. Arzobispo al darle la confirmación le puso definitivamente ese nombre, con el cual es conocida ahora en todo el mundo. 

En los años en que nació Santa Rosa de Lima, la sociedad de su época, propia de un periodo colonial, esta orientada en varios aspectos por el ideal de tener más. Hay allí familias pudientes, otras de pequeños propietarios y la gran mayoría de campesinos, negros y mulatos, que son tratados como esclavos. La familia de Rosa es de pequeños propietarios. Los padres de Rosa se esfuerzan en darle una seria educación humana además de proporcionarle una sólida formación en la fe. 

Lima tiene una comunidad pionera en la evangelización: el convento de Santo Domingo. Allí los seglares pueden participar en la liturgia, reunirse a meditar la Palabra de Dios y colaborar temporalmente en los puestos misionales o "doctrinas". 

Desde pequeñita Rosa tuvo una gran inclinación a la oración y a la meditación. Un día rezando ante una imagen de la Virgen María le pareció que el niño Jesús le decía: "Rosa conságrame a mí todo tu amor". Y en adelante se propuso no vivir sino para amar a Jesucristo. Y al ir a su hermano decir que si muchos hombres se enamoraban perdidamente era por la atracción de una larga cabellera ó de una piel muy hermosa, se cortó el cabello y se propuso llevar el rostro cubierto con un velo, para no ser motivo de tentaciones para nadie. Quería dedicarse únicamente a amar a Jesucristo. 

Rosa en su interior vive un dilema: por un lado siente vocación de religiosa contemplativa y, por otros, percibe la imperiosa llamada a realizar esta vocación en el interior de su familia, trabajando por el Reino de Dios desde fuera del convento, esto sucedió así: 

Se había propuesto irse de monja agustina. Pero el día en que fue a arrodillarse ante la imagen de la Virgen Santísima para pedirle que le iluminara si debía irse de monja ó no, sintió que no podía levantarse del suelo donde estaba arrodillada. Llamó a su hermano a que le ayudara a levantarse pero él tampoco fue capaz de moverla de allí. Entonces se dio cuenta de que la voluntad de Dios era otra y le dijo a Nuestra Señora: "Oh Madre Celestial, si Dios no quiere que yo me vaya a un convento, desisto desde ahora de su idea". Tan pronto pronunció estas palabras quedó totalmente sin parálisis y se pudo levantar del suelo fácilmente.

A sus 20 años encuentra el camino: ser pobre por la fraternidad universal ingresando en la Orden de Predicadores, en su movimiento seglar, había sucedido que ella vino a saber que la más famosa terciaria dominica es Santa Catalina de Siena (29 de abril) y se propuso estudiar su vida e imitarla en todo. Y lo logró de manera admirable. Se fabricó una túnica blanca y el manto negro y el velo también negro para la cabeza, y así empezó a asistir a las reuniones religiosas del templo. 

Su padre fracasó en el negocio de una mina y la familia quedó en gran pobreza. Entonces Rosa se dedicó durante varias horas de cada día a cultivar un huerto en el solar de la casa y durante varias horas de la noche a hacer costuras, para ayudar a los gastos del hogar. Como dominica seglar da clases a los niños, incluyendo aprendizaje de instrumentos musicales (guitarra, arpa, cítara). En aquel hogar la vida es sencilla, pero lo necesario nunca falta. 

Participa en la Eucaristía en el Convento de Santo Domingo. Al fondo de su casa, en la huerta de sus padres, construye una cabaña, una ermita, con el fin de asimilar más el Evangelio en la oración; allí entra en comunión con Dios, con los hombres y con la naturaleza. Sólo Dios la va retribuyendo y ella se va forjando como mujer de "contemplación en lo secreto". A esto une una serie de mortificaciones. Explica en sus escritos que la mortificación es necesaria para ser saciados por el Espíritu de Dios, para vivir orientados por el Espíritu Santo, para renovar la faz de la tierra a partir de uno mismo. Frente a sus prójimos es una mujer comprensiva: disculpa los errores de los demás, persona las injurias, se empeña en hacer retornar al buen camino a los pecadores, socorre a los enfermos. Se esfuerza en la misericordia y la compasión. 

Es difícil encontrar en América otro caso de mujer que haya hecho mayores penitencias, lo primero que se propuso mortificar fue su orgullo, su amor propio, su deseo de aparecer y de ser admirada y conocida. Y en ella, como en todas las cenicientas del mundo se ha cumplido lo que dijo Jesús: "quien se humilla será enaltecido".- 

Una segunda penitencia de Rosa de lima fue la de los alimentos. Su ayuno era casi continuo. Y su abstinencia de carnes era perpetua. Comía lo mínimo necesario para no desfallecer de debilidad. Aún los días de mayores calores, no tomaba bebidas refrescantes de ninguna clase, y aunque a veces la sed la atormentaba, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús en la cruz, para tener valor y seguir aguantando su sed, por amor a Dios. 

Dormía sobre duras tablas, con un palo por almohada. Alguna vez que le empezaron a llegar deseos de cambiar sus tablas por un colchón y una almohada, miró al crucifijo y le pareció que Jesús le decía: "Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto". Y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo. 

Los últimos años vivía continuamente en un ambiente de oración mística, con la mente casi ya más en el cielo que en la tierra. Su oración y sus sacrificios y penitencias conseguían numerosas conversiones de pecadores, y aumento de fervor en muchos religiosos y sacerdotes. En la ciudad de Lima había ya una convicción general de que esta muchacha era una verdadera santa.- 

Rosa de Lima, pasó los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, desde 1614 a 1617. Don Gonzalo era un empleado rico del gobierno y su esposa, María de Uzategui, tenía un gran aprecio por Rosa. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: "Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor". 

Desde 1614 ya cada año al llegar la fiesta de San Bartolomé, el 24 de agosto, demuestra su gran alegría. Y explica el porqué de este comportamiento: "Es que en una fiesta de San Bartolomé iré para siempre a estar cerca de mi redentor Jesucristo". Y así sucedió. El 24 de agosto del año 1617, después de terrible y dolorosa agonía, expiró con la alegría de irse a estar para siempre junto al amadísimo Salvador a los 31 años. 

Y a esta muchacha de condición económica pobre y sin muchos estudios, le hicieron un funeral poco común en la ciudad de Lima. La primera cuadra llevaron su ataúd los monseñores de la catedral, como lo hacían cuando moría un arzobispo. La segunda cuadra lo llevaron los senadores (u oidores), como lo hacían cuando moría un virrey. Y la tercera cuadra lo llevaron los religiosos de las Comunidades, para demostrarle su gran veneración. El entierro hubo que postponerlo porque inmensas multitudes querían visitar su cadáver, y filas interminables de fieles pasaban con devota veneración frente a él. Después la sepultaron en una de las paredes del templo 

Su cuerpo se venera en la Basílica dominicana de Santo Domingo en Lima. Fue canonizada por Clemente X el 12 de abril de 1671. Desde ese año Toda América Meridional y Filipinas la veneran como patrona. 

Así es, como es celebrada como la primera flor de santidad de América, insigne por la fragancia de su penitencia y oración. Dotada de brillantes cualidades y dotes de ingenio que tuvo ya desde niña se consagra al Señor con voto de virginidad. Sintió profunda veneración por Santa Catalina de Siena , con quien se advierte una sorprendente afinidad, así fue como por ello decidió en 1606, inscribirse en la Orden Seglar Dominicana para darse más plenamente a la perfección evangélica. 

Esta amante de la soledad dedicó gran parte del tiempo a la contemplación deseando también introducir a otros en los arcanos de la "oración secreta", divulgando para ello libros espirituales. Anima a los sacerdotes para que atraigan a todos al amor a la oración. 

Recluida frecuentemente en la pequeña ermita que se hizo en el huerto de sus padres, abrirá su alma a la obra misionera de la Iglesia con celo ardiente por la salvación de los pecadores y de los "indios". Por ellos desea dar su vida y se entrega a duras penitencias, para ganarlos a Cristo. Durante quince años soportará gran aridez espiritual como crisol purificador. También destaca por sus obras de misericordia con los necesitados y oprimidos. 

Rosa arde en amor a Jesús en la Eucaristía y en honda piedad para con su Madre, cuyo rosario propaga con infatigable celo, estimando que todo cristiano "debe predicarlo con la palabra y tenerlo grabado en el corazón".

Los milagros empezaron a sucederse en favor de los que invocaban la intercesión de Rosa, y el sumo pontífice la declaró santa y la proclamó Patrona de América Latina, Rosa de Lima, es la más bella rosa que ha producido nuestro continente.

Santo Evangelio 30 de agosto de 2013



Día litúrgico: Viernes XXI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 25,1-13): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’. Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».
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Comentario: Rev. D. Joan Ant. MATEO i García (La Fuliola, Lleida, España)
En verdad os digo que no os conozco

Hoy, Viernes XXI del tiempo ordinario, el Señor nos recuerda en el Evangelio que hay que estar siempre vigilantes y preparados para encontrarnos con Él. A media noche, en cualquier momento, pueden llamar a la puerta e invitarnos a salir a recibir al Señor. La muerte no pide cita previa. De hecho, «no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13).

Vigilar no significa vivir con miedo y angustia. Quiere decir vivir de manera responsable nuestra vida de hijos de Dios, nuestra vida de fe, esperanza y caridad. El Señor espera continuamente nuestra respuesta de fe y amor, constantes y pacientes, en medio de las ocupaciones y preocupaciones que van tejiendo nuestro vivir.

Y esta respuesta sólo la podemos dar nosotros, tú y yo. Nadie lo puede hacer en nuestro lugar. Esto es lo que significa la negativa de las vírgenes prudentes a ceder parte de su aceite para las lámparas apagadas de las vírgenes necias: «Es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis» (Mt 25,9). Así, nuestra respuesta a Dios es personal e intransferible.

No esperemos un “mañana” —que quizá no vendrá— para encender la lámpara de nuestro amor para el Esposo. Carpe diem! Hay que vivir en cada segundo de nuestra vida toda la pasión que un cristiano ha de sentir por su Señor. Es un dicho conocido, pero que no estará de más recordarlo de nuevo: «Vive cada día de tu vida como si fuese el primer día de tu existencia, como si fuese el único día de que disponemos, como si fuese el último día de nuestra vida». Una llamada realista a la necesaria y razonable conversión que hemos de llevar a término.

Que Dios nos conceda la gracia en su gran misericordia de que no tengamos que oír en la hora suprema: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12), es decir, «no habéis tenido ninguna relación ni trato conmigo». Tratemos al Señor en esta vida de manera que lleguemos a ser conocidos y amigos suyos en el tiempo y en la eternidad.

Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron


Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron

Padre Roberto Fernández Iglesias, OP



La Navidad no se puede usar, es para contemplarla, vivirla y compartirla. Para entenderla bien, hay que pensarla sobre todo teológicamente, o sea desde los relatos de la fe cristiana.
La Navidad no se puede usar, es para contemplarla, vivirla y compartirla. Para entenderla bien, hay que pensarla sobre todo teológicamente, o sea desde los relatos de la fe cristiana. En ésta se procede siempre desde el dato revelado hasta la praxis de la fe. Y la teología se encarga de legitimar ese recorrido con razones que nos ayudan a comprender el sentido de lo que debemos creer y practicar. Así se gestan los dogmas que llegan a ser la expresión madura de certezas asumidas por la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo y tras mucha meditación, y no, como han pensado algunos, abusos de su autoridad y poder.

Como vivimos en una época que niega lo absoluto, entonces los creyentes lo tenemos más difícil, a contrapelo de nuestra sociedad que todo lo considera pasajero, relativo y casual. Quizá por eso el error en algunos grupos de creyentes de dar énfasis a lo accidental y secundario que a lo principal y sustancioso. Aquí también convendría reequilibrar las cosas con un poco más de dogma que de moral, con más razones que fervores.

Hay que volver a lo más profundo de la Navidad, a su mensaje nuclear: El Hijo de Dios que se hace hombre en las entrañas de la Virgen María. Ahí está lo fascinante de ese misterio de la fe que enlaza maravillosamente lo divino y lo humano en una alianza nueva y eterna. La razón de este acontecimiento está dada por San Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único...” (Jn 3,16). Dios nos ha amado siempre y nos seguirá amando y nos convencerá de su amor con su prueba: nos entregó a Jesucristo, su Hijo Único, para nuestra redención. Cualquier padre de este mundo comprenderá lo que significa entregar a su único hijo.

Para cumplir sus designios escogió Dios a la Virgen María. A Ella le pregunta, por medio del ángel, si está dispuesta a colaborar en la tarea redentora. Y Ella es signo de toda la humanidad, representa a todo el pueblo de la Antigua Alianza, significa la sed de Dios de cada ser humano. Dios no se impone a la humanidad. Se propone. “Si comprendieras quién es el que te pide de beber...”. María lo comprende y dice sí con humildad y decisión. Y queda para siempre unida a Cristo por su maternidad, obra del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra”... (Lc 1,31ss). Así la Virgen María es bendita entre todas las mujeres de la tierra (Lc 1, 42) y es dichosa porque llevó en su seno y crió al Hijo del Eterno Padre (Lc 11, 27). Y es más dichosa todavía porque escuchó la palabra de Dios y la puso en práctica (Lc 11, 27-28). Y por eso y por mucho más pudo interceder en Caná cuando no tenían vino (Jn 2,1-11). Y podrá seguir intercediendo ahora que está en el cielo coronada de luz. Pues que Ella, vida, dulzura y esperanza nuestra, interceda por nosotros también en esta Navidad.

Fuente: periodismocatolico.com

San Tomás Kempis, Sacerdote y escritor Agosto 30


San Tomás Kempis, Sacerdote y escritor
Agosto 30

Autor de La Imitación de Cristo
La fama mundial de Tomás de Kempis se debe a que él escribió La Imitación de Cristo: el libro que más ediciones ha tenido, después de la Biblia. Este precioso librito es llamado "el consentido de los libros" porque se ha sacado en las ediciones de bolsillo más hermosas y lujosas, ha tenido ya más de 3,100 ediciones en los más diversos idiomas del mundo. Su primera edición salió en 1472, 20 años antes del descubrimiento de América (un año después de la muerte del autor), y durante más de 500 años ha tenido unas 6 ediciones cada año. Caso raro y excepcional.

Tomás nació en Kempis, cerca de Colonia, en Alemania, en el año 1380. Era un hombre sumamente humilde, que pasó su larga vida (90 años) entre el estudio, la oración y las obras de caridad, dedicando gran parte de su tiempo a la dirección espiritual de personas que necesitaban de sus consejos.

Empezar por uno mismo.
En ese tiempo muchísimas personas deseaban que la Iglesia Católica se reformara y se volviera más fervorosa y más santa, pero pocos se dedicaron a reformase ellos mismos y a volverse mejores. Tomás de Kempis se dió cuenta de que el primer paso que hay que dar para obtener que la Iglesia se vuelva más santa, es esforzarse uno mismo por volverse mejor. Y que si cada uno se reforma a sí mismo, toda la Iglesia se va reformando poco a poco.

Una asociación muy útil.
Kempis se reunió con un grupo de amigos en una asociación piadosa llamada "Hermanos de la Vida Común", y allí se dedicaron a practicar un modo de vivir que llamaban "Devoción moderna" y que consistía en emplear largos ratos de oración, la meditación, la lectura de libros piadosos y en recibir y dar dirección espiritual, y dedicarse cada uno después con la mayor exactitud que le fuera posible a cumplir cada día los deberes de su propia profesión. Los que pertenecían a esta asociación hacían progresos muy notorios y rápidos en santidad y la gente los admiraba y los quería.

Un ascenso difícil.
Tomás tiene muchos deseos de ser sacerdote, pero en sus primeros 30 años no lo logra porque sus tentaciones son muy fuertes y frecuentes y teme que después no logre ser file a su voto de castidad. Pero al fin entra a una asociación de canónigos (en Windesheim) y allí en la tranquilidad de la vida retirada del mundo logra la paz de su espíritu y es ordenado sacerdote en el año 1414. Desde entonces se dedica por completo a dar dirección espiritual, a leer libros piadosos y a consolar almas atribuladas y desconsoladas. Es muy incomprendido muchas veces y sufre la desilusión de constatar que muchas amistades fallan en la vida (menos la amistad de Cristo) y va ascendiendo poco a poco, aunque con mucha dificultad, a una gran santidad.

Oficios delicados.
Dos veces fue superior de la comunidad de canónigos en su ciudad. Bastante tiempo estuvo encargado de la formación de los novicios. Después lo nombraron ecónomo pero al poco tiempo lo destituyeron porque su inclinación a la vida espiritual muy elevada no lo hacía nada apto para dedicarse a comerciar y a administrar dineros y posesiones. Su alma va pasando por períodos de mucha paz y de angustias y tristezas espirituales, y todo esto lo irá narrando después en su libro portentoso.

El libro que lo hizo famoso.
En sus ratos libres, Tomás de Kempis fue escribiendo un libro que lo iba a hacer célebre en todo el mundo: La Imitación de Cristo. De esta obra dijo un autor: "Es el más hermoso libro salido de la mano de un hombre" (Dicen que Kempis pidió a Dios permanecer ignorado y no conocido. Por eso la publicación de su libro sólo se hizo al año siguiente de su muerte). No lo escribió todo de una vez, sino poco a poco, durante muchos años, a medida que su espíritu se iba volviendo más sabio y su santidad y su experiencia iban aumentando. Lo distribuyó en cuatro pequeños libritos. Entre la redacción de un libro y la siguiente pasaron unos cuantos años.

El libro Primero de la Imitación de Cristo narra cómo es la lucha activa que hay que librar para convertirse y reformarse y los obstáculos que se le presentan a quiénes desean ser santos, entre los cuales está como principal: ser "la sirena" de este mundo, o sea la atracción, el deseo de darle gusto al propio egoísmo y de obtener honores, famas, altos puestos, riquezas y gozos sensuales y vida fácil y cómoda. Este primer librito es como el retrato de lo que Tomás tuvo que sufrir hasta sus 30 años de las luchas y peligros que se le presentaron.

El libro segundo. Fue escrito por Kempis después de haber sufrido muchas tribulaciones, contradicciones, humillaciones y desengaños, especialmente en el orden afectivo. Destituido del cargo de ecónomo, abandonado por amigos que se había imaginado le iban a ser fieles; es entonces cuando descubre que hay una amistad que no defrauda nunca y es la amistad con Jesucristo, y que allí se encuentra la solución para todas las penas del alma. Este libro segundo de la Imitación enseña cómo hay que comportarse en las tribulaciones y sufrimientos. Emplea mucho el nombre de Jesús indicando el afecto muy vivo y profundo que siente hacia el Redentor y que desea sientan sus lectores también.

Cuando redacta el Libro Tercero ya ha subido mas alto en espiritualidad. Aquí ya a Cristo lo llama El Señor. Se ha dado cuenta que la santidad no depende solamente de nuestros esfuerzos sino sobre todo de la ayuda de Dios. Ha crecido en humildad y exclama: "Cayeron los que eran como cedros del Líbano, y yo miserable ¿qué podré esperar de mis solas fuerzas?". Ahora ya no piensa en la muerte como algo miedoso, sino como una liberación del alma para ir a una Patria feliz.

El libro cuarto de la Imitación está dedicado a la Eucaristía y es uno de los más bellos tratados que se han escrito acerca del Santísimo Sacramento. Millones de personas en todos los continentes han leído este librito para prepararse o dar gracias cuando comulgan.

¿Un iluminado?
Muchos autores han pensado que probablemente Tomás de Kempis recibió del cielo luces muy especiales al escribir La Imitación de Cristo. De otra manera no se podría explicar el éxito mundial que este librito ha tenido por más de cinco siglos, en todas las clases sociales.

Otro secreto de su triunfo
Puede ser el que Kempis ha logrado comprender sumamente bien la persona humana con sus miserias y sus sublimes posibilidades, con sus inquietudes y su inmensa necesidad de tener un amor que llene totalmente sus aspiraciones.

Este libro está hecho para personas que quieran sostener una lucha diaria y sin contemplaciones contra el amor propio y el deseo de sensualidad que se opone diametralmente al amor de Dios y a la paz del alma. Está redactado para quienes quieran independizarse de lo temporal y pasajero y dedicarse a conseguir lo eterno e inmortal.

San Ignacio, San Juan Bosco, Juan XXIII, el presidente mártir, García Moreno y muchísimos más, han leído una página de la Imitación cada día. ¿La leeremos también nosotros? La mejor traducción actual es la que hizo el Apostolado Bíblico Católico, muy actualizada, toda con frases de la Santa Biblia. No dejemos de conseguirla y leerla.

jueves, 29 de agosto de 2013

Santo Evangelio 29 de agosto de 2013



Día litúrgico: 29 de Agosto: El martirio de san Juan Bautista


Texto del Evangelio (Mc 6,17-29): En aquel tiempo, Herodes había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. 

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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Comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener la mujer de tu hermano’

Hoy recordamos el martirio de san Juan Bautista, el Precursor del Mesías. Toda la vida del Bautista gira en torno a la Persona de Jesús, de manera que sin Él, la existencia y la tarea del Precursor del Mesías no tendría sentido.

Ya, desde las entrañas de su madre, siente la proximidad del Salvador. El abrazo de María y de Isabel, dos futuras madres, abrió el diálogo de los dos niños: el Salvador santificaba a Juan, y éste saltaba de entusiasmo dentro del vientre de su madre.

En su misión de Precursor mantuvo este entusiasmo -que etimológicamente significa "estar lleno de Dios"-, le preparó los caminos, le allanó las rutas, le rebajó las cimas, lo anunció ya presente, y lo señaló con el dedo como el Mesías: «He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1,36).

Al atardecer de su existencia, Juan, al predicar la libertad mesiánica a quienes estaban cautivos de sus vicios, es encarcelado: «Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener la mujer de tu hermano’» (Mc 6,18). La muerte del Bautista es el testimonio martirial centrado en la persona de Jesús. Fue su Precursor en la vida, y también le precede ahora en la muerte cruel.

San Beda nos dice que «está encerrado, en la tiniebla de una mazmorra, aquel que había venido a dar testimonio de la Luz, y había merecido de la boca del mismo Cristo (…) ser denominado "antorcha ardiente y luminosa". Fue bautizado con su propia sangre aquél a quien antes le fue concedido bautizar al Redentor del mundo».

Ojalá que la fiesta del Martirio de san Juan Bautista nos entusiasme, en el sentido etimológico del término, y, así, llenos de Dios, también demos testimonio de nuestra fe en Jesús con valentía. Que nuestra vida cristiana también gire en torno a la Persona de Jesús, lo cual le dará su pleno sentido.

De madre a Madre



De madre a Madre

Ornella Accatino


Una madre puede entender lo que siente otra Madre. Ornella Accatino, autora del libro "Una Madre llamada María", y madre de dos hijos, se imagina así momentos del nacimiento de Jesús.]

"No gritó, sin duda que María no gritó cuando se realizó el milagro. Estaba sola en aquel establo, sudada y jadeante. Pero puso a su niño entre sus manos y se lo llevó a la cara para mirarlo, para conocerlo, para amar a aquella parte suya que estaba fuera de ella. Y lo besó.

¿Quién puede describir el primer beso de una madre a su hijo? ¿Quién puede descifrar y revelar el tumulto de emociones, de sentimientos, el arrobamiento, la entrega total? Así fue, dulce y apasionado, el primer beso de María a Jesús. Sus labios acariciaban la carita contraída, el cuerpecito tembloroso sacudido por las primeras respiraciones, por el latido rápido del corazón bajo la piel tensa.

Nada ya se interpuso nunca en aquel vínculo secreto y profundo, hecho de ternura y ansiedad, de orgullo y de temor, que unió a la madre con su hijo, que une a todas las madres con sus hijos, por siempre, por encima de cualquier dificultad, a pesar de todo, para siempre.

¿Pensó María que aquella criatura era muy diversa de todos los demás niños, que Dios tenía proyectos sobrenaturales para ella? Creo que en aquellos primeros momentos, durante sus primeras experiencias de madre, María no pensó en acontecimientos tan grandes. Se abandonaría al gozo de los primeros contactos y miraría las manos de Jesús, como habría hecho cualquier madre asombrada por la perfección de los dedos minúsculos, de las uñas frágiles pero curiosamente largas que le cortaría ella, como haría cualquier madre en cualquier rincón perdido del mundo. Y peinó con sus manos sus cabellos ligeros, y sujetó la cabeza que se balanceaba sobre el cuello frágil y observó sorprendida el movimiento que levantaba y hacía subir rítmicamente la superficie de la cabeza, en el centro, justo encima de la frente, la fontanela.

Y María descubrió también la voz, la voz de su hijo. Sin forma y débil, aquella voz salió de la garganta del niño, en el primer instante después del nacimiento, y llenó todos los rincones del establo. La mula y el buey giraron dulce y lentamente sus grandes cabezas peludas. Era la voz más bella del mundo, sólo faltaba aquel sonido para que el mundo fuera perfecto. María se embebió de aquella voz, que inundaba todo su ser. Hasta un vagido sirve para cimentar el amor." (pp.14, 21)

Libro: Una Madre llamada María

Martirio de San Juan el Bautista.- 29 Agosto



Martirio de San Juan el Bautista

Juan el Bautista era hijo de san Zacarías y santa Isabel. Casi toda su vida transcurrió en el desierto. Allí se preparó con la oración y el ayuno para la misión de precursor que Dios le había escogido ya antes de su nacimiento.

A los treinta años de edad recorrió el valle del Jordán predicando, a fin de preparar la llegada del Mesías. Cuando Jesús se acercó a Juan para que lo bautizase, éste presentó ante sus discípulos al Maestro. Y cuando el Salvador comenzó su vida púbIica, Juan continuó su camino, predicando.

Reinaba entonces en Judea el tetrarca Herodes Antipas, hijo de aquel otro Herodes llamado Ascalonita que ordenó la matanza de los inocentes. Estaban con él Herodías y su hija Salomé. En su madurez, durante un viaje a Roma, capitaI del Imperio, Herodes Antipas había arrancado Herodías a su medio hermano Filipo, para vivir con ella, llevando ambos una vida licenciosa.

El país todo se indignó, pero nadie tuvo el valor de reprochar al tetrarca su conducta escandalosa. Nadie, excepto un hombre: Juan el Bautista, quien, apersonándose repetidamente al rey, le enrostraba: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano". Herodes no se decidía a tomar medidas en contra de él, pero Herodías clamaba a su lado pidiéndole que eliminara a aquel hombre que la humillaba. Por último, abrumado, el tetrarca mandó prenderlo y lo aherrojó a la cárcel.

Al llegar la fiesta de su cumpleaños, Herodes invitó a un banquete a los grandes de su corte, a los jefes de las tropas y a la gente de mayor prestigio social de Galilea.

La magnificencia, eI lujo y el derroche campeaban en el festín. Los esclavos circulaban entre los invitados con bandejas cargadas de pIatos raros y exquisitos vinos procedentes de las regiones más apartadas de] Imperio.

Entró, por último, Salomé, la hija de Herodías; bailó y agradó tanto a Herodes, que éste dijo a Ia joven:

Pídeme cuanto quieras, que te lo daré. Y añadió con juramento: Aunque sea la mitad de mi reino.

Salió entonces ella de la sala y fue a una contigua, donde se hallaba su madre con las otras mujeres.

- ¿Qué pediré? le preguntó.

Respondió ésta:

- La cabeza de Juan el Bautista.

Se entristeció Herodes; mas se creyó obligado por el impío juramento. Momentos después, Juan agregaba a sus palabras el testimonio de su sangre, siendo martirizado en la cárcel de Maqueronte. Su cabeza ensangrentada apareció en la sala traída en una bandeja por el verdugo. La tomó Salomé y se la entregó a su madre, quien se ensañó con ella, según refiere san Jerónimo.

Tenía san Juan Bautista treinta y dos años de edad y corría el año 31 de nuestra era.

Aquí terminan las noticias ciertas sobre los personajes de este drama.


miércoles, 28 de agosto de 2013

Santo Evangelio 28 de agosto de 2013



Día litúrgico: Miércoles XXI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 23,27-32): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ‘Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!’. Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!».

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Comentario: + Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué (Manresa, Barcelona, España)
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!

Hoy, como en los días anteriores y los que siguen, contemplamos a Jesús fuera de sí, condenando actitudes incompatibles con un vivir digno, no solamente cristiano, sino también humano: «Por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23,28). Viene a confirmar que la sinceridad, la honradez, la lealtad, la nobleza..., son virtudes queridas por Dios y, también, muy apreciadas por los humanos.

Para no caer, pues, en la hipocresía, tengo que ser muy sincero. Primero, con Dios, porque me quiere limpio de corazón y que deteste toda mentira por ser Él totalmente puro, la Verdad absoluta. Segundo, conmigo mismo, para no ser yo el primer engañado, exponiéndome a pecar contra el Espíritu Santo al no reconocer los propios pecados ni manifestarlos con claridad en el sacramento de la Penitencia, o por no confiar suficientemente en Dios, que nunca condena a quien hace de hijo pródigo ni pierde a nadie por el hecho de ser pecador, sino por no reconocerse como tal. En tercer lugar, con los otros, ya que también —como Jesús— a todos nos pone fuera de sí la mentira, el engaño, la falta de sinceridad, de honradez, de lealtad, de nobleza..., y, por esto mismo, hemos de aplicarnos el principio: «Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie».

Estas tres actitudes —que podemos considerar de sentido común— las hemos de hacer nuestras para no caer en la hipocresía, y hacernos cargo de que necesitamos la gracia santificante, debido al pecado original ocasionado por el “padre de la mentira”: el demonio. Por esto, haremos caso de la exhortación de san Josemaría: «A la hora del examen ve prevenido contra el demonio mudo»; tendremos también presente a Orígenes, que dice: «Toda santidad fingida yace muerta porque no obra impulsada por Dios», y nos regiremos, siempre, por el principio elemental y simple propuesto por Jesús: «Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’» (Mt 5,37).

María no se pasa en palabras, pero su sí al bien, a la gracia, fue único y veraz; su no al mal, al pecado, fue rotundo y sincero.

Dejarnos hacer por Dios


Dejarnos hacer por Dios 

Padre Alberto María fmp



Cuando nos adentramos en el misterio del amor de Dios no podemos sino glorificar al Señor porque hace obras grandes, porque en verdad ha hecho obras grandes en ella y porque nos puso bajo la protección y amparo de la muy Santa Madre de Dios. Protección y amparo que podemos ver cada día de nuestra vida. El Señor nos concede de entrada, contemplar el misterio de esta Mujer que supo, ante todo, dejarse hacer.

Y quisiera quedarme en este contemplar en María el dejarse hacer por Dios. Nosotros solemos andar con demasiados trajines a niveles personales, solemos andar ocupados en muchas cosas, y en el mejor de los casos estamos muy preocupados por alcanzar la salvación. La Madre del Señor se dejó hacer por Dios. Ella tenía muy claro que lo suyo -y lo nuestro- es estar junto al Señor, contemplando su rostro. Y ahí, torneados, moldeados por la mirada de Dios es donde nosotros, como la Madre de Dios, podremos dejarnos hacer por Dios.

Pero, con frecuencia andamos sin tiempo. Hemos hecho de nuestra vida muchos compartimentos diferentes: «y ahora hay que hacer una cosa, y después hay que hacer otra, y después hay que hacer otra...», y resulta difícil, a veces, hacer tantas cosas y encontrar un hueco para estar junto al Señor. Y es que hemos equivocado los términos en la práctica. En la teoría nos pasa como a los fariseos: lo sabemos todo. En la práctica nos hemos olvidado de que lo nuestro es estar junto al Señor en todo tiempo, en cualquier momento, en medio de cualquier actividad. Y entonces ocurre que el Señor no puede moldearnos: Simplemente, no nos estamos quietos.
La Madre del Señor se dejó hacer por Dios porque ella supo andar mascullando siempre la Escritura y las distintas oraciones que describían los libros santos. Ella supo andar mascullando en su corazón siempre las alabanzas del Señor y en todo momento, hiciera lo que hiciera, su corazón estaba junto a Dios.
Hoy, la Madre del Señor quiere recordarnos la necesidad que tenemos de dejarnos hacer por Dios. Y dejarse hacer significa no andar discutiendo con Dios sobre lo que tiene que hacer y sobre lo que no tiene que hacer. Porque con facilidad andamos discutiendo con Dios, porque nosotros queremos una cosa y el Señor nos lleva por otros caminos y no doblegamos nuestra cerviz con facilidad. Y hay quien después de muchos años aún sigue sin doblegar la cerviz. Y no solamente es que no nos estamos quietos y entonces El no puede moldearnos, sino que no agachamos nuestra cabeza.

El Señor nos quiere sencillos de corazón, humildes, y nosotros andamos queriendo saberlo todo, dar clases de todo, decir a todos lo que está bien, decir, destacar, ser el centro,... El Señor quiere que oremos asidua, constantemente y nosotros le discutimos que no podemos hacerlo, que somos muy débiles, que nuestra flaqueza es muy grande y que no hemos conseguido aprenderlo. El Señor quiere que seamos obedientes a su Palabra y nosotros, muchas veces, le discutimos sus proyectos, sus planes. El Señor es el Señor. Y nosotros queremos ser sus amigos, pero yendo a nuestro aire. Y así, el Señor no puede hacernos ni moldearnos.


La Madre del Señor viene a recordarnos la necesidad de doblegar nuestra cerviz, de dejar nuestros criterios. Viene a recodarnos la necesidad que tenemos de aprender a convivir unos con otros, aprender a acoger lo que me viene del hermano y aprender a ofrecer a mi hermano lo que pienso que es bueno para él. Pero no imponiendo criterios, sino ofreciendo reflexiones -salvo que alguien tenga algo que decir de parte de Dios a otra persona-. Necesitamos aprender a convivir sabiendo que Dios está en medio. Necesitamos aprender a vivir en la concordia, en armonía, yendo en una misma dirección. No somos reinos de Taifas. La grandeza de un archipiélago no está en ser muchas islas sino en ser un archipiélago. La grandeza de una comunidad está en ser comunidad.

La Madre del Señor nos recuerda la necesidad que tenemos de convivir en armonía, porque a través de la comunidad el Señor va también moldeándonos, y es la comunidad uno de los medios que nos ofrece el Señor para dejarnos hacer por Dios. Evidentemente, no somos todos iguales -gracias a Dios-. Somos bastante dispares. Esa es nuestra riqueza. Pero si las piezas no se amoldan unas a otras armónicamente, el motor no puede funcionar. Si nuestras diferencias no se amoldan unas a otras armónicamente, no podremos funcionar como comunidad según la voluntad de Dios. Y no el que más alza la voz tiene más razón. A veces, quizás el que está más callado puede ser que tenga más razón.

Recordemos el caso del monje Gabriel, aquel monje ignorado del Monasterio de Iviron, en el Monte Athos, que por su humildad fue escogido por la Madre de Dios para que sacara su icono del mar. Y es que la semejanza con el Siervo de Yahvé es la que nos da la más pura identidad con Jesús, la más pura semejanza con Jesús. Pero a nosotros, con facilidad, no nos gusta que los demás nos gobiernen, no nos gusta nada que los demás nos llamen la atención, ni siquiera que nos hagan una indicación. De lo que hacemos bien, nos encanta que nos lo digan, porque halaga nuestra vanidad. Y el demonio se sirve también de eso. Como dijo San Antonio a quien le dijo: «Padre, eres el hombre más santo del lugar...» San Antonio respondió «¡Lo mismo me acaba de decir Satanás!».
Nos halaga que nos digan «¡Qué bien has hecho esto! Hay que ver qué bien has terminado aquello... O, con qué gusto...; o, qué bien hablas; o, si no fuera por ti,... Pero ¡ay de aquél que se atreva a decirme «eso creo que no está bien; pienso que estás teniendo una actitud errónea; pienso que eso no es lo que Dios quiere...» En el peor de los casos se responde airadamente; en el mejor de los casos con una evasiva. Pero por dentro, el corazón y la mente mascullan «¿Qué derecho tiene ese hermano a decirme...?»

Y así no podemos ser hechos por Dios, porque levantamos una barrera inmensa entre mi hermano y yo. Y justo ahí, del lado de mi hermano, siempre está Dios. ¿Por qué del lado de mi hermano y no del mío? Porque el Señor quiere entre mi hermano y yo una relación armónica, y si yo pienso mal de mi hermano, rompo la relación armónica, y he perdido toda la razón que pudiera tener porque he transgredido la voluntad de Dios. Que mi hermano es un sinvergüenza... es problema de mi hermano. Pero a mí, Dios me manda que lo quiera, que lo cuide, que lo atienda, que lo escuche, que lo acoja,... Y si yo me enfurruño con mi hermano, me enfado con él, lo juzgo, lo critico, murmuro, pienso que su actitud ha sido injusta,... ya he roto mi comunión con él, he levantado un muro, y he perdido toda mi razón ¿Qué voy a decirle al Señor si me encuentro con El? «Mira, Señor, es que mi hermano me ha hecho esto, es que es un sinvergüenza, es que él no ha amado, es que él no me ha tratado bien, es que no me ha escuchado, es que ...» La única pregunta que nos va a hacer el Señor es «¿Lo amas?». ¿Voy a ir yo a Dios para hablarle de lo malo, de lo pecador, de lo pervertido, de lo que sea que es mi hermano? ¿Qué me va a decir el Señor? Me preguntará solamente una cosa: «¿Hay amor en tu corazón para tu hermano? Ese amor ¿es palpable, es visible, tú lo sientes de verdad?» Y al Señor no podemos decirle «¡Pues claro que lo quiero, Señor! Pero eso no tiene nada que ver» ¿Pueden convivir en ti juicio, condena y amor? En tu corazón ¿puede convivir lo bueno y lo malo? ¿lo que es de Dios y lo que viene del mal? Algo está fallando. 
Cuando en mi corazón hay algo, por pequeño que sea, contra mi hermano, ya estoy impidiendo que el Señor me vaya moldeando. El Señor decía: «Si vas a presentar tu ofrenda ante el altar y tienes algo pendiente con tu hermano, ¡no debes comulgar! Ve a reconciliarte con tu hermano» De ahí la necesidad que nos recuerda también hoy la Madre de Dios de que nuestras relaciones comunitarias sean según Dios.

Si recordamos los evangelios apócrifos, que son los que relatan más extensamente la vida de la Madre de Dios, y si repasamos las intervenciones de la Madre de Dios en los Evangelios. Y más en concreto, si releemos el Magníficat, descubriremos la armonía que existe en su corazón respecto a todas las cosas. La armonía con que ella vivía con José en el silencio de un posible juicio de mujer adúltera, la armonía en el encuentro con su prima Isabel, cuando los Magos presentan las ofrendas, los pastores, la huída a Egipto,... Si hacemos un recorrido por los lugares conocidos de su vida, observamos siempre que la relación de la Madre de Dios con todos los que la rodean es una relación armónica y pacífica, gozosa, jubilosa.

Dejarnos hacer por Dios. Especialmente, en lo que supone nuestro contacto con las cosas, con el trabajo, con nuestro sustento,... El Señor nos enseña a reconciliarnos con el mundo y a reconciliar el mundo con El. Puede ser en un ayuntamiento, en una banca, en un instituto, en un centro de minusválidos, en una tienda, en la casa.... La Madre del Señor nos enseña a reconciliar con Dios todas las cosas. Por eso san Pablo dirá: «hacedlo todo en el Nombre de Jesús» y «por todas las cosas dad gracias a Dios». Nuestro trabajo, por cansado o descansado que éste sea, es un servicio al Señor. La Madre de Dios lo vivió así, de la manera simple con que la mujer que podía vivir en aquel tiempo, atendiendo su casa, cuidando a su esposo y a su hijo, y siendo-como tuvo que ser por lo que se ve en el evangelio- la mujer que escuchaba, que acogía, hasta el punto de ser proclamada dichosa simplemente por haber engendrado a Jesús.

Dejarnos hacer por Dios. Escuchemos esta enseñanza que nos da la Madre de Dios hoy y guardémosla en el corazón. Y si alguien nos pregunta lo que nos ha dicho la Palabra del Señor, que podamos dar razón, que no tengamos que responder: «Es que dice tantas cosas... que no sabría decir...». Sino que, como la Madre de Dios, guardemos su enseñanza -la de ella- en nuestro corazón, porque es una enseñanza que necesitamos para vivir.




San Agustin, 28 de agosto


28 de agosto


SAN AGUSTÍN

(†  430)



Es el más genial y completo de los Padres de la Iglesia y uno de los hombres más extraordinarios de la Humanidad. Nació en Tagaste, pequeña ciudad de la Numidia. Su padre, llamado Patricio, era pagano. Su madre, modelo cabal de madres cristianas, fue Santa Mónica, quien le educó en los rudimentos de la religión y le enseñó a paladear las dulzuras del nombre de Jesús. Más tarde se llamará Agustín a sí mismo "hijo de las lágrimas de su madre".

 Dotado de imaginación ardiente, de temperamento apasionado, de vivacísima inteligencia, descolló en el estudio de las letras humanas. Se dio con ardor a la literatura y a la elocuencia. Madaura y Cartago fueron el escenario de sus primeros triunfos de retórico y polemista. Conoce el halago y la embriaguez de la gloria. Y, a la vez que se sumerge en el estudio de las artes y de la filosofía, se deja arrastrar por el viento de las pasiones nacientes. "No amaba todavía —nos dice él mismo— y ya deseaba amar." Comienza la etapa de sus primeros errores. Abraza el maniqueísmo porque, a pesar de lo contradictorio de sus doctrinas, creyó ver un principio de elevación moral en la externa austeridad de los maniqueos, en su aparente castidad, en su virtud simulada. Pronto desertó del maniqueísmo, porque no satisfacía a sus profundas inquietudes ni a la sinceridad de su corazón, ávido de verdad. En Cartago consiguió brillar su genio retórico; triunfó en concursos poéticos y certámenes públicos, y arrastró con el cautiverio de su elocuencia y de su profundo saber a las multitudes, que le escuchaban como a un oráculo.

 Pero Agustín se siente defraudado; no encuentra la verdad que tanto ansiaba ni en las diversiones públicas, ni en el estudio de retóricos y poetas, ni en el análisis de las viejas teogonías. En el 383 decide partir para Roma. Y allá le sigue su madre, Santa Mónica. Cae gravemente enfermo. Protegido por Símmaco, prefecto de Roma, obtuvo una cátedra en Milán, donde —según él dice— "abrió tienda de verbosidad y de vanilocuencia". En esta ciudad conoció a San Ambrosio, y empezó la lección de las Sagradas Escrituras. Oía el canto de los fieles en el templo, y su corazón encontraba una inefable paz, que le hacía derramar lágrimas. Estudia la filosofía de los académicos, y se acrecientan sus incertidumbres y la tragedia de su alma. Le atormentaba el problema de la verdad, sobre todo. "Tú —dice— me espoleabas, Señor, con aguijones de espíritu ... Tú amargabas mis dichas transitorias." Platón y Plotino abren en su inteligencia caminos insospechados y le encienden en un ansia nueva de verdad. Pero es San Pablo el que definitivamente derrumba el castillo de sus vanidades y le gana para la fe. En el 386 se decide a consagrarse al estudio metódico de las verdades del cristianismo. Renuncia a su cátedra y se retira con su madre y sus amigos a Casiciaco, cerca de Milán, para dedicarse enteramente a la meditación y al estudio. Es bautizado por San Ambrosio el 23 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad.

 Desde el momento en que entró Dios a velas desplegadas por su corazón, es San Agustín la demostración más palmaria de la dramática lucha entre lo humano y lo divino, entre la libertad y la gracia, entre la rebeldía de la carne que se encierra en su pertinaz autoctonía y el anhelo del alma que busca una base eterna para sus amores, entre la fuerza centrífuga del hombre, solicitado por la insinuación tentadora de las cosas transitorias, y la necesidad de concentrarse, de homogeneizarse, para superar lo visible y dar a la vida un rango categorial permanente. El ancla rota de su espíritu navegante, sumido en incertidumbres, se asió fuertemente en las ensenadas de la verdad. Dios se desplegó ante sus ojos atónitos, húmedos de gozo nuevo y de una felicidad recién nacida en su alma, con toda su magnificencia; y toda aquella vida dinámica, sin perder nada de su vitalidad, de su dramática grandeza, se concentró radicalmente en Dios, y así se verificó en él la integración del hombre en la plenitud de sus energías, y no supo ya en adelante vivir más que para la verdad, el alma y Dios, esas tres grandes realidades supremas, a las que sólo podemos llegar movilizados por la caridad y el entendimiento del amor.

 Ya bautizado, retorna al Africa; pero antes aconteció en Ostia la muerte de su madre. Cuando llegó a Tagaste vendió todos sus bienes y distribuyó entre los pobres el beneficio de los mismos. Se retira a una pequeña propiedad para hacer vida monacal perfecta con sus amigos. De ahí había de nacer más tarde su famosísima regla fundacional. La fama de Agustín cobra cada día nuevo incremento. Es ordenado presbítero de Hipona, y en 396 sucede en el episcopado a Valerio. En su casa episcopal establece la observancia regular.

 La actividad de San Agustín como obispo es enorme. Predica, escribe, polemiza, preside concilios, resuelve los problemas más diversos de sus feligreses. Es el oráculo de Occidente. De todas partes acuden a él en demanda de soluciones para los problemas más arduos. Se le ha llamado el martillo de los herejes: maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscilianistas, académicos, etc., fueron cediendo ante el vigor y la claridad de sus refutaciones. Su caridad era tan profunda como su genio. Cargado de días y de merecimientos, mientras los bárbaros invadían el Africa y asediaban a Hipona, muere San Agustín el 28 de agosto de 430.

 San Agustín ocupa un lugar preeminente no sólo en la historia de la Iglesia, sino también en la del pensamiento humano. Sus obras múltiples sobre las más diversas cuestiones conservan una perennidad inmarcesible. Su genio tocó las cimas más elevadas. Lo que él escribió acerca de la libertad, la gracia, el alma, Dios, la Providencia, el amor, la justicia, el bien y el mal, la fe, la justificación y el concurso, sobre la Trinidad y la vida bienaventurada, el orden y el pecado, etc., ha pasado a constituir doctrina y fundamento de razón. Su lenguaje apasionado y cálido, expresivo y personal, seduce, convence y conmueve.

 La actualidad de San Agustín es unánimemente reconocida. No envejecen ni su lenguaje ni su pensamiento. Es el gran maestro y pensador del cristianismo. "Todas las influencias del pasado —dice Eucken—, como todos los impulsos de su tiempo, los hace suyos Agustín, los recoge él y los transforma y vitaliza en un acorde prodigioso y nuevo." "Agustín es el mayor genio de la cristiandad", dice Harnack. "La aparición de Agustín en la historia del Dogma —dice Ph. Schaff— hace época, especialmente en lo que concierne a las doctrinas antropológicas y soteriológicas, a las cuales imprimió un progreso inmenso, llegando a un grado de precisión y de claridad como no lo había tenido hasta entonces la conciencia de la Iglesia."

 San Agustín ha sido el oráculo de los concilios, el gran explorador de la intimidad religiosa, el formulador de la unidad teológica en la que se resuelven todas las tendencias del corazón y de la inteligencia. Sus obras capitales —entre la muchedumbre de sus obras que abarcan todos los ámbitos del saber—son las Confesiones, De Trinitate, De Civitate Dei, De libero arbitrio, De Natura et Gratia, Enarrationes in Psalmos, De Genesi ad litterani, los Tratados sobre Juan, las Epístolas y los Sermones. Su autoridad es inmensa. Con razón se ha postulado siempre en los momentos dramáticos el retorno a San Agustín.

 El nombre de San Agustín, con sólo pronunciarlo, dilata gloriosamente el ámbito de la cultura, y abre súbitos paisajes espirituales y sorprendentes perspectivas a la contemplación y profundización de la vida, del alma y de Dios. Es difícil precisar los confines de la irradiación de su pensamiento y el área de su influencia incesante, de la seducción de su personalidad poderosa.

 Con San Agustín nos encontramos en cada episodio del drama humano, lo mismo en las exploraciones más arriesgadas del pensamiento y de la intimidad del alma que en el planteamiento y solución de los problemas más arduos de toda índole, que en las apasionantes y angustiosas jornadas del hombre que se debate por la conquista de Dios, y por hallar una base eterna a sus inquietudes y al ansia perenne de su corazón.

 San Agustín —dice Papini— insiste en la necesidad de la razón para llegar a comprender los dogmas de la fe; pero al mismo tiempo reconoce que la fe sola, de por sí, ayuda a comprender. "Entiende —dice el Santo— para que creas en mi palabra; cree, para que entiendas la palabra de Dios." De ahí esas admirables fórmulas, de valor reversible, exuberantes de contenido, con que San Agustín trata de conjugar el ejercicio alternante de la fe y de la razón, que se traducen siempre en entendimiento, en visión, en sabiduría. "Ama mucho la inteligencia" —reitera el Santo—, reconociendo sin reservas las prerrogativas de la inteligencia; pero no de la inteligencia presuntuosa, que se basta a sí misma, sino de la inteligencia abierta a las claridades de la fe, que por la razón se hace también inteligible y desemboca en la plenitud de la caridad. El verdadero filósofo "cree cuando piensa y piensa cuando cree". Claro es que el acto de fe religiosa no es obra del esfuerzo del hombre, sino donación de Dios. Pero el hombre, por un esfuerzo íntimo, personal, humilde, y por la disciplina de la razón, puede disponerse al don de la fe, abatiendo la altivez del orgullo y la tiranía de la concupiscencia con la intervención de la gracia. La virtualidad del pensamiento agustiniano radica en que lo mismo habla y convence al hombre de la razón que al hombre de la fe, que refuerza la debilidad de la razón con las seguridades que le presta la fe, para llegar por caminos más breves e iluminados a la conquista de la verdad y a la quietud deseada del corazón.

 Maravilla ciertamente la sinceridad y la resolución con que San Agustín aborda los problemas más complicados, y la claridad y gallardía con que logra las soluciones más inesperadas y de perenne vigencia. A ello contribuye, sin duda, la admirable eficacia de su estilo, la expresividad y viveza de sus fórmulas, los hallazgos verbales incomparables de su genio literario, que confieren a su obra inmarcesible perennidad.

 San Agustín precisa agudamente los límites de la razón y la función de la fe en orden al conocimiento de Dios y de las cosas transitorias o permanentes. Pero introduce un nuevo elemento en este proceso de la inteligencia a la fe y de la fe a la inteligencia, que es lo que caracteriza y confiere profunda originalidad a la teoría agustiniana del conocimiento: ese nuevo término es el amor. Para que la fe y la razón logren la plenitud de su eficacia es preciso que estén movilizadas, vivificadas, por la fuerza potenciadora de todo el ser, que es la caridad. Esa es la gran afirmación agustiniana, La caridad, el amor, es el principio radical de creer y de entender con fecundidad y merecimiento. La fe que lleva a la inteligencia es la que San Agustín llama "la creencia en Dios", que consiste en unir el amor y la fe. Ir a Dios por la fe es incorporarse a Él y a sus miembros, es decir, al prójimo, por la caridad; he ahí lo que Dios exige de nosotros; no una fe cualquiera, sino la fe que obra por la caridad. "Cuando el alma —escribe el Santo— se halla penetrada de la fe que obra por la caridad, tiende, a causa de la pureza de su vida, a elevarse hasta la contemplación, donde la perfección de la santidad revela a nuestros corazones la inefable belleza, cuya plena visión constituye la suprema felicidad."

 San Agustín nos renueva su lección inacabable en todos los ámbitos del pensamiento. Lo que urge es acercar al Santo de la caridad a este mundo tan necesitado de claridades, del remedio de la caridad para encontrar la quietud de su corazón.

 Al hacer el Santo el análisis de su alma hizo a la vez el estudio más certero y audaz del alma humana. El contenido emocional de sus obras es lo que ha podido inducir a muchos a creer que ellas contienen, más que un riguroso valor filosófico, un valor afectivo o ético-místico, cuando, cabalmente, una de las consecuencias más definitivas del Santo es haber logrado hacer confluir las dos grandes corrientes interiores, la afectiva y la intelectiva, forzándolas a correr por un mismo cauce, ancho y tumultuoso, y rendir toda su multiplicada eficacia. De ahí ese valor de vida, ese calor de humanidad, ese tono cordial y amoroso, esa complejidad de su obra, jamás marchita. "Su filosofía, es una filosofía de valores" —ha dicho Hesren. Es verdad: pero estos valores, estas estimaciones filosóficas agustinianas rinden su eficacia y adquieren categoría en función de otros valores de supremo rango, del alma y Dios, que eslabonan y ajustan todas las piezas de su obra y la enriquecen de finalidad.

 La vida es el hecho radical, básico, de nuestro ser; pero para que ésta tenga un sentido de validez, una justificación adecuada, hay que hacerla desembocar en una realidad de superior jerarquía; hay que orientarla sabiamente hacia Dios. El sentido y la aspiración de la vida no se nutren ni tienen en sí mismos su razón suficiente; necesitan un término de correlación eterna, que es Dios. El ala está hecha para el vuelo como el alma para la felicidad, no esta felicidad abreviada que se cotiza en los mercados y lonjas del mundo, sino la felicidad integra y acabada, capaz de coordenar y absorber todas las actividades y anhelos que vibran en lo íntimo del ser, y de traducirse en posesión indeficiente. "El alma no tiene más que un alimento —dice el Santo—: conocer y amar la verdad". "Nada vale lo que un alma, ni la tierra, ni el mar, ni los astros." "El alma es obra de Dios; el alma es un ojo abierto que mira siempre hacia Dios; el alma es un amor abierto a lo infinito. Dios es la patria del alma." En su obra, se pueden hallar con frecuencia expresiones bellísimas por el estilo. Hablando de Dios y del alma, el corazón de Agustín no se agota nunca —decía Fénelon—; él solo vale por una legión de genios. Él busca ante todo la verdad; esta nostalgia innata de la verdad es el arpón que llevó prendido como un dardo de fuego: pero, si hubiese buscado sólo la verdad filosófica, no habría rebasado el nivel de un neoplatónico o de un académico teorizante: él buscaba no sólo conocer, sino poseer y amar la verdad. El tipo especulativo no se separa nunca en él del afectivo.

 Dios y el alma son las dos palabras solemnes que San Agustín impregnó de sentido y lanzó con toda la capacidad de su contenido, como un eco resonante y prodigioso, por toda la amplitud de la Edad Media. Los escolásticos y los místicos recogieron la onda concéntrica de esta transmisión agustiniana, que conmovió a los más excelsos pensadores. Sus resonancias no han languidecido aún, antes bien, se robustecen y refuerzan con el tiempo.

 San Agustín no sólo fijó el anhelo de la verdad. sino también su objeto: el camino era la inmersión en sí mismo, el retorno al propio corazón. Hay que echar hondo el ancla en el mar del corazón, fijar el pie en la tierra firme del alma, para ascender a Dios. Esta reversión al hombre interior en San Agustín, sin desdeñar el espectáculo del mundo sensible, este descubrimiento del proceso de la intimidad, ha sido —como indiqué antes— la clave de la mística de la Edad Media y, sobre todo, de la española del Siglo de Oro, y constituye hoy el punto crítico, el eje de gravitación de los movimientos e inquietudes filosóficos. ¿Qué extraño es que en este genio poderoso se hayan tratado de fundamentar sistemas y teorías, si, a veces, una simple referencia o insinuación, soltada como al azar, aparece llena de sentido o de potencia virtual? Este retorno al hombre interior, como punto de apoyo para ulteriores aspiraciones del mundo sensible, para fijar la posibilidad de conocer las realidades circunstantes y familiares, sin recluirse en sí mismo de modo que se corte todo acceso y comercio, al través de las ventanas del espíritu, con el resto del universo, es hoy una lección altísima contra el subjetivismo —ya en declive— hermético y suicida, y contra la tendencia positivista, que desatiende al hombre interior, solicitado sólo por el hecho concreto, por la realidad mensurable, por el resultado pragmático de los fenómenos, por la industrialización de los valores, por un afán práctico, sin perspectivas. En la moderna restauración de la metafísica, la influencia agustiniana es evidente, y quizá la que logre flotar de estos nobles esfuerzos restauratorios ha de ser lo que más vestigios de San Agustín contenga.

 "La asociación de un movimiento progresivo al alma humana constituye el valor incomparable de San Agustín —ha dicho Eucken—; al elevar la fuente de la verdad y del amor muy por encima de la pequeñez humana, ha creado un tipo nuevo de vida sentimental, religiosa y aun histórica."

 Del alma se encumbra San Agustín a Dios, capaz de beatificarla. "¡Tarde os amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde os amé!" —exclama con inmortal gemido—. "Vos estabais dentro de mí alma y yo, distraído, os buscaba fuera y, dejando la hermosura interior, corría tras las bellezas exteriores, que Vos habéis creado. ¡Y estas hermosuras que, si no estuvieran en Vos, nada serían, me apartaban y tenían alejado de Vos! Pero me llamasteis y tales voces me disteis, que mi sordera cedió a vuestros gritos. Me disteis a gustar vuestra dulzura, que ha excitado en mi espíritu hambre y sed vivísimas, y me encendí en deseos de abrazaros." Sigamos copiando sus palabras, que son un regalo perpetuo, una delicia para el alma: "Heristeis mi corazón con vuestra palabra y al punto os amé. Pero ¿qué es lo que yo amo, amando a mi Dios? No es hermosura temporal, ni bondad transitoria, ni luz material, grata a los ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores, ungüentos o aromas; no la dulzura de la miel, ni deleite alguno del tacto o sentido corporal. Nada de eso es lo que yo amo, amando a mi Dios y, no obstante, es semejante a la luz, y como aroma, y como fragancia, y como manjar, y como deleite de mi espíritu. Resplandece en él una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no esparce al aire, se recibe un gusto que no concluye, como el de los manjares; y se posee íntimamente un bien tan deleitoso, que, por más que se goce y se sacie el deseo, nunca causa enojo ni fastidio. Todo esto amo cuando amo a mi Dios". Yo no sé que en el lenguaje humano articulado se pueda decir más.

 Sería absurdo que el alma aspirase a Dios si de suyo le viniera esta aspiración, esta capacidad de Dios: su capacidad limitada no podría sospechar siquiera lo infinito; pero al sentir estas sospechas, estos indicios, estos anhelos de lo infinito, por fuerza tienen que provenirle de algo que sea de capacidad infinita, es decir, de Dios.

 Por eso el alma enfila su proa a Dios en constante anhelo. En todas las cosas descubre posibilidades de conocimiento; aptitud para ser conocidas y para remontarse a Dios.

 Claro es que entonces no estaba la filosofía tecnificada ni poseía recursos categoriales, legitimados por el triunfo de lo teórico: pero San Agustín, genial siempre, cuando le falta el instrumento, lo crea. Y así no le es difícil pasar del Logos alejandrino, precristiano, a las claridades del Verbo, y del Nus de Plotino, al Dios personal de San Pablo, recogiendo las más limpias vibraciones del pensamiento griego, agnóstico y senequista, no como un mísero rapsoda, sino injertándoles un sentido nuevo en su concepción grandiosa del cosmos y de la vida.

 ¡Y qué armoniosa y grande resulta esta concepción cosmológica de San Agustín! ¡Qué magníficamente va eslabonando verdades y sistemas, fijando las relaciones entre Dios y el alma por medio de la religión! ¡Cómo se amplia ante su mirada vivaz el escenario del conocimiento, y cómo convoca a todas las cosas creadas, jalones para lo suprasensible, hasta llegar al agnitio Dei experimentalis, y cómo entonces cobra sentido la tumultuosa diversidad fenoménica del mundo y descubre en él una radiante fotosfera, que no es más que la huella, el vestigio de Dios! ¡Cuán armoniosamente se alían y armonizan en Agustín la razón y la fe, la Fides quaerens intellectum, el credo ut intelligam, el Intellectum valde amat, que él proclamó no como un mero recurso teórico, como un enunciado hipotético matemático, sino como una realidad viva actuante en su ser! ¡Y cómo se enriquece el pensamiento y se ennoblece el sentido de la vida, al pasar por la urdidumbre maravillosa del genio de Agustín: y cómo después de haberse sumergido en su propio corazón comprende mejor la razón del cosmos, que le vocea y le habla de Dios, descubriendo en todas las cosas la ley del orden, la ordo ordinans, y deduciendo que el alma está ordenada al amor, que el corazón está ordenado ineludiblemente a Dios, que la virtud es el orden del amor, ordo amoris, definición maravillosa que brillará siempre por encima de los austeros sofismas kantianos! En la naturaleza descubre el orden del ser; sólo en el hombre ve la posibilidad de la infracción del orden. Dios ha constituido el orden de las edades en una serie de contrastes, como una acabada poesía: ve el enigma del pecado introducido en el mundo, que alteró la jerarquía interna de las humanas tendencias, por el desorden del amor; pero en el pecado mismo encuentra la solución de los enigmas de la vida, y descubre la armonía providencial de la economía religiosa y la necesidad de retornar a Dios, al servire Deum liberaliter, al arrepentimiento para sustraernos de la servidumbre del pecado, por medio del conocimiento y del amor, ya que el conocer no es para San Agustín más que una forma egregia de amar.

 Porque amó tanto y vivió con tan grande sinceridad su pensamiento, resulta en San Agustín tan generosa y fecunda la verdad. El amor que se vive es el amor más fuerte y contagioso: la verdad que se ama es la que tiene más sentido de vida, así como el dolor que dilacera la carne y deja en ella un surco hondo y ancho es el que más prospera y florece en germinaciones.

 Agustín vivió profundamente su vida y su obra: he ahí el secreto de su vitalidad; pero las vivió del modo que pudo vivirlas un temperamento de su estirpe. "Sus ideas —ha dicho Eucken— son principalmente expresiones de su personalidad y aún diríamos mejor su vida personal inmediata."

 La verdad y el dogma en la pluma del Santo tienen calor de simpatía y de humanidad. La sinceridad se le desborda de los senos del alma y logra contagiar a cuantos se le acercan. Es difícil encontrar en él una frase que no le salga del alma o la caliente primero en la oleada de sangre de su corazón.

 Su vida, desde que el espíritu del Evangelio cayó sobre él como una lluvia buena, fue una demostración experimental del valor, de la caridad y de la gracia; fue una prolongada antífona delatora de la misericordia y munificencia del Señor; fue toda ella como aceite puro de los mejores olivares, flor de harina nueva, agua limpia de hontanar cimero, perdido entre las rocas, ditirambo y júbilo por el hallazgo de aquella verdad tan largamente codiciada.

 Por eso es el poeta de la verdad y de la intimidad: el genio siempre en vuelo, pero siempre humano y lleno de misericordia y comprensión para las humanas debilidades, que acertó a aliar el amor y el pensamiento en recíproca fecundidad, que recogió en su obra la herencia de los afanes y de los anhelos humanos; que enseñó la gran pedagogía de la gracia, del concurso y de la providencia de Dios; que enriqueció la vida del corazón y del sentimiento y formuló sus leyes y sus exigencias; que coordinó la urdidumbre misteriosa de las relaciones entre la naturaleza y la vida sobrenatural; que sentó el parentesco solemne existente entre Dios y las cosas creadas; que creó una literatura nueva, enriquecida de expresiones nunca oídas, para hablar de la verdad, de Dios y del alma y para loar las excelencias del amor, primer motor del universo, el pondus animae, que le inspiró tantas armonías.

 Así se explica su perenne actualidad, el retorno continuo hacia él su presencia constante en la historia del pensamiento y de la conciencia.

 Pocas veces se habrá dado mayor unanimidad en el elogio que al tratar de San Agustín. Vir sane magnus et ingenii stupendi, le llamaba Leibnitz. "¡Cuán santo varón, cuán docto escritor ¡Dios eterno!, es San Agustín, gloria y sostén de la República cristiana!" exclamaba Vives. "Chaque fois —dice el padre Portalié— que la pensée chrétiennes est éloignée de lui, elle a décline et langui; chaque fois qu'elle est revenue a lui, elle a repris flamme et vigueur nouvelles". "Nadie —escribía San Buenaventura— ha dado más satisfactorias respuestas a los problemas de Dios y del alma que San Agustín." Harnack le compara a un "árbol plantado a las márgenes de las aguas vivas, cuyas hojas jamás se marchitan y en cuyo ramaje anidan las aves del ciclo". W . Dilthey le llama "el más profundo pensador entre todos los escritores del mundo antiguo". Gatry le caracterizaba como "el Platón de la filosofía del mundo moderno y quizá el genio metafísico más portentoso que han visto los tiempos".

 Indudablemente, vivimos de su herencia.

 FÉLIX GARCÍA, O. S. A.